María Ángeles Gómez Carballo (1943- 26 de junio de 2024)
Ahora que no está, camino sobre un suelo inestable. Su amor era mi ley y mi refugio, y perderla fue como perder el idioma nativo. Tengo que aprender a hablar de nuevo, a vivir de nuevo, pero siempre con la certeza de que cada palabra que pronuncie llevará el acento de su recuerdo. Te quiero, mamá. Ahora y más allá.
El dolor que siento recordándola ahora es parte de la felicidad que tuve antes. Ese es el trato. Nos damos cuenta de que el amor incondicional que una madre nos ofrece tiene un precio que se paga al final, con la moneda del desamparo y la añoranza. Pero si volviera a nacer y me dieran a elegir, elegiría pasar por este mismo sufrimiento mil veces con tal de haber sido bendecido con sus cuidados, con su mirada protectora y con el refugio de sus brazos. Su ausencia es gigantesca, pero es el testimonio exacto de cuanto me quiso..
Es verdad, no hay herida más profunda en la vida de un hombre que ver apagarse los ojos de su madre. Es el fin de una era, el cierre del único capítulo de nuestras vidas donde fuimos amados sin pedirnos nada a cambio. Pero con el paso de las estaciones, el llanto amargo se convierte en un silencio reverencial. Uno aprende a caminar con ese vacío, no como una carga pesada, sino como un espacio sagrado que le pertenece solo a ella. Su ausencia nos enseña a ser maduros, a ser fuertes, a ser, por fin, los hombres y mujeres que ella siempre soñó que seríamos. Te quiero, mami.
