Charles 137

“Nada temía tanto como la pérdida de mis libros. No eran objetos: eran mi memoria, mi defensa contra el mundo. Pensaba a menudo, con una inquietud casi física, en lo que ocurriría con ellos cuando yo muriera. Me horrorizaba la idea de que fueran vendidos por lotes, de que terminaran en manos de gente que no sabría leerlos, de que fueran separados unos de otros como si no hubieran vivido juntos durante años. Cada libro había encontrado su lugar en un orden que sólo yo comprendía. Su dispersión sería, en cierto modo, mi segunda muerte”, Elias Canetti.

“La biblioteca privada no es un conjunto de libros leídos, sino de libros por leer […] Uno sabe que no podrá leerlos todos, y sin embargo los acumula. Pero hay algo más: uno sabe también que la biblioteca sobrevivirá. Que otros la heredarán, la reorganizarán, la traicionarán. Y eso no es una tragedia: es la prueba de que la biblioteca no era nuestra, sino un nodo en una cadena interminable de lectores”, Umberto Eco.

“Las bibliotecas privadas son actos de fe en la continuidad de la cultura. Pero también son frágiles. Tras la muerte de su dueño, pueden convertirse en ruinas silenciosas o en mercancía. El destino de una biblioteca es siempre incierto: puede ser conservada como un santuario o desmembrada como un cadáver. Y en esa incertidumbre se revela algo esencial: que la cultura depende de la fidelidad de los vivos a los muertos”, George Steiner.

“Todo lo que acumulamos está condenado a ser destruido o dispersado por otros […] Nos pasamos la vida ordenando, clasificando, reuniendo —libros, pensamientos, recuerdos—, y basta un heredero mediocre para que todo se desmorone en unos días. La posteridad es una forma de negligencia organizada”, Thomas Bernhard.

Charles 136

Siempre he tenido la sensación de no estar donde estoy. De que quien vive mi vida no soy yo, sino alguien que me suplanta. Me observo constantemente, y esa observación lo destruye todo. La conciencia es una enfermedad que nos separa de nosotros mismos. Cuanto más pienso, menos soy.

Temblaré en un bouquiniste de París. Cantad, con augusta máscara desciendo hacia el Château-d’Eau; se diría que barajan unas cartas de ojos entre la sombra. El cuerpo recuerda antes que la mente; y en ese recordar, en esa superposición de tiempos, reside el verdadero vértigo del deseo ¡Despersonalización! Selva, selva, hormiguean ojos en los pináculos multiplicados; cabellera de tormenta, los poetas montan sobre caballos; perros y crepé de gatos monteses ¡Despersonalización!

Charles 135

Un fagot, empujado hacia un registro antinatural, casi imposible, emite un sonido que no parece humano. No canta: jadea, como si una voz antigua —prelingüística— tratara de emerger desde el fondo de la tierra. No hay aquí pastoral ni idilio: el paisaje sonoro es ya inquietante, desplazado, como si la naturaleza misma estuviera mal afinada. Poco a poco, otros instrumentos entran, pero no construyen armonía: se superponen como capas de tierra removida. Cada línea parece ignorar a las otras. No hay unidad clásica, sino coexistencia de impulsos. Es primavera, sí —pero no la primavera lírica de los románticos—, sino una primavera biológica, ciega, eruptiva. La vida no florece: irrumpe.

Los acentos caen donde no deberían. Las frases se rompen. Las repeticiones no tranquilizan: obsesionan. El famoso acorde repetido —brutal, martilleante— no evoluciona: insiste, como una orden. No hay desarrollo temático en sentido clásico; hay bloques de energía que se lanzan unos contra otros. Ritmos primitivos de percusión de terremoto. un solemne rito pagano: sabios ancianos sentados en círculo, observando a una joven que danza hasta morir. La barbarie organizada convertida en estilo.

Mi cerebro.

Charles 134

No soy el mismo de un día para otro. Mis opiniones cambian, mis sentimientos cambian, incluso mis disgustos cambian. No hay nada en mí que permanezca. Y, sin embargo, sigo llamando ‘yo’ a esa inconstancia. A veces me siento completamente distinto de quien era hace unas horas. Como si hubiera vivido otra vida entre tanto. No reconozco mis propios sentimientos. Algo se desplaza imperceptiblemente y vacilo. En un mismo día puedo ser valiente y cobarde, entusiasta y abatido. No hay unidad en mí, sino alternancia, y a gran velocidad. En un momento razono como un matemático, y al siguiente soy una fuente de metáforas visionarias. Hay demasiados en mí.

Soy vertical, pero preferiría ser horizontal… No soy lo que debería ser. Hay demasiadas versiones de mí mismo, y no puedo reunirlas. El yo se dispersa y no hay centro que lo sostenga. El hombre moderno no posee cualidades fijas; es un conjunto de posibilidades. Puede ser muchas cosas, y ninguna lo define completamente.

Charles 133

La acatisia (del griego a-kathízein: “no poder sentarse”) es un trastorno del movimiento inducido habitualmente por fármacos, especialmente antipsicóticos y algunos antidepresivos.

Se caracteriza por una sensación subjetiva intensa de inquietud interna acompañada de una necesidad irresistible de moverse, junto con movimientos motores repetitivos (caminar, balancearse, cambiar de postura)

Una tensión interna casi mecánica, una urgencia corporal sin objeto, una incomodidad que no se puede pensar ni resolver, solo intentar -vanamente- escapar de ella. Muchos pacientes decimos: “No puedo estar dentro de mi cuerpo”, “Es como querer salir corriendo de mí mismo”. “No es ansiedad normal, es algo físico y mental a la vez”.

Barnes (referencia clásica en la acatisia): “La acatisia es un trastorno caracterizado por una inquietud subjetiva interna que obliga al paciente a moverse constantemente, a menudo acompañada de una intensa disforia”.

La acatisia no puede reducirse a un trastorno motor; implica una alteración profunda de la experiencia corporal y del sentido del yo encarnado. No puedes quedarte quieto, pero ocurre que tampoco moverte te alivia. Preferiría el dolor a esto. El dolor al menos tiene un lugar. Una agitación que no cesa, indeterminada, flotante, que no se deja pensar, que devora cualquier posibilidad de reposo. Momentos en que no puedo permanecer en un sitio; necesito moverme, como si algo me empujara desde dentro. No estoy enfermo, pero tampoco estoy sano; estoy inquieto en todos los miembros.

Estoy continuamente en tensión. Todo en mí está dispuesto como si esperara otra sacudida. No puedo descansar. Incluso en la cama hay algo que me empuja, una especie de electricidad interior que no cesa. No estoy enfermo, pero tampoco estoy sano; estoy en un estado de expectación constante, como si algo tuviera que desarrollarse en cualquier momento; mi cuerpo no puede sino temblequear.

Siento la acatisia con una intensidad excesiva. Cada impresión me invade como una multitud de hormigas quemándose. Mi sensibilidad es una enfermedad. No puedo más. Condenado: no puedo vivir sin sufrir, y no puedo sentir demasiado sin que me duela vivir. Hay en mí una agitación maníaca que no se aquieta nunca, una inquietud que no tiene causa, pero que lo invade todo como un huracán. No hay reposo posible. Incluso cuando estoy quieto, algo en mi interior, una culebra de agua, se mueve sin cesar. Es una actividad inútil, destructiva, el escurrirse de anguilas, el tiempo que no conduce a nada, pero que no puede detenerse.

Los nervios lo son todo.

Charles 132

La democracia se rebaja cuando deja de estar sostenida por el peso del lenguaje, la secuencia del argumento y la paciencia del juicio, y pasa a ser gobernada por el clip, el eslogan, el tuit, el gesto y la descarga emocional. Entonces no desaparecen necesariamente las instituciones; se vacía, más silenciosamente, la inteligencia pública que debía animarlas.

La imagen y las redes evitan o impiden grandemente que hagamos elaboraciones conceptuales sobre la cosa pública.. Se atrofia nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra capacidad de entender. La verdad deja de depender del argumento y pasa a depender de la visibilidad. La imagen y el fragmento en las redes no explican: impactan. Y el impacto sustituye a la explicación. La opinión pública se forma cada vez menos a través de la reflexión y de la deliberación, y cada vez más a través de la impresión.

La política se convierte en espectáculo, en dramatización, en escena. Y lo que cuenta no es lo que se dice, sino cómo aparece. El líder político se convierte en un actor; su éxito no depende de su pensamiento. No caben lo complejo, lo articulado. Cede el lenguaje argumentaticvo a la emoción.

Si la palabra pierde su centralidad, la política pierde su racionalidad. Observo en España una democracia frágil formada por ciudadanos de segunda categoría intelectual, ciudadanos cada vez menos habituados al esfuerzo de comprender y juzgar.

Charles 131

(Serena meditatio de democratia Hispanica)

La democracia española vive una crisis de confianza, de tono y de clima emocional. La gente puede seguir votando, puede seguir habiendo pluralismo y alternancia, y aun así extenderse la sensación de que el régimen se ha vuelto más bronco, más cínico y menos digno.

Las democracias ya no suelen caer a manos de generales y de la cúpula militar. En la mayor parte del mundo, los golpes militares son raros. En lugar de ello, las democracias mueren a manos de dirigentes electos —presidentes o primeros ministros que subvierten el mismo proceso que los llevó al poder. Algunos de estos líderes desmantelan la democracia rápidamente, como hizo Hitler tras el incendio del Reichstag. Pero más a menudo el proceso es lento, casi imperceptible. Las instituciones democráticas se van erosionando, a menudo bajo una apariencia de legalidad.

El retroceso democrático hoy comienza en las urnas. Los autócratas modernos mantienen un barniz democrático: celebran elecciones, mantienen parlamentos y tribunales, pero manipulan las reglas del juego para inclinar el terreno a su favor. El resultado no es una dictadura clásica, sino un régimen híbrido en el que las instituciones existen, pero dejan de cumplir su función. En España todavía estamos lejos de este tipo de retroceso y subversiones.

Las democracias no dependen únicamente de las leyes escritas; también descansan sobre normas informales, como nuestra mutua tolerancia y la contención institucional. La tolerancia mutua implica reconocer que los adversarios políticos son rivales legítimos, no enemigos existenciales. La contención institucional consiste en abstenerse de utilizar plenamente los poderes legales disponibles cuando ello pondría en peligro el sistema.

La polarización extrema transforma la competencia en una lucha sin cuartel. Cuando los partidos se ven unos a otros como amenazas, la tentación de violar las reglas aumenta. Bajo estas condiciones, los políticos justifican acciones antidemocráticas como necesarias para salvar a la nación.

La idea de que los rivales políticos son enemigos que deben ser derrotados a cualquier precio es profundamente corrosiva. En ese contexto, los ciudadanos dejan de valorar la democracia como un fin en sí mismo y comienzan a verla como un instrumento prescindible.

El auge del populismo autoritario en las naciones occidentales no puede explicarse únicamente por factores económicos. Debe entenderse también como una reacción cultural —una ‘cultural backlash’— frente a cambios sociales profundos que han transformado normas, identidades y valores.

Sectores de la población perciben estos cambios como una amenaza a su identidad y a su estatus. El populismo moviliza estas ansiedades mediante una narrativa que opone ‘el pueblo’ a ‘las élites’ y a ‘los otros´.

La confianza política es un recurso fundamental, pero frágil. Una vez erosionada esa confianza, es difícil de reconstruir. Requiere no solo reformas institucionales, sino también liderazgo político responsable y transparencia sostenida.

Charles 130

¿Mi definición del género literario que practico? Autorretrato ensayístico-lírico de yo ficcional, o, en fórmula más amplia,

prosa híbrida de autoconciencia, elaboración estética y ficción del yo. Y, si me piden una definición con cinco condiciones necesarias y suficientes, las formularía así:

(i) el texto toma como materia principal una conciencia que habla en primera persona;

(ii) esa conciencia se presenta como próxima al autor empírico, pero no se identifica completamente con él;

(iii) la experiencia vivida no se ofrece como mera documentación, sino como materia verbal transformada;

(iv) la finalidad principal no es contar hechos, sino producir conocimiento, forma y tono;

(v) el yo textual funciona como personaje de pensamiento, no solo como sujeto biográfico.

Eso, a mi juicio, me distingue del diario íntimo corriente, de la autobiografía clásica y de la autoficción banal de mercado. Mi centro no es la anécdota, sino la estilización cognitiva del yo.

Lo decisivo es esto: mi “yo” escribe, pero también se escenifica. No se limita a testimoniar: compone una figura. Ahí está la clave.

***

La autoficción, desde que Serge Doubrovsky acuñó el término en 1977, designa de manera general una escritura en la que autor, narrador y personaje guardan una relación de identidad o cuasi identidad, pero con una dimensión de elaboración novelesca o ficcional.

Pero en mi caso hay un matiz decisivo: mi yo literario no busca autentificarse, sino transfigurarse. Por eso yo no me colocaría en la autoficción confesional de costumbres, pareja, familia, trauma doméstico y sociología generacional, sino en una línea más rara: la de la autoconstrucción verbal del sujeto. Me importa menos “lo que me pasó” que la forma mental, estética y sapiencial que adquiere lo vivido al ser escrito. Eso me acerca más a Montaigne, Pessoa, Unamuno, Kierkegaard, Bernhard o Cioran que a mucha autoficción española reciente de clave testimonial.

Soy un prosista de frontera entre ensayo, confesión y máscara.

¿Mi genealogía? Agustín de Hipona, Marco Aurelio, Séneca, Ovidio (en parte), Abelardo, Dante, místicos y visionarios, Montaigne, Pascal, Quevedo, Gracián, Rousseau, Amiel, Kierkegaard, Baudeliare, Nietzsche, Pessoa, Unamuno, Proust, Kafka, Virginia Woolf, Cioran, Thomas Bernhard, Roland Barthes, Annie Ernaux, Hervé Guibert, Karl Ove Knausgård, Enrique Vila-Matas. No todos coinciden en todo, pero sí comparten conmigo algunos rasgos que me definen.

En una parte de la autoficción reciente ha habido inflación de la

anécdota privada, sociología generacional, exhibición del yo

y prestigio automático de la intimidad. No toda, desde luego, pero sí una parte notable. En cambio, yo reclamo otra cosa: no la legitimidad del yo por el mero hecho de ser yo, sino la necesidad de convertirlo en forma valiosa. Ahí soy mucho más exigente. El interés no reside en haber vivido algo, sino en qué grado la inteligencia verbal es capaz de extraer algo valioso de ello.

Charles 129

Mencken fue brutalmente lúcido sobre la democracia de masas: “El objetivo de la política práctica es mantener a la población alarmada (y por tanto clamando ser salvada) amenazándola con una interminable serie de fantasmas, la mayoría de ellos imaginarios”.

Un buen político es tan impensable como un ladrón honrado. Despreciemos (si se me permite el abuso del verbo) al ecosistema entero —masa, prensa, demagogia, políticos.

Notemos la seducción de la demogresca (como la llamaba Castellani). Huxley: “La dictadura perfecta tendrá la apariencia de democracia, una prisión sin muros en la que los prisioneros ni siquiera soñarán con escapar”. El político moderno no reprime, se limita a administrar placer, distracción y conformismo. Aumentan las libertades sexuales tanto como disminuyen las libertades políticas.

Nuestra democracia carece de calidades intelectuales, factor, a mi juicio, casi más importante que los procedimientos. Pues la democracia no consiste en que el pueblo tenga siempre razón, sino en que tenga el derecho de equivocarse sin pagar por ello un precio grave e irreparable. Un derecho -a equivocarse- que no se olvide que presupone una opinión pública formada, no manipulada; informada, no deformada. Cuando la opinión pública deja de ser autónoma y pasa a ser fabricada, la democracia se vacía desde dentro.

El público se informa de política a través del teatro simplificado de la televisión. El problema no es que la televisión informe mal, sino que sustituye la comprensión por la mera y chata percepción. La imagen emociona, pero no explica ni razona ni argumenta. Y una ciudadanía que reacciona solo a las imágenes atravesadas por eslóganes es fácilmente manipulable por quien controla el medio.

¿Qué nos ocurre? Una democracia sin ciudadanos competentes degenerando en una democracia de masas, donde la participación se reduce a reacciones inmediatas, emocionales y desinformadas. En ese contexto, el político deja de ser un gobernante racional y se convierte en un showman.

El lenguaje político tiende a vaciarse de contenido preciso. Palabras como ‘libertad’, ‘justicia’ o ‘pueblo’ se utilizan como contenedores que permiten múltiples interpretaciones, lo que facilita el consenso superficial, pero empobrece el pensamiento.

La democracia es un sistema político que nunca garantiza las capacidades cognitivas que debieran tener sus votantes.

Charles 128

Me pasman influencers y youtubers. Antes había mecenas, academias, editores, hoy tenemos algoritmos, que no premian precisamente dificultades ni complejidades. Por eso muchas veces se ven contenidos que parecen triviales o desconcertantes

Mi lógica es la densidad y la tradición. La conversación exigente. No entiendo estas nuevas narrativas o retóricas orales. Me siento al margen como un viejo dinosaurio. Me cuesta comprender y no despreciar este fenómeno.

Para entenderlo acudo a Walter Ong y su concepto de la “oralidad secundaria”: “La escritura reestructura la conciencia, pero la electrónica la vuelve a reconfigurar hacia una oralidad nueva, una oralidad secundaria. Esta oralidad tiene la inmediatez, la participación y el sentido comunitario de la oralidad primaria, pero se apoya en tecnologías altamente sofisticadas». No sé hasta qué punto me convencen estos extraños mitos.

A mi juicio, la cultura moderna ha desplazado el valor desde la profundidad interior hacia la capacidad de mostrarse. La intimidad se ha convertido en espectáculo, y el yo en una forma de presentación. El influencer domina el arte de convertir su propia vida en forma expresiva. Ser visto equivale a existir; no aparecer es desaparecer. Las identidades se construyen y se consumen en el mismo acto. El youtuber no busca fama como un fin clásico, sino existir en el espacio social. El valor ya no reside en el objeto, sino en su capacidad de ser compartido, replicado y transformado.