Tentativas 106

23 de abril. Día del libro.

Los volúmenes de mi biblioteca, alineados en los estantes, poseen una vida latente que se manifiesta en la diversidad de sus encuadernaciones. Algunos, revestidos de piel flexible, ofrecen al tacto una suavidad casi íntima; otros, más rígidos, conservan una severidad que impone respeto. El dorado de los lomos, a veces desvaído —como si hubiera sido rozado por demasiadas manos—, a veces intacto, recoge la luz de manera distinta según la hora del día, como si cada libro tuviera su propio modo de aparecer. Y es imposible no sentir que esa materialidad —el peso, la textura, el leve crujido al abrirlos— forma parte inseparable del placer de la lectura.

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Hay un placer particular en poseer un libro que ha sido encuadernado con esmero. La piel, elegida por su grano y por su resistencia, envuelve el volumen con una dignidad que le confiere autoridad —una autoridad que no se somete al gusto común. Los nervios del lomo, discretamente marcados, ordenan la superficie como columnas; el título, dorado con precisión, se inscribe en ella con una claridad que no es ostentación, sino medida. Nada en el conjunto es superfluo: cada elemento cumple una función y, al mismo tiempo, contribuye a una unidad exacta. Tales libros no son simples recipientes de palabras; son objetos que afirman, en su propia materialidad, la importancia de lo que contienen.

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