Charles 117

Me cuesta una enormidad ducharme, limpiarme, vestirme, hablar, leer, escribir, levantarme de la cama o pensar. Tengo la sensación de una fatiga infinita. Nada me interesa. Nada me divierte. Todo me pesa. El mundo entero se me aparece como una especie de hospital donde cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama. Se redujo el arco de mi expresión emocional, mi habla es pobre, nada me motiva y soy incapaz de experimentar placer. Como dijo Baudeliare, hay momentos en que el tiempo pesa como una losa. Cada segundo arrastra una eternidad de aburrimiento. Entonces la vida no es más que una larga náusea. Apático, retraído, no logro desenvolverme en la vida cotidiana. Gestos reducidos y voz monótona.

Estoy cansado de vivir, de respirar. Todo me parece vacío, baldío e inútil. Nada deseo. Mi corazón es como una tierra agotada donde ya no crece ninguna planta. Todo me parece sin sentido, y camino como un espectro entre los hombres. Estoy vacío, terriblemente vacío. Todo lo que me rodea parece artificial, una escenografía o tramoya grotesca. La vida se ha convertido en un baile de máscaras de muertos.

Vivo por inercia. Solo deseo buscarme el centro del corazón con el cuchillo de la cocina. Dondequiera que vaya, llevo conmigo mi bilis negra. Busco la soga definitiva para colgarme de una maldita vez de la viga.

Charles 116

Durante años fui objeto de desprecio, burlas, humillaciones o descalificaciones —“tonto”, “loco”, “sucio”, «mongolo». Entonces se forma una reserva latente de resentimiento. No domina mi personalidad, pero está ahí. Una parte sigue siendo cordial y abierta, pero la otra acumula furia contra el mundo.

Desde niño comprendí que el mundo estaba hecho para maltratar. Cada conversación, cada gesto, cada institución contiene una pequeña humillación cuidadosamente escondida. Los hombres se agreden unos a otros con una perseverancia que no se agota jamás. Y lo hacen con una sonrisa, como si se tratara de un acto natural.

La humanidad me resulta insoportable. Si uno observa a los hombres durante unos minutos con atención, descubre que casi todo lo que hacen es ridículo, estúpido o mezquino. Se creen importantes, pero en realidad son grotescos. La vida es una agresión continua. Cada día somos empujados, ridiculizados, rebajados por los otros. La existencia misma es una forma de violencia.

La humanidad se complace en su propia ruindad. Si observa usted a los hombres con atención verá que casi todo lo que hacen está impregnado de estupidez, de brutalidad o de vanidad. Se mueven por el mundo como si fueran importantes, pero en realidad no son más que una multitud grotesca.

El ser humano no soporta la bondad. La bondad lo aburre. Necesita la crueldad, la humillación, el escándalo. Por eso la historia humana es una sucesión interminable de atrocidades

Los hombres son así: si no pueden admirarte, te odiarán; si no pueden dominarte, intentarán humillarte. No soportan nada que les recuerde su propia mediocridad. Por eso el mundo está lleno de pequeñas crueldades cotidianas.

Los hombres son siempre lo mismo: una mezcla de miedo, de vanidad y de crueldad. Les basta una ocasión favorable para convertirse en verdugos. La guerra no hace a los hombres malos: simplemente les permite serlo con tranquilidad.

La verdad es que el hombre está podrido por dentro. Cuando ya no tiene nada que ganar de los demás, entonces aparece su verdadera naturaleza: el desprecio, la burla, el deseo de ver sufrir.

Cuando uno ha visto demasiado, ya no puede amar a la humanidad. Lo único que queda es el desprecio.

***

“El horror no está en la selva ni en los salvajes; está en el corazón humano. Basta con quitar algunas capas de civilización para que aparezca la oscuridad que llevamos dentro”, Conrad.

“El hombre ama la destrucción y el caos tanto como la creación. Hay en él una inclinación secreta hacia el sufrimiento, propio y ajeno”, Fiódor Dostoievski.

“La historia universal no es más que la historia del mal que los hombres se hacen unos a otros. Si quitáramos la crueldad, apenas quedaría nada que contar”, Cioran.

Charles 115

(Casa de gusto kitsch)

En la habitación se acumulaban objetos elegidos no por su belleza, sino por su ternura: fotografías enmarcadas en imitación de plata, flores de plástico, figuritas de pastores con mejillas rosadas, cuadros de ciervos triscando en el campo, abundantes terciopelos.

Todo parecía dispuesto para producir una emoción inmediata y fácil, como si cada objeto dijera al visitante: «Aquí se ama, aquí se sufre, aquí se siente profundamente».

Sobre la chimenea había una reproducción en colores demasiado brillantes de un paisaje alpino; a su lado, un perro de porcelana sostenía un reloj diminuto entre las patas.

En la mesa redonda descansaban revistas con portadas donde sonreían mujeres excesivamente felices. Todo parecía saturado de esa alegría doméstica prefabricada que hace que el visitante se sienta inmediatamente incómodo.

Los muebles brillaban con un barniz demasiado nuevo, las cortinas estaban adornadas con borlas excesivas y en cada rincón se levantaban figurillas de la omnipresente porcelana que representaban pastores enamorados.

Todo revelaba una aspiración desesperada a la elegancia, pero esa aspiración se había transformado en algo pesado, casi grotesco.

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Frente a este detestable gusto pequeño burgués, tan universal, invoco a Wilde: “El mal gusto es simplemente la forma más grave de vulgaridad”.

Charles 114

No vivimos solo entre ideas malas, sino dentro de un régimen de atención degradado —scroll, impacto, tuit, grito, espectáculo— que dificulta la contemplación, el argumento, la reflexión y la lectura lenta.

Cuando San Jerónimo contempla el desmoronamiento del Imperio, no habla como un historiador frío, sino como un hombre que siente que el mundo conocido se deshace. En una carta célebre lamenta que durante décadas “los bárbaros” hayan combatido “en el corazón del Imperio Romano”, y añade que el hábito del desastre había secado incluso las lágrimas. Llega un momento en que la decadencia se vuelve costumbre y ya ni el espanto espanta.

Salviano de Marsella es aún más áspero. Viendo la corrupción romana frente a ciertos rasgos de disciplina de los pueblos invasores, llega a preguntar: ¿qué esperanza queda cuando los bárbaros resultan más castos que los romanos? Su tesis no es sentimental: Roma cae también por su propia podredumbre moral. Una civilización puede vaciarse por dentro antes de ser vencida por fuera.

En vísperas de la catástrofe europea, Huizinga habló explícitamente de “crisis” y denunció formas de infantilización colectiva, ritualismo político y eslóganes de masa. Estudios sobre «In the Shadow of Tomorrow» resumen su preocupación por los paralelos entre “panem et circenses” y la política moderna, así como por un “puerilismo” nacional que sustituye madurez civil por excitación de masa. Nuestra edad está tecnificada, pero es espiritualmente regresiva.

Maryanne Wolf, desde la neurociencia de la lectura, advierte que la dependencia creciente de medios digitales pone en juego capacidades como el pensamiento crítico, la empatía y la reflexión. No usa el vocabulario épico de “barbarie”, pero su diagnóstico es serio: si cambia el modo de leer, cambia también el tipo de mente que una cultura favorece. Es una forma sobria, científica, nada retórica, de decir que la Ilustración puede desfondarse por vía atencional.

No vivimos solo en una época vulgar; vivimos en una época en la que el propio medio favorece la vulgarización. La televisión convirtió lo público en espectáculo; las redes han convertido además lo privado en mercancía de sí. No es el fin de la inteligencia, pero sí su descentramiento. La conversación larga sobrevive; el libro serio sobrevive; la vida contemplativa sobrevive. Pero sobreviven como en un monasterio, no en un lugar público.

“El mayor mal en el mundo no es cometido por monstruos demoníacos, sino por hombres ordinarios que se niegan a pensar”, Hannah Arendt.

Charles 113

Mientras tomaba una naranja y un yogur de resopón, encendí la tele y vi cinco minutos el programa «Supervivientes». La sensación de vulgaridad estética me laceró la piel. La telebasura se caracteriza por no escatimar en el morbo, el escándalo y el sensacionalismo como estrategias para atraer audiencia. Se define tanto por los temas amorales y triviales que aborda como por los personajes que exhibe y, sobre todo, por la forma distorsionada (la hez del espectáculo) en que trata esos temas y personajes.

Programas que se alimentan del conflicto, del escándalo o del sufrimiento. Parece ser que no se agota la telebasura. La programación se alimenta cada vez más de la morbosidad y de la exposición de la miseria humana como una fórmula feliz de exhibición en la pantalla.

En España podemos considerarnos líderes mundiales en telebasura. Las cadenas muestran un desprecio absoluto por el gusto o la decencia, explotando el escándalo, la violencia, el sexo y el espectáculo del conflicto. Este tipo de televisión me resulta intelectualmente asfixiante.

Yo estoy acostumbrado a ideas complejas, a un lenguaje elaborado, a la profundidad psicológica. Cuando me enfrento a gritos, polémicas y banalidad siento un estupor, rechazo y aburrimiento visceral casi automático.

Neil Postman: “La televisión ha hecho del entretenimiento el formato natural de toda experiencia pública. La política, la religión, la educación y el periodismo han sido reorganizados para adaptarse a las exigencias del espectáculo televisivo. En la televisión, el contenido serio debe transformarse en entretenimiento o desaparecer. El resultado es que una cultura que alguna vez se expresó mediante argumentos ahora se expresa mediante imágenes rápidas y emociones momentáneas. Lo que está en juego no es que la televisión nos proporcione entretenimiento, sino que convierta toda la cultura en entretenimiento”.

La pelea, la humillación, la vida privada expuesta como mercancía son ahora el combustible habitual de muchos programas. No se trata solo de mal gusto; se trata de un modelo industrial que considera la vulgaridad un recurso legítimo para atraer audiencia.

Gran parte de la televisión contemporánea está diseñada como una máquina de producir indignación o morbo. Los productores saben perfectamente que el conflicto, la humillación o el escándalo generan conversación. Así que se fabrican situaciones en las que las personas se enfrentan, se insultan o se exponen públicamente, porque ese espectáculo mantiene al público mirando. Una historia basada en el conflicto, la vergüenza o la humillación circula mucho más rápido que una historia basada en la reflexión. Además, el individuo famoso es aquel que aparece más veces en los medios, no necesariamente quien tiene algo importante que decir.

Auden: “El entretenimiento es necesario, pero cuando toda la vida cultural se organiza alrededor de él, el resultado es una sociedad que ha olvidado el valor de la reflexión y de la contemplación”.

Charles 112

La propensión compulsiva a comprar más libros de los que puedes leer; los japoneses incluso tienen una palabra al respecto: «Tsundoku», es decir, comprar libros y acumularlos sin leer.

Las bibliotecas personales son también un mapa de nuestros futuros imaginados. El vivir tanto de la promesa como de la realización. La elaboración de una identidad posible.

El escritor Umberto Eco poseía una enorme biblioteca personal y utilizaba sus libros no leídos como herramientas de pensamiento. La mayoría de la gente considera que una biblioteca es una colección de libros leídos. Eco pensaba exactamente lo contrario. Los libros no leídos son mucho más importantes. Una biblioteca debe funcionar como un recordatorio constante de todo lo que no sabemos. Acuerdo totalmente con esta idea.

No importa que no haya tiempo para leer todos los libros. Basta con saber que existen, que están ahí, esperándonos, nos recordó Borges. El verdadero amante de los libros compra muchos más de los que puede leer. Los compra por curiosidad, por esperanza, por admiración. Una biblioteca es siempre más grande que la vida de su dueño.

Samuel Pepys confesó: “No puedo resistirme a comprar libros cuando los encuentro. Aunque sé perfectamente que jamás tendré tiempo para leerlos todos”. Yo vivo en tres bibliotecas: la de los libros que he leído, la de los libros que estoy leyendo, la de los libros que sueño leer algún día.

Jefferson reunió una de las bibliotecas privadas más extraordinarias del siglo XVIII. Llegó a poseer cerca de siete mil volúmenes, lo que para la época era una cifra colosal. Cuando los británicos incendiaron Washington en 1814 y destruyeron la biblioteca del Congreso, Jefferson ofreció su colección completa para reconstruirla. El Congreso la compró, y esa biblioteca privada se convirtió en el núcleo de la actual Library of Congress.

Jefferson tenía una idea muy clara: “No puedo vivir sin libros.” Su biblioteca era universal: historia, filosofía, ciencia, arquitectura, derecho, agricultura, lenguas clásicas. No coleccionaba libros como objetos, sino como instrumentos de pensamiento.

Aby Warburg creó una biblioteca absolutamente singular: 60.000 volúmenes organizados según asociaciones mentales, no según categorías académicas. La llamó “la ley del buen vecino”: los libros debían colocarse junto a aquellos con los que mantenían una relación intelectual.

Su biblioteca no era un archivo pasivo, sino un organismo vivo de ideas. Era un intento casi heroico de cartografiar la memoria cultural de Occidente. No es casual que Warburg también padeciera crisis nerviosas profundas. Su biblioteca era, en cierto sentido, un mecanismo para ordenar el caos del mundo y de la mente.

Las bibliotecas monstruosas casi siempre pertenecen a personas que sienten intensamente dos cosas al mismo tiempo: la infinita riqueza del conocimiento humano y la desesperante brevedad de la vida. Entre esos dos polos se construyen las grandes bibliotecas privadas. Son al mismo tiempo monumentos de curiosidad y monumentos de melancolía.

Mi biblioteca privada consta de alrededor de 20.000 libros.

Charles 111

“La ciencia avanza cuando encontramos una formulación matemática que expresa la simplicidad escondida de la naturaleza. Los libros científicos son el registro de ese esfuerzo. Cada generación de físicos aprende leyendo los trabajos de quienes la precedieron. En esas páginas se conservan los pasos del pensamiento que condujo al descubrimiento”, Paul Dirac.

“La historia de la ciencia está escrita en libros. Cada uno de ellos representa un intento de comprender el universo. Cuando leemos a Newton o a Einstein no estamos simplemente estudiando fórmulas; estamos participando en la aventura intelectual de descubrir cómo funciona el cosmos”, Stephen Hawking.

“Los libros de ciencia tienen un carácter peculiar: no son meramente relatos del pasado, sino herramientas para el futuro. En ellos se encuentran las preguntas, los métodos y las dudas que guían a las generaciones posteriores”, Edward Victor Appleton.

“El progreso intelectual depende de nuestra capacidad para registrar ideas y transmitirlas. Los libros cumplen esa función. Son máquinas de memoria que permiten a la mente humana extenderse más allá de los límites de una sola vida”, Alan Turing.

“La matemática es una de las pocas disciplinas en las que un libro puede conservar intacta la belleza de un pensamiento. Un teorema escrito hace siglos puede seguir siendo tan elegante y sorprendente como el día en que fue descubierto”, G.H. Hardy.

Charles 110

“Entre todos los instrumentos que la civilización ha inventado para resistir la barbarie, el libro sigue siendo el más humilde y el más poderoso. Un libro es un objeto silencioso, una pequeña caja de papel y tinta, pero dentro de él habita una voz humana capaz de atravesar siglos. Cuando leemos no estamos simplemente absorbiendo información: estamos entrando en conversación con una mente que ha vivido en otro tiempo y en otro lugar. La lectura es una forma de amistad con los muertos”, Auden.

“Leer es una de las pocas actividades en las que el individuo queda completamente a solas con una inteligencia que no es la suya. La experiencia es radicalmente distinta de escuchar discursos o ver imágenes. Un libro exige concentración, lentitud, paciencia. Por eso mismo transforma a quien lo lee. El lector no recibe simplemente ideas: se ve obligado a reorganizar su propia mente”, Cristopher Caldwell.

“Cuando abrimos a Homero o a Sófocles no estamos visitando un museo. Estamos entrando en una conversación que comenzó hace miles de años y que todavía continúa. Los libros de la antigüedad son documentos de la experiencia humana. Nos enseñan que los hombres de hace veinticinco siglos amaban, sufrían, luchaban y pensaban con una intensidad que sigue siendo reconocible para nosotros”, Bernard Knox.

“Leer poesía es una forma de atención extrema. El poema no se abre a la prisa. Exige una concentración casi física, como si las palabras fueran objetos delicados que deben ser tocados con cuidado. La lectura profunda no consiste en comprender inmediatamente, sino en habitar durante un tiempo dentro de la música de las palabras”, Anne Stevenson.

Charles 109

No paro de parlotear de mí mismo.

El egotismo es el hábito de hablar de uno mismo con lucidez y con sinceridad. No conozco otro camino para llegar a la verdad del corazón humano. Quien habla de sí mismo con franqueza termina por decir lo que todos sienten.

Mi espíritu gira sin cesar sobre sí. Me observo vivir, me observo pensar, me observo sentir. Mi vida interior se ha convertido en una novela.

Nunca fui otra cosa que un espectador en su propio teatro. Vivo contemplando la escena de mi existencia. Cada emoción se transforma en pensamiento sobre esa emoción, y cada pensamiento engendra otros pensamientos.

Tal vez no sea más que una forma elegante de narcisismo.

Charles 108

Tomo trece pastillas al día que me dejan como un zombi, de ahí mi poca adherencia al tratamiento. Uno de los dilemas del tratamiento es que algunos pacientes sentimos que la medicación reduce no solo la enfermedad, sino también parte de la intensidad de tu vida. No eres el mismo porque los estados de ánimo forman parte de tu identidad.

Durante décadas los psiquiatras trataron los trastornos mentales con medicamentos que no fueron diseñados a partir de una comprensión profunda del cerebro. Los medicamentos actuales fueron descubiertos en gran medida por accidente y siguen siendo herramientas relativamente burdas. La psiquiatría moderna depende de medicamentos que a menudo producen efectos secundarios significativos y cuyos mecanismos completos todavía no comprenden.

Los llamados fármacos psiquiátricos no curan enfermedades en el sentido en que la insulina cura la diabetes. Son sustancias que modifican tu comportamiento y tu experiencia. Al llamar ‘tratamiento’ a estos efectos, se corre el riesgo de olvidar que lo que realmente hacen es alterar tu estado mental.

Los psicofármacos funcionan principalmente produciendo una alteración global del cerebro. Esta alteración puede reducir temporalmente ciertos síntomas, pero al mismo tiempo puede disminuir tu energía mental, tu creatividad y tu espontaneidad.

No tomo los fármacos para no embotarme vilmente.