Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Mi literatura es horaciana, decimonónica, anticuada y campestre. No verán en ella los pozos artesianos de la ciudad. La ebriedad y la alucinación de los neones pertenecen exclusivamente a mi vida privada (delirios, alteraciones anímicas recurrentes, voces obsesivas, ataques de angustia…) Mi estro es una estilización idealista de los momentos de serenidad que logro en esta aldea minúscula. Y mis visiones siderales o grandiosas se templan con algo de modesta meditación, y la mística es naturalista y desoye las vanguardias o las moderneces.
Parezco huido del mundo, en otro mundo, y que en éste -además- no conociera a nadie. No bebí de lo lindo, no andé muchos caminos, no tiré el dinero. En el fondo una vocecilla defiende esa vida menor, sin cabida de más infortunios. Escribo al hilo de como vivo y mejor no mentir.
Los días, arcos de espacio, miden mi paso y mis ansias. Estremece su tan rápida sucesión. Redondos y monótonos días iguales. Los días, lanzados al borde del cielo, minúsculos, pobres y perdidos, pasan como un metrónomo cruel. Las hojuelas de la nieve, y la Venecia del Canaletto, qué cerca, qué lejos, con su luz soleada y cristalina.
Me conformo con truchas a mi gusto, que es echarlas en agua hirviendo, con sal y una hoja de laurel, y el añadido de un chorrillo de blanco del país, ácido y frutal. Ahora se cree que no hay otra manera de comer las truchas que no sea fritas.
Perdonen mi perezoso despego (esa astenia) de la vida. No ceceo tropicales cadencias. No me anonadan la verde y amarilla maravilla de los loros. Solo el campo orensano heroico, con su sórdida lluvia. La biblioteca. Y esperar dulcemente la muerte, envolviendo mi alma friolera en un jirón de retórica ancestral, nubosa, natural y vieja.
El mar. El resto de mi vida es un vivir confinado en la muerte, amarrado a diversiones mediocres y aburrimientos soportables. El mar y las rosas son mis pintores y escultores favoritos. Carne sana, abundante, galope rosado. Areópago y ábsides. Oscuros trazos enroscados en los vitrales de las olas. Patriarca de carrozas blancas la espuma. El mar. Palmeado carbón vegetal.
Soy un escritor agrario, marítimo, agropecuario incluso, de escotillas y portillos. El mar.
Todavía somnoliento, sin haber hecho mis abluciones, con legañas en los ojos, excitado, me pongo a escribir (el lenguaje es pulpa de lis de la miss)
Mi galleguiña aldeíña pipil, con sus húmedos hondones frondosos, es una panoplia de recentales, cabritillos, gallinas, mulas, caballos, vacas, perros, gorriones, helechos, endrinos y «toxos». El lenguaje para describirlos como un vislumbre de joyas antiguas: abalorios de ámbar, anillos, sartales de filigranas, abanicos y bujetas.
Las cumbres de las montañas están inundadas de Luna. Un recogimiento muy íntimo en esta lenta leucemia de la madrugada. El lenguaje es un salón de belleza que decolora y perfila el pelo de las señoras. Los cristales. El relente fresco. La simfonía «Primavera» de Schumann. ¿Vivir? Andante un poco maestoso. Y la música sinuosa, con su discurso socrático, capciosamente critica los mecanismos de nuestra locuacidad trivial.
Despachurrado en el plato un «éclair» al que se le ha salido el relleno cremoso. El lenguaje es un dibujo a lápiz de un río con juncos. Un jugo de sandía mezclado con melón.
Todos naufragamos al borde de las seis de la mañana ¿La escritura? Arpegios de tritón y serenidad feliz.
No sé cuáles fueron los requintados cálculos teológicos del obispo de Túsculo en el siglo XIII, para precisar que el número de demonios que vagan por el mundo y los infiernos es de 133.306.668. Tres siglos después, Jean Wier, en su libro «De praestige daemonun», rebajaba la cifra. Afirmó que Lucifer tenía trabajando para él a 7.409.127 demonios.
Noche de luna roja, pero rústica y zahareña, como la prefiere mi lascivia. Con mis ojillos de vidrio tierno escruto la bóveda celeste. Un silencio como manchado de puntos almíbares y cremas. Me dispongo a leer la obra de Vicente Risco: «Satanás. Historia do Diabo». Los demonios de Risco son más ligeros que los de Cunqueiro, y como espíritus puros conservan propiedades de los ángeles, y, además, son mucho más malvados.
Noche de desidia y gotear de cañerías. Borbollones en el agua. Comida traída en plato macerina. Esto de los diablos no deja de producir «un certo desacougo». Pero…en fin.
No sabía quién era la Sra. Pombo, pero me informé muy superficialmente. Exnovia de Morata -ese hombre- y esposa de alguien a quien no tengo el gusto de conocer. Sabe de trapitos y potingues, y niega a Maquiavelo:
“Llegada la noche, vuelvo a casa y entro en mi escritorio; en el umbral me despojo de la ropa cotidiana, llena de barro y mugre, y me visto con paños nobles y curiales; así, dignamente ataviado, entro en las viejas cortes de los hombres antiguos donde, acogido con gentileza, me sirvo de aquellos manjares que son solo míos y para los cuales he nacido. Estando allí, no me avergüenzo de hablar con tales hombres, interrogarles sobre las razones de sus hechos, y esos hombres por su humanidad me responden. Durante cuatro horas no siento fastidio alguno; me olvido de todos los contratiempos; no temo a la pobreza ni me asusta la muerte…”
«Un pueblo inculto no sabe pensar (puesto que se piensa con el lenguaje) y un pueblo que no sabe pensar ni es verdaderamente libre, ni por tanto tiene acceso real -aunque lo parezca- a las virtudes de la democracia que son virtudes de libertad, opuestas en todo al estúpido y castizo: ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Un dicho de gañanes, por qué no usar el nombre… ¡Pobre Quevedo que instó a Baltasar de Zúñiga a traducir a Montaigne hacia 1634! Somos uno de los pueblos más incultos de Europa. Y eso que no he mencionado, en nuestro autor, las citas en griego. ¿Pero qué es eso?, berrean.» L.A. de Villena.
Temo su mente una pozanca donde se esconde el brillo del sol, un magno y fragoso paisaje desolado, yermo, el aviso del cencerro de un morueco.
Los perros corpulentos de las redes nos arrufamos siniestramente para lincharla, disputándonos las roeduras pringosas de la bella cabecita pombiana. Mejor no zamarrear más su cabecilla o cabezota. Sea usted feliz.
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Jordi Llovet: “Tiene que ver con el descrédito de las personas que tienen más conocimientos que las demás. Es un problema, en cierta medida, consecuencia de la democracia. La democracia lo iguala todo por abajo. Es una pena, pero no puede igualarlo todo por el medio y menos por arriba. De ahí que yo sea un gran defensor de la importancia de las élites. Una idea que han sostenido no pocos intelectuales europeos (Eliot, Valéry) desde hace tiempo. Es decir, desde que se ha visto cómo funcionan las democracias parlamentarias, con la aparición de grupos de presión y de opinión completamente manipulados. Flaubert ya se quejaba de eso. Yo defiendo una educación que permita aflorar a las personas con mayor valor y que se les reconozca. ¿Cómo conseguir dar valor a la palabra de los intelectuales? Eso es muy difícil. Me conformaría con que se diera valor a la palabra del maestro. Y la cosa ya falla por ahí. En la Universidad, no. La universidad es un espacio arquitectónico que impresiona mucho. Los estudiantes tienen un comportamiento muy correcto y no hay problemas de disciplina. Ninguno. Pero en la primaria y la secundaria hay muchísimos y eso está arruinando la educación del país. Los muchachos consideran la figura del maestro como inferior a la de cualquier oficio con el que tengan trato cotidiano. Lo ven como un profesional que les da información y no entienden que es la persona que los está formando. No como futuros profesionales, los forma como futuros ciudadanos”.
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A M. Pombo y sus ¡tres millones! de seguidores:
LOS HOMBRES HUECOS
Un penique para el Viejo Guy Fawkes I Somos los hombres huecos somos los hombres rellenos apoyados uno en otro la mollera llena de paja. ¡Ay! Nuestras voces resecas, cuando susurramos juntos son tranquilas y sin significado como viento en hierba seca o patas de ratas sobre cristal roto en la bodega seca de nuestras provisiones
Figura sin forma, sombra sin color, fuerza paralizada, gesto sin movimiento;
los que han cruzado con los ojos derechos, al otro Reino de la muerte nos recuerdan -si es que nos recuerdan- no como perdidas almas violentas, sino sólo como los hombres huecos los hombres rellenados.
“El universo (que otros llaman la biblioteca) …”, Borges, “La biblioteca de Babel”.
Hilvanados en el centro con hilo blanco grueso como si un manatí de acero sostuviera la tierra. Efímeras fiestas de fantasmas, algunos con grabados eróticos y páginas pegajosas igual a un espejismo de zumo de uvas. Aguerrida hueste a toque de clarín, promesa de futuro, de ensueños, de platas o nieves: trenes dirigidos a Aquitania. Serrallos del degollado Amadís de Gaula. Leídos en la playa con coloreadas gafas de sol. Libros, caracoles reptando por las estatuas. Libros, blancos manteles donde se posan materiales de diamantes. Con hongos floreciendo sobre las hojas, y Helenas de Toya con forma de hexaedros inscritos en esferas. Bujías y haces de polvo de alas de mariposa. Cinceladas ojivas de oro, púrpura y grana. Y que huelen a ese planeta que sus letras ponen en movimiento. Libros con emplastos de papel de arroz. Museos del mundo.
Es usted una orgullosa no letrada y doncellita de afeites, embelecos y otras malicias de tocador. Una mujer hermosa. Pero piense una cosa: más pronto que tarde, sus mejillas se exprimirán angulosas, y una maleza gris y rala como el esparto tendrá como cabello.
Entonces, más que gritar, ladrará, gañirá en sus adentros. Sin libros, estimada señora, no hay consolación ni libertad (e incluso, a veces, con ellos tampoco existen ni consolación o acaso libertad)
¿Libertad? Usted está encadenada a una casita de perro lujosa. Vive en el lujo desmesurado, pero, como el perrillo, encadenada. Sus invisibles cadenas le permiten solo pasar de puntillas sobre la vida.
El golpe, cuando despierte y note las marcas en el cuello, la cadena, será colosal.
Lea buenos libros y despierte. Solo vivimos una vez.
Vestidos con corazas de mallas oscuros valles de Iberia. La conciencia de España: trompetas y aspas afeitando sus poblachones, el rostro del bufón Calabacillas, esguinces en el yermo de Lope de Aguirre, o el aire ciego tejiendo la alfombra pulgosa de Madrid. Pero también Quevedo y Cervantes, y Cunqueiro, Velázquez o Cajal, los rizos luminosos de sus muchachas, la coloración caliente de terracota del norte de sus noches, el Marqués de Bradomín, el entierro de Durruti.
Empuña mi voz una arcilla de retórica de falacias patéticas. No importa.
El amor de mamá: ruiseñores con pico de globos de menta, frescos páramos que se agitan como verdes iris de lámparas. Pues ninguna negra cera lacrará, ningún afilado viento congelará, ningún torvo sol marchitará las rosas de la rosaleda solo nuestras.
Mom, tú y yo somos las mismas nubes sobre los mismos mares, y pensamos los mismos pensamientos sin necesidad de lenguaje, y balbucimos el mismo lenguaje sin necesidad de significado, y expresamos los mismos significados sin la tramoya capciosa de los fonemas, y fue nuestro el mismo eco de sonidos y campanas y fucsias sin usar las vulgares ideas.
Clamor de gaviotas en el cielo.
El mar nos perfumará con su piel de espumas de guacamayos.
Bajo la especie de eternidad, nuestros son los ojos submarinos de la Luna.