Charles 156

Esta noche hice confesiones explícitas de mi locura. Irremediablemente ello implica que muchos de ustedes no vean en mí a un semejante, sino a una figura que debe ser expulsada, indigna de consideración amistosa y moral. Mis perturbaciones probablemente les generan miedos, o incomodidad o distancia. No saben cómo comportarse, y esa incertidumbre se traduce en evitación o en una interacción artificial.

Mi familia me amó mucho. Para quienes aman a alguien con enfermedad mental, la experiencia es ambivalente. Ven al mismo tiempo a la persona que conocen y a alguien que no reconocen. Hay miedo, sí, pero también una profunda tristeza: la sensación de que algo esencial se ha desplazado. No saben siempre cómo ayudar, y a veces su impotencia se convierte en distancia.

Reflexionando me doy cuenta que me miran con una mezcla de preocupación y desconcierto. Algunos quieren ayudar, pero no saben cómo. A veces hablan conmigo como si yo no estuviera del todo presente, como si una parte de mí ya se hubiera ido. Y esa forma de mirarme es casi tan dolorosa como los propios síntomas.

Me tratan como a un alienado, como a un ser que ha perdido toda relación con el mundo. Pero lo que no comprenden es que mi mundo no es menos real que el suyo. Me excluyen porque no pueden soportar la intensidad de lo que digo. Siento que me observan como a alguien frágil, como si pudiera romperme en cualquier momento. Esa mirada, aunque nacida del cuidado, me hace sentir aún más separado. No ser tratado como un igual, sino como una excepción.

El enfermo mental plantea una dificultad fundamental: no siempre podemos comprender desde dentro su experiencia, pero tampoco podemos reducirla a un mero mecanismo. Oscilamos entre la empatía y la explicación, sin alcanzar plenamente ninguna de las dos.

Los pacientes no somos simplemente portadores de síntomas. Somos personas con historias, con identidades, con mundos propios. El reto es ver más allá de la enfermedad sin negar la enfermedad.

Charles 155

Las voces no cesan. No son pensamientos míos, aparentemente, sino palabras que me son dirigidas desde fuera, con una claridad que no deja lugar a duda. Comentan mis actos, anticipan mis movimientos, me insultan o me instruyen. No puedo escapar de ellas, ni siquiera en silencio. Es como si el mundo entero hablara a través de esas voces, como si mi mente hubiera dejado de ser privada y se hubiera convertido en un escenario público.

A veces aminoran (como ahora que escribo) y empieza una especie de murmullo constante, como una voz baja que no se apaga nunca. No dice nada concreto, pero está ahí, insistente, como una presencia que no logro expulsar. Es un ruido interior que me acompaña incluso cuando todo parece en calma. Algo difuso, como si alguien estuviera a punto de hablar, como si el mundo mismo se preparara para decirme algo. Esa expectativa constante me desgasta. No puedo dormir, porque siempre hay algo que está a punto de irrumpir.

El contenido intelectual exacto de lo que me dicen las voces solo lo sé yo y lo conoció mi madre. A ningún psiquiatra o enfermera se lo confesé. Solo diré que son voces que me hablan. No son pensamientos creo, son órdenes, ataques, voces que atraviesan mi cabeza como cuchillos. No vienen de mí, vienen de fuera, y sin embargo están dentro. Me acosan, me desgarran. No hay refugio contra ellas.

***

“En ciertos estados, las experiencias no se limitan a una sola modalidad sensorial. El paciente puede oír voces y, simultáneamente, percibir figuras o escenas que se imponen con igual carácter de realidad. Estas vivencias no son meras imaginaciones, sino percepciones que poseen para el sujeto la cualidad de lo dado. Lo decisivo no es su contenido, sino la transformación global de la conciencia en la que se inscriben”, Karl Jaspers.

“El mundo deja de ser un espacio unitario y familiar. Las percepciones ya no se integran de forma natural, sino que irrumpen como fenómenos autónomos. El sujeto puede ver y oír en registros que ya no se corresponden con el mundo compartido, lo que genera una profunda extrañeza”, Ludwig Binswanger.

“El paciente veía figuras que se movían por la habitación y, al mismo tiempo, oía voces que le indicaban que esas figuras tenían una intención específica. Como resultado, comenzó a reorganizar su espacio vital, evitando ciertas zonas, hablando con las figuras, y respondiendo a las voces. Su conducta era coherente dentro de su experiencia, aunque completamente incomprensible para los demás”, Oliver Sacks.

Charles 154

Siempre he sido un ser fallido, inconstante. Todo lo que hago está condenado al fracaso. No hay en mí nada que pueda llamarse sólido. Estoy hecho de negación, de resentimiento, de una conciencia que no cesa de devorarme. Mi vida no ha sido más que una acumulación de errores. Me odio. Odio mi debilidad, mi necesidad de aprobación, mi incapacidad para sostenerme por mí mismo. Hay algo roto en mí que no logro reparar. Vivir se me escapa.

Un impostor incorregible. Alguien despreciable que no vale nada. A menudo siento que interpreto un papel. No soy tan firme ni tan íntegro como quisiera parecer. Soy incapaz de existir como un hombre. Mi conciencia me separa de todo. Mi existencia entera es un error que se prolonga.

Siento que mi mente se rompe. Las palabras se deshacen antes de poder fijarse. No soy capaz de sostener un pensamiento. Me convierto en una especie de eco de mí mismo, una repetición vacía. Me pierdo. Me disuelvo. Las palabras se convierten en figuras que me arrastran. No soy yo quien escribe: son ellas. Yo soy solo el lugar donde ocurre. Y ese lugar ya no tiene forma. Mi cuerpo está sometido a influencias que no puedo controlar. Fuerzas externas actúan sobre mí. Soy objeto de un sistema que me utiliza. Mi identidad se ve afectada por poderes que no comprendo.

No soy más que un pequeño hombre, insignificante. No tengo importancia. Me paseo por el mundo como una sombra que no deja huella. Es mejor así: desaparecer sin ruido.

Charles 153

Llamé a mi hermana alarmado y me consoló. Siento un miedo que no sé de qué es. No es miedo a la muerte ni a la vida. Es un miedo abstracto, como si el mundo entero pudiera deshacerse en cualquier instante, como si todo lo que veo no fuera más que una apariencia frágil sostenida por nada. Una inquietud sin causa, una sensación de que lo que me rodea cambia de tono. Me siento separado del propio tejido de las cosas. Percibo amenazas ocultas, la evidencia que algo esencial está mal en la realidad.

No temo nada, y sin embargo estoy poseído por un terror total. Es entonces cuando descubro que el miedo más profundo no es a algo concreto, sino al hecho mismo de existir. Un ruido de fondo imposible de apagar. No está ligado a ningún pensamiento; es más bien una atmósfera, una presión que lo impregna todo, como si el universo entero estuviera inclinado hacia la catástrofe. Siento que algo terrible está a punto de ocurrir, pero no sé qué. El mundo sigue ahí, intacto, pero ha perdido su familiaridad. Es como caminar en un lugar conocido que, de pronto, se vuelve irreconocible.

Se presenta como certeza absoluta. Todo parece cargado de un significado ominoso. Como si algo en mí se rebelara contra la existencia, como si la vida, de pronto, se volviera hostil. Todo sigue igual, pero yo ya no estoy en el mismo mundo. No puedo entender por qué vivo, ni qué sentido tiene todo esto. Y ese desconocimiento no es neutro: es terrorífico. Noto que en cualquier momento todo puede derrumbarse, no fuera, sino dentro de mí.

El miedo está en el aire, en cada pensamiento. Miedo sin descanso. Una realidad sin centro. Un miedo sin nombre. Miedo sin frontera, sin causa, sin solución. No es miedo a algo, sino una transformación global del mundo vivido, en la que todo aparece cargado de una significación inquietante, como si algo terrible estuviera por revelarse.

El mundo ya no se me presenta como un espacio habitable, sino como un ámbito oscuro. No pánico a algo dentro del mundo: temo el mundo mismo, un mundo que perdió su antiguo carácter de hogar.

Charles 152

Un tal Jordi Rufianus, amb la seva magnífica Biblioteca Lupetus, de 32.000 volums envejables —tresor que més estima, segons confessa—, viu a l’Empordà fatigant llibres. En el seu inesperat èxit «Adéu al Congrés», hi llegim: «La cultura catalana contemporània ha estat progressivament colonitzada per un discurs identitari que tendeix a confondre el valor literari amb l’adhesió ideològica. El resultat és una literatura sovint previsible, moralment satisfactòria, però estèticament pobra.» I insisteix: «Quan els premis deixen de ser un reconeixement de l’excel·lència i passen a ser un mecanisme de confirmació d’una comunitat ideològica, la literatura deixa de ser literatura i esdevé litúrgia.»

Gabriel Ferrater, no sols s’enamorava de dona rere dona i bevia ginebra, sinó que pensava —i molt bé. Per exemple, quan afirmà: «La literatura no és una qüestió de bons sentiments ni de causes justes. És una qüestió d’intel·ligència i de veritat. Quan es confonen aquests ordres, el resultat sol ser dolent.» I afegí, amb sagacitat: «El pitjor que li pot passar a una literatura és voler ser útil.»

El seu germà, Joan Ferraté, amb un coeficient intel·lectual molt allunyat del del simi, ens advertí: «La lectura ideològica tendeix a substituir el text per una interpretació prèvia. El lector ja no descobreix: confirma. I això és, en essència, una forma de ceguesa […] Quan una cultura es protegeix massa, acaba asfixiant-se. La literatura necessita risc, no protecció.»

Les literatures nacionals són construccions històriques, no pas essències. Convertir-les en fonament identitari rígid implica falsejar la seva pròpia naturalesa, que és mestissa, mòbil i oberta. Tota literatura que s’encadena a l’afirmació de si mateixa corre el risc de deixar de dialogar amb el món.

Félix de Azúa, tot un Adonis, remarca: «El nacionalisme ha convertit la literatura en un gènere administratiu. Ja no s’escriu per explorar la condició humana, sinó per justificar una identitat prèvia. És la mort de la literatura com a aventura […] A Catalunya, la cultura oficial ha estat segrestada per un aparell que decideix què és digne de ser llegit en funció de la seva utilitat política. El resultat és una literatura subvencionada, domesticada, irrellevant.»

El text que se subordina a un programa —polític, nacional o sentimental— deixa de ser llegit com el que és: una realitat complexa, històrica, ambigua, resistent a simplificacions. Les literatures no existeixen per confirmar ideologies, sinó per incomodar-les. Quan una tradició s’administra com a patrimoni polític, s’empobreix: es converteix en consigna.

***

Internet, aquest organum diabolicum, no serveix només per veure vídeos de jovenetes contonejant-se ni per llepar-se els dits amb gatets encantadors. Vaig cercar asseveracions de popes de la comparatística contra la idea d’una literatura farcida d’ideari nacionalista. Valguin aquests arguments d’autoritat, entre molts altres que es podrien adduir:

Edward Said: «Les cultures no són monolítiques ni autosuficients. Són híbrides, superposades, en intercanvi constant. L’intent de reduir la literatura a l’expressió d’una identitat nacional homogènia és, en darrer terme, una forma d’empobriment intel·lectual».

George Steiner: «Quan una literatura es replega sobre la seva identitat, perd la seva capacitat de ressonància. Esdevé local en el pitjor sentit: incapaç de parlar més enllà de si mateixa».

Harry Levin: «Les literatures no coneixen fronteres naturals; les fronteres són imposades per historiadors, professors i buròcrates culturals. L’escriptor, en canvi, treballa en un espai molt més ampli, on les influències travessen llengües, èpoques i geografies».

Erich Auerbach: «La meva perspectiva ha estat sempre supranacional. La filologia, si vol ser fidel al seu objecte, no pot sotmetre’s a les fronteres polítiques. Les literatures europees formen un teixit continu de formes, estils i visions del món que s’entrellacen al llarg dels segles. Qualsevol temptativa de llegir-les com a expressions autosuficients d’una nació condueix a una simplificació empobridora».

Claudio Guillén: «El comparatista desconfia de tota delimitació rígida. Allà on es pretén afirmar una essència nacional, ell hi descobreix una xarxa d’influències, préstecs, traduccions i desplaçaments que desmenteixen qualsevol pretensió de puresa».

Però les meves idees podrien transubstanciar-se fàcilment a canvi de veure Eva Piquer i Bel Olid fent de pubilles, i Toni Soler d’hereu.

Charles 151

Mi padre, la medida de todas las cosas ¡Qué burgués superior! No había para mí otro tribunal que él, ni otra ley que su juicio. Con una inteligencia tan firme y tan clara que parecía no necesitar jamás elevar la voz para imponerse. Su autoridad no procedía de la fuerza, sino de la evidencia, del rigor, del ejemplo. Era indulgente sin debilidad y severo sin dureza. Muy noble. Recuerdo sus consejos como si fueran una luz tranquila, que no hería los ojos, pero que lo iluminaban todo.

De una honradez sin fisuras. No necesitaba dar lecciones: bastaba con verlo vivir. Había en él una coherencia tan perfecta entre lo que pensaba y lo que hacía que uno aprendía sin darse cuenta. Si hoy creo en ciertas cosas —en la dignidad, en la decencia—, es porque él las encarnó antes de que yo pudiera nombrarlas.

Podía convertir cualquier cena en una fiesta (su simpatía y don de gentes eran arrolladores), cualquier recuerdo en una epopeya. Había en él una alegría irreductible -que, de alguna manera, se manchó con mi enfermedad. De capacidades intelectuales prodigiosas. Con un amor por mamá irrevocable.

Creía en el trabajo, en la palabra dada, en la dignidad sin ostentación. No hablaba de valores: los vivía. Cuando pienso en él, no recuerdo solo discursos, sino gestos: una manera de saludar, de cumplir, de callar. Y en esos gestos estaba todo.

Su sola presencia bastaba para que uno se sintiera llamado a ser mejor. Nunca buscó dominar, sino comprender. Hay hombres que dejan huella por lo que hacen; él la dejó por lo que era. Su recuerdo me acompaña como una forma de calma, como una presencia que no juzga, pero que invita a la verdad.

Charles 150

Se odia al que parece superior no porque haya hecho daño, sino porque su sola presencia introduce una medida incómoda. No hiere con actos, sino con evidencia. Y esa evidencia —la de que otro ha llegado más lejos— es, para muchos, insoportable.

La multitud es la mentira. En ella, el individuo pierde su responsabilidad y se permite odiar aquello que, en soledad, quizá admiraría. La nivelación es su ley: todo lo que sobresale debe ser rebajado.

En España se persigue y odia al que se levanta un poco sobre los demás, no por lo que hace, sino por lo que es. Se le rebaja, se le niega, se le ridiculiza, porque su sola presencia desmiente la cómoda igualdad de la mediocridad.

Baltasar Gracián: “Todo lo excelente es odioso a los mediocres. No pueden sufrir lo que los excede, ni perdonan la superioridad. La eminencia despierta más enemigos que la culpa, porque no hay defensa contra el agravio de ser mejor”.

Para no ser odiado yo debo templar mucho mi lucimiento. A veces, debo introducirme en la sombra, enmascararme, para no cegar con mi modesta luz y dar pábulo a agresiones.

NOTA BENE: Para completar el argumento (que abunda en la pose, muy mía a veces, de falso aristócrata) Hay inteligencias que pueden volverse muy irritantes e irrespetuosas, por lo que, en cierto sentido, hay formas de lucimiento cuyo rechazo puede ser legítimo. Además la sensación -acaso autoengaño- de que uno fue un poquito más allá intelectual o culturalmente que la media, a no pocas personas les causa admiración y nulo odio.

Charles 149

En la esquizofrenia, el lenguaje puede permanecer formalmente intacto, pero su sentido se altera profundamente. Las palabras ya no sirven como vehículos transparentes de significación, sino que se convierten en entidades opacas, aisladas. El enfermo puede hablar correctamente y, sin embargo, no decir nada comprensible. El pensamiento pierde su dirección, y el lenguaje, que es su expresión, se disgrega en fragmentos que ya no se articulan en una unidad significativa.

No está simplemente empobrecido, sino transformado en su estructura más íntima. Se observan neologismos, condensaciones y desplazamientos que no obedecen a reglas reconocibles. A menudo, el paciente habla como si estuviera sometido a una influencia externa: las palabras parecen venirle dadas, no producidas.

El trastorno no reside únicamente en el lenguaje, sino en el mundo que el lenguaje intenta abrir. El esquizofrénico habita un mundo en el que las conexiones de sentido han sido desarticuladas. El discurso se vuelve extraño porque el mundo mismo ha perdido su estructura de significación compartida.

Lo que falta en la esquizofrenia no es la inteligencia ni el vocabulario, sino la evidencia natural del mundo. El lenguaje pierde su anclaje en la obviedad cotidiana. Las palabras ya no remiten a un mundo dado por supuesto, y por eso el discurso se vuelve extraño, excesivo o vacío.

El trastorno formal del pensamiento en la esquizofrenia se manifiesta lingüísticamente como descarrilamiento, tangencialidad, incoherencia y presión del habla. No es simplemente un problema del lenguaje, sino de los procesos cognitivos que lo sustentan. El discurso refleja una incapacidad para mantener el objetivo comunicativo.

El lenguaje en la esquizofrenia puede presentar alteraciones en múltiples niveles: fonológico, sintáctico, semántico y pragmático. La incoherencia discursiva refleja una disfunción ejecutiva que afecta la organización global del discurso.

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Un término cualquiera empieza a irradiar alusiones, amenazas, dobles fondos, vecindades sonoras o simbólicas.El lenguaje muestra repeticiones, variantes mínimas, insistencias, fórmulas privadas, manierismos. El vocabulario común no basta. Las palabras tienen un filo que corta la lengua, te tientan como ojos cerrados de cuervos. Se agrupan como insectos y te dejan ronchas y picaduras. Patos hacia islas cubiertas de hielo. Atesoro esta miseria: miles de palabras escritas para quemar la noche, para hacer un falso día hermoso, para evitar conocer que la soledad forma el centro de este mundo.

Charles 148

«El odio, en política, no es simplemente una emoción privada trasladada al espacio público; es una forma de acción que tiende a destruir el mundo común. Allí donde el odio sustituye al juicio, desaparece la posibilidad de comprender. Y sin comprensión, la política se convierte en mera lucha de fuerzas. El peligro no es que los hombres discrepen, sino que dejen de reconocer en el otro a un interlocutor”, Hannah Arendt.

“El odio político es inseparable de la idea de que el otro no solo está equivocado, sino que es maligno. En ese punto, la discusión se vuelve imposible. Ya no se trata de persuadir, sino de derrotar. El lenguaje mismo se degrada, porque deja de servir a la verdad y pasa a servir a la hostilidad”, George Orwell.

“Nada hay más contrario a la naturaleza humana que el odio. Pues el hombre ha nacido para la sociedad, y la sociedad no puede mantenerse si cada cual considera enemigo a su semejante. Quien odia rompe el vínculo que lo une a los demás, y al hacerlo, se aparta de sí mismo. Porque la humanidad no consiste en otra cosa que en la comunión de los hombres entre sí”, Cicerón.

“El odio es una enfermedad del juicio: no ve las cosas como son, sino como le conviene verlas. El que odia no busca la verdad, sino ocasión para su pasión. Y así, cuanto mira, lo tuerce; cuanto oye, lo malinterpreta; cuanto piensa, lo envenena. No hay mayor miseria que vivir ocupado en aborrecer, porque el odio es un trabajo continuo del alma contra sí misma”, Quevedo.

“El odio es fuego que, encendido en el pecho, primero abrasa al que lo guarda. Ningún enemigo es tan dañino como aquel que llevamos dentro, pues no duerme, no descansa, no se aparta. Y así, quien vive odiando, vive en guerra perpetua consigo mismo”, Lope de Vega.

Charles 147

En mi cama releo a Stendhal. Sensación de Misa en sí menor de Bach en Chartres. La lámpara, con sus libélulas generosas de luz, ilumina la página, pero alrededor se extiende una oscuridad de caverna. En esa oscuridad, las palabras adquieren una resonancia distinta, más íntima, más profunda. No leemos entonces para saber, sino para ser.

La noche me devuelve a mí mismo. Noche: juguete enterrado en la arena de la playa, coral al fondo de Billie Holiday. Durante el día me disperso, me diluyo en mil solicitaciones; pero por la noche, en el silencio, recupero esa unidad que me permite leer verdaderamente. Leer de noche no es leer los libros, sino dejar que los libros nos lean.

Las lecturas nocturnas tienen un carácter distinto, casi mineral. Se incrustan en la memoria con una dureza que las hace perdurar. En la noche, el lector se vuelve más preciso, más atento. No hay lugar para la distracción. Es entonces cuando los libros revelan su verdadera estructura.