Charles 194

Los pájaros, aquí en la Ribeira Sacra, atraviesan el aire como pensamientos que no llegan a formularse. En el vuelo de un pájaro hay más verdad que en muchas obras humanas. No porque sea perfecto, sino porque obedece sin desviación a una ley que no necesita explicarse. Y no permanecen: pasan. Y en ese pasar dejan una impresión tan leve que parece que no ha ocurrido nada, y sin embargo el mundo queda ligeramente alterado, como si hubiese sido tocado por algo que no puede retenerse. El canto de ciertos pájaros no se limita a ser oído: se infiltra en la sangre, la desordena, la despierta. De pronto, un sonido breve, casi insignificante, restituye un paisaje entero, una emoción infinita, un yo que creíamos perdido. Escucharlos es atender a esa vibración mínima del tiempo que, por un instante, se hace audible. Tiempo de luz con forma, música y función. Tiempo agudo y nervioso, de crispados gestos en la adolescencia del aire.

Al igual que Nabokov, descreo de mitos de canciocillas, de moralistas políticos, o de líricos irreflexivos que presuponen los pájaros como símbolos de libertad; a mi juicio los pájaros son temas de percepción y dinámica de fluidos, de perspectiva y teorema de Bernoulli. Lo verdaderamente fascinante no es que vuelen, sino cómo lo hacen: el ángulo preciso, la interrupción, el atávico batir de alas, la manera en que el aire se pliega en torno a su cuerpo con una exactitud que ninguna máquina ha logrado imitar sin torpeza. Mirar un pájaro es asistir a una coreografía de leyes físicas en su superior ejecución. Escribirlo exige una disciplina semejante: no añadir emoción edulcorada, no simplificar el fenómeno a ripios de ocasión, no traicionar la exactitud de la majestuosidad togada de sus instantes.

El pájaro es una conjetura que el mundo lanza al cielo para probar la posibilidad de la ligereza. No pesa, no duda, no explica: atraviesa el aire como si el espacio fuese una aventura cumplida. El hombre, en cambio, necesita justificar cada uno de sus movimientos, y en esa necesidad se pierde lo esencial.

El pájaro no enseña nada, y sin embargo lo dice todo: que la belleza no se sostiene, que pasa evanescente como los siglos de la historia. Los pájaros no pertenecen del todo a este mundo. Son como fragmentos de una realidad anterior que, de vez en cuando, se infiltran en la nuestra. Su vuelo no es un desplazamiento, sino una especie de deriva en el espacio, como si el aire fuese una sustancia más densa, más íntima, que los sostiene con una familiaridad que nosotros hemos perdido. Mirarlos es recordar —sin saber qué— que hubo un tiempo en que el mundo era más ligero.

Tal vez nunca vemos un pájaro, sino la idea que de él nos formamos en ese momento, y esa idea está siempre contaminada por lo que hemos sido, por lo que tememos perder, por lo que ya no volverá.

Charles 193

Las flores no son nunca simples adornos. Están ahí como pequeñas interrupciones, variedades sin confusión, formas breves de la perfección, delicadezas sin debilidad, y recuerdos del tiempo. Una rosa en un vaso no es una rosa: es el recuerdo de todas las rosas, las de la infancia, del verano, de las rojas tardes morosas de lectura. Y sin embargo, su presencia es inmediata, obstinada, de belleza casi impersonal, esperando que nosotros les demos un sentido.

Al igual que Nabokov, las flores no me interesan como símbolos —eso es una vulgaridad sentimental y kitsch—, sino como problemas o ejercicios de percepción. Una flor es un acontecimiento óptico de extremo estudio lógico-matemático: el ángulo de un pétalo, la vibración -indecisa y enmascarada de carcajada- de un color que no existe en ninguna paleta humana, el modo en que la luz queda atrapada en su superficie como en una trampa minuciosamente dispuesta para la magia. Al observarlas, no pienso en su fragilidad ni en su destino, sino en la proeza de su exactitud. Escribir sobre una flor, sobre su pompa y muecas de gracia, exige la misma disciplina que describir un recuerdo o una parábola: intentar no añadir nada, procurar no simplificar nada, y no traicionar el milagro del detalle minucioso y coloreado de la fórmula.

Las flores son el lujo inútil del mundo, y por eso mismo su mayor verdad. No sirven para nada —y ahí reside su elegancia—: pura piel de color, pura frivolidad alegre, italiana y vegetal, puro capricho de la naturaleza que, de pronto, se pone literaria. Hay en ellas algo de mujer voluptuosa y algo de infancia en el campo, algo -también- de herida que se disfraza de belleza. Yo las miro y pienso que la vida, en sus mejores momentos, se parece a una flor: intensa, breve, innecesaria y absolutamente imprescindible.

Son una hipótesis de belleza tomista que el mundo ensaya por un instante. No dura, no insiste, no se defiende: aparece con una gracia inesperada y desaparece sin protestar. Tienen el sabor de las estaciones felices. Huelen a verano, a siesta, a cuerpos dorados por el sol y a tardes que parecen no terminar nunca. El hombre, que no sabe aceptar esa ligereza, intenta fijarla, nombrarla, domesticarla; pero en ese gesto la pierde. La flor solo existe plenamente mientras no se la retiene, mientras se la deja ser ese breve relámpago que ilumina —sin explicarse— la oscuridad del mundo.

Una luz que se queda adherida a la piel como un recuerdo que no se quiere ir.

Charles 192

Las flores no son nunca simples adornos. Están ahí como pequeñas interrupciones, variedades sin confusión, formas breves de la perfección, delicadezas sin debilidad, y recuerdos del tiempo. Una rosa en un vaso no es una rosa: es el recuerdo de todas las rosas, las de la infancia, del verano, de las rojas tardes morosas de lectura. Y sin embargo, su presencia es inmediata, obstinada, de belleza casi impersonal, esperando que nosotros les demos un sentido.

Al igual que Nabokov, las flores no me interesan como símbolos —eso es una vulgaridad sentimental y kitsch—, sino como problemas o ejercicios de percepción. Una flor es un acontecimiento óptico de extremo estudio lógico-matemático: el ángulo de un pétalo, la vibración -indecisa y enmascarada de carcajada- de un color que no existe en ninguna paleta humana, el modo en que la luz queda atrapada en su superficie como en una trampa minuciosamente dispuesta para la magia. Al observarlas, no pienso en su fragilidad ni en su destino, sino en la proeza de su exactitud. Escribir sobre una flor, sobre su pompa y muecas de gracia, exige la misma disciplina que describir un recuerdo o una parábola: intentar no añadir nada, procurar no simplificar nada, y no traicionar el milagro del detalle minucioso y coloreado de la fórmula.

Las flores son el lujo inútil del mundo, y por eso mismo su mayor verdad. No sirven para nada —y ahí reside su elegancia—: pura piel de color, pura frivolidad alegre, italiana y vegetal, puro capricho de la naturaleza que, de pronto, se pone literaria. Hay en ellas algo de mujer voluptuosa y algo de infancia en el campo, algo -también- de herida que se disfraza de belleza. Yo las miro y pienso que la vida, en sus mejores momentos, se parece a una flor: intensa, breve, innecesaria y absolutamente imprescindible.

Son una hipótesis de belleza tomista que el mundo ensaya por un instante. No dura, no insiste, no se defiende: aparece con una gracia inesperada y desaparece sin protestar. Tienen el sabor de las estaciones felices. Huelen a verano, a siesta, a cuerpos dorados por el sol y a tardes que parecen no terminar nunca. El hombre, que no sabe aceptar esa ligereza, intenta fijarla, nombrarla, domesticarla; pero en ese gesto la pierde. La flor solo existe plenamente mientras no se la retiene, mientras se la deja ser ese breve relámpago que ilumina —sin explicarse— la oscuridad del mundo.

Una luz que se queda adherida a la piel como un recuerdo que no se quiere ir.

Charles 191

Con el primer calor tenue de la primavera llega un despertar más sutil, como si los nervios mismos del mundo fueran tocados hacia una sensibilidad más fina. La luz parece alterarse—menos austera, más difundida—, como si se demorara amorosamente sobre las superficies. No es solo que las cosas crezcan, sino que empiezan a significar.

La primavera se desliza sobre mi aldea con una ligereza casi tímida; un temblor en el aire, un brillo en las hojas, como si algo largamente esperado hubiese llegado al fin, pero aún no se atreviera a declararse. Los árboles guardan sus brotes como secretos, y los pájaros pían más deprisa, como respondiendo a una llamada interior.

Los olores de tierra húmeda y de hojas nacientes, ascienden lentamente como una fiebre suave. Hay en el aire una voluptuosidad indecisa, una invitación oscura a vivir que se siente sin poder definirse. Las cosas parecen de pronto más próximas, más sensibles, como si el mundo se inclinara hacia nosotros.

La primavera enciende en los jardines una vibración de colores, como si cada flor fuese una llama breve, y el aire, cargado de esencias, se volviese casi visible. Todo parece transfigurado por una luz que no es del día ni de la noche, sino de un instante suspendido, donde la vida se ofrece con una intensidad casi dolorosa.

En mí, sin embargo, esa misma claridad no se limita a iluminar: insiste peligrosamente. Se vuelve presión, una forma de exceso que no siempre sé sostener. Lo que en las cosas es expansión, en mí se convierte a veces en desbordamiento; lo que fuera se ordena en una armonía delicada, dentro se tensa hasta el límite. Hay una euforia que no libera, una exaltación que aprieta como una mano demasiado firme. Y, aun así, no puedo sustraerme a su fulgor.

La primavera se derrama como un aceite dorado sobre las huertas, y cada cosa —las tapias, los árboles, los caminos— se impregna de una dulzura luminosa. Hay en el aire una caricia continua, una sensación de plenitud que se posa en los sentidos como una música lenta.

La primavera no es un estallido, sino una persistencia: el lento trabajo de la luz sobre las cosas, la repetición casi imperceptible de ciertos cambios. Lo que aparece como nuevo no es sino la variación de algo que ya estaba ahí, esperando. El mundo no renace: se modifica.

Charles 190

No duró ni ocho horas mi terminante e impulsiva decisión de dejar de escribir. Podría, sin duda, abstenerme de escribir, como se abstiene uno de comer o de respirar durante un tiempo; pero no indefinidamente. Hay en mí una presión, una necesidad inexorable y adherida a mi sangre, que no admite aplazamientos sine die. Callar sería una forma de mentira, una traición más profunda que cualquier exceso de palabra. No puedo callar. Pese a que nadie me lea y mis libros sean un absoluto y total fracaso estrepitoso, no puedo callar. Me resulta imposible.

He pensado muchas veces en dejar de escribir. No por pereza, ni por falta de ideas, sino por una especie de imposibilidad. Escribir me parece entonces una impostura, una actividad que se levanta sobre un vacío. Y sin embargo, en cuanto dejo de hacerlo, algo en mí se descompone, se tuerce y se desintegra. No escribir es mucho peor. Es como si me negara a mí mismo la única forma —aunque sea pobre e insuficiente— de existencia. Así permanezco: escribiendo contra la escritura, escribiendo sin lectores, traicionando cada día la vacilante decisión de no escribir más.

Me digo que ya he dicho demasiado, que mis palabras solo empobrecen. Me digo que el silencio sería más digno, más exacto, más maduro, más real. Pero esa resolución no dura. Es un mero impulso ocasional. Algo en mí se rebela contra ella. Vuelvo a escribir, sabiendo que es inútil, una gran estupidez, una tarea fútil, que es incluso una forma de auto-degradación. Se escribe siempre de más. Y sin embargo, no escribir sería peor: sería una perfecta rendición a la nada.

Escribo incluso para decir que no escribiré.

Charles 189

He perdido la facultad de escribir, o al menos así me lo parece. No porque no tenga palabras, sino porque las palabras no llevan consigo ninguna verdad. Se quedan en la superficie, como hojas secas. Y yo necesito algo que esté más hondo, algo que ahora no encuentro.

Todo lo que pienso me parece ajeno, como si no me perteneciera. Y así, escribir se convierte en una actividad mecánica, sin verdad. Prefiero entonces no escribir, porque escribir sin sentir es mentir.

Todo me parece ya dicho, arruinado antes de empezar. Escribir en ese estado es como añadir ruido a un mundo que ya es insoportablemente ruidoso. Escribir no es llenar un vacío, sino atender a una voz. Cuando esa voz se apaga, no queda nada que hacer.

No escribiré más, lo prometo

Charles 188

La depresión es la grieta en el amor. Es la ausencia en medio de la presencia. Las cosas que antes tenían sentido lo pierden, y no hay argumento capaz de restaurarlo. El mundo continúa, pero uno ha quedado fuera de él, como si hubiese sido expulsado sin ceremonia.

Nada consuela, porque nada logra atravesar esa distancia. No es una tristeza, ni siquiera una aflicción profunda; es algo mucho más cercano a una forma de tormento físico. Es como si una niebla negra descendiera sobre la mente, anulando toda capacidad de respuesta. Lo peor no es el dolor —aunque el dolor es intenso—, sino la imposibilidad de imaginar que ese dolor pueda cesar. Se pierde toda perspectiva, toda memoria del bienestar, y uno queda atrapado en un presente sin salida.

Veo mi vida ramificarse ante mí como el cerezo verde de la historia. De cada rama cuelga un futuro maravilloso, pero mientras me quedo sentado, incapaz de decidir, las hojas se marchitan y caen, una a una. No puedo elegir, y esa imposibilidad me paraliza. Así pasan los días, y yo sigo allí, mirando cómo mi vida se deshace.

Es como si estuvieras en una casa en llamas, pero nadie más ve el fuego. Y te dicen: ‘sal, es fácil’. Pero tú no puedes salir. No es una cuestión de voluntad. Es una imposibilidad estructural.

Soy infeliz. No siento nada que justifique seguir. La vida se ha vuelto una sucesión de horas vacías, perfectamente insoportables y absolutamente inútiles. No escribiré más.

Charles 187

Al despertar, siento inmediatamente una irritación sin causa precisa, como si el mero hecho de existir fuese ya una ofensa. Me levanto con desgana, cansado, con una especie de resentimiento hacia todo lo que me rodea, y sobre todo hacia mí mismo. El día no promete nada; es simplemente la continuación de una incomodidad que nunca cesa.

Tuve a las siete y cuarto un ataque de angustia que debí amortiguar con cinco gotas de Rivotril. Al abrir los ojos, todo vuelve: el tedio, la insuficiencia, los nervios, la imposibilidad de satisfacción, la enfermedad. Así, cada mañana es una confirmación de que nada ha cambiado y de que nada cambiará. Me despierto ansioso y con una especie de viscosidad en el pensamiento, como si las ideas estuviesen pegadas entre sí y no quisieran separarse. Todo es pesado, incluso los gestos más simples. No hay motivo para levantarse.

El sol entra, pero no ilumina; el cuerpo se levanta, pero el espíritu permanece tendido. Es como si la vida hubiese perdido su argumento y continuase por pura inercia. El despertar no es un retorno a la energía, sino a una forma más consciente de cansancio. La luz del día revela con mayor precisión la fatiga que la noche ha velado. Levantarse exige una voluntad que no siempre está disponible.

Me despierto con la impresión de que el día será inútil, exactamente como el anterior. No hay tragedia, pero tampoco interés. Solo una repetición gris, ligeramente más pesada cada vez. Levantarse es participar en una maquinaria absurda que uno conoce perfectamente, pero de la que no puede escapar.

Charles 186

Todos recordamos aquí en el pueblo a Christian. Algo excéntrico, tenía una educación y un trato exquisitos. No es que se pusiera a sonreír a todo el mundo, sino que sabía exactamente a quién, cuándo y cómo. La verdadera delicadeza no es universal: es precisa, como si en ese gesto hubiese siempre una lección implícita. Y por eso es tan rara. Exige más inteligencia que bondad, y más atención que entusiasmo.

A veces, para un buen observador, se le notaba algo sobreactuado y tenso, como si se filtrara el mucho dolor que todos sabemos que sufrió en vida. En la forma de dar las gracias, en la propina mecánica en los bares, a algunos nos parecía con un punto de tensión y reprimido dramatismo.

No solo honró a nuestro ayuntamiento haciendo que nuestros paisajes saliesen profusamente en sus libros, sino que siempre fue de una delicadeza de trato suprema. Un extravagante y un dandy a la vez.

Había en los modales de Christian —apenas perceptibles para quien no estuviese atento— una forma de generosidad más rara que cualquier don material. Era la delicadeza de no imponer jamás la propia presencia, de dejar al otro el espacio necesario para ser él mismo. Esa discreción, esa manera de retirarse ligeramente sin desaparecer del todo, constituía una de las más altas formas de la bondad.

Su verdadera cortesía no consistía en las fórmulas aprendidas, sino en esa disposición del espíritu que le hacía adivinar, sin esfuerzo aparente, lo que podía agradar o herir a otro. Hay personas que poseen este arte sin saberlo: su amabilidad no es un deber, sino una emanación natural de su sensibilidad. Y en su presencia, uno siente no tanto que ha sido tratado con atención, como que ha sido comprendido.

La verdadera amabilidad de Christian era siempre una elección estética. No se trataba de hacer el bien por obligación, sino de hacerlo con gracia. Un favor realizado sin encanto era apenas un deber cumplido; pero cuando se le añade un toque de estilo, se convierte en un acto de arte. Después de todo, lo que el mundo necesita no es solo más bondad, sino más belleza en la bondad.

Le cuadra como anillo al dedo a nuestro añorado escritor gallego-catalán la observación de Addison: “Hay una cortesía del corazón que es superior a todas las reglas de urbanidad. Consiste en una constante atención a los sentimientos de los demás, en una inclinación habitual a hacer su carga más ligera. Esta disposición, aunque se manifiesta en pequeños actos, produce los mayores efectos: suaviza la vida, reconcilia los ánimos y da a la sociedad ese aire de armonía que ninguna ley puede imponer”.

Quizá la amabilidad sea una de las últimas formas de resistencia en un mundo acelerado y grosero. No cambia las estructuras, pero cambia el tono de la existencia. Y a veces —solo a veces— cambiar el tono es ya empezar a cambiar el mundo

Le echaremos de menos.

Charles 185

Soy un exquisito de fondo, forma y opinión, de matiz y gusto. La época está dominada por una grosería satisfecha de sí misma, por una mediocridad que no solo se acepta, sino que se exhibe con orgullo. Todo se vueve uniforme, nivelado, trivial; el arte desciende al gusto brutal de la multitud, y la multitud, incapaz de elevarse, exige que todo descienda hasta ella. Yo, hastiado de esa nivelación universal, comprendo que el único refugio posible es el aislamiento, la celda monástica, una vida cuidadosamente separada de la estupidez reinante.

Son mías las solapas del smoking, el rico corazón de oro y jazmines, la luz de espuma tras mis visillos bordados. Intento abrazar a la luna en el río amarillo. Me irritan hasta el vómito vuestros clichés, el presente perpetuo sin profundidad temporal, la confusión entre popularidad y valor, la reducción del arte a producto, los espacios públicos sin estilo ni carácter, la ornamentación falsa, el chascarrillo como sustituto de la inteligencia, la estética hueca, el dramatizar lo trivial; y el léxico reducido, repetitivo, funcional, y las frases hechas en lugar de pensamiento, y la incapacidad de modular el tono, y el desprecio por la sintaxis. Yo quiero la plata serpenteando en mis tobillos, las colinas romanas y los pergaminos de las bibliotecas, las muchachas rubias con carmín y piel blanca.

La vulgaridad es la conducta de los otros. Nada es más peligroso que confundir lo popular con lo valioso. El gusto de la multitud no es una guia, sino una advertencia. Cuando una cosa agrada universalmente, conviene sospechar de ella: probablemente ha sido despojada de todo lo que la hacía singular. El arte verdadero no busca agradar, sino crear una sensibilidad que aún no existe.

La vida moderna tiende a la dispersión, a la trivialidad, a una sucesión de impresiones sin orden ni jerarquía. El peligro no es el exceso de sensibilidad, sino su ausencia: una especie de embotamiento que acepta todo sin distinguir nada. Solo una atención exquisita, una selección rigurosa de experiencias, puede salvarnos de esa vulgaridad difusa que amenaza con igualarlo todo.

Solo quiero quiero irme a vivir a Rembrandt y a las olas de cerezas de Bach.