Cornaro 192

(Borges. Escolios a un centón)

Se dice que Borges fue un algebrista, un frío razonador desde el gnosticismo de la topológica inteligencia. Discrepo algo de estas tesis; escribió con emoción (intelectual, sí, pero emoción al fin y al cabo), no solo desde cerradas estructuras matemáticas lingüísticas autoalusivas; escribió desde el contexto y las orillas y el rumor de las calles bonaerenses. Cruzó las sagas islandesas con las memorias de los coroneles de las guerras civiles argentinas. Su cultura fue enciclopédica, de humor finísimo, pero al mismo tiempo, su obra tiene un poco de broma de salón con teteras y dulces ingleses. Prosa muy cortés, urbana, formalmente perfecta, que no se agita innecesariamente en dramas rurales, ni en valles o ríos o castillos con pasadizos mágicos. Borges nos enseñó que escribir es siempre una forma de plagio o de traducción de un texto que ya existe en un estante de la biblioteca de la humanidad. Después de leerlo, es imposible volver a mirar una biblioteca (o un espejo) con la misma ingenuidad de antes; nos inoculó para siempre el veneno de la erudición y la suspicacia literaria.

Su sofisticación técnica y sus laberintos lógicos son, en última instancia, estrategias para postergar el encuentro con la nada o con la muerte. Sus personajes están hechos de palabras exactas y elegantes, y lo saben; habitan una zona puramente lingüística donde la realidad exterior ha sido casi abolida. Le fascinan las herejías, no porque asienta con ellas, sino porque representan momentos en los que la imaginación de los hombres fue más libre y audaz que la realidad convencional. Lee la literatura contemporánea como los antiguos rabinos leían la Cábala: bajo la sospecha de que ni una sola letra ha sido puesta al azar y que el texto guarda un secreto numérico o un mensaje cifrado. Me gusta Borges porque cada uno de sus relatos es un modelo del universo o de un atributo del universo (el tiempo, el espacio, el azar, la memoria) Frente a la gran novela del siglo XIX, que acumulaba páginas para construir un mundo, Borges inventó la literatura de segundo grado: el cuento que se presenta como la reseña de un libro que nunca fue escrito. De esa florida senda bebemos muchos de nosotros. Devolvió a la desastrada literatura española de la época el orgullo del estilo. La literatura es la fuente de la literatura. La burguesía no es innoble, sino el fanatismo. El peronismo es casquería astrológica. La metafísica es una rama de la ciencia ficción. Para estar muy orgullosos.

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En literatura, el asentimiento intelectual no es lo mismo que estar de acuerdo. La literatura puede producirnos placer sin necesidad de que estemos de acuerdo con su contenido, debido a que reaccionamos favorablemente ante la fuerza o la gracia de una mente, sin reconocer la bondad de sus intenciones o conclusiones. Podemos sentir placer ante la fuerza de convicción de una mente, sin necesidad de juzgar la corrección o adaptabilidad de lo que dice.

Oakeshott conecta directamente con esa idea de Borges de la «resignación y la tolerancia» frente al poder del Estado: «El hombre de disposición conservadora no es propenso a creer que la función del gobierno sea la de organizar la vida de los ciudadanos según un plan maestro, ni la de guiarlos hacia un fin glorioso. (…) Para él, gobernar es una actividad específica y limitada: consiste en mantener la paz, en arbitrar los conflictos mediante reglas conocidas, de modo que los hombres puedan perseguir sus propios proyectos con la menor interferencia posible. El conservador es escéptico ante los salvadores políticos y las revoluciones que prometen empezar de cero, porque sabe que el costo de destruir las tradiciones existentes suele ser el despotismo». Sabias palabras.

Al igual que el gran Borges, yo creo que la burguesía ha sido la clase social más creadora, más constructiva y más libre que ha dado la historia. El comunismo y los fascismos no son más que la rebelión de los resentidos contra la libertad burguesa. La gente no entiende que el orden burgués, con todos sus defectos y aburrimiento, permite la existencia del disidente, del artista y del escéptico. Una sociedad sin una clase media fuerte es una sociedad condenada a la tiranía de un dictador o a la brutalidad de la masa.

Un escritor de izquierdas suele gozar de una presunción de inocencia moral (incluso si justificó purgas o dictaduras), mientras que los escritores de derechas solemos ser observados con sospechas y todo tipo de prevenciones. Al final, como bien concluye el artículo de Jorge Fernández, la literatura siempre vence a la política. Las opiniones políticas de Borges envejecen, o yerran o se rectifican; sus páginas siguen siendo inmutables; un refugio de lucidez para quienes, ante la intolerancia de las masas o los dogmas de turno, preferimos la escéptica y libre incomodidad de no dejarnos pastorear como ovejitas.

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