Charles 97

Mi geografía ha sido esa ciudad poblada de fantasmas ilustres llamada biblioteca. Otros estuvieron en islas con montañas cubiertas de bosques que descendían en pendientes verdes hasta el mar azul profundo; donde los valles se abrían como pasajes secretos entre murallas de vegetación exuberante. O el aire estaba impregnado de perfumes desconocidos, y los árboles parecían pertenecer a una creación distinta, más antigua y más rica que la nuestra. Mi geografía son miles de horas pobladas leyendo gruesos volúmenes.

Otros vieron las cúpulas y los minaretes que se elevan entre brumas violetas; el Bósforo que se desliza silencioso entre orillas de jardines y palacios. Los barcos pasando como sombras. El cielo con un azul tan suave que ni el agua es capaz de reflejarse. Todo como envuelto en una melancolía infinita.

El drama esencial de mi vida no ocurrió en el exterior, sino en la conciencia. Todo me ocurrió lejísimos del lago Tanganica, del mar Arábigo, del río Limpopo, o del monte Fuji. Arrellenado en mi butaca, fui un hombre reducido a lo esencial, despojado de las ilusiones de la civilización, sumido en la ley implacable de la soledad.

Supe de la renovación del lenguaje poético por parte de Pound, del ritmo musical de diferentes personalidades verbales, de antiguas certezas y angustias religiosas desde la comodidad de mi sofá. Me heló la sangre Frankestein y Lovecraft. Oteé cómo respondía la imaginación de Wallace Stevens a la presión de la realidad. Observé cómo analizaba y revelaba su mundo Goethe.

Muy lejos de mí lagunas turquesas y palmeras. O los templos, los bazares, los carros tirados por bueyes, los mendigos y los comerciantes de la India.

Nunca permití que nadie entrara en mi biblioteca y nunca quise salir de ella.

Charles 96

Los libros no están hechos para ser venerados como reliquias, sino para ser abiertos, discutidos y puestos en cuestión. Para ser habitados, es decir, subrayados, pintarrajeados, dobladas sus páginas, escritos en los márgenes. Son una isla con un mapa secreto donde, para encontrar el tesoro, debemos arremangarnos y enfangarnos. Leer es un viaje sin equipaje. Basta abrir un libro para atravesar continentes de imaginación, ideas y sensibilidad. Un continente que hemos de explorar traicionando la noción neurótica del libro impoluto e intonso. Quien ama los libros vive rodeado de las tachaduras que hace en ellos. Los libros son testimonios manchados con nuestro diálogo, o anuencia o discrepancia. Los libros vivos tienen el sudor de los dedos del lector impregnados en ellos.

Charles 95

«Los libros son los verdaderos depósitos del ingenio humano. En ellos se conservan las luces de los siglos y las observaciones de innumerables entendimientos. Quien se entrega a la lectura no vive solamente su propia vida, sino que participa de la experiencia de todos los hombres que han pensado antes que él […] La biblioteca es el taller del entendimiento. Allí se recogen las ideas dispersas del mundo, y el estudioso aprende a ordenar, comparar y juzgar los pensamientos de los hombres», Lorenzo Hervás y Panduro.

«El comercio de los libros es uno de los mayores beneficios de la sociedad civilizada. Por medio de ellos los hombres se comunican sus descubrimientos, se corrigen mutuamente sus errores y adelantan en las ciencias y en las artes […] La lectura habitual forma el gusto y perfecciona el juicio. Un pueblo que lee buenos libros se acostumbra poco a poco a pensar con orden, a sentir con moderación y a estimar lo verdadero», José Agustín Ibáñez de la Rentería.

«Los libros forman la conversación más provechosa que puede tener el hombre consigo mismo. En el silencio de la lectura el entendimiento se ejercita, se examina y se perfecciona», Pedro Estala.

«No hay compañía más fiel que la de los buenos libros. Ellos instruyen sin soberbia, reprenden sin acritud y consuelan sin lisonja», Gregorio Mayans.

Charles 94

«La lectura es una de las más nobles ocupaciones del espíritu humano. Ningún hombre puede conversar con las edades pasadas sino por medio de los libros; y ningún placer intelectual se compara con aquel que sentimos cuando, en silencio, abrimos un volumen y nos encontramos de pronto en compañía de las mayores mentes de la humanidad. En una biblioteca bien elegida vive una sociedad más ilustre que cualquiera de las que pueden reunirse en el mundo real […] El amor por los libros no es una simple inclinación erudita: es una disposición del alma. Quien ama verdaderamente la lectura siente que cada volumen es una puerta hacia otra vida. Así, en una habitación silenciosa, el lector puede recorrer los siglos, conversar con filósofos y poetas, y enriquecer su mente con una libertad que ningún poder político podría otorgar», James Mackintosh.

«Los libros proporcionan uno de los más puros placeres de la mente. A través de ellos el espíritu se eleva por encima de las limitaciones del tiempo y del lugar. Cuando leemos, nos convertimos en ciudadanos de todas las edades y de todas las naciones; participamos en los descubrimientos de los sabios y en las imaginaciones de los poetas […] El hábito de la lectura refina el gusto, amplía el juicio y suaviza las pasiones. Ninguna ocupación solitaria es tan fértil en placer como esta tranquila conversación con autores ilustres», Alexander Gerard.

«Un hombre que posee libros posee también el poder de multiplicar su vida. Los volúmenes de una biblioteca no son simples objetos de papel: son depósitos de sabiduría, monumentos del ingenio humano y testigos de las más elevadas aspiraciones del espíritu […] La conversación con hombres ingeniosos es un placer grande, pero la conversación con libros excelentes tiene la ventaja de que siempre está a nuestro alcance y nunca se agota», Charles Gildon.

Charles 93

A veces hablé de mi infancia de oro y platino; riqueza material, amor y riqueza espiritual, clases particulares de idiomas, música y dibujo. Amor, ternura y delicadeza.

El jardín olía a mimosas y a hierba húmeda; el sol descendía lentamente detrás de los árboles; y yo sentía una felicidad tan plena que me parecía imposible que el mundo hubiese sido creado para otra cosa que para aquellas horas con papá, mamá y mis hermanas. La casa luminosa, con las ventanas abiertas en verano. Lilas, margaritas silvestres, y el cruel cristal de la enfermedad sin empañar. Todo grande, nuevo, todo convertido en aventura.

Los restaurantes lujosos como palcos de ópera. El aire impregnado de perfumes de cocina refinada. Las mesas cubiertas de lino blanco, las copas delicadas, las voces bajas de los comensales… todo componía una escena de civilización selecta. El restaurante estaba iluminado con una luz dorada que hacía brillar las copas de cristal y la plata de las cuberterías. Los camareros se movían con una precisión casi coreográfica.

Y el espejo azul del mar de Sitges. Las olas apenas respirando sobre la fina arena. El hotel, contiguo al paseo marítimo, se alzaba como un palacio moderno: mármoles brillantes, escaleras amplias y salones llenos de viajeros de la alta burguesía elegante y culta.

Las habitaciones de casa repletas de libros. La biblioteca era la habitación más noble de la casa: un largo salón silencioso donde los libros se alineaban en altas estanterías de roble. Sobre las mesas había volúmenes abiertos, y el fuego de la chimenea proyectaba una luz cálida sobre los lomos de cuero. Era el tipo de estancia que invita a la conversación lenta y al pensamiento.

Y en el búcaro la rosa despliega sus pétalos con una gracia que parece estudiada; el clavel levanta su cabeza perfumada como si quisiera ofrecer su aroma al aire; y las praderas, cuando la primavera las despierta, se cubren de colores tan variados que el ojo apenas puede recorrerlos sin sentirse sorprendido y agradecido. Cada flor, por humilde que sea, parece haber recibido una forma particular destinada a deleitar la vista y el olfato.

Juro que he sido el niño más feliz.

Charles 92

En la Universidad fui, en líneas generales, un feliz pura sangre intelectual. La Universidad no debe ser un simple lugar de enseñanza profesional. Es un lugar donde las mentes jóvenes se encuentran, se rozan y se encienden unas a otras. Yo lo viví esencialmente en soledad, pero el resultado fue fértil, fructífero. Leía a los clásicos y a los raros y herejes por mi cuenta, asistía a clases de matemáticas como oyente por curiosidad, conocí el amor (el único amor que ha existido en mi vida), iba al cine de vanguardia, disfrutaba de teatros y museos, paseaba cual flâneur por Barcelona la hermosa.

Me gustaba instalarme en la biblioteca de la Facultad durante horas, con una mesa entera ocupada por libros abiertos. El silencio tenía una cualidad especial, como si el aire mismo estuviera hecho de páginas. Al levantar la vista de la lectura veía las altas ventanas, el polvo flotando en la luz, y sentía que mi vida estaba hecha de eso: libros, silencio y la felicidad de la mente trabajando. Soy un estudiante eterno.

Cada libro abría un mundo. Cada conversación o pensamiento parecía una revelación. Cuando uno es joven y estudia, el pensamiento tiene la rapidez de un río recién nacido. Y qué extraordinario es estar vivo con veinte años en una mañana de verano. El aire parece lleno de luz; los árboles se mueven suavemente; y uno siente, de repente, que el simple hecho de caminar, de respirar, de mirar el cielo, es ya una forma completa de dicha.

El Patio de Letras de la U.B. en otoño tenía, bien de mañana, un silencio particular. Las hojas caían sobre la hierba de los cuadrángulos y los estudiantes atravesaban los arcos con libros bajo el brazo. A veces pienso que el verdadero aprendizaje no ocurría en las clases, sino en las largas lecturas nocturnas sobre poesía, filosofía y lógica.

Barcelona era un gran estímulo intelectual. Había librerías, cafés, discusiones interminables. Uno podía pasar la mañana en la universidad y la tarde leyendo en una biblioteca o paseando por el barrio antiguo. Es una ciudad que educa sin proponérselo. El estudiante que camina por sus calles acaba aprendiendo más de lo que le enseñan las aulas. La piedra gótica, los cafés llenos de conversaciones y las librerías de viejo forman una universidad paralela.

Las clases eran útiles, pero lo que realmente me educaba era la lectura solitaria. Fue un período luminoso de libertad. Cuando llegué a la U.B. sentí que entraba en un mundo nuevo. Durante los primeros meses mi mente estaba en constante excitación intelectual. Las matemáticas me parecían un paisaje puro, casi sobrenatural. No era tanto lo que aprendíamos en clase como el hecho de vivir rodeados de libros, profesores y estudiantes dedicados al pensamiento.

Fue hermoso vivir, amar a una mujer y creer que la cultura era la fuerza más poderosa de la existencia.

Charles 91

Muchísimos escritores —especialmente los que vivimos lejos de grandes centros culturales— hemos sentido exactamente una sed de conversación elevada y el cansancio ante la banalidad cotidiana. Contrasta mi hambre interior de ideas y conocimiento frente al entorno social dominado por trivialidades. Samuel Johnson lo observó con crudeza: el hombre que desea conversación inteligente a menudo se encuentra rodeado de personas que solo quieren hablar de lo inmediato.

La mayor desgracia del hombre que piensa es verse condenado a vivir entre personas que no piensan. Mi necesidad de conversación superior queda insatisfecha, y debe resignarse a una soledad espiritual incluso cuando se encuentra entre multitudes. La mayoría oye palabras, pero no escucha ideas ¡Qué íntima necesidad tengo de hablar de arte, de ciencia, de filosofía, de estilo, de libros! A veces siento que me aplasto entre graves mediocridades.

Samuel Johnson vivía prácticamente para la conversación. Boswell lo describe pasando horas en tertulias.

“There is no pleasure like that of conversation with a man of cultivated mind. Books may delight us in solitude, but conversation gives life to knowledge and warmth to the understanding”, “No hay placer comparable al de conversar con un hombre de mente cultivada. Los libros pueden deleitarnos en soledad, pero la conversación da vida al conocimiento y calor al entendimiento».

Sin duda las horas más felices de la vida son aquellas que se pasan conversando entre amigos que aman la literatura y la investigación. Yo aquí en el pueblo no puedo disfrutar ni celebrar mentes despejadas, despiertas y vivas. Brilla por su ausencia un elegante intercambio de ideas. Todo es como sin gusto, brutal y rústico.

Steiner insistió en que la civilización europea se construyó sobre la conversación intelectual.

«La conversación cultivada ha sido una de las formas más altas de la vida del espíritu en Europa. En los cafés, en los salones, en las universidades, los hombres han discutido libros, música, filosofía, historia. Esa conversación fue uno de los motores secretos de nuestra civilización».

Cómo añoro una buena discusión entre escritores que se parezca a una partida de ajedrez: cada observación anticipando la siguiente, cada movimiento abriendo nuevas posibilidades. O la mente saltando de un tema a otro, tocando el arte, la literatura, la memoria y la experiencia con una libertad imposible en el discurso formal o académico. Movimiento de olas que se siguen, se encabalgan, se superponen, regresan y avanzan de nuevo.

La conversación de provincias posee una monotonía casi matemática. Se habla de las mismas personas, de los mismos acontecimientos insignificantes, y las mismas opiniones reaparecen como si fueran nuevas. Se habla siempre de lo mismo: de quién ha comprado una vaca, de quién se ha peleado con quién, de quién ha dicho tal o cual cosa. La conversación tiene un aire circular; da vueltas y vueltas alrededor de las mismas historias.

Charles 90

Conecta mucho con mis intuiciones el elitismo de Steiner como defensa contra la barbarie: «La alta cultura siempre ha sido el trabajo de minorías. No es un fenómeno democrático en el sentido estadístico. Pero su función es preservar y transmitir aquello que la civilización ha logrado contra la presión constante de la barbarie».

En mi decalogía adopto un tono aristocrático o provocador (mero tropo o disposición retórica), no porque crea literalmente en una aristocracia social, sino porque quiero sacudir la nefasta complacencia cultural, o defender la cultura frente a la trivialización. Algo parecido ocurre en Nietzsche, Ortega, Steiner, incluso Borges. Se limitan a una pose polémica que busca defender el valor del pensamiento.

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¿Qué dirían grandes escritores o intelectuales ante entretenimientos tan irracionales como realities, tertulias o concursos de nuestra televisión actual? Invento unas respuestas verosímiles:

Johnson probablemente diría algo así: «La mente humana se degrada cuando se acostumbra a entretenimientos que no exigen esfuerzo alguno. El hombre que se alimenta únicamente de diversiones triviales pierde gradualmente la capacidad de pensamiento».

Probablemente Mark Twain se burlaría de la solemnidad con que se discuten banalidades televisivas. Tocqueville ya anticipó la respuesta en su análisis de la democracia: «Las sociedades democráticas tienen una inclinación natural hacia los placeres fáciles y las distracciones rápidas». Pope satirizaría la mediocridad cultural.

Woolf argüiría que debemos proteger la vida interior frente al bullicio. Carnap se desencantaría e irritaría ante la nula precisión conceptual. Quine sospecharía del lenguaje inflado. Gödel probablemente diría: si un sistema está hecho de entretenimiento y ruido, eso demuestra menos sobre el mundo que sobre los límites de nuestro pensamiento.

Leibniz, ante ese hipertrofiado entretenimiento trivial, probablemente no reaccionaría con desprecio moral, pero sí con cierta perplejidad racional. Vería en él una pérdida de energía intelectual que podría dedicarse a la investigación, al aprendizaje o a la mejora del conocimiento humano. No le gustaría la energía intelectual desperdiciada.

George Eliot probablemente vería la televisión superficial como un síntoma de vidas dispersas, pero no adoptaría un tono de desprecio elitista. Su mirada sería más compasiva y sociológica: trataría de comprender qué necesidades emocionales o sociales satisface ese entretenimiento.

T.S. Eliot pensaría que la cultura superior siempre depende de minorías dedicadas al pensamiento, al arte y al estudio. Ante la cultura televisiva probablemente hablaría de dispersión cultural: demasiada atención dedicada a lo efímero y demasiado poca a lo permanente. Lamentaría la erosión de la alta cultura.

El matemático Paul Erdős, estoy convencido de ello, juzgaría la televisión de una manera muy simple: una absoluta pérdida de tiempo. Volvería a pensar en los números y la ignoraría por completo.

Charles 89

El historiador y crítico cultural Christopher Lasch analizó el deporte moderno dentro de la cultura del espectáculo. Lasch veía en el deporte moderno un fenómeno cercano al entretenimiento industrializado:

«El deporte profesional se ha convertido en uno de los grandes espectáculos de la sociedad contemporánea. No promueve tanto la participación como la contemplación pasiva. Millones de personas observan a unos pocos especialistas realizar hazañas físicas mientras ellas mismas permanecen inmóviles, reducidas al papel de espectadores».

El deporte promueve una interminable conversación banal y vacía sobre sí mismo. Ya no se practica: se comenta, glosa y discute. Millones de personas pasan horas debatiendo resultados, tácticas o estadísticas que no afectan en nada a su vida. La muchedumbre se agita, grita y vibra ante lo que no es sino una representación. Como observó Guy Debord, el deporte profesional es uno de los ejemplos más claros de la sociedad del espectáculo: millones de espectadores se relacionan con la realidad a través de la representación de un juego.

Las sociedades modernas han aprendido a mantener a la población ocupada con un flujo continuo de diversiones. Cuando la atención se dirige constantemente hacia espectáculos, competiciones y entretenimiento, el pensamiento crítico se vuelve innecesario. El deporte es una excelente manera de mantener a la gente ocupada con actividades que no exigen reflexión.

«Ese espectáculo del fútbol, que arrastra a las multitudes con un entusiasmo casi religioso, me parece uno de los síntomas de la creciente infantilización de la vida pública. Las masas se agitan y vociferan por una pelota mientras los verdaderos problemas del espíritu permanecen olvidados», Unamuno.

No cabe duda que el culto exagerado al deporte revela a menudo la decadencia de las ocupaciones más altas del espíritu. Allí donde se debilita la vida intelectual florecen los espectáculos que excitan los sentidos.

El deporte profesional se ha convertido en uno de los espectáculos más perfectos de la sociedad contemporánea: millones de personas siguen con pasión algo que no practican y cuya importancia real es mínima. Tal vez por eso el deporte de masas funciona tan bien como ritual colectivo: excita, distrae y ocupa el espacio que antes pertenecía a otras formas de vida intelectual.

Charles 88

(Reflections on madness)

Es limitante, superficial y erróneo, definir solo la locura como una falsa creencia sostenida con certeza incorregible; lo esencial está en la transformación de la realidad. El delirio no es nunca un mero objeto descriptible desde fuera, porque existe dentro de dimensiones subjetivas e interpersonales. La locura no puede comprenderse únicamente como una alteración biológica. Es también una experiencia humana radical, una forma extrema de relación con el mundo y con los otros. El delirio no es simplemente un error intelectual. Para el enfermo constituye una construcción necesaria que reorganiza su mundo interior y le permite dar sentido a vivencias que de otro modo resultarían insoportables. En la psicosis el sujeto intenta reconstruir un mundo que se ha derrumbado. El delirio aparece entonces como un esfuerzo de la mente por restablecer una coherencia perdida.

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Muchas perturbaciones psíquicas pueden entenderse como trastornos de la relación. El psicótico pierde la capacidad de establecer vínculos vivos con los demás y se repliega sobre sí mismo. El enfermo esquizofrénico se encuentra como separado del mundo humano. Su experiencia carece de la evidencia afectiva que normalmente nos permite comprender y participar en la vida de los otros. La medicina debe recordar siempre que trata con personas, no con mecanismos. La enfermedad afecta a la totalidad del hombre.

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El enfermo puede mantener durante mucho tiempo una apariencia externa de normalidad; sin embargo, su vida interior está profundamente alterada. El pensamiento se vuelve extraño, simbólico, lleno de asociaciones inesperadas que para él poseen una significación absoluta.

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La enfermedad mental es una patología de la libertad humana. No consiste simplemente en una lesión del cerebro, sino en una desorganización del sujeto que ya no logra ejercer de manera armoniosa su capacidad de elección, de acción y de responsabilidad. Las personalidades sensibles reaccionan con extrema intensidad ante la humillación, la crítica o la injusticia. Poseen un sentimiento de dignidad herido que las vuelve especialmente vulnerables.

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El paciente siente que algo ha cambiado en el ambiente del mundo. Todo parece extraño, inquietante, cargado de significación. Las personas, las cosas, incluso los acontecimientos más triviales adquieren un carácter enigmático. El campo familiar se vuelve extraño; algo parece estar ocurriendo, aunque el paciente todavía no sabe qué. La esquizofrenia es, a la vez, sufrimiento real, fractura del mundo vivido, crisis de sentido, categoría histórica y objeto de disputa política. Reducirla a un simple “fallo químico” es pobrísimo; reducirla a mera etiqueta social también se queda corto. La gran tradición fenomenológica y existencial nos obliga a mirar primero la experiencia: qué le pasa al tiempo, al espacio, al cuerpo, a la evidencia del mundo, a la intimidad del yo, a la mirada de los otros. Solo después vienen las clasificaciones.

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Me parece una fórmula magnífica: pérdida del ser y del mundo. Porque en la esquizofrenia no solo se desordena el pensamiento; se rompe la familiaridad básica con la realidad común. El paciente ya no pisa el suelo tácito del mundo intersubjetivo. Lo que para los demás es obvio, natural, dado por supuesto, para él puede volverse opaco, enigmático o invasivo. La experiencia ya no fluye con naturalidad; se vuelve rígida, hiperreflexiva, extrañada. Esta línea, prolongada más tarde por Blankenburg y por la fenomenología contemporánea, sigue viendo la esquizofrenia como un trastorno de la autoevidencia del mundo de la vida.