Tentativas 105

-¿Qué ritmo te define cuando creas con las manos?

-La principal actividad que hago con las manos es escribir. Tiene un ritmo metódico, con un punto o sordina de jam-session improvisada. A veces escribo a mano, sobre fichas de oficina, con una buena estilográfica. La mano transmite al pensamiento una temperatura particular; cada palabra se posa como una polvareda en la página, y uno puede observar la página, tocarla, incluso corregirla con una delicadeza que el ordenador no permite. Cada corrección es un gesto físico, una presión de la mano que añade, borra, desplaza, cambia. Mis fichas holandesas de cartulina blanca se llenan de tachones, flechitas, ralladuras, borrones. Me gusta la huella del pulso en ellas. Escribir también es un oficio, como el de ceramista o herrero.

-¿Cuáles son tus juegos de mesa preferidos?

-El ajedrez, el Scrable y las damas. Con el ajedrez debemos concebir ideas que puedan, por así decirse, posarse en una casilla. El tablero es una vitrina coreográfica donde la inteligencia se vuelve voluptuosa. A mí me gusta ese silencio de la partida, ese ir y venir de piezas que parecen poca cosa, pero que, bien llevadas, te levantan una catedral. El Scrabble me atrae por una razón íntima: convierte el idioma en una colección de criaturas manipulables. Las letras, esos cuadraditos tipográficos, se dejan fijar en una red de casillas donde cada palabra adquiere una precisión casi lógico-matemática. No se trata de decir mucho, sino de decir exactamente, de descubrir en un puñado de consonantes y vocales la única disposición que justifica su existencia. Hay en ello una urdimbre secreta: la del lenguaje hasta que revela su forma más rara, más inevitable.

-¿Y las damas?

-Toda mi vida jugué con mi madre a las damas. Las damas, pese a su apariencia elemental, encierran una complejidad que deriva precisamente de su uniformidad. Al carecer de jerarquías entre las piezas, toda diferencia debe construirse en el tiempo y en el espacio, mediante una disposición progresiva de ventajas. La partida no se resuelve por acumulación de recursos, sino por la explotación rigurosa de pequeñas asimetrías que, en su concatenación, adquieren un carácter decisivo. El jugador competente entiende que la simplicidad del sistema no excluye, sino que intensifica, su dificultad.

-¿Qué textura te calma más?

-Me encantan la lana, la madera, el barro, pero el papel es mi perdición. Un buen papel de hilo, de algodón o trapo, ofrece una resistencia mínima, pero perceptible, como si la hoja no quisiera entregarse del todo. No es la lisura indiferente del papel industrial, sino una textura finamente granulada, con un leve “diente” que recoge la yema del dedo y la obliga a demorarse. Esa microasperidad —apenas un susurro— es la condición de una tipografía viva: la tinta se asienta, respira, no se desliza como una película, sino que se ancla en la fibra. El olor añade una dimensión más: notas de lignina domada, de polvo noble, a veces un eco de cola o de cuero cercano. Ese aroma no invade; se insinúa, como una promesa de permanencia.

-¿Qué pasatiempo te gustaría aprender?

-Por decir solo uno, el macramé. Siempre creí que posee la elegancia de los sistemas cerrados y, a la vez, la gracia de lo infinitamente combinable. Cada nudo es una sílaba táctil, un signo que no se lee con los ojos, sino con los dedos. Me seduce esa posibilidad de fijar una forma sin recurrir a la tinta, de dibujar en el aire con hilos que, al tensarse, adquieren una precisión casi entomológica.

-¿Qué hábito digital estarías dispuesto a sacrificar por un hobby analógico?

-Las redes sociales. Las redes sociales han introducido una forma de escritura apresurada, casi automática, en la que lo importante no es lo que se dice, sino el hecho mismo de decirlo cuanto antes. Se escribe sin corregir, sin pensar, sin volver sobre lo escrito, como si el lenguaje fuera un desecho más del flujo diario. Y eso, a la larga, empobrece no solo la literatura, sino también la conversación pública, que se vuelve más ruidosa y menos significativa.

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