Charles 127

Hablé con Lorena, mi enfermera. Su diagnóstico fue claro: lo que describía encajaba muy bien con un episodio hipomaníaco en contexto estacional (primavera) Temo que la hipomanía puede escalar a manía, puede virar a paranoia o pueda ir seguida de caída brusca en una depresión.

En la hipomanía todo parece posible. Las ideas fluyen con una velocidad deslumbrante, la confianza se eleva, el mundo se vuelve más interesante, más vivo, más incendiado. Pero esa claridad es engañosa: no es estabilidad, es aceleración. Seduce. Te hace sentir brillante, poderoso, invulnerable. Pero esa sensación no es libertad: es una distorsión de la percepción y del juicio. La mente crea estados de exaltación que parecen vida en su forma más intensa, pero que en realidad son una forma de desorden. Todo se vuelve extraordinariamente vívido… como si la vida adquiriera una intensidad insoportable.

Baruch Spinoza: “La alegría es el paso a una mayor perfección… pero debe estar guiada por la razón para no convertirse en ilusión”. La felicidad auténtica es tranquila, no frenética. No depende de la excitación constante, sino de un equilibrio interior.

Debo dormir. Mañana me inyectan el Xeplion.

Charles 126

Comí unas frutas, y, para no sentir la soledad en la cocina, encendí el televisor. Sensación implacable de últimas bocanadas del imperio. La televisión sabe que el espectador es vulnerable a lo fácil, a lo sensacional, a lo inmediato. Y construye un mundo donde lo importante no es lo verdadero, sino lo que retiene la atención.

Periodistas (sic) con los rostros hinchados, los ojos vidriosos, las bocas abiertas en risas obscenas. Sebosos levantando una copa mientras, a su lado, un hombre cae desplomado sin que nadie lo mire. Los miro atentamente en la pantalla. Rostros descompuestos, maquillajes excesivos, cuerpos deformados. La elegancia se vuelve grotesca, la belleza se vuelve máscara. Todo parece enfermo, como si la sociedad misma estuviera en descomposición.

La información se ha convertido en espectáculo. Lo importante ya no es comprender la realidad, sino producir emoción inmediata. La televisión privilegia lo sensacional, lo dramático, lo escandaloso, porque es lo que retiene al espectador. La televisión ha pasado de informar a excitar. El espectador no es tratado como ciudadano, sino como consumidor de estímulos. Todo se vuelve blando, rápido, superficial, emocional. Se habla sin saber, se opina sin pensar, se rellena el tiempo con palabras vacías. El espectáculo ha sustituido al análisis. El «organum diabolicum» convierte la realidad en un simulacro continuo donde lo importante no es lo que ocurre, sino cómo se presenta.

Se mercadea con el dolor ajeno. El dolor se convierte en un material narrativo a explotar. El crimen debe dramatizarse. Lo trágico debe incentivar emociones morbosas y oscuras. En la tertulia política la opinión se confronta como gladiadores en el circo. En la crónica rosa la intimidad, la decencia y la verdad no importan.

Un ejército de esqueletos invade la tierra como una plaga organizada. El cielo es un polvo gris, sin trascendencia. Un rey sigue aferrado a su oro mientras la muerte lo rodea: gesto inútil, patético. Unos amantes tocan música, ajenos —o resignados— mientras todo se derrumba a su alrededor.

Sonrisas tensas, ojos vacíos. Burgueses obesos con manos húmedas, prostitutas con gestos mecánicos, soldados mutilados que deambulan como restos humanos. Todo está iluminado con una claridad cruel, sin sombra redentora.

Nadie parece vivo del todo.

Charles 125

El mundo va a acabar. La grisalla es atroz, la mediocridad, vulgaridad y fealdad colosal. Época degradada ¿Dónde están los mundos intensos? La verdadera civilización no está en el petróleo, ni en las máquinas; está en las rosas, los brillantes y los armiños. Todo supuesto progreso industrial y económico contemporáneo, tal como lo entiende el siglo, no es más que una forma de vulgaridad organizada.

La vida oscila miserable. El hombre moderno es una criatura fatigada, domesticada, satisfecha con pequeñas comodidades y mitos mediocres. Todo es grotesco. Todo es insoportable. Todo es ridículo. El mundo entero es una farsa organizada por imbéciles que se toman las cosas en serio. Vivimos rodeados de un rasero tan bajo que cualquiera dotado se asfixia. Todo se convirtió en esta insignificante Llanura Inmensa De La Trivialidad.

Roma está llena de vicios, de ambición, de vulgaridad. Todo se compra, todo se vende. La dignidad ha desaparecido. Olvidamos cómo hacer cosas bellas.

Paul Verlaine: “Llueve en mi corazón como llueve sobre la ciudad… / ¿Qué es esta languidez que penetra mi corazón?”. Georg Trakl: “Oscuros jardines del crepúsculo… / donde el alma se pierde en un silencio azul. / Todo se hunde en una dulzura extraña, como si el mundo quisiera desaparecer”.

¿Para qué poetas en tiempos de penuria?

Charles 124

De una infancia y juventud con mucho dinero, abundante, llena de viajes, hoteles, restaurantes, clases privadas, despreocupación, a la demolición de mi madurez. El dinero es la vida. El dinero es la sangre que circula en el cuerpo social. Sin dinero, todo se detiene. Toda vida -cuesta saberlo- es, en el fondo, un proceso de derrumbe. Demasiado tarde comprendí que el lujo era una ilusión que exige su precio con intereses crueles. Lo que llamamos nostalgia no es más que el dolor de una felicidad que sabemos irrepetible. Mi infancia y juventud fueron un paraíso perfectamente protegido… todo estaba impregnado de una luz que nunca he vuelto a encontrar. Mamá de organdí, papá con corbetas de seda. Mis hermanas y yo en los más exclusivos colegios.

Los libros, alineados con una exactitud casi militar en su biblioteca de caoba, no eran objetos: eran presencias. Había volúmenes encuadernados en piel que conservaban el olor de otras manos, de otros siglos. Burguesía hacendada y propietaria culta, preocupada por el saber y la música y el arte. Viajar por Europa era atravesar capas de civilización. París, la inteligencia rosa; Viena, la memoria verde; Venecia, la decadencia roja sublime.

La miseria no ennoblece: degrada. Solo desde una cierta comodidad se puede observar el mundo con claridad. El bienestar material no es un lujo: es la base mínima de una vida civilizada. Como supo ver Hayek: el mercado es un sistema de información; el dinero es su lenguaje. Así, el dinero deja de ser moral o inmoral: es la estructura del conocimiento social.

He sido rico y soy pobre: conozco las dos mentiras. El orden , la estabilidad, la confianza, son caprichos de Fortuna. La riqueza promete más de lo que da. La pobreza quita más de lo que se admite.

Charles 123

(El racionalista mágico)

Presumo que lo saben, ladies and gentlemen. Por mi mente corren pájaros en una pajarera, por mi mente pasan ondas continuas. No puedo detenerlas. A veces son suaves, otras veces violentas. Vivo en esa descarga: entre la claridad más fina y una sombra que avanza lentamente ¿Saben? No estoy enfermo: estoy incendiado. Mi pensamiento no discurre, estalla. Y no sigue una línea: se desgarra. Vomito en el lenguaje de los tranquilos. Vivo en un mundo que se ha vuelto demasiado intenso para los hombres ordinarios. Las cosas hablan, los árboles tienen voz, el cielo pesa sobre mí con una gravedad casi celestial.

Pero, señoras y señores, esa es la mitad de la verdad. Mi tarea no es inventar, sino comprender. No busco brillar, sino aclarar. Escucho la historia que arrastra la erudición. Domino emociones para no traicionar los hechos. Comprender es descomponer. Dirimo, pondero, infiero, deduzco. Cribo, tamizo, diluyo espectroscópicamente la luz.

Soy análisis, método, claridad, y soy inestable, excesivo, alguien roto. Un místico y un lógico a la vez. El matemático de la morgue.

Charles 122

(Fisiología del dandi en tiempos sin lírica)

Pese a la incuria del tiempo falaz y a la engañifa del siglo, pese a mis estados mentales morbosos, subsiste en mí el refinado que se retira del mundo, no necesariamente por desprecio activo, sino por saturación. Ya vi demasiado (por desgracia), ya escuché demasiado (desdichadamente), ya reconocí en todo la misma vulgaridad repetida. Es hora de retirarse a los palacios y placeres de invierno.

Decido entonces vivir para mí mismo, premeditadamente, cultivando sensaciones intensas y leyendo incunables. Mi existencia ya no es una sucesión de hechos, sino de ponderaciones: el busto visto en el museo, la tela analizada en casa de la baronesa, la conversacón con el matemático. Aspirar a parecer inevitable. No buscar persuadir, sino sorprender; no busca agradar, sino fascinar. Vivir ante el espejo con mis anillos y fulares. No salir de la biblioteca.

Y, como esos grandes señores, vivir en mi pazo un tiempo distinto. Sin prisas, porque se pertenece a un tempo más largo. Traje oscuro, líneas limpias, ningún detalle superfluo. Perfección sin énfasis. «Se movía lentamente, no por afectación, sino porque su tiempo no coincidía con el de los demás. En el salón de su casa, rodeado de libros, no leía con avidez, sino con elección. Cada página debía justificar su existencia. No buscaba vivir mucho, sino vivir con estilo. Y, en el fondo, sabía que ese estilo era ya la última forma de resistencia», dijeron sus mejores retratistas.

Charles 121

(El falso aristócrata)

La casa de campo de mi infancia tenía una manera de presentarse que era casi una insinuación moral. No se imponía, sino que persuadía. Sus jardines ordenados, sus habitaciones llenas de objetos cuidadosamente acumulados, sugerían una vida formada por elecciones repetidas durante generaciones. Todo hablaba de gusto, pero de un gusto que se había vuelto naturaleza.

Los salones estaban dispuestos como una obra de arte social. Cada silla, cada lámpara, cada cuadro parecían ocupar su lugar no por utilidad, sino por una necesidad invisible de armonía. Las paredes, cargadas de historia, no mostraban el paso del tiempo: lo absorbían. Allí, el presente no tenía prisa; se extendía como una variación sobre un tema antiguo. Cada objeto tenía una claridad casi irreal, como si el tiempo aún no hubiese aprendido a destruir. La casa estaba impregnada de una felicidad que ahora sé que es frágil.

Cuarenta años después vivo en un gran pazo de la Ribeira Sacra semi-derruido y fantasmagórico. El patio se abre en el centro de la casa como una herida antigua. Las piedras, gastadas por el paso de generaciones, están cubiertas por una película de musgo que devuelve la luz en tonos verdosos, como si la claridad llegase ya enferma. En un rincón, una pila de piedra recoge el agua de un canal roto: cae con un sonido irregular, obstinado, que marca el tiempo mejor que cualquier reloj. Las galerías superiores, de madera oscurecida, se inclinan levemente, como viejas que escuchan. Desde ellas, a veces, parece descender un rumor: pasos que no llegan a ser pasos, voces que no llegan a decirse. El aire está cargado de un olor a ropa húmeda, a hierro oxidado, a recuerdo.

En el patio hay una mesa de mármol agrietada, y sobre ella, un vaso olvidado que ya no pertenece a nadie. Las puertas que dan al patio estánn siempre entreabiertas, como bocas que quisieran hablar, pero desistieran. Detrás de ellas se intuyen habitaciones en penumbra, muebles cubiertos con sábanas, retratos torcidos. Por la tarde, cuando la luz cae en vertical, el patio adquiere una solemnidad absurda: cada grieta de la piedra, cada mancha de humedad, parece cobrar una importancia excesiva, como si todo fuese significativo y al mismo tiempo incomprensible.

Soy una reliquia. Un viejo y falso aristócrata. Soy como una casa antigua que nadie se ha atrevido a derribar. Todo en mí indica una grandeza pasada: la cortesía, el modo de inclinar la cabeza, incluso el silencio. Pero esa grandeza ya no encuentra correspondencia en el mundo. He quedado reducido a la forma de mi propio pasado, como si la sustancia se hubiese retirado, dejando intacta la apariencia.

Vi pasar mi tiempo, y sé que no volverá. No me lamento: comprendo que todo orden humano está destinado a desvanecerse. Pero en mis gestos, en mi manera de ocupar el espacio, persiste algo de aquella antigua autoridad, como una luz que se niega a apagarse del todo.

Mis perros, mi melancolía, los gatos silvestres adoptados, la locura y los libros. Leo, no por instruirme, sino por intensificar mi vida interior. Busco autores que me arranquen de la realidad, que me transporten a estados de ánimo raros, casi infantiles. Cada libro es para mí una droga distinta. Así, mi biblioteca no es una colección de obras, sino un arsenal de sensaciones.

La sociedad, incluso yo mismo, me repugno. No encuentro más que vulgaridad, repetición, estupidez. Las conversaciones me parecen intercambios de lugares comunes; los gestos, imitaciones sin alma.

Aquí sigo.

Charles 120

La literatura y las artes no “definen” el mal y otros grandes temas humanos (la soledad, el amor, la aventura, la enfermedad, el sexo) con conceptos, sino que los encarnan o muestran en figuras, gestos, atmósferas, decisiones y destinos humanos. Matthew Arnold llamó a la poesía “criticism of life”, y esa fórmula, bien entendida, apunta exactamente a lo que deseo expresar: el arte como examen de la vida humana, no como adorno.

El mal no aparece solo como satanismo, monstruosidad o crimen extremo. A veces es ambición, ideología, orgullo, obediencia burocrática, obsesión, resentimiento, humillación, desprecio, indiferencia. La gran literatura no suele enseñarnos el mal como una excepción extravagante, sino como una posibilidad ordinaria de lo humano. Y precisamente por eso nos inquieta tanto: porque no habla solo de Ricardo III, Macbeth o Kurtz; habla también del funcionario, del vecino, del envidioso, del cobarde, del que se ríe cuando humillan a otro.

No limitaría esta capacidad reveladora a la literatura, sino que la extendería a la música, el cine, la pintura, el teatro. Eso también tiene fundamento. Tolstói, en «What Is Art?», decía que el arte es “one of the means of intercourse between man and man”, un medio de comunicación y contagio de sentimientos. No se trata solo de representar el mundo, sino de hacernos entrar en una experiencia humana.

Del mismo modo que hay maldades minúsculas, hay misericordias minúsculas: un gesto, una mirada, una mano en el hombro, una palabra. La literatura y el arte, cuando son grandes, nos enseñan ambas cosas. La literatura dramatiza el mal a la luz del bien y de los gestos benevolentes.

El ser humano no está compuesto por dos sustancias contrarias, sino que es un ser ambivalente, capaz de compasión y capaz de crueldad, de reconocimiento y de deshumanización. Esa formulación me parece la más fina.

El mal no es un accidente ni una anomalía: es una posibilidad humana. Y precisamente por eso el arte nos inquieta: porque nos obliga a reconocerlo —también— en nosotros.

***

Matthew Arnold: “La poesía es, en el fondo, una crítica de la vida bajo las condiciones fijadas por las leyes de la verdad y de la belleza. No se limita a describir lo que ocurre, sino que examina lo que somos, lo que hacemos y lo que sentimos. En ella se reflejan nuestras pasiones, nuestras flaquezas, nuestras aspiraciones, y también nuestras caídas”.

Arthur Schopenhauer: “Cada individuo se toma a sí mismo como el centro del mundo y está dispuesto a sacrificar todo lo demás a su interés. El mal aparece cuando el sufrimiento ajeno no solo se tolera, sino que se busca deliberadamente, cuando el dolor del otro deja de ser un límite”.

Ingmar Bergman: “El arte penetra directamente en nuestras emociones, en esa habitación crepuscular del alma donde se esconden nuestros miedos, nuestras culpas y nuestros deseos. Allí donde la razón no llega, el arte actúa”.

Gustav Mahler: “La sinfonía debe ser como el mundo: debe abarcarlo todo. Debe contener la luz y la oscuridad, la alegría y la desesperación, la ternura y el terror. Solo así puede ser verdadera”.

Charles 119

Cuando alguien expresa dolor o fragilidad, muchas personas sienten el impulso de cuidar, consolar o animar. Eso activa algo muy antiguo: el instinto de cooperación y apoyo dentro del grupo.

¿Por qué su cariño me reconforta? Aunque venga de personas lejanas, tiene efectos psicológicos reales. Cuando alguien como yo, aislado y solitario, recibe mensajes de apoyo, se activa la sensación de ser visto y escuchado, se atenúa la soledad y aumenta momentáneamente la esperanza. El ser humano necesita reconocimiento social.

Hay incluso un término para esa cultura de mostrar la vida íntima en internet: “oversharing” o autorrevelación pública. En TikTok y otras redes se ha vuelto muy común: personas que cuentan depresiones, rupturas, traumas, etc. He escrito y argumentado ácidamente en contra de esta moda pues convierte la vida íntima en espectáculo. Pero la literatura está llena de confesiones.

No hay placer comparable al de sentirse comprendido por otro ser humano. Incluso una palabra amable pronunciada en el momento oportuno puede aliviar más que muchos razonamientos. Allí donde hay amor, la vida se vuelve más ligera y el sufrimiento se hace soportable.

Quiero seguir adelante. Mañana hablaré con la enfermera psiquiátrica y pediré ayuda. A ver qué me dice. En cualquie caso, muchas gracias a todos ustedes. Me sentí menos solo. Y, sobre todo, disculpen mi constante exhibicionismo.

Charles 118

Lo más seguro es que me ingrese en el manicomio. A veces ahí me siento sorprendentemente en paz. Es extraña esa quietud de cementerio. El silencio y rutina del hospital, a veces, insisto, parecen envolverme como un capullo protector. Los talleres, el trato con las enfermeras, la disciplina, son un antídoto o ácido a mis desarreglos. Además, me invade la convicción de que si no puedo dormir pronto enloqueceré y que incluso podría quitarme la vida. No son normales la cantidad siempre presente de mis ideas suicidas. Por ello comprendo que debo buscar ayuda.

El manicomio es un refugio extraño. El cielo y el infierno, el bien y el mal entreverados. Lo odio, y, sin embargo, es el único lugar donde el caos que se agita dentro puede ser contenido. Sumadas, pasé varias décadas en manicomios. Sé lo que es ser enterrado vivo. Sé lo que es que tu vida se quede parada ininterrumpidamente en un oscuro andén.

En un manicomio hay tiempo para pensar. Los días se alargan como largos corredores de horas, y uno vaga por ellos preguntándose cómo ha llegado allí. Es hora del balance, el análisis, y la evaluación. Afuera el mundo continúa a su ritmo normal, pero dentro todo se vuelve más lento, más examinado, más observado. Hay agonías particulares, verdaderos terrores en las salas: el silencio innombrable de las largas noches, el eco de los pasos en los pasillos, el conocimiento de que uno ha llegado a un lugar donde las mentes se han quebrado y que tú mente es una de esas mentes. Pero también pueden ser lugares de seguridad cuando el moribundo cerebro se vuelve peligroso para sí mismo.

El hospital psiquiátrico es un sitio muy duro; parece un mundo aparte, con sus propios ritmos, sus propias reglas y sus propias tragedias silenciosas. Nadie sabe lo que es estar encerrado si no ha vivido los días que se pasan allí sin esperanza. Días, como vio Plath, de campana de cristal.

Los locos son siempre meros huéspedes en la tierra, extranjeros eternos que llevan consigo libros que no pueden leer. Allí estás suspendido entre la vida y el sueño. Los pacientes somos como máquinas que se han estropeado. Dentro, el tiempo se mueve de otra manera, y el gesto más pequeño adquiere un significado inmenso. A la vez, prisión y refugio.

Ingresarme no es una derrota, sino acaso una decisión inteligente. Sí, estar ingresado es algo aterrador, pero también es la salida donde comienzas a comprender que quizá puedas sobrevivir.