Oceanografía del tedio 84

Mi adolescencia fue un reino desafortunado. Casi no podía comprender nada. Lo que pasaba dentro de mi cabeza era algo distinto a lo que decían mis labios. Tenía algo que no encajaba en el mundo de las personas normales: comportamiento errático, no formulario ni convencional, impredecible, como el de los que no tienen una conciencia clara de sus actos. Siempre en mi mundo, sin amigos, alejado, alienado, mirándolo todo con ojos entre vacíos e idos. No sabía qué hacer con mi rostro con acné, mi cuerpo desbocado y tenso al llamado del sexo, mis sentimientos invertebrados. Estaba un poco fuera de mí mismo, y la vida, la incipiente elegía a la niñez, me golpeaba la cara como si fuera una cosa ajena, y nada tenía importancia, todo era una mierda, pero a la vez ese todo me parecía increíblemente importante. Lleno de curiosidad por las palabras y las matemáticas, pensaba que el mundo era mucho más grande y más maravilloso de lo que en realidad era. Ahora sé que la vida no es una gran aventura, sino una serie de momentos olvidadizos e insignificantes. Y los altibajos emocionales: alternativamente me imbuía un sentimiento de heroísmo y grandeza, como me derrumbaba igual a una lombriz reptando bajo tierra. Confusión y dispersión: cúmulo de momentos dispersos sin poder ser unificados, la experiencia fragmentada (más o menos similar a la experiencia de un adulto esquizofrénico)

Ahora solo soy un hombre solitario, enfermo y melancólico, vagabundo por los caminos del tiempo, que busca en vano la compañía de otros seres para hallar consuelo, y no la encuentra. Sufro una soledad tan completa y terminal que apena pensar en ella. Lo vacío y lejano, las alucinaciones y delirios, ocurren dentro de mí. Mis horas íntimas niegan la multitud y el bullicio, que me aturden y desequilibran. Leo, escribo, y, si puedo, pienso. Frágil, oscuro, huérfano y olvidado. Perdido y marginado. Como en mi adolescencia: pero corregido y aumentado.

Oceanografía del tedio 83

CELEBRANDO, CON CONVENCIMIENTO, A Mr. COLELL

a Marc, ingenium excelsum

Encontré, en la sala de espera del dentista,
en el número antiguo de una revista
coloreada de páginas satinadas,
la imagen de una tanagra rosada.
Hace tres décadas vi una parecida
en las vitrinas del Louvre. Y era joven.

La literatura de Marc, de noche y de día,
es un perrillo joven de belleza imperante,
es esa tanagra color árbol de mango,
tanagra de palabras que comentan
cristales rojos y enaguas blancas. Permítanme
decirle -transfigurado- lo que Eliot
a Walter de la Mare: «El gaucho
y el aletear de murciélagos, los fantasmas
de la mente y la vida, y la memoria
hechas misterio inexplicable del sonido».

Oceanografía del tedio 82

«Toda cultura tiene un comienzo, una madurez y una decadencia. Occidente ha alcanzado su fase final: el invierno de la cultura, cuando las formas vitales se marchitan y todo lo que queda es una burocracia impersonal y un arte de la imitación», Spengler. Y también: «»El Occidente ha agotado sus grandes formas culturales. En lugar de una verdadera nueva era, solo vemos la decadencia de las viejas instituciones, que ya no sirven para dar vida a una sociedad vibrante». En efecto, la espiritualidad se marchita, e, insensiblemente, se transforma en formas agotadas, estériles e impersonales.

O bien Nietzsche: «La decadencia de la civilización comienza cuando la vida, en su vitalidad más profunda, se vuelve algo temido. Los valores que glorifican la debilidad, la sumisión y la sumisión al ‘otro’ están destruyendo todo lo que es vigoroso en el espíritu humano». Y asimismo: «Lo que se denomina ‘decadencia’ es simplemente un proceso de transformación. La civilización occidental ya no puede vivir bajo los viejos mitos; es hora de que busquemos nuevos dioses». En efecto, bajo esta fraseología mesiánica, creo que la fuerza creativa decrece y la transición hacia valores más vitales y leonados, atigrados, se estanca.

Toynbee: «Las civilizaciones no se derrumban por invasiones externas, sino por el fracaso interno de sus valores y su capacidad para renovarse». Y «El peligro de la decadencia está siempre presente cuando las sociedades se olvidan de los principios que las hicieron grandes. La civilización occidental se enfrenta al mismo desafío que otras civilizaciones que ya han caído». En efecto, nos desconectamos de los principios fundacionales, originarios.

Y nuestro Ortega y Gasset: «La decadencia de Occidente comienza cuando el hombre de cultura ya no es el centro de la vida social, sino que es sustituido por la masa que no sabe ni quiere saber». O bien: «La crisis que vive Europa hoy es la crisis de la civilización occidental misma: la sustitución de los valores de la cultura por los intereses de una multitud irresponsable». En efecto, la mediocridad desplaza a la élite intelectual, la primacía de las masas, con sus intereses superficiales, lo reduce todo a escaparate, poder y fama, y la tecnología nos desconecta del ser y de la verdadera cultura. Nos impulsa algo así como el auge de lo banal, verificado incesantemente.

Oceanografía del tedio 81

Buenos días. «Un libro es un espejo que solo ofrece lo que tenemos en la cabeza», Proust.

La vida de provincia y aldea es un sopor, una monotonía. Se nos ha enseñado a pensar que somos felices, pero es solo porque no tenemos la capacidad de imaginar otra cosa. Una sociedad pequeña de oportunistas, feudal, de moral pequeña, estrecha y de sacristía, sin vuelo y sin riesgo. Ay los burgueses rurales o urbanos que tienen siempre libros en casa, pero no los leen. Sirven como muebles que tienen el mismo valor decorativo que un sofá, un cuadro de ciervos o una silla. Pobreza de espíritu y mediocridad. El arte se convierte en mercancía, en objeto de lujo, en escaparate.

La cultura, como todo lo demás en la vida, depende del punto de vista. Los que se creen más sofisticados a menudo son los que menos entienden la verdadera esencia de la vida. El arte y la cultura no son una mercancía que se pueda consumir y luego desechar, sino un legado que debe ser VIVIDO Y ENTENDIDO PROFUNDAMENTE.

Para mí la cultura, la esplenderosa biblioteca, no es solo un ornamento para el alma, sino una fuerza que moldea nuestras vidas. Aquellos que la buscan solo por su apariencia nunca logran descifrarla. Yo me crie en medio de una clase burguesa hacendada muy culta, que valoraba sobremanera la cultura y la instrucción.

Percibo con pesar que esas capas cultas de la burguesía se adelgazan cada vez más. Por decirlo de modo inequívoco: la burguesía, como clase, ha convertido la cultura en una mercancía, ha hecho de la cultura un medio de diferenciación social, un modo de mostrar que uno pertenece a una élite, pero sin ningún interés en la creación o en el pensamiento. La verdadera cultura está fuera de su alcance y nunca es una cuestión de vida o muerte. Es una cuestión de distinción, de clase, un ejercicio de exhibición, banalización, o distracción, pero no de transformación. En líneas generales, y pese a contadas excepciones, dejó de ser una clase educada y sofisticada; la cultura en ellos sirve para afirmar el poder, el estatus, pero, en esencia y existencia, se vive como un lujo vacío.

Oceanografía del tedio 80

Recuerdo las delicadas crepas de mi niñera, y la suave fragancia de los pasteles de crema que mi madre solía hacer. Ay, mamá, mamá, cuando me servías una rebanada de pastel de manzana, y mientras lo comía, sentía una mezcla de dulzura que se convierte ahora en desesperación y morriña.

El pato, tan ricamente condimentado, era un símbolo de nuestra nula decadencia, de nuestro máximo esplendor. Y las fresas maduras, que mi madre -siempre tú, mamá- recogía con tanto cuidado, y que me traen a la memoria las tardes doradas en las que nos reuníamos en el jardín, o en la casa, durante el verano, de Orense. O el menú de aquella noche que parecía haber sido compuesto no para satisfacer el apetito, sino para crear una atmósfera de lujo: ternera asada, foie gras, pescados exquisitos, y una gran variedad de postres, entre ellos, una crema catalana que me hizo recordar las tardes en las que la familia solíamos visitar los alrededores de Tossa de mar. O las terrinas de trufa, langostas con salsa de champán, y para terminar, una tarta de frutas sin asomo -el punto exacto, el punto deliciosamente soportable- de carga de azúcar.

Cocina con ciencia. El roast-beef tierno, las coles con su chispa exacta de sal, el color y la forma bailarina de la cerveza muniquesa, «mel i mató» con un puñadito de nueces, kokotxas limpias y sazonadas, cocinadas a la plancha, vuelta y vuelta, con un poco de aceite y untadas ligeramente con el mojo (50 g de aceite de oliva, 1 tomate pequeño asado,1 cebolleta asada, 25 g de almendra tostada, 1 ajo frito, una pizca de vinagre de Jerez, 1 gota de agua de azahar, sal y pimienta)

Todo acabó. La cultura, la alta burguesía misma, pasó a ser una parodia de su pasado. Lo que ha sido grande en la historia del arte, de la cultura, de la moral, del pensamiento, ya no es más que un resto podrido, un vestigio decadente de lo que una vez fue. Radiación basura del televisor. Sopranos calvas y afónicas. Analfabetos periodistas. «El mundo que he conocido ya no existe, y lo que queda de él está en ruinas, como un teatro donde sólo quedan escombros», Proust. La cultura moderna no es más que una máscara que oculta un vacío gigantesco; una máscara que se cae poco a poco, y detrás de ella no queda nada. Ilotas de la palabra. Música para vándalos. Literatura para párvulos. Escritores de estilo «borderline». Lo señaló Ortega: «Cuando la masa se adueña de todo, lo primero que hace es arrasar la cultura».

Oceanografía del tedio 79

La casa estaba oculta entre una maraña de árboles y arbustos (encinas, retamas negras, lentisco) como si, por algún designio adivinatorio de la naturaleza, hubiera evitado la rugosidad y neuropatía del mundo exterior. Su fachada, una mezcla insólita de piedra gris y mármol sutil y hermosamente envejecido, mostraba una serenidad praxiteliana, como si no fuera un mero refugio, sino una dulce prisión disimulada bajo una capa iridiscente de «tempus» campestre. Los ventanales, amplios y apolíneos, cartesianos, algebraicos, parecían ojos que observaban sin parpadear, filtrando la luz en finos hilos áureos con vetas de pez plata que, al atravesar las cortinas de seda, o los cortinajes de terciopelo, daban al interior un aire de ensueño: un sol pálido, quebrado en fragmentos como rodajas de fruta joven y ácida.

La casa se alzaba en un rincón apartado de Barcelona, como una reliquia hacendada y señorial y culta de otra época, sus muros cubiertos de enredaderas que parecían intentar mantener suspenso el «tempus fugit». Desde la entrada, los pasillos se extendían en direcciones levemente -o aparentemente- arbitrarias, envueltos en la penumbra que se deslizaba por las paredes pardas, cuyas vetas, casi invisibles, parecían hablar en murmullos de epigramáticos poetas latinos. El aire que se respiraba allí tenía un carácter denso, impregnado del aroma a cera imaginario de mis abuelos y bisabuelos, y a un poquito de polvo que se acumulaba sobre los muebles antiguos, cuyos bordes y superficie, aunque cuidadosamente pulidos por la doméstica, tenían un dejo de abandono, como si la casa, a pesar de su belleza exterior e interior, hubiera comenzado a ceder lentamente a la incuria de los años.

Las habitaciones, amplias, tibias y solemnes, estaban adornadas con tapices de colores desvanecidos que se deslizaban con la «suavitas» de yemas que se escurren sobre la piel de una rubia amante mítica. Las alfombras, de un tono rojo mate, flordelisadas, cubrían el suelo con una euritmia que invitaba a caminar sobre ellas con una lentitud reverencial, como si el propio suelo de la casa se negara a olvidar la huella de los pasos eruditos y magnos que en él se habían detenido.

En el salón principal, una gran chimenea de mármol blanco dominaba la escena, y el fuego crepitando era un eco jaspeado para mantener a raya la fría indiferencia del invierno que conquistaba la soledad de los exteriores oscuros, apaches y extranjeros. Las ventanas, cubiertas por pesados cortinajes de terciopelo, dejaban entrever un mundo externo opaco y distante y maledicente, como si la casa quisiera proteger a sus moradores del paso inclemente de la estupidez o de los lugares bárbaros, sumergiéndolos en un espacio donde lo único que importaba era la permanencia de los objetos, la quietud intemporal de las horas que, a medida que se deslizaban en ondas verde-naranjas, se volvían cada vez más felices e irreales.

Oceanografía del tedio 78

La biblioteca de mi infancia era un aposento alto, con estantes de madera oscura que exhalaban el aroma seco de los tomos viejos de papá y mamá. Los lomos de los libros brillaban como escamas de un pez bajo la luz oblicua que entraba por los ventanales altos. Cada volumen parecía contener un universo plegado sobre sí mismo, y yo pasaba las horas deslizando la yema del dedo por los títulos dorados, soñando con los mundos que aún no me atrevería a leer. En un rincón, un globo terráqueo ligeramente polvoriento giraba en silencio, y el crujido del parquet acompañaba mis pasos como un compañero cómplice.

No sentía mayor felicidad que quedarme en la biblioteca, con la puerta cerrada, sumergido en la lectura. La biblioteca no era más que una colección de simétricos estantes, pero allí viajaba más lejos que en cualquier tren o avión o barco, con mis libros como única brújula.

Ahora, en mi gabinete o despacho de mi pazo orensano, la habitación está tapizada de estanterías repletas de libros encuadernados en piel, cuyos títulos centellean débilmente a la luz tamizada. Hay en el aire un perfume leve de cuero viejo y papel, y el silencio del lugar parece preservar no solo las palabras impresas, sino también los pensamientos que yo he depositado allí con cada lectura. Aquí se justifica mi vida y soy feliz.

Oceanografía del tedio 77

Deseo la gloria. Un copo de nubes que se apoya sobre el encaje de dos aserrados. Perdurar más allá del atardecer, tras el acuciante (y bostezante) insistir de unos pocos dioses. Auto-regenerarme, y, como una propina de oro, como sílabas que restauran y salvan mi vida, derivar hacia la noche y su memoria.

Lo sé; todo acaba bajo las magnas soledades del mar. Imposible que las sierras se doren con rayos de sol solo míos. Tras la portezuela última, NO asomarán mis ojos miopes, enfermos y vidriosos.

Tengo escrito que el anhelo de inmortalidad (para quien objetivamente, como yo, no la merece) es un deseo banal, inmaduro, pueril y adolescente. Viví entregado al Arte, no sobrevivirán ni unos grumos de mi pequeño arte tras mi desaparición. Pero deseo -permítanme la fatua contradicción- que me acoja ese misterioso refugio sagrado, y ser algo distinto al olvido tras mi miserable vida.

Oceanografía del tedio 76

EPITAFIO

Losa de fúlgido mármol soy
y en mis entrañas guardo a un hombre,
Christian, que duerme un bello sueño
y habita entre los muertos,
y a quien la República de las Letras rechazó…

El cuerpo de un gusano reposa [aquí…].

Su hermana Noemí mandó labrar
estas honrosas palabras: “Fue caritativo y sabio”.

No ultrajes mi sepulcro,
no te burles de los muertos,
ni vomites nunca una palabra contra su espíritu;
no calumnies tampoco a los que ya no existen,
no sea que de ti se apoderen
los torbellinos y rayos de los cielos…

Hombre que estás encima,
no insultes con tus pisadas a los que debajo yacen,
ni te rías de los muertos mientras descansas.
Porque también a ti te aguarda tumba semejante…

De conversación suave, ido de mente,
pero -paradoja- de reflexión comedida.
Preservó la casa. Trabajó la palabra.
Amó y fue también amado.
Un hombre apaleado, honesto, leal,
gran solitario, sin amigos,
de su memoria están los huesos que aquí reposan.

Es todo. Esto quiso que supieses.
Salud. Sigue ahora tu camino.

Oceanografía del tedio 75

La gente es bastante coñazo y plasta. A veces se argumenta que la conversación forja el carácter o enriquece el intelecto. Pero, según mi experiencia, las conversaciones se limitan a un mero «guau» (aprobación, pulgar arriba) o «egs» (reprobación, pulgar abajo) de tipo emotivo.

La gente no sabe hablar de ideas, es renuente e incapaz frente a la conversación de ideas, y solo se limita a contarnos su vida o expresar sentimientos (o, frecuentemente, ambas cosas a la vez). Y como que la interacción humana es esencialmente lingüística, suelen expresar esas emociones con rótulos verbales tópicos y vacíos, donde la denotación es vulgar, un mero cliché, y lo relevante es el volcán o magma afectivo connotado.

«Nada humano me es ajeno» es la traducción de la frase latina «Homo sum; humani nihil a me alienum puto», que significa «Soy un hombre; nada de lo humano me es ajeno». Fue escrita por el autor de comedias romano Publio Terencio Africano en su obra «El enemigo de sí mismo» (165 a.C.). La frase expresa solidaridad, justicia y una conexión profunda con la humanidad, sugiriendo que todos los seres humanos comparten una condición y deben entenderse y apoyarse mutuamente. Esa condición común o copertenencia es, a mi juicio, el sistema afectivo, la emotividad.

Algo dignísimo, muy respetable, el hablar como los simios se despulgan. Pero los más grandes acontecimientos son las ideas, agentes transformadores y provocadores de la historia. Ignorarlas también disminuye y emprobece la condición humana.