Durante años fui objeto de desprecio, burlas, humillaciones o descalificaciones —“tonto”, “loco”, “sucio”, «mongolo». Entonces se forma una reserva latente de resentimiento. No domina mi personalidad, pero está ahí. Una parte sigue siendo cordial y abierta, pero la otra acumula furia contra el mundo.
Desde niño comprendí que el mundo estaba hecho para maltratar. Cada conversación, cada gesto, cada institución contiene una pequeña humillación cuidadosamente escondida. Los hombres se agreden unos a otros con una perseverancia que no se agota jamás. Y lo hacen con una sonrisa, como si se tratara de un acto natural.
La humanidad me resulta insoportable. Si uno observa a los hombres durante unos minutos con atención, descubre que casi todo lo que hacen es ridículo, estúpido o mezquino. Se creen importantes, pero en realidad son grotescos. La vida es una agresión continua. Cada día somos empujados, ridiculizados, rebajados por los otros. La existencia misma es una forma de violencia.
La humanidad se complace en su propia ruindad. Si observa usted a los hombres con atención verá que casi todo lo que hacen está impregnado de estupidez, de brutalidad o de vanidad. Se mueven por el mundo como si fueran importantes, pero en realidad no son más que una multitud grotesca.
El ser humano no soporta la bondad. La bondad lo aburre. Necesita la crueldad, la humillación, el escándalo. Por eso la historia humana es una sucesión interminable de atrocidades
Los hombres son así: si no pueden admirarte, te odiarán; si no pueden dominarte, intentarán humillarte. No soportan nada que les recuerde su propia mediocridad. Por eso el mundo está lleno de pequeñas crueldades cotidianas.
Los hombres son siempre lo mismo: una mezcla de miedo, de vanidad y de crueldad. Les basta una ocasión favorable para convertirse en verdugos. La guerra no hace a los hombres malos: simplemente les permite serlo con tranquilidad.
La verdad es que el hombre está podrido por dentro. Cuando ya no tiene nada que ganar de los demás, entonces aparece su verdadera naturaleza: el desprecio, la burla, el deseo de ver sufrir.
Cuando uno ha visto demasiado, ya no puede amar a la humanidad. Lo único que queda es el desprecio.
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“El horror no está en la selva ni en los salvajes; está en el corazón humano. Basta con quitar algunas capas de civilización para que aparezca la oscuridad que llevamos dentro”, Conrad.
“El hombre ama la destrucción y el caos tanto como la creación. Hay en él una inclinación secreta hacia el sufrimiento, propio y ajeno”, Fiódor Dostoievski.
“La historia universal no es más que la historia del mal que los hombres se hacen unos a otros. Si quitáramos la crueldad, apenas quedaría nada que contar”, Cioran.