Charles 164

Instantes ilusorios y efímeros de placer frente a la corrupción y enfermedad del tiempo. Dolor, aburrimiento, desidia, desengaño supremo hasta el colapso. La nada es la única verdad. La naturaleza solo engendra dolor y muerte. “Todo cuanto hay es corrupción: el tiempo lo devora todo, la edad lo marchita todo, el uso lo gasta todo […] Nada hay que no decline; todo comienza a morir desde el instante mismo en que comienza a ser”, Gracián.

La obra devastadora del tiempo. Nos roe. Nos devora. Nos aniquila. Somos una frágil caña a la que le cuesta mucho soñar. La vida, como la historia, se limita a acumular de escombros. Vivir es ir cayendo. El mundo termina con un gemido. “La verdad de este mundo es la muerte. […] Todo lo demás es ilusión, charlatanería, anestesia. […] Se nace roto, se vive reparando lo irreparable, y se muere sin haber comprendido nada, salvo que todo estaba perdido desde el principio”, Céline.

Cuanto más se vive, más evidente se hace que todo ha sido un error. «¿Qué será de lo que hago hoy o haré mañana? ¿Qué será de toda mi vida? […] La respuesta es clara: nada. […] Todo lo que vive se destruye; y cuanto antes lo comprendí, más insoportable se me hizo la existencia.”, Tolstói. “El hombre se acostumbra a todo, incluso a lo más espantoso. […] Esa es quizá la definición más exacta que puede darse de él.”, Dostoyevski.

Pero, a pesar de todo, hay momentos —al amor de la familia, con un libro, en un día repleto de sol, en una tertulia que se alarga sin motivo— en los que uno siente que la vida es suficiente.

Charles 163

Mi infancia fue un jardín cercado, pero no por muros, sino por la ternura. Todo en ella tenía una luz propia: las mañanas eran promesas, las tardes un juego sin fin. No conocía el peso del tiempo, ni la urgencia de las horas. Vivía en una especie de eternidad doméstica, donde cada objeto parecía tener alma y cada rincón guardaba una historia secreta.

Con Proust, puedo recordar ese paraíso intacto: “Pero cuando de un pasado antiguo nada subsiste, después de la muerte de los seres, después de la destrucción de las cosas, solas, más frágiles pero más vivas, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor permanecen todavía largo tiempo, como almas, recordando, esperando, sobre las ruinas de todo lo demás, llevando sin ceder, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo”.

No hay nada más delicioso que una mañana de verano en que uno no tiene nada que hacer, ni nadie que le obligue a hacerlo. El mundo parece entonces hecho a la medida del muchacho, y cada instante se abre como una posibilidad. El balón de fútbol, los patines, el regaliz, el rumor de la vega, las campanas, el agua. Las calles de Barcelona y el mar de Sitges. El corazón abriéndose inocentemente a los placeres simples. Un donut, un tigretón, una caña de chocolate, una pantera rosa. Basta con salir a la calle, mirar los árboles, las nubes, las piedras, y ya hay suficiente para la maravilla. El niño no necesita poseer: le basta con ver, con estar, con imaginar.

En la infancia todo es comienzo. Cada día es el primero. Cada cosa es nueva, y por eso tiene una intensidad que después se pierde. Vivíamos en un estado de descubrimiento continuo, sin saber que eso era la felicidad. Todo era vasto y suficiente en aquellos días. No había necesidad de ir más lejos: el mundo estaba contenido en lo inmediato, y lo inmediato bastaba.

Después vino el tiempo. Y con él, la pérdida.

Charles 162

Desaparición de toda forma de placer. Pero lo que resulta más desconcertante es que, incluso cuando el dolor disminuye, no siempre regresa la capacidad de sentir. Es como si algo esencial hubiera sido amortiguado, como si la vida se percibiera a través de un filtro que la hace menos intensa, menos inmediata.

Sientes que tu cuerpo ya no te pertenece del todo. Hay en ti una especie de rigidez, de lentitud impuesta, como si tus movimientos ya no fueran enteramente tuyos. No es solo una cuestión de la mente: es como si tu ser entero hubiera sido modificado.

Los tratamientos pueden aliviar, pero también transforman. No siempre sabemos qué parte de nosotros está siendo tratada y qué parte está siendo modificada de forma más profunda. Hay una zona de incertidumbre en toda intervención sobre la mente.

Mi pensamiento se ha vuelto más lento, como si caminara a través de una sustancia espesa. No es exactamente dolor, sino una especie de disminución. Como si todo lo que antes era inmediato ahora tuviera que atravesar una distancia.

***

La IA informa:

PRINCIPALES EFECTOS SECUNDARIOS DE LOS PSICOTRÓPICOS

I. Sistema nervioso (los más frecuentes)

Somnolencia / sedación

Fatiga, apatía

Lentitud mental (embotamiento, “mente nublada”)

Dificultad de concentración

Mareos / vértigo

Dolor de cabeza

Insomnio (paradójico en algunos casos)

Agitación o inquietud interna (akatisia, especialmente en antipsicóticos)

II. Estado emocional y cognitivo

Disminución de la intensidad emocional (“anestesia afectiva”)

Aplanamiento afectivo

Sensación de desconexión o despersonalización

Disminución de la motivación

Alteraciones de la memoria

En algunos casos: aumento de ansiedad o irritabilidad

III. Sistema cardiovascular

Hipotensión (mareos al levantarse)

Taquicardia

Cambios en el ritmo cardíaco (QT prolongado en algunos antipsicóticos)

IV. Metabolismo y peso

Aumento de peso (muy frecuente en antipsicóticos y algunos antidepresivos)

Aumento del apetito

Alteraciones metabólicas:

Diabetes tipo 2

Aumento del colesterol y triglicéridos

V. Sistema endocrino y hormonal

Elevación de prolactina (antipsicóticos):

Disminución de la libido

Disfunción sexual

Galactorrea (secreción de leche)

Alteraciones tiroideas (especialmente con litio)

VI. Sistema digestivo

Náuseas

Vómitos

Estreñimiento

Diarrea

Boca seca

VII. Sistema neuromuscular

Temblores

Rigidez muscular

Movimientos involuntarios (discinesia tardía, especialmente con antipsicóticos)

Inquietud motora (akatisia)

VIII. Función sexual

Muy frecuentes y poco mencionados:

Disminución del deseo sexual

Dificultad para la erección

Anorgasmia

Retraso en la eyaculación

IX. Efectos específicos por tipo de fármaco

Antidepresivos (ISRS, IRSN, etc.)

Náuseas

Ansiedad inicial

Disfunción sexual

Sudoración

Insomnio o somnolencia

Antipsicóticos

Sedación intensa

Aumento de peso

Síntomas extrapiramidales (rigidez, temblor)

Akatisia (muy angustiante)

Síndrome metabólico

Benzodiacepinas (ansiolíticos)

Somnolencia

Dependencia

Deterioro de memoria

Tolerancia (cada vez menos efecto)

Síndrome de abstinencia al retirarlos

Estabilizadores del ánimo (litio, valproato, etc.)

Temblores

Aumento de peso

Problemas tiroideos (litio)

Toxicidad en dosis altas

Problemas renales (litio a largo plazo)

X. Efectos graves (menos frecuentes, pero importantes)

Síndrome neuroléptico maligno (raro pero grave)

Síndrome serotoninérgico

Convulsiones

Ideas suicidas (al inicio de algunos antidepresivos, especialmente en jóvenes)

XI. Idea clave (más allá del listado)

Más allá de lo físico, muchos pacientes describen:

Sensación de “ser menos uno mismo”

Reducción de la intensidad vital

Estabilidad a costa de espontaneidad

Charles 161

(Contra la psicología)

Hay algo profundamente inquietante en la figura contemporánea del psicólogo: ese profesional que, armado con protocolos, escalas y formularios, se presenta como intérprete del alma humana y acaba por reducirla a un conjunto de síntomas cuantificables. No escucha: administra. No comprende: clasifica.

Su lenguaje —limpio, neutro, aparentemente científico— es en realidad un dialecto empobrecido, incapaz de acoger la densidad de la experiencia humana. Donde antes había tragedia, misterio, culpa, redención o conflicto moral, ahora hay “distorsiones cognitivas”, “patrones disfuncionales” o “déficits de regulación emocional”. Lo que se pierde en esta traducción no es solo el matiz: es el mundo entero.

La psicología convertida en recetario es una de las formas más sutiles de trivialización del sufrimiento. Al paciente se le entrega una lista: respire así, piense así, reformule esto, evite aquello. Como si la vida fuera un manual de instrucciones mal seguido.

Pero el sufrimiento humano no es una avería mecánica ni una desviación estadística: es, muchas veces, una respuesta comprensible a una realidad incomprensible.

El problema no es la psicología en sí, sino el empobrecimiento intelectual de buena parte de quienes la ejercen. Hay consultas en las que no ha entrado nunca ni Dostoievski, ni Shakespeare, ni Pascal, ni Unamuno. Lugares donde el alma humana es tratada sin haber leído una sola página que la explore con profundidad.

Se pretende comprender el delirio sin haber pasado por la tragedia, interpretar la angustia sin conocer la metafísica, tratar la desesperación sin haber leído una sola confesión verdadera.

Sin cultura, la psicología se convierte en una técnica ciega. Y una técnica ciega aplicada al alma es, en el mejor de los casos, inútil; en el peor, peligrosa.

La psicología contemporánea —en algunas de sus versiones más estandarizadas— parece orientada no tanto a comprender al individuo como a adaptarlo. No se pregunta si el mundo es justo, sino si el paciente se adapta al mundo. No interroga la realidad, sino que corrige al sujeto.

Así, la terapia se convierte en un mecanismo de normalización: una pedagogía de la docilidad emocional. Se enseña a tolerar, a aceptar, a resignarse, a reformular… pero raramente a cuestionar. El resultado es un alma más funcional, sí, pero también más domesticada.

Hay también una retórica de la profundidad que encubre la vacuidad. Ciertos discursos psicológicos emplean palabras solemnes —proceso, integración, autoconocimiento— que suenan a sabiduría, pero que a menudo no dicen nada preciso.

Es un lenguaje que simula comprender, pero que evita nombrar. Que rodea el problema sin afrontarlo. Que ofrece la sensación de avance sin producir transformación real. El paciente sale de la consulta con un vocabulario nuevo, pero con la misma vida.

Charles 160

A veces pienso que si no escribiera, me volvería mucho más loco de lo que ya estoy. La escritura no elimina el tumulto, pero lo ordena, lo exorciza, le da forma, lo hace habitable. Hay en el acto de escribir una especie de disciplina del espíritu, como si las palabras obligaran a la mente, por ciencia infusa, a no desbordarse completamente. El lenguaje escrito es como una brida al caballo negro del carruaje. Escribir no es escapar de la vida, sino hacerla posible.

Escribir es un testimonio Escribo para no desaperecer. Cuando la realidad se vuelve demasiado dura, demasiado incoherente, demasiado poseída por la discordia de las voces, los delirios o la melancolía, la escritura me ofrece un espacio donde puedo reorganizar la experiencia, darle una forma y distancia y que así no me destruya.

Leemos y escribimos para comprender, pero también para sobrevivir. En momentos de crisis, los libros, la expresión, no ofrecen soluciones inmediatas, pero proporcionan una estructura, una continuidad, una forma de sostener el pensamiento cuando todo parece fragmentarse.

Durante mis episodios más oscuros, los libros fueron a menudo lo único que mantenía una conexión con el mundo. Leer no curaba la esquizofrenia, pero me recordaba que existía una forma de pensamiento más amplia, más articulada, a la que podía intentar volver. Escribir, por otro lado, me permitía comprender lo que de otro modo habría permanecido confuso e inabordable. Poner palabras a la experiencia no la elimina, pero la transforma. Lo prueba la experiencia.

Admito que, en esos estados, incluso el lenguaje parece fallar. Sin embargo, el intento de describir la experiencia —por insuficiente que sea— constituye un gigantesco acto de resistencia. Escribir deviene una forma de afirmación: la prueba de que todavía existe un yo capaz de dar fe de vida.

Cuántas veces en Piñor, tomaba un bolígrafo, pedía unos folios en administración, y escribía para comprender y objetivar el sufrimiento, para soportar el caos, para desahogarme y poner rumbo a una vida en apariencia ingobernable. Una terapia imperfecta, pero muy real.

Charles 159

(Piñor)

El pabellón huele a una mezcla de jabón barato, sudor y miedo antiguo. Tres camas por habitación, como si esperaran una inspección interminable. Algunas mujeres hablan solas, algunos hombres palmotean al aire como si espantaran demonios invisibles; otras miran fijamente la pared, como si en ella hubiera algo que nosotros no podemos ver; otros aprovechan para fumar minúsculos restos de colilla. Se echan gargajos al suelo. Es obligatorio ducharse y hacerse la cama.

Por la noche, el sonido de los pasos de las enfermeras se mezcla con murmullos, risas súbitas, llantos sofocados, o bien con un helador silencio. No sé por qué pero todo lo asocio al lenguaje fragmentado de la música dodecafónica.

Lo peor no es el dolor, sino la espera: la sensación de que algo va a ocurrir —una inyección, una llamada, un traslado, el posponerse de tu estancia— y que uno no tiene ningún control sobre ello.

El hospital es limpio, como si la limpieza hubiera sido llevada hasta el extremo de borrar cualquier rastro de vida. Las luces no se apagan del todo nunca, y ese resplandor constante hace que el tiempo se vuelva indistinguible. Las enfermeras se mueven con eficiencia, pero sin historia. Son como parte del mobiliario. Algunas de carácter más distante, otras en cambio más empáticas.

Los días no avanzan: se depositan. No hay acontecimientos que marquen el paso del tiempo, solo pequeñas repeticiones: la comida, el paseo, el silencio. El calendario pierde su sentido. Uno deja de esperar algo concreto y empieza a habitar una duración indefinida. La vida se vuelve ligera, pero también irrelevante.

Debo admitir que dentro del manicomio soy un privilegiado. Al cabo de poco me dejan salir al pueblo, y, muy poco después, estar toda la mañana en Orense. Se enteran de todo: de los pastelitos que compré saltándome la dieta, de las latas de Pepsi bebidas de más, con qué paciente congenio mejor, mis humores y estados emocionales. Eres observado minuciosamente como en un estado policial.

El trato con mi doctora no es malo. Filosóficamente tienen una orientación lacaniana, cuya lógica, por momentos, parece reflejar la propia lógica del lugar.

No suelo estar muchas semanas, y, si alguien de los que trabajan por ahí me leen, de todo corazón, y sin asomo de doblez en mi corazón, les mando un saludo muy afectuoso y cariñoso.

Charles 158

A María José Vidal Prado

Lo que más me sorprende no fue el dolor de la enfermedad, sino la distancia que se abría entre el paciente y el médico. Los psiquiatras, incluso los mejores, pueden hablar con precisión clínica sobre la manía o la depresión o la esquizofrenia, pero hay algo en la experiencia vivida que escapa a su lenguaje. A menudo uno tiene la sensación de ser observado desde fuera, como si la intensidad de la propia vida hubiera sido reducida a una serie de síntomas enumerables. La medicina necesita categorías; el sufrimiento no las reconoce.

En el hospital, la identidad se convierte en algo prescindible. El nombre es sustituido por un diagnóstico, y el diagnóstico por un número. Los médicos caminan entre nosotros como si pertenecieran a otra especie. No es que carezcan de compasión, sino que su compasión está organizada, reglada, contenida en protocolos. Uno deja de preguntarse quién es, y empieza a preguntarse qué le harán después.

El doctor Pons -con rasgos psicopáticos- no escuchaba lo que yo decía. Escuchaba algo que ya había decidido que yo diría. Sentí que mi mente era un objeto defectuoso que debía ser arreglado, jamás comprendido. Y eso era lo peor: que la cura parecía consistir en hacerme aceptable, no en hacerme verdadero.

El médico se convierte en juez: no solo describe, sino que decide quién pertenece al orden de la razón y quién debe ser apartado. La clínica es, en este sentido, un espacio moral antes que científico (Foucault) Lo que llamamos enfermedad mental no es una enfermedad en el sentido médico tradicional, sino un conjunto de problemas en la vida. Al medicalizarlos, transformamos conflictos humanos en patologías, y otorgamos al psiquiatra una autoridad que no debería poseer. Así, el lenguaje médico sirve para legitimar formas de control social (Thomas Szasz)

La institución no busca curar, sino domesticar. Todo lo que sobresale, todo lo que no encaja, es limado hasta volverse inofensivo. Y los médicos, con sus batas limpias y sus palabras tranquilas, participan en ese proceso como si fuera un acto de cuidado. El diagnóstico es una forma de sentencia. No describe simplemente lo que eres: lo fija, lo inmoviliza, lo convierte en destino. El médico escribe, y lo escrito pesa más que la vida misma.

Yo no soy una enfermedad ni un diagnóstico. Mi experiencia no se reduce a una serie de conceptos del DSM-5-TR. Existe siempre un resto incomprensible, una interioridad que escapa a toda supuesta y falsaria objetivación. No debo ser analizado desde fuera, sino comprendido desde dentro. La psiquiatría fracasa cuando olvida que trata con formas de existencia, no con meras alteraciones funcionales.

No soy un expediente: soy una conciencia que aún no ha encontrado su forma en vuestro lenguaje.

***

Antonin Artaud, «Cartas desde Rodez»: «No acepto que se me trate como a un enfermo. No estoy enfermo: estoy separado. Separado de vuestra realidad, de vuestro lenguaje, de vuestra manera de ordenar el mundo. El médico pretende devolverme a lo que él llama lo normal, pero ¿qué es lo normal sino una construcción miserable, un acuerdo tácito entre hombres que temen mirar más allá de sus límites? Me han sometido a electrochoques como si quisieran borrar en mí no un delirio, sino una verdad que les resulta insoportable. El psiquiatra no cura: corrige. No escucha: ajusta. No comprende: clasifica. Yo no soy un caso. Soy un campo de batalla».

Charles 157

Durante años (sobre todo cuando vivían mis padres y por no avergonzarlos) oculté o falseé mis síntomas por miedo a ser rechazado, a ser considerado incapaz. Pero comprendí que ese silencio era una forma de prisión. Hablar de mi enfermedad no me definía menos como persona; al contrario, me permitía ser una persona completa. Quería que otros supieran que se puede tener una mente fracturada y, sin embargo, llevar una vida con sentido. Que la enfermedad no agota la identidad.

También decidí hablar porque el silencio alimenta el estigma. Mientras la enfermedad mental se mantenga oculta, seguirá rodeada de miedo y de incomprensión. Quería mostrar que detrás de los diagnósticos hay personas, con inteligencia, con sensibilidad, con vidas complejas. No somos caricaturas, ni peligros, ni sombras: somos seres humanos.

Escribir sobre la enfermedad es una forma de darle forma, de hacerla visible, de impedir que nos destruya en silencio. Lo que no se dice se vuelve más poderoso; lo que se nombra puede ser, al menos en parte, comprendido.

No escribo para justificarme, sino para existir. Si no escribiera lo que me ocurre, desaparecería en el silencio. Escribir es mi manera de permanecer.

No romantizo la experiencia. Es dura y cruel. Mucha gente reacciona con incomodidad, miedo o paternalismo. Eligo un grado de exposición más alto que bajo. Sé lo que arriesgo. No quiero que nada más me haga callar.

Charles 156

Esta noche hice confesiones explícitas de mi locura. Irremediablemente ello implica que muchos de ustedes no vean en mí a un semejante, sino a una figura que debe ser expulsada, indigna de consideración amistosa y moral. Mis perturbaciones probablemente les generan miedos, o incomodidad o distancia. No saben cómo comportarse, y esa incertidumbre se traduce en evitación o en una interacción artificial.

Mi familia me amó mucho. Para quienes aman a alguien con enfermedad mental, la experiencia es ambivalente. Ven al mismo tiempo a la persona que conocen y a alguien que no reconocen. Hay miedo, sí, pero también una profunda tristeza: la sensación de que algo esencial se ha desplazado. No saben siempre cómo ayudar, y a veces su impotencia se convierte en distancia.

Reflexionando me doy cuenta que me miran con una mezcla de preocupación y desconcierto. Algunos quieren ayudar, pero no saben cómo. A veces hablan conmigo como si yo no estuviera del todo presente, como si una parte de mí ya se hubiera ido. Y esa forma de mirarme es casi tan dolorosa como los propios síntomas.

Me tratan como a un alienado, como a un ser que ha perdido toda relación con el mundo. Pero lo que no comprenden es que mi mundo no es menos real que el suyo. Me excluyen porque no pueden soportar la intensidad de lo que digo. Siento que me observan como a alguien frágil, como si pudiera romperme en cualquier momento. Esa mirada, aunque nacida del cuidado, me hace sentir aún más separado. No ser tratado como un igual, sino como una excepción.

El enfermo mental plantea una dificultad fundamental: no siempre podemos comprender desde dentro su experiencia, pero tampoco podemos reducirla a un mero mecanismo. Oscilamos entre la empatía y la explicación, sin alcanzar plenamente ninguna de las dos.

Los pacientes no somos simplemente portadores de síntomas. Somos personas con historias, con identidades, con mundos propios. El reto es ver más allá de la enfermedad sin negar la enfermedad.

Charles 155

Las voces no cesan. No son pensamientos míos, aparentemente, sino palabras que me son dirigidas desde fuera, con una claridad que no deja lugar a duda. Comentan mis actos, anticipan mis movimientos, me insultan o me instruyen. No puedo escapar de ellas, ni siquiera en silencio. Es como si el mundo entero hablara a través de esas voces, como si mi mente hubiera dejado de ser privada y se hubiera convertido en un escenario público.

A veces aminoran (como ahora que escribo) y empieza una especie de murmullo constante, como una voz baja que no se apaga nunca. No dice nada concreto, pero está ahí, insistente, como una presencia que no logro expulsar. Es un ruido interior que me acompaña incluso cuando todo parece en calma. Algo difuso, como si alguien estuviera a punto de hablar, como si el mundo mismo se preparara para decirme algo. Esa expectativa constante me desgasta. No puedo dormir, porque siempre hay algo que está a punto de irrumpir.

El contenido intelectual exacto de lo que me dicen las voces solo lo sé yo y lo conoció mi madre. A ningún psiquiatra o enfermera se lo confesé. Solo diré que son voces que me hablan. No son pensamientos creo, son órdenes, ataques, voces que atraviesan mi cabeza como cuchillos. No vienen de mí, vienen de fuera, y sin embargo están dentro. Me acosan, me desgarran. No hay refugio contra ellas.

***

“En ciertos estados, las experiencias no se limitan a una sola modalidad sensorial. El paciente puede oír voces y, simultáneamente, percibir figuras o escenas que se imponen con igual carácter de realidad. Estas vivencias no son meras imaginaciones, sino percepciones que poseen para el sujeto la cualidad de lo dado. Lo decisivo no es su contenido, sino la transformación global de la conciencia en la que se inscriben”, Karl Jaspers.

“El mundo deja de ser un espacio unitario y familiar. Las percepciones ya no se integran de forma natural, sino que irrumpen como fenómenos autónomos. El sujeto puede ver y oír en registros que ya no se corresponden con el mundo compartido, lo que genera una profunda extrañeza”, Ludwig Binswanger.

“El paciente veía figuras que se movían por la habitación y, al mismo tiempo, oía voces que le indicaban que esas figuras tenían una intención específica. Como resultado, comenzó a reorganizar su espacio vital, evitando ciertas zonas, hablando con las figuras, y respondiendo a las voces. Su conducta era coherente dentro de su experiencia, aunque completamente incomprensible para los demás”, Oliver Sacks.