Charles 146

Hay días en los que la mente no avanza: se recoge mimosa. No piensa: solo escucha. No busca: se limita a esperar como la luna en la palma de la mano. Todo parece más lento, más difuso, más indeciso. Pero no es esterilidad: es una forma de incubación. La verdadera fecundidad del espíritu no reside en el movimiento continuo, sino en esos momentos en que el pensamiento se detiene, como el agua que se vuelve clara cuando deja de correr. Es entonces hora de tomar un libro -libros lentos-, por lo que mejor que sean de lógica («Logica est ars artium et scientia scientiarum», «la lógica es el arte de las artes y la ciencia de las ciencias»); leer Περὶ σκιᾶς συλλογισμῶν («Sobre la sombra de los silogismos») de Filón de Megara, o leer también «On the Algebra of Doubt», de George Boole.

Hay una sabiduría de la lentitud. La precipitación, ese aguijón en el ojo del perro, empobrece; la demora, lumbre sensual del cerebro, enriquece. El espíritu necesita esas estaciones en las que no produce, pero se prepara.

Porque hay días de tiempo espeso. Hay días en los que el tiempo no fluye, sino que se acumula. En la pantalla, tu autorretrato sale perfecto, admirable. Nada pasa: el tiempo, argent du soleil, se deposita en capas, como el polvo sobre los muebles olvidados. Y en esa acumulación, todo se vuelve más meditativo. Entras en tu biblioteca. «La muntanya d’ametistes», de Jaume Bofill i Mates, y «Horacianes», de Miquel Costa i Llobera. Paisajes civilizados, y equilibrio y serenidad.

La vida no siempre se despliega en movimiento; a veces se contrae. Y en esos momentos nos detenemos sobre la nieve. Esos días, que parecen estériles, son en realidad los más ricos: en ellos se forman, sin que lo sepamos, las impresiones más duraderas: un recuerdo del Canal Grande de Venecia, leer a Píndaro en voz alta desde Delfos, el sabor suspendido de la falta de sueño.

Charles 145

Mi tragedia privada… es haber tenido que abandonar mi lengua natural, mi lengua de pensamiento, formación y cultura, libre, rica e infinitamente dócil y dúctil—el catalán— por una versión de segunda categoría y degradada del español.

El catalán era la lengua de la calle y de la academia, de mis paseos por la rambla y por el puerto, una lengua verdadera y viva, precisa, elegante, refinada y civilizada; era la lengua hospitaria, abierta a otros mundos, quirúrgica y de una claridad casi matemática. Entre la roca y la biblia. Entre el Medievo luliano y la más osada vanguardia. El catalán era un sol cenital, una infancia de zoo pacífico, un hangar encendido en el pecho que me permitía levitar.

El español es, para mí, más un lenguaje de mármol y de estupor de cristal, que de corazón. Algo de cabeza y construcción conquistada. De posibilidad de escribir en un estilo gota a gota pensado. Una segunda vida, un nuevo humor. Nube, ojo y mano. Forma tallada y pulido cincel. Lengua abierta a injertos: simbolismo francés, ensayismo inglés, pensamiento oriental, tradición latina. Con el español ahora me siento en paz. Una lengua exuberante que me obliga a humedecer las palabras en un baño de oro.

El francés y el inglés son prótesis, complementos de estudio y escuela. Pese a todo son lenguas que amo mucho, verdaderos honderos y bulevares para la caricia. Y el gallego y el italiano, o, acaso, un achaparrado latín, son nuevas adquisiciones, bellas como un tanque, espadas japonesas con delicias de ideogramas.

El mundo del hombre es el mundo del sentido… y ese sentido se articula en palabras. No hay pensamiento fuera del lenguaje, ni experiencia humana que no esté atravesada por él. Cada lengua traza un mapa distinto de la realidad. Aprender otra lengua es adquirir otra alma. Habitar varias lenguas es vivir en varios mundos.

Charles 144

No me limito a la reescritura (tarea de tarugos), sino a la transcripción, al devoto, apasionado y amoroso plagio. Lo nuevo siempre se construye a través de lo viejo, y de lo ajeno. Soy un autor perezoso y deshonesto. Hurto, rapiño y usurpo. La mejor de las originalidades no deja de ser más que una imitación juiciosa.

No robo textos: los amo tanto que los rehago desde dentro. La cultura es una red de apropiaciones… copiar es pensar. Montaje, collage, sampleo; neologismos para un arte muy viejo.

Pero es desmotivador plagiar nuestra literatura. La literatura española ha confundido con demasiada frecuencia la viveza del habla tabernaria con la dignidad del estilo; y así ha elevado a categoría lo que no pasa de ser transcripción del burdel.

Aquí no hay ambición verbal, sino palabras verduleras y casticistas. Entre nosotros, el estilo no ha sido un problema: y ahí reside precisamente el problema.

Yo no soy solo un gran usuario de la lengua, sino un gran inventor de ella.

Charles 143

Vivir plenamente exige cierto grado de inconsciencia. El hombre que piensa demasiado se vuelve enfermo; la conciencia es, en cierto sentido, una enfermedad. Juro que tener demasiada conciencia es una enfermedad, una enfermedad real y completa (una felicidad que se analiza deja de ser una felicidad absoluta) Para el hombre sería más que suficiente una conciencia ordinaria, la mitad, o la cuarta parte de la que posee un hombre inteligente de nuestro desgraciado siglo (las mejores cosas de la vida no se dejan pensar sin perder algo de su sustancia).… La conciencia es un exceso, un lujo inútil que paraliza la acción. Lo peor es la lucidez excesiva. Se observa actuar, se corrige mientras actúa, se interrumpe… Hay un punto en que la inteligencia, aplicada a la vida, la destruye.

La conciencia no es una simple luz que ilumina el mundo, sino un prisma deformante. Todo lo que percibimos está ya modificado por la manera en que lo recordamos o lo anticipamos. Vivimos en una superposición de tiempos: lo que vemos está contaminado por lo que fue y por lo que imaginamos que será. La realidad no es nunca pura presencia: es un tejido de conciencia. Descomponemos la inocente percepción. Todo ocurre en la mente a través de crípticos lenguajes. En la espesura de la conciencia las cosas pierden contorno. Vacíos, interferencias…

Y frente a todo esto la conciencia dolorosa, desorganizada y, a veces, aterradora (y muy difícil de comprender) del esquizofrénico. Disolución entre pensamiento y realidad, entre interior y exterior, entre el mendigo del yo y el principesco mundo. Conexiones súbitas que te desbordan, extrañamiento radical («Unheimlichkeit»)

Desearía que lo comprendieran. Nuestro mundo interno adquiere una preeminencia tal que los hechos exteriores pierden su valor o se transforman según leyes propias. Las asociaciones no desaparecen, pero se reorganizan de manera peculiar: lo accesorio puede adquirir la máxima importancia, y lo esencial quedar relegado. El yo puede sentirse invadido, fragmentado, expuesto… como si ya no hubiera una frontera segura entre la realidad mental y la realidad extramental.

Los rayos divinos se dirigen a mi persona, las voces hablan de mí, los acontecimientos tienen un significado que me concierne directamente. No es una creencia: es una evidencia inmediata. El resultado no es ausencia de sentido, sino un exceso de sentido desviado. Se pierde la espontaneidad; tal es la autoconciencia de los procesos reflexivos.

La familiaridad con el mundo se nos rompe.

Charles 142

Pienso en las ramificaciones de mi destino si no hubiera estado enfermo. No hay un solo yo frustrado, sino una pluralidad de destinos coexistentes. Imagino versiones más exitosas (músico, matemático, novelista), pero también versiones peores o más oscuras (más infeliz, más inculto, incluso cruel) No solo renunciamos a vidas mejores, también evitamos vidas peores; de alguna manera eso me reconcilia con quien soy.

En efecto, siento que vivo vidas ajenas, que soy otros continuamente. Podría pasear por Estambul con un cielo de hilos de luna. En cada momento de mi vida hay alguien que podría haber sido yo, y que no lo ha sido. Podría haber sido un gran violinista y tenerla entre mis brazos. Me multiplico en posibilidades que no se realizan, y en todas ellas me fragmento.

Podría haber sido cualquier cosa… y sin embargo soy esto.

Y siento, en el fondo de mí, que esas otras vidas continúan existiendo de alguna manera, como si no hubieran sido completamente abandonadas. Permanecen acurrucadas en una galería verde de vidas en potencia. El yo es una cosa incierta, móvil, múltiple. No es más que un pobre punto de intersección de posibilidades.

No soy solo el que soy. Soy también la sombra de todo lo que no llegué a ser.

Charles 141

(Reflections on language)

Las palabras siguen existiendo, para perdieron su conexión con las cosas. La gente habla, pero no se comunica. El lenguaje ha sido dañado en su raíz y ya no puede decir inocentemente. Las frases se vacían y fragmentan.

Después de los actuales acontecimientos históricos, las palabras parecen haber perdido su inocencia, su rigor y su lucidez. Se usan para mentir, para ocultar, para hacer posible la ignominia Y, sin embargo, seguimos hablando (como primates) como si el lenguaje siguiera siendo un medio transparente a la verdad.

Las palabras abstractas, de las que la lengua debe servirse naturalmente para expresar cualquier juicio, se deshacen en la boca como hongos podridos. Ya no conseguimos pensar o hablar coherentemente sobre nada.

Las palabras se tensan, se agrietan y a veces se rompen bajo el peso de sí mismas, bajo la tensión, y resbalan, se deslizan, y perecen, se descomponen por imprecisión.

El lenguaje no es sólido. Todo nuestro lenguaje es incomprensible. Todo nuestro lenguaje es falso. Los nombres son polvo fino, gangrenado, sellando los labios. Una aureola oscura en los fonemas.

El diálogo continúa…pero es puro automatismo. Fibras deshilachadas del ser.

Toda palabra es una palabra de más. El silencio es el único lenguaje que no traiciona. Es imposible hacer comprender lo que nos sucede. Las palabras no son más que puentes frágiles tendidos sobre abismos. La gramática es una mala herramienta, una herramienta de peligros.

Se habla como siempre —quizá más que nunca—, pero las frases ya no designan nada. Se dice “árbol” y no hay árbol. Se dice “amor” y no existe el amor. Solo sonidos correctos, bien pronunciados, pero perfectamente vacíos. Una sensación: como si el mundo hubiera retrocedido varios pasos y las palabras ya no lo alcanzaran.

Charles 140

(Moonlight)

Un contacto más que una visión, la luz de la luna. Brillan las piedras como si estuvieran mojadas. Un ojo que lagrimea sin parpadear. Alumbra íntimos cedazos de ceniza blanca, casi azulada. Lentitud de las ardillas y de los ciervos sexuales. Delicadeza deliberada de espía; posa su mano en la negra espalda de la noche. Todo más irremisiblemente desnudo y presente. Flota como una refinada ola de vapor en los bordes de las hojas de los árboles. Es como si cada cosa hubiera tenido otra vida, más lívida y oculta, que solo en la noche volvía a manifestarse. Abandona su luz como una adolescente ociosa. El mundo no piensa, ¡se ilumina! Delirio licuado y lúcido.

Charles 139

Momentos delicados y evanescentes de la experiencia, de integración, completud y vida; cuando sientes que nada terrible puede ocurrirte que no pueda sanar el cosmos; la emoción celeste de un museo italiano, blanco y con luz de heliotropo; perderse y encontrarse en montañas alpinas de música.

Un solo instrumento —desnudo, sin amparo— traza en el aire una línea que no busca apoyo en nada externo. No hay orquesta, no hay fondo: todo debe surgir de esa única voz que, sin embargo, se desdobla, se insinúa múltiple, como si en su interior hubiera otras voces latentes que no necesitan manifestarse del todo.

La línea de los sonidos, concavidad en las aguas rizadas del mar. Una advertencia apenas perceptible, como de palacios donde la vida se sueña. Violines soberanos; mosaicos cegados por la luz.

Charles 138

Hoy, en mi pueblo, había en el aire una suavidad que no era aún calor, sino una insinuación o conato de él, una promesa suspendida que parecía envolver las cosas en una expectativa rosa. El calor era una membrana que filtraba impurezas. Me senté en el jardín a que me diera en la cara ese amago de sol. El jardín todavía no estaba florecido del todo. La primavera me persuade. Y en esa persuasión reside su alto poder: el de transformar el mundo.

¡Embriaguez de la vida! El verde no es un color: es una vibración, un matiz, una onda del arco-iris. Tiembla en los bordes de las hojas recién nacidas, en la carne verde aún húmeda de los brotes, en ese instante -delicada tensión- en que la luz no cae sobre las cosas, sino que parece emerger de ellas.

Primavera.

Charles 137

“Nada temía tanto como la pérdida de mis libros. No eran objetos: eran mi memoria, mi defensa contra el mundo. Pensaba a menudo, con una inquietud casi física, en lo que ocurriría con ellos cuando yo muriera. Me horrorizaba la idea de que fueran vendidos por lotes, de que terminaran en manos de gente que no sabría leerlos, de que fueran separados unos de otros como si no hubieran vivido juntos durante años. Cada libro había encontrado su lugar en un orden que sólo yo comprendía. Su dispersión sería, en cierto modo, mi segunda muerte”, Elias Canetti.

“La biblioteca privada no es un conjunto de libros leídos, sino de libros por leer […] Uno sabe que no podrá leerlos todos, y sin embargo los acumula. Pero hay algo más: uno sabe también que la biblioteca sobrevivirá. Que otros la heredarán, la reorganizarán, la traicionarán. Y eso no es una tragedia: es la prueba de que la biblioteca no era nuestra, sino un nodo en una cadena interminable de lectores”, Umberto Eco.

“Las bibliotecas privadas son actos de fe en la continuidad de la cultura. Pero también son frágiles. Tras la muerte de su dueño, pueden convertirse en ruinas silenciosas o en mercancía. El destino de una biblioteca es siempre incierto: puede ser conservada como un santuario o desmembrada como un cadáver. Y en esa incertidumbre se revela algo esencial: que la cultura depende de la fidelidad de los vivos a los muertos”, George Steiner.

“Todo lo que acumulamos está condenado a ser destruido o dispersado por otros […] Nos pasamos la vida ordenando, clasificando, reuniendo —libros, pensamientos, recuerdos—, y basta un heredero mediocre para que todo se desmorone en unos días. La posteridad es una forma de negligencia organizada”, Thomas Bernhard.