
Me gusta el perfume a néctar frutal y amaderado. Con notas de salida de albaricoque maduro y almíbar de fresas, unas notas de fondo de mantequilla de sándalo, cedro, resina de benjuí, y una reminiscencia a crema de almendras y hojaldre tostado. Me recuerdan a civilización, a la simetría quasi militar de la prosa de Tucídides manejada con una lógica de cobre implacable.
Marta olía a una combinación maravillosamente extraña de planta fresca, gabardina de lana y madera clara, como abrir un armario limpio y encontrar dentro un árbol tropical. El olor de mi madre era como entrar en una habitación oscura revestida de madera lacada y seda.
Un gran perfume, como la prosa de Gracián o de Faulkner o de Flaubert, se despliega en el tiempo exactamente igual que una sinfonía. Posee un movimiento inicial, transiciones, desplazamientos tonales, falsas resoluciones, crescendos y disoluciones. La mayoría de las personas llevan perfume sin darse cuenta de que transportan sobre la piel una pieza invisible de diseño temporal.
Algunos perfumes huelen al interior de imperios olvidados: laca, polvo, terciopelo, incienso, té frío, cuentas de ámbar calentándose lentamente sobre la piel. Así se extienden sobre la página los caracteres de la novela de Proust.
Un gran perfume huele a jabón caro y a personas que saben hablar en voz baja.
