Oceanografía del tedio 64

Creo ahora que el único propósito de la soledad es vivir cada uno a su gusto y a sus anchas. La soledad que amo y defiendo consiste, en suma, en recuperar mis sentimientos y cavilaciones y apropiármelos de nuevo, en restringir y refrenar, no mis pasos, sino mis deseos y pesares, negándome a preocuparme de cosas externas, y huyendo como de la peste de la servidumbre y las obligaciones: en retirarme no tanto de la humanidad, como de la muchedumbre.

Acaso por mi trato frecuente con el saber y prosa de los antiguos, y por la huella (demasiado tenue) que han dejado en mí las almas fastuosas del pasado (o de los genios -pocos- modernos), siento repugnancia hacia mí mismo y hacia los demás. En verdad, vivimos en una época que tan solo produce una brutal y viscosa, pastosa y mucosa mediocridad.

No hay placer como la lectura ¡Qué pronto se cansa uno de cualquier cosa antes que de un libro! Me sentiría miserable si no tuviera una excelente biblioteca en mi pazo. Bandadas de papel abigarrado y textura de miel y cocuyo. Estar rodeado de libros me hace sentir seguro, y del mismo modo que algunas personas necesitan árboles o montañas a su alrededor para sentirse seguras, yo no, yo no me aferro solo a la naturaleza. Me aferro a los libros.

Me levanto pronto y paseo alrededor de la biblioteca de la casa. Trance, sugestión, alegría hermosa y neurosis noógena, apasionada abreacción catártica. Los libros son mi mejores «boufflées délirantes», las rejuelas para mi soledad, mi amado «raquement» de palabras, cosas, rosas e ideas. Mi biblioteca es donde vivo una gozosa, tan distinta a la real, delusión paleofrénica. Un arte, más que por la razón, gobernado por la armonía preestablecida leibniziana.

Libros: diaspros sanguinos, islas para observar con prismáticos el vuelo y color de las aves migratorias, el virar en ondas de columnas de lino mayoliano, las alas de ágiles pinzones, y la levadura macerada en las córneas al poderlos contemplar. Libros, toda la belleza nublada del verano. Libros, marcharse feliz al fin del mundo.

Biblioteca, pasión y camino, sentido de mi vida.

Oceanografía del tedio 63

Hazlitt: «Deseo hacer de este ensayo una especie de estudio del significado de varias palabras que en diferentes momentos me descorcentaron. Entre ellas hay palabras perversas, otras falsas o bien verdaderas, y palabras aplicadas al sentimiento; por último, el deseo unificador: profundidad y superficialidad. Acaso le divierta al lector ver la forma en que elaboré algunas de mis conclusiones ahogado bajo tierra, antes de arrojarlas a la superficie».

Así deseo mi prosa y verso, en resumidas cuentas, mis libros. No me acerco ni en sueños.

O bien Trithemius: «Existen libros que hacen surgir en nosotros el deseo de una felicidad en el futuro, alivian las molestias del estado de exilio que ahora vivimos, nos alejan de los vicios, nos dan fuerza en las adversidades y transforman en algo fructuoso nuestro tiempo».

También me poseyeron esos deseos quiméricos. No pudo ser.

Mi literatura es propia de una mente vulgar, mecánica y mercantil. Una infame y satánica mina de barro. Pero oí a citaristas geniales en casas ajenas (Proust, James, Nabokov, Eliot, Unamuno, Valle-Inclán, Salinas, Melville, Faulkner, Austen, Tolstoi, Kafka, Flaubert, Homero ETCÉTERA) Luz del viento que lleva por los días, oscuridad a través de la Luna, veleros del mundo. Profundas sombras de chopos en el agua. Fui feliz. Lo normal es leer.

Oceanografía del tedio 62

Llevo una vida aislada, solitaria…¿envidiable? En la lotería de la vida la Fortuna fue algo generosa conmigo: frugal, gasto la mitad de lo que gano, inteligente, entiendo más cosas de las que no entiendo, culto, detecto y aprecio (admiro de modo babeante) a los Inmortales.

Leo y escribo de noche. Ayer releí a Borges, algunas «Epystole» y fragmentos del «De remediis utriusque fortunae», de Petrarca. Hoy estudiaré un poco el manual de Vicens Vives sobre «Matemática discreta» y hojearé la «Historia de la literatura inglesa», en Gredos, de Esteban Pujals. Probablemente mañana me enfrente a las «Memorias» de Gibbon.

Tengo, dispuestas, en la mesilla, futuras lecturas: «Alexandreidos Libri decem. Nunc primum in Gallia Gallicisque characteribus editi», los poemas de Bernardo Atxaga, a Pellegrino Artusi, autor de «La scienza in cucina e l’arte di mangiar bene» -gran divulgador de la cocina italiana-, «Miscel·lània papirològica Ramon Roca-Puig», números del «Boletín de la Sociedad de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia», así como revistas atrasadas de la «Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría». Se amontonan clásicos para releer (Montaigne, Conrad, Stevenson, Eurípides, Catulo, George Eliot, Cernuda…) y novelas o ensayos de actualdad novísima. No doy abasto. Mi ritmo de lectura tiene una progresión aritmética, y lo que deseo leer, geométrica, o, mejor, exponencial. En fin.

Pero mi casa es excelente. Mi conversación vivaz. Mi familia honorable. Sea pues escrita aquí y ahora, en imaginario mármol, mi expresión de gratitud y placer para con la vida. Mi mente se deleita en el pasado y se alegra de su futuro (debido a mi maltrecha salud, seguro que un futuro angosto y breve) El mundo fue para mí -pese a la limitante e híspida enfermedad- un incesante libro mágico. Si pudiera volver a vivir, reviviría mi vida tal como fue.

Aunque solo somos sombra, e invisible sombra de una sombra, y efímero polvo terrenal, lamento que la fiesta acabe. El mundo de la evidencia, el mundo de los sueños y la nieve y el fénix, todo morirá, pero fue -admitámoslo- maravilloso. El tiempo dulce, celeste, devorado por el amor y la piel brillante de la serpiente, todo morirá. Nuestra enferma y febril naturaleza, las injurias, las gemas, los libros…

Oceanografía del tedio 61

Permítanme la vanidad desmedida, la soberbia desmesurada, la presumida petulancia, de observar que mi biblioteca rebosa o casi alcanza los veinte mil volúmenes.

Gasté peculio (no poco) y ojos al formarla, y es mi única hacienda, patria y desvelo. Cuando me vine a vivir a Galicia desde Barcelona, todo un señor tráiler, cargó con decenas y decenas de cajas -entre otros trastos, evidently.

Aunque sobre gustos y colores «non disputandum«, no hay querellas, he de admitir que es una biblioteca básicamente aburrida, a imagen y semejanza del lector que la sueña y vive.

Excepto casi un centenar de títulos de libertinos dieciochescos franceses y dos centenares de novelas bizarras y extravagantes, excepto rarezas curiosas y muy divertidas, excepto los anaqueles de la literatura de ocasión, la de mero (y también feliz) entretenimiento, poca miga o chicha tiene.

Abundan los grandes nombres que gustan hoy poco, abundan sofismas inevitables, poesía, y plúmbeos o farragosos ensayos. Mi biblioteca es como una chica que enamora por sus calidades interiores intrínsecas, por su belleza interior, y no por su despechugado y llamativo escote. Es una biblioteca mohosa, tímida, pudibunda, gafuda, empollona, escolar, recatada, de esas que evitan las deliciosas vampiresas gamberras o los chicos malos.

Sería buena herencia para una diócesis y no así para los vestuarios de un gimnasio. La cultura es una señora vieja, arrugada y antigua, una anciana venerable, con peluca, desprovista o no ataviada todavía (creo) con piercings, tatuajes y cabellos teñidos de verde. La cultura está en trances de desaparecer, sino ha desaparecido y mutado ya, diluida en formas masivas y mercantiles de «divertissement«.

***

Los libros, por lo único que vale la pena vivir, tienen, como una navaja multiusos, muchas funciones diferentes. Una de ellas es CONSOLAR. Las palabras de los libros curan a los afligidos, son un método ideal para soportar el dolor, casi ninguna acedía se puede quitar de la mente con un libro esperándote en la mesita de noche.

Los daímones librescos intermedian entre el cielo y la tierra.

Oceanografía del tedio 60

En Roma, la gente no solía abrir la boca en público, ni para decir tonterías -como ocurre hoy en muchos parlamentos de las península hispánica-, ni para enredar al personal con argumentos falaces: la fuerza de los discursos ciceronianos, por ejemplo, reside en el hecho de un alto sentido de responsabilidad política al servicio de la patria. El bello estilo de Cicerón -que a veces suena como una sinfonía de Haydn, a veces incluso como una, más apretada, de Beethoven- es sólo una sombra natural de virtudes que van mucho más allá de la oratoria.

Cicerón, café de soleadas calles.

Los políticos contemporáneos usan y abusan de argumentos no razonables o racionalmente no convincentes, es decir, que, aunque puedan ser válidos, contienen errores de inferencia por violar uno o más criterios de la buena argumentación, en román paladino, usan y abusan de FALACIAS.

Falacia; falacias formales; falacias informales; falacia del medio no distribuido; falacia del condicional; falacias modales; falacias probabilísticas; falacia del jugador; falacia de la conjunción; falacia ad logicam; falacias informales contra el criterio de claridad; falacias por ambigüedad; anfibología; falacias por vaguedad; falacia del obscurum per obscuris; falacia por hipóstasis; falacias informales contra el criterio de relevancia; falacias por omisión (testaferro o falso dilema); falacias por falsa pista (etimológica, ad hominem, ad verecundiam); falacias ad populum; falacias ad antiquitatem/ad novitatem; falacias ad consequentiam (ad baculum/ad metum); falacias informales contra el criterio de suficiencia; falacia por inducción precipitada; falacia por inducción perezosa, falacia de la falsa analogía; falacias de la relación causa-efecto; falacia de la pendiente resbaladiza; falacia post hoc ergo propter hoc; falacia de la confusión entre condición necesaria y condición suficiente; falacia ad ignorantiam y muchas más.

Debiera haber alguna coerción legal contra los innumerables políticos inútiles e ineptos, como la hubo contra vagabundos y holgazanes. Gente atareada, ansiosa, histérica, ignara, analfabeta.

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La democracia degeneró ya en detestable oclocracia.

«En un barco no debería decidir el más popular, ni las creencias populares, pues no por ser mayoría conocerán el camino» comentó un sofocrático Platón.

La «vox populi» no es necesariamente la «vox coeli», «voz del cielo».

Los mejores raramente son comprendidos y aceptados por la mayorías.

Cualquier democracia peligra o se deslegitima bajo la influencia nociva de los ignorantes.

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¡¡¡OCLOCRACIA!!! Esa es la palabra para definir lo que ha ocurrido en España. Un pueblo analfabeto en cuestiones políticas. Un pueblo alcohólico, putañero y degenerado. Un pueblo futbolero. Un pueblo que se acostumbró a las mentiras. Un pueblo que terminó admirando a los criminales, corruptos, bandidos, mafiosos. Votantes que actúan como pedigüeños. Individuos sumidos en una profunda estupidez, y que, como perros hambrientos, esperan las elecciones para cambiar su voto por un plato de comida. ¡¡ASÍ NO SE PUEDE!!

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El gran filósofo Platón, que no era ningún imbécil, cuando ideó un sistema político perfecto no pensó nunca en la democracia sino en un gobierno de sabios, consciente de que la democracia es manipulable y suele caer en manos de los incompetentes y los malvados, como ocurrió siempre en la Grecia Clásica y ocurre en nuestros días. España es, probablemente, la mejor prueba existente en el mundo para demostrar que una democracia falsa y débil, cuando es gestionada por mediocres, termina convirtiéndose en una dictadura de incompetentes y, a veces, de canallas y delincuentes.

Los que se sientan en los sillones del Congreso y el Senado afirman representar al pueblo, pero solo representan a sus partidos, a los que rinden cuentas y a los que miman para seguir figurando en las listas electorales. Los partidos políticos, que deberían ser palancas para que los deseos y aspiraciones del pueblo lleguen al Estado y se conviertan en realidad, son aparatos mafiosos mas interesados en su propio poder y privilegios que en servir al ciudadano y al bien común. Los gobiernos son fruto y consecuencia de ese mundo pervertido donde nadie representa al ciudadano y el egoísmo y la avaricia corrupta han suplantado al interés general. Ese gobierno ya nace pervertido, suscrito a la mentira, al engaño, a la manipulación y a casi todos los vicios contrarios a la decencia. Todos ellos, desde los diputados y senadores a los altos cargos y gestores, incluyendo las altas instancias del poder gobernante, representan, como mucho, a esa muchedumbre manipulada y engañada que se comporta como esclava y que sigue votando a sus verdugos cada cuatro años. De ese modo, la teórica democracia se transforma en dictadura de mediocres y el sistema evoluciona rápidamente hacia una oclocracia y, en el peor de los casos, cuando la corrupción, como ocurre en España, se dispara fuera de control, en una coprocracia.

Oceanografía del tedio 59

Deseo tan solo una reglamentada y ordinaria tranquilidad. Una vida sosegada de perro lanudo; una pomposa monotonía sin sobresaltos. Hundido en la vieja butaca de cordobán, leyendo a Gibbon, escuchando a Mozart, y recordando las hermosas pláticas de mamá. Atado a una larga quietud, de modo dulcísimo.

Pero hiedo a cloaca y mi tacto es de entrañas de pescado. Rata de vientre despeluchado. Eterno –egomaníaco- parloteador de mí mismo, rezumo olor a patata podrida.

Tañe (y estremece) mi solitaria enfermedad. Barca en el varadero. No sé cómo abolir esta desidia. Se van apagando progresivamente mis emociones; ni las experimento ni las expreso como el resto de las personas. Una tétrica restricción o indiferencia o aplanamiento afectivo.

Conmigo llevo un estercolero; la fetidez del ser.

Oceanografía del tedio 58

A muy pocos interesa la cultura. La cultura de veras. A veces creo que el libro culto o excelente es un objeto extraño en nuestra sociedad. Nos quieren a todos alelados, asnados, tontucios, babiecas, zambombos, ciruelos, maxmordones, marmolillos, zamacucos, zampatortas, bozales, monotes, tolondros, bausanes, zolochos y bonotes.

Yo leo y estudio cosas raras, y disfruto, y no me aburro y me apasiona, como el «Polycraticus», de Juan de Salisbury, o la «Metanasiana», de Thémiseul de Saint-Hyacinthe. Y no ceso de repasar artículos del «Dictionnaire» de Bayle, o de la undécima edición de la «Britannica» (la preferida por Borges)

Leo «Mirifici Logarithmorum Canonis Descriptio» («Descripción de la maravillosa regla de los logaritmos», en español, y conocido informalmente como «Descriptio»), un libro del terrateniente y aficionado a las matemáticas escocés John Napier, donde expone, por vez primera, el método de uso de los logaritmos, o leo asimismo el «Liber abaci» (1202), libro histórico sobre aritmética de Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci.

También me gusta leer novelas de ternura y hechuras novísimas, poesía del ahorita mismo, ensayos sobre tópicos del día, y, de manera obsesiva, recurrente, a los amados clásicos grecolatinos (vano, amigos, nombrar a Homero, Esquilo, Catulo, Virgilio, Plutarco, Platón, Tácito etcétera) Y no molesto a nadie, y no se envilece mi espíritu, y soy moderadamente feliz -mi salud suele sabotearme-; feliz, que es a lo más que se puede aspirar en esta solitaria, pobre, chata, desagradable, brutal y corta vida.

Ambrosio, Agustín, Casiano, Alcuino y Bernardo, opacaron a Juan de Fécamp, «el más notable autor espiritual de la edad media antes de San Bernardo»(A. Wilmart, «Auteurs spirituels et textes dévots du moyen âge latin», París, 1932, p.127) Fécamp no dejó de aspirar a la soledad del eremitismo.

A mí me gustaría leer libros antiguos, en lenguas exóticas, o bien traducidos a las principales lenguas de cultura europea, y vivir en soledad. Leer, no a Pérez Reverte ni Sonsoles Ónega o Coelho (esas baratijas «poshlost»), sino «Delle Memoria historiche della città di Catania», de Pietro Carrera, o no las vaciedades de Dolores Redondo, sino «De re Grammatica hebraeorum opus, in gratiam studiosorum linguae sanctae methodo quam facilima conscriptum», de Jean Cinquarbres. En primeras y rarísimas ediciones a poder ser.

La vida es mortal. Pero acaso podamos hacer en ella un hueco para leer a Juan Clímaco, abad de la comunidad de monjes del Sinaí, autor de «Liber ad pastorem» (existe una «Vida» de Juan Clímaco, escrita por Daniel de Raitu, ciertamente pobre en informaciones precisas) La obra que dio a Clímaco celebridad duradera fue sobre todo «Scala paradisi». Siguiendo una imaginería inspirada en la escala de Jacob, describe las etapas de la ascensión espiritual en treinta escalones, que corresponden a los treinta años de la vida oculta de Jesús. Escrita con mucho sentido psicológico (descripción de la gula o de la acidia, por ejemplo), en una lengua vigorosa y a menudo llena de imágines, la «Scala paradisi» tuvo gran influencia en Oriente, donde fue comentada con frecuencia.

Y también les recomiendo la lectura de Jan van Ruysbroek, ordenado presbítero en 1317, que llegó a «vicarius» y después a «capellanus» de Santa Gúdula. Sus escritos místicos son de un valor excepcional; obras maestras literarias, monumentos de literatura, descripciones preciosas. Lean «La piedra resplandeciente», opúsculo de una belleza y sutileza pasmosa. Ruysbroek habla, como los renanos, de un más allá de las palabras y los conceptos, de la «profundidad abismal del silencio» y del «desierto» al que se llega solo por el no saber.

Nota bene: En Gerona existió un centro activo que contó con cabalistas sobresalientes: Juda ben Yaqar, Ezra ben Salomón, Azriel, Jacob ben Sheshet, Moisés ben Nahmán. Sus escritos han sido casi todos editados y traducidos. Léanlos, si les parece bien, amigos. Es tiempo muy bien empleado. Leer, leer, y no saber nada.

Oceanografía del tedio 57

Ahora, lloviznar, sirimiri, orvallo. Una noche amuñecada que te mira con rímel sereno. En los robles y pinos altos se enredan vellones de luz astral y lunar. “Tot just, quin esglai!”, acaba de entrar por la ventana una polilla en mi habitación, con su móvil remover caótico su ruidillo de urraca de feria en medio del total silencio.

En verano, en mi aldea, el aire se puebla de movimiento y color: algunos pocos vencejos. Scherzo de los altos nidos de las torres, silbido y navajazos súbitos y zigzagueantes como contrapunto y color orquestal de un Allegro con fuoco. El aire se convierte en un lienzo que cosen incansables junto a otras aves más comunes. Vivir: a veces, es zalamería vocinglera, enlabiado y garboso ademán, pues puedes escribir o leer tranquilo en casa, y existen alrededor abejarucos, golondrinas, gorriones, oropéndolas, alcaudones y herrerillos.

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Hoy acaso vaya de tertulia a Orense. Orense es una “nouvelle” de condesas y marquesas algo demacradas. El otro día, Lamas, el Dr. Gracia y yo, discutíamos acerca de qué color buscar como el más adecuado para Orense. Tras varias propuestas, acordamos, acudiendo al propio nombre de Guermantes: “mordorée”. Esto en lo que toca a la ciudad y su color.

Respecto al cielo convenimos que molesta en invierno; obscuro y helado como unas congeladas vísceras de caballa de salmuera. En primavera es casi una benigna escrófula de ostra salada. En otoño es un cumplido escabeche con aceite limpio, unos tonos blancos de ajo dorado y un violeta pálido de laurel, pimienta y un par de clavos.

Orense, el escalofrío de saberla mi última ciudad.

Oceanografía del tedio 56

Esquizofrenia positiva (1)

Trabajo en un cuarto interior, perfumado de flores, escuchando siempre solo a Bach, y donde exclusivamente yo -no así la doméstica- entro; rogué al inquilino del sexto que no hiciera ningún ruido; duermo de día y trabajo de noche. Alguna que otra noche también salgo. Soy popular en el barrio y en la vecindad. Caritativo con los del sexto piso -la gente humilde (mala suerte) de la casa. De pocas palabras. Muy amable. La portera lloró al recordarme. Tengo un hermano, neurólogo, que vive en la plaza Lesseps, y la hija de éste, Srta. Sanz, por cierto, también escribe. El conserje subió a verme dos minutos después de mi muerte y yo estaba -afirmó- todavía como vivo. La noche anterior, dije a la señora Maruja, quien me cuidaba: “Hoy he escrito la última línea de mi pentalogía. Mañana ya no estaré aquí”. Tuve un secretaria que era aficionado al cine, que un año o medio año antes de mi muerte partió para Francia, donde aún debe de estar, habiendo dejado en manos del conserje un visón y una pequeña colección de joyas que no se acordó de pasar a recoger.

El día de la muerte de Christian Sanz estaba la entrada de la casa llena de orquídeas hasta la calle.

Roser de Bofarull: “El ruido -excepto su monomaníaco Bach- sobresaltaba a Sanz, como a Proust, como a Lamartine, como a Flaubert, como a Juan Ramón. Una interrupción en el proceso de escribir podía causarle un colapso, como la interrupción de un proceso fisiológico elemental o una hecatombe en una ley universal. Gómez de la Serna dice que, en el estilo de Sanz, se oye hasta el zumbido de la mosca que anda por el cuarto y la música del Concierto para dos violines, BWV 1043″

Eladio Vilarchao: “Los cenadores, los recuerdos de infancia, las blancas aves de los sueños, los indolentes barones de la literatura, las memorables coleccionistas de cisnes y perfumes, balaustradas historiadas, labios sedientos que se deslizasen ingrávidamente desde la cabellera tibia a la ardiente nuca de Martha, la cera en los velones de «Rojo y negro», las miles de páginas de las «Memorias» de Saint-Simon, el escámolo de la góndola, leopardos de mármol, los subterráneos del Ritz, su madre…Todo eso removía la literatura de Christian Sanz. Afirmo concluyentemente que, aunque lo fingió, nunca estuvo loco”.

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(1) La esquizofrenia positiva indica la esquizofrenia en que se manifiestan los síntomas positivos o psicóticos. Los síntomas positivos son los más llamativos, expansivos o floridos, los clásicos síntomas que distorsionan la realidad. Básicamente se agrupan en los delirios (de muchos tipos e irreducibles a la lógica, y que gobiernan el pensamiento) y las alucinaciones (percepciones, de tantos tipos como sentidos tenemos, percepciones sin estímulo)

Oceanografía del tedio 55

La esquizofrenia negativa (1)

Desvaríos sardónicos, falsos y melancólicos. Como dar golpes con tu cabecilla contra la cuna cuando eras pequeño, o el trastabillar vacilante por un sendero pedregoso con charquitos de betún en los ojos. Las manos agarrotadas, las piernas disueltas y sibilantes, el corazón saqueado. En lugar de argumentar, las palabras no son cálidas, fulgurantes ni expresivas; respondes con monosílabos, de modo infantil, con gran merma en la precisión. Una superficie de cartón arrugado y húmedo recubre, como una película, cualquiera de los objetos del mundo (tu materia es la humedad residual en todo) De nada apaciguan los sueños ni la decocción de buglosa u hojas de violeta. Reflejada en los espejos, tu silueta rellena de alquitrán granulado. El moho gris invade los bosques o avenidas donde paseas, o a tu boca babeante y empalagada a golpe de soledades. Y se desinflan de hambre y tiña las mascotas. Satanás -ese viejo enemigo- garrapatea la debilidad para cumplir sus designios. Respiras pavesas cerúleas como polvo de ladrillo en los pulmones. Pelusillas de vidrio corren por las venas de tu cráneo. Y la parte más gruesa de la bilis aterroriza la imaginación. Y la membrana de la vejiga, fina y tenue, se convierte en un cuero duro. Pero meas sangre.

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(1) Se sobreentiende por esquizofrenia negativa los síntomas negativos de la esquizofrenia. Una pérdida de facultades previamente adquiridas. Esencialmente existen síntomas de tres tipos: los relacionados con la capacidad de emocionarse, con la motivación y con la capacidad de expresión verbal.

Se experimenta un progresivo apagamiento del tono o viveza emocional, hay un deterioro expresado en forma de abulia, apatía, desidia, aislamiento, autismo, ausencia de intereses o planes de futuro, e incapacidad de organizar un proyecto existencial. También se empobrece el discurso (alogia)

A veces se pueden desorganizar tanto el pensamiento como la conducta. Y puede también presentarse una intensa angustia. Respecto a los síntomas cognitivos, se ven afectadas la atención, la memoria de trabajo y las funciones ejecutivas.