Cornaro 193

Informe Mundial PISA (OCDE): «En promedio, el ciclo actual presenció una caída sin precedentes en el rendimiento de los estudiantes. En matemáticas, la OCDE experimentó una caída de 15 puntos en comparación con 2018, mientras que la lectura cayó 10 puntos. Para poner esto en perspectiva, una caída de 15 puntos equivale a tres cuartas partes de un año de aprendizaje, lo que subraya el impacto sistémico de las interrupciones recientes, pero también de deficiencias estructurales previas al COVID-19» Y añade Funcas: «El informe sitúa a España [y otros países del sur de Europa] entre los países con una proporción relativamente alta de jóvenes con titulación secundaria pero habilidades lectoras muy débiles. Esta reflexión cobra especial relevancia al analizar las habilidades reales como determinante del empleo futuro». Los datos reflejan concluyentemente una crisis sin precedentes en la educación secundaria que, por un efecto dominó, está condicionando la realidad de la educación universitaria.

Me da pavor que la enseñanza se convierta solo en tecnología, en pragmatismo tontorrón, me da miedo la tiranía del aprobado, el premio a la abulia y el castigo a la excelencia, la jerga pedagógica ignorante, que tachemos del horizonte a las humanidades, la historia, la filosofía, la literatura, que se infantilice tanto el estudio de las ciencias. La educación no es solo divertir, sino crear un pensamiento libre, una capacidad de juicio madura y un lenguaje rico. Hay que entender, después saber analizar, y, por último, opinar con conocimiento de causa en base a ese entendimiento y a ese análisis. Un estudiante que no sabe leer con profundidad, o tiene atrofiada la inferencia deductiva, que no sabe argumentar ni descifrar textos complejos, es un estudiante manipulable; mejor, un falso estudiante. La crisis de la educación es una crisis de nuestra futura libertad y mayoría de edad democrática.

Educar exige transmitir contenidos, exige memoria y exige, obviamente, disciplina. Si la educación secundaria renuncia a ser exigente, la universidad se ve obligada a convertirse en una escuela de recuperación, perdiendo su verdadera función investigadora y de alta cultura. Marina Garcés: «En las universidades españolas nos encontramos con estudiantes que tienen trayectorias escolares impecables en lo formal, pero que entran en pánico cuando les pides que formulen un problema por sí mismos, que piensen fuera del guion de las competencias asignadas. Los hemos educado para ser usuarios del sistema educativo, no sujetos pensantes […] La universidad se está convirtiendo en una escuela de secundaria prolongada. Como la educación secundaria se ha vaciado de contenidos teóricos bajo el pretexto de no traumatizar o no segregar, la universidad hereda alumnos sin herramientas de análisis abstracto. El resultado es que pasamos el primer año de carrera nivelando el terreno, enseñando a resumir, a argumentar y a estructurar el pensamiento».

Un panorama desolador.

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