El lunes recibo en mi casa orensana los casi 90 libros que compré en librerías de viejo y de ocasión ¡Voluptuosidad del bibliófilo! ¡Emoción inconmesurable, erótica, o, mejor que el sexo! Lo que siento -entiéndase- no es solo afán de acumulación; es la pasión ciega del bibliófilo. Pues hay algo profundamente sensual —y sí, insisto, erótico— en el tacto del papel envejecido, el olor a humedad noble, a tinta de otra época y a misterio guardado. Entrar en una librería de viejo es ir de caza; recibir el botín en mi pazo orensano (vivo en una biblioteca y no en una casa) es coronar la conquista.
Coleccionar libros es una obsesión que roza la locura, un vicio que, una vez que se apodera de un hombre, ya no lo suelta. Las habitaciones se llenan, los pasillos se estrechan, las pilas de volúmenes amenazan con sepultar al morador. Pero el bibliófilo no ve desorden; ve una geografía del espíritu. No vive en una casa; vive dentro de un cerebro expandido, donde cada estante es una circunvolución cerebral y cada libro, un recuerdo o un sueño dispuesto a despertar en cuanto se abra su portada.
«La biblioteca debe contener lo que uno no sabe, no lo que ya sabe. Con los años, los libros leídos disminuyen frente a los no leídos, que nos miran con una mezcla de reproche y promesa. Una biblioteca no es un almacén de trofeos, es una herramienta de trabajo y de descubrimiento. Los libros no leídos son tan importantes como los leídos, porque nos recuerdan constantemente todo lo que nos queda por aprender, manteniéndose como un monumento a nuestra ignorancia, que es la única forma de mantenernos curiosos», Umberto Eco.
Hay un misticismo sagrado en el olor de las páginas amarillentas, un perfume que ningún estante de novedades modernas podrá jamás emular. El verdadero lector prefiere el polvo noble del pasado al brillo estéril del presente.
Pocos placeres hay en la tierra comparables al ritual de abrir una caja, extraer un libro, acariciar su lomo y susurrarle: «Salve; bene domum venisti».
