
«La palabra humana es como un caldero cascado sobre el cual tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando querríamos enternecer a las estrellas», «Madame Bovary» (1857), II, cap. XII. El escritor desea producir un efecto sublime y acaba obteniendo una caricatura insuficiente. En su correspondencia, Flaubert es todavía más duro consigo mismo: «Lo que me parece hermoso, lo que querría hacer, es un libro sobre nada, un libro sin atadura exterior, que se sostuviera por sí mismo gracias a la fuerza interna de su estilo… Pero las obras más bellas son aquellas en las que hay menos materia», Carta a Louise Colet, 16 de enero de 1852.
Cualquier escritor conoce íntimamente la diferencia entre lo anhelado y lo logrado, entre la impresión y la expresión; siempre se queda uno muy corto respecto de lo que ha entrevisto.
«Lo escrito imperfectamente me llena casi siempre de una insatisfacción imposible de comunicar», Kafka, Diarios. «Mi incapacidad para escribir se manifiesta de manera insoportable. Cuando me siento ante la mesa, no tengo más seguridad que un hombre que cae», Diarios, 6 de agosto de 1914.
Cuantísimas veces noté que mis ideas perdían fuerza sobre mi inteligencia. La obra lograda humilla a la obra soñada. Uno siempre siente que lo que ha escrito es apenas un borrador, insistía espléndidamente Borges. Paul Cézanne formuló el mismo drama desde la pintura: «El arte es una armonía paralela a la naturaleza».
«Pertenezco a una generación que ha heredado la incredulidad en la fe cristiana y que creó en sí una incredulidad en todas las demás fes. (…) Así, no sabiendo creer en Dios ni pudiendo creer en una suma de animales, quedamos, como todos los hombres de las épocas de decadencia, entregados a nosotros mismos, sin esperanza», Livro do Desassossego.
Diez libros publiqué (tengo escritos doce), pero la obra que soñé hacer permanece eternamente en estado de nebulosa. Lo que escribí no fue nunca más que el desperdicio de mi pensamiento. El producto de una resignación; el ideal -bien lo veo- quedó atrás, inaccesible. La concepción fue infinitamente superior a la ejecución. Joseph Joubert —tan admirado por los escritores de sensibilidad exquisita— dejó observaciones devastadoras: «Mis ideas son como peces luminosos que veo pasar en aguas profundas. Apenas intento atraparlos, pierden su luz», «Carnets». Y añadió: «Hay en mí un libro que no podré escribir jamás», «Pensées».
El extraordinario y casi olvidado Charles du Bos escribió en sus diarios: «La obra perfecta existe en alguna región previa al lenguaje; escribir consiste en destruirla lentamente», «Journal», circa 1927. En Marie Bashkirtseff aparece la angustia de la insuficiencia con una intensidad enfermiza: «Tengo la sensación constante de no haber comenzado todavía aquello que debería justificar mi existencia», «Journal de Marie Bashkirtseff». El muy recóndito Friedrich Hebbel anotó: «Entre el sentimiento y la obra hay un abismo que sólo el genio absoluto podría salvar», «Tagebücher». La palabra humana tiene algo de lápida rota, creo recordar que nos dijo León Bloy.
No logré expresar mi fondo, sino solo una sombra pálida. La distancia entre lo que soñé escribir y lo que he escrito es mi verdadera biografía (Miguel Torga) Viví siempre con la nostalgia del libro imposible. Añádase a ello la humillación por no haber recibido ningún reconocimiento. El público no castiga la mediocridad: castiga sobre todo las ambiciones superiores imperfectamente realizadas. Vivo encerrado entre dos imposibilidades: no puedo callar y no logro ser escuchado. Pasé junto a la literatura como un hombre tímido junto a una fiesta iluminada. La vida me dio demasiado pronto el sentimiento de una obra interior imposible de traducir. Algunos escritores nacemos para admirar desde lejos la grandeza que no alcanzaremos.
Tengo talento suficiente para sufrir por no poseer genio.
