La soledad elegida puede ser una fuente inmensa de creación, reflexión y libertad interior. De Montaigne a Proust, de Emily Dickinson a Cioran, abundan los ejemplos de vidas profundamente retiradas y extraordinariamente fecundas. El problema no es la soledad buscada, sino aquella que se impone cuando uno necesita compañía y no encuentra a nadie.
Ir hacia sí mismo y no encontrar a nadie durante horas, esto es lo que se debe poder lograr. Estar solo como se estaba solo de niño, cuando los adultos deambulaban de aquí para allá, envueltos en cosas que parecían importantes y grandes porque se mostraban muy activos y porque no se comprendía nada de su ocupación. Nuestra soledad debe ser un apoyo y un hogar, incluso en medio de circunstancias muy extrañas, y a partir de ella encontrar todos los caminos.
Para descansar, para detenerse, para ser uno mismo, despojado de todo lo que no fuera el propio ser… eso era lo que ansiaba. Perder la forma externa, convertirse en una cuña de sombra, invisible para los demás. Cuando se estaba solo, se podía pensar, se podía descansar. Todo el esfuerzo de presentarse ante el mundo, de hablar, de sostener una imagen, se desvanecía. En la soledad, uno quedaba reducido a su propia esencia, a esa paz oscura que no necesita dar explicaciones a nadie, y desde ahí, el mundo parecía infinitamente más vasto, más libre y más hermoso.
Si la soledad elegida es la gloria del espíritu, la soledad impuesta —el aislamiento, la desconexión del tejido comunitario— es una de las fuerzas más devastadoras para el ser humano. La desolación, a diferencia de la soledad elegida —en la que el individuo permanece en compañía de sí mismo—, consiste en no pertenecer al mundo. Es la experiencia de sentirse abandonado por la compañía humana, de sospechar que la propia existencia apenas deja huella y que ya no importa verdaderamente a nadie. Ese aislamiento radical erosiona lentamente la capacidad de pensar y de experimentar la realidad, porque el mundo sólo se confirma plenamente cuando es compartido. Necesitamos la mirada ajena no para existir, sino para verificar que habitamos un suelo común, una misma realidad y un mismo horizonte de sentido.
