Tengo ante mí una fotografía de mi madre que data de principios de los años setenta. Está sentada en un banco del jardín, vestida de blanco, bajo la sombra moteada de los robles. Mira hacia la cámara con una expresión que no es del todo una sonrisa, sino más bien una mirada de complicidad compartida con el espectador del futuro. Tenía una capacidad asombrosa para el entusiasmo puro; adoraba los colores, los reflejos del sol en el agua, la textura de las hojas, la música y los libros. Me transmitió el amor por la cultura, la convicción de que en el saber minucioso del mundo reside una forma de resistencia contra la inquina del tiempo. Mirar esta foto es comprender que el pasado no ha muerto; está simplemente guardado en la luz de sus ojos bellísimos. Su amor por mí era una presencia constante, una especie de atmósfera cálida y protectora que envolvió mi infancia. Recuerdo cómo compartía conmigo sus propios recuerdos, como si me entregara un tesoro para que yo lo custodiara. Ella poseía una rara lucidez espiritual, una reverencia por la vida que transformaba el día más ordinario en una aventura de la percepción. En esta imagen, veo no solo a mi madre en su juventud, sino la fuente misma de mi propia imaginación, la fuente de mis miles de páginas escritas, la mujer que me enseñó que el arte y una biblioteca son las únicas herramientas que tenemos para volvernos inmortales.
Tengo también otra foto de mamá, esta vez de niña. Observo la pureza de sus ojos, la postura de sus manos, una expresión de bondad que nunca la abandonaría a lo largo de su vida. En ese instante, la fotografía hizo algo más que recordármela: me devolvió su ser, su esencia. La fotografía me devuelve algo que siempre existió de verdad, algo que contiene una ciencia de la cual muy pocos poseemos la clave. Cada vez que la miro, no veo una simple imagen; veo su bondad, una cualidad que no era una virtud, sino una forma muy honda de carácter. Ella nunca me hizo un reproche. Y siempre me cuidó con mimo y ternura. La fotografía tiene ese poder terrible y maravilloso: abolir el tiempo, la muerte, ponernos frente a la verdad desnuda de quienes amamos y recordarnos que, aunque el cuerpo desaparezca, la luz de su presencia queda atrapada para siempre en el sepia del papel.
P.S. Mañana, 26 de junio de 2026, hará exactamente dos años que murió mi madre.
