Noemí, te veo en la foto en la esquina de la piscina en Alcocéber, con tu peca pícara en la nariz, comiendo de tu bolsa de patatas fritas y rubia de un amarillo de camomila. Sabes, siempre habrá una parte de mí que te verá como esa criatura pequeña a la que había que vigilar para que no se cayera. Ser el hermano mayor significa llevar una mezcla de orgullo y constante preocupación. Te veo crecer, convertirte desde hace mucho en una mujer con tus propios pensamientos y tu propio camino, con tu propia hija, pero para mí, el mundo siempre guardará el eco de cuando eras mi pequeña sombra, mi enana flor de mimosa, la niña que me miraba esperando respuestas que yo mismo apenas estaba descubriendo.
Ver crecer a una hermana pequeña es un proceso hermoso y, a la vez, un poco desgarrador. Uno recuerda el día exacto en que cabía en la palma de sus manos, recuerda sus primeros tropiezos y sus palabras a medio formar. Y de pronto, un día, dejas de mirar hacia abajo para protegerla y tienes que mirarla a los ojos, de igual a igual, asombrado ante la cuajada mujer en la que se ha convertido, pero buscando siempre a la niña que solía correr a tus brazos.
Porque sigues siendo, en mi memoria, Noemí, esa niña que interrumpía mis lecturas con alguna pregunta absurda o un juego improvisado. Ser el mayor es una tarea extraña; pasé la mitad de la infancia quejándome de que me siguieras a todas partes, y el resto de mi vida extrañando precisamente esos pasitos ligeros, ese cri cri, detrás de mí.
Te quiero pinzón que despliega sus alas hacia el cielo, panel de oro que rezuma en mis mejores pensamientos, rico rayo que desciende a las playas de arenas rubias, que desciende, crece y se posa.
