Tentativas 107

a mi abuela Pascua Carballo

Recuerdo cómo el ruido seco de las agujas calcetando marcaba el tiempo de la conversación con mi abuela Pascua, y, entre palabra y palabra, el hilo avanzaba con una regularidad tranquilizadora. Las manos se movían solas, como si ya no pertenecieran a quienes las guiaban. Unas manos delgadas, venosas, besables. La abuela movía las agujas con una rapidez que me asombraba. El hilo se enredaba y desenredaba, incesante, como si en aquel movimiento se diluyera toda la vida de la casa. Yo la miraba: su rostro, inclinado, parecía ausente, y sin embargo en sus manos había una atención absoluta, una especie de recogimiento. Dulce metrónomo que parecía absorber los pensamientos junto a los verdes de la Ribeira Sacra. Sus manos, acostumbradas a la lana y a la aguja, avanzaban sin esfuerzo visible, mientras yo hilaba mi pensamiento a sus ojos. El tejido crecía lentamente, fila tras fila, como crece fatal el tiempo mismo, un flagelo continuo. Cada punto añadido al tejido parecía afirmar una bendita confianza en que el orden puede sostenerse a través de pequeñas acciones reiteradas.

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