-¿Cuál es tu idea sobre la edad ideal en un político?
-El acmé (del griego ἀκμή, akmḗ) designa el punto culminante, el momento de máxima plenitud, intensidad o perfección de algo.
En una vida individual es la edad o etapa en la que alguien alcanza su mayor desarrollo físico, o intelectual o espiritual. Esa edad -variable- para mí es la ideal en un político.
-¿Es la experiencia una forma de lucidez?
-A veces puede ser una mera coartada del poder. La lucidez del anciano no se da en todos los ancianos, e, incluso, para algunos parece a veces que las mismas enseñanzas de la experiencia pasaron en balde. Para mí el buen gobernante no se cree original: sabe que gobierna dentro de una continuidad histórica. Desconfía de la novedad por sí misma y entiende el presente como un capítulo más de una larga civilización. Un político sin estilo es, en el fondo, un político sin pensamiento. La forma —en el lenguaje, en los gestos, en la presencia— revela la calidad interior. El político ideal tendría algo de dandy ilustrado: distancia, precisión, elegancia. El político ideal no busca agradar a todos. No se somete al gusto mayoritario ni al ruido mediático. Más bien ejerce una forma de soledad consciente, incluso de elitismo, frente a la banalización democrática. Un hombre excepcional que gobierna desde la cultura, el estilo y la conciencia de la tradición, no desde la popularidad ni la técnica. Hace siglos que no vemos un político así.
-¿Qué pesa más en un gobernante: los años vividos o la capacidad de comprender el presente?
-La cuestión no se resuelve oponiendo edad y comprensión del presente, sino subordinando ambas a una tercera facultad: el juicio, esa mezcla de memoria, instinto y cálculo que permite leer el momento sin dejarse arrastrar por él. Recuerdo una cita de Talleyrand: «He visto demasiados regímenes nacer y caer como para creer que la juventud gobierna mejor. La juventud actúa; la edad observa. Pero gobernar no es ni actuar ni observar: es saber en qué momento conviene hacer una cosa u otra».
-¿Crees que el poder tiende naturalmente a envejecer?
-El poder no envejece por los años, sino cuando pierde su capacidad de imponerse a las circunstancias. Para mí, lo decisivo no es la edad del gobernante, sino la vigilia del entendimiento y la disciplina de la voluntad. No es la edad la que hace débil al poder, sino la falta de resolución. El Estado exige un espíritu siempre despierto, capaz de renovarse sin cesar en medio de los mismos asuntos. Quien gobierna no debe confiar en lo que ha hecho, sino en lo que aún puede hacer. Así, el poder se conserva no por la memoria de sus éxitos, sino por la vigilancia continua sobre los peligros
-¿Qué virtud política asocias espontáneamente a la edad avanzada?
-Si la edad trae consigo alguna virtud digna del gobierno, no es la mera duración de la vida, sino la prudencia que nace de haber visto muchas cosas y de no dejarse ya arrastrar por ninguna. Pues los jóvenes son valientes en la acción, pero precipitados en el consejo; en cambio, quienes han vivido lo suficiente saben medir las consecuencias, y esa medida es el primer deber de quien delibera sobre lo común. No alabo la vejez por sí misma, como si los años bastaran para hacer mejor al hombre, sino cuando el tiempo ha educado el juicio y ha enseñado a preferir lo útil a lo inmediato, lo duradero a lo brillante.
-¿Y qué defecto te parece más inevitable en ella?
-La confianza excesiva en la propia experiencia, que puede volver ciego ante lo nuevo. Si la edad trae consigo un defecto que convenga temer en quienes gobiernan, no es el cansancio —pues el hábito suple a menudo las fuerzas—, sino una cierta persuasión secreta de que nada ocurre que no haya sido ya previsto. De esta inclinación nace una negligencia peligrosa: se escucha menos, se examina peor, se decide antes de comprender.
-¿Puede un dirigente anciano comprender un mundo que cambia aceleradamente?
-El mundo no cambia tanto como creen los contemporáneos; lo que cambia es la ilusión con la que lo miran. Para él, la verdadera comprensión no consiste en correr tras la novedad, sino en discernir lo permanente bajo la apariencia de lo nuevo. El arte de gobernar no consiste en seguir la agitación, sino en distinguir qué hay en ella de pasajero y qué de durable.
-¿El poder conserva o consume?
-Hay quienes creen que el poder fortalece al que lo detenta; yo digo que lo pone a prueba. Si el alma es débil, el poder la disuelve; si es firme, la purifica por el sacrificio. Así, no es el poder el que conserva o destruye, sino el uso que se hace de él.
-¿Qué opinas de quienes se aferran al poder más allá de lo razonable?
-No me preocupa que un político desee permanecer en el poder; eso forma parte de la naturaleza de la competencia política. Lo que me preocupa es cuando el sistema permite que ese deseo no encuentre freno. En una democracia bien ordenada, el problema no son los hombres que se aferran al poder, sino las instituciones que no saben expulsarlos.
-¿Qué cualidad pierde antes un gobernante: la energía o el juicio?
-Lo primero que se pierde no es la energía, sino el juicio… o, más exactamente, la voluntad de ejercerlo con honestidad intelectual. Se suele creer que el gobernante envejece cuando le falta energía. Es un error tranquilizador, porque permite atribuir el fracaso a una causa visible y casi física. Pero la historia muestra otra cosa: hombres todavía activos, incluso incansables, que ya no comprenden lo que hacen. La energía puede sostenerse por ambición, por hábito o por miedo a desaparecer; el juicio, en cambio, exige una disciplina más rara: la de confrontar la realidad sin deformarla
