Charles 87

(A la manera de los clínicos)

Estoy completamente paranoico, se sospecha y vocea. El delirio de persecución no aparece de manera brusca. Se inicia con interpretaciones erróneas de hechos reales. El sujeto empieza a sospechar de quienes le rodean. Poco a poco cada acontecimiento se convierte en prueba de una hostilidad oculta. Se cree espiado, seguido, traicionado o víctima de intrigas. Al principio intenta defenderse mediante explicaciones razonables; pero progresivamente la convicción se consolida hasta formar un sistema completo en el que todos los acontecimientos se integran como pruebas de la persecución.

En la paranoia se desarrolla lentamente un sistema de ideas delirantes firmemente establecidas. El enfermo interpreta los acontecimientos más insignificantes de su vida cotidiana como dirigidos contra él. Poco a poco se forma un sistema completo: vecinos, colegas, autoridades o desconocidos aparecen como enemigos que conspiran contra el paciente. A pesar de estas ideas, el sujeto puede conservar durante largo tiempo su capacidad de razonamiento en otros campos; pero dentro del sistema delirante su convicción es absolutamente inconmovible.

Los delirios no son simples errores del pensamiento. Surgen de necesidades internas del individuo. El paciente experimenta ciertas vivencias, sentimientos o tensiones que reclaman una explicación. Así, acontecimientos insignificantes se interpretan de acuerdo con ese estado afectivo. El sujeto siente que se habla de él, que se conspira contra él, que sus vecinos o compañeros lo vigilan o lo perjudican. Estas convicciones no se corrigen mediante la experiencia, porque responden a necesidades emocionales profundas. Mientras persista el estado patológico, el delirio conserva su certeza absoluta.

(A mi manera)

Yo he llegado a la convicción de que se ha cometido contra mí un crimen espiritual. Se intenta destruir mi alma mediante procedimientos sobrenaturales. Desde entonces los llamados ‘rayos’ actúan constantemente sobre mi cuerpo. Me dirigen pensamientos, producen sensaciones extrañas y realizan milagros cuyo único objeto parece ser atormentarme. Es evidente para mí que existe una conspiración inmensa, en la que participan fuerzas invisibles y también personas reales, encaminada a someter mi voluntad y destruir mi existencia. Poco a poco comprendo que en torno a mi persona se está tramando algo. No puedo determinar exactamente qué es, pero estoy seguro de que todos participan en un secreto del que yo soy el centro.

Siento que las voces hablan de mí y que las personas que me rodean saben algo terrible que yo ignoro. Aquellos que me cuidan parecen formar parte de una conspiración silenciosa. Cada gesto o palabra puede interpretarse como una señal de hostilidad. El mundo entero adquiere entonces un aspecto extraño y amenazador, como si hubiera perdido su significado habitual.

Creo con absoluto grado de certeza, incorregible y firmemente, en tramas conspirativas, mensajes ocultos y personajes que mis allegados suponen imaginarios. Me tomo esta serie de aparentes creencias extravagantes en serio porque las ideas sobre conspiraciones vienen a mí de la misma forma que las ideas matemáticas.

Las ideas presentadas en esta nota son inatacables y totalmente verdaderas; podemos afirmar que los problemas de mi enigmática locura han sido resueltos en lo esencial de manera definitiva.

Charles 86

A Lamas y el Dr. Gracia

«El nacimiento de Venus» de Botticelli, la arquitectura de Brunelleschi, la «Divina Comedia» de Dante, la «Piedad» de Miguel Ángel, «La fábula de Orfeo» de Monteverdi, «El jardín de las delicias» de El Bosco, «El entierro del conde de Orgaz» de El Greco; el arte nos redime de la vulgaridad.

Afuera, la tarde del verano es sofocante. Marcel Proust trata de leer un libro resguardado en su habitación en penumbra; las persianas de madera echadas por cuyas minúsculas ranuras se cuela el sol como alas de mariposas amarillas. Es la imagen que describe él. Es su vida convertida en arte. Es la cotidianidad, lo corriente, lo que nunca se mira convertido en belleza.

Un torbellino de nieve, viento y espuma envuelve el barco de vapor que lucha contra la tormenta. Las líneas circulares de la composición crean la sensación de un vórtice gigantesco. Los colores son sombríos: negros, grises, ocres y blancos turbulentos. El barco apenas se distingue en el centro de la tempestad, reducido a una frágil presencia humana frente a la violencia de los elementos. Turner.

Seguimos masticando vulgaridad creyendo que es modernidad y tragamos los lenguajes decadentes como si fueran sublimes. Pero modernidad y vulgaridad muchas veces aparecen mezcladas en las pantallas, el rostro de una esconde el antifaz de la otra. Somos mucho más modernos, pero mucho menos educados. Frente a la basura de la farándula, libros, arte y cultura.

McLuhan vio la vulgaridad moderna como un efecto de los medios de masas: “Cuando un medio amplifica todo indiscriminadamente, lo trivial y lo importante reciben el mismo volumen. En ese momento la cultura se vuelve vulgar, porque la jerarquía desaparece.”

Se desatiende lo complejo, lo bello y lo excelente y eso se iguala a bichos correteando por el parking. Nunca ha habido una época en la que el hombre mediocre haya tenido tanta confianza en sí mismo. La masa se erige en juez supremo y lo superior se vuelve sospechoso.

Bernardo de Claraval: “¿Qué veo en nuestros días sino vanidad y orgullo? La humildad es despreciada y la gloria mundana es celebrada. El mundo se ha vuelto más hábil en el pecado que en la virtud”.

Charles 85

A la historia gloriosa de nuestras letras —la de los códices miniados, las bibliotecas humanistas y las grandes imprentas del Siglo de Oro— la acompaña una historia menos edificante: la del abandono o barbarie, el desprecio material y la incuria hacia los libros. Muchos volúmenes, incluso de gran valor, fueron tratados durante siglos como simples objetos utilitarios. En pueblos y monasterios no era raro encontrar pergaminos medievales convertidos en envoltorio de alimentos u hojas de incunables utilizadas para envolver chorizos, especias o mercancías. Los libreros de viejo del siglo XIX aún recordaban haber comprado lotes de pergaminos procedentes de conventos que habían servido literalmente como papel de carnicería.

La desamortización del siglo XIX agravó la tragedia. Cuando se disolvieron muchos monasterios, bibliotecas enteras fueron dispersadas, vendidas al peso o abandonadas. Algunos códices acabaron en manos de comerciantes que arrancaban las hojas para vender las miniaturas por separado. El gran bibliógrafo Bartolomé José Gallardo, que recorrió España buscando libros raros, describía escenas casi grotescas:

“Hallé en una cocina monástica hojas de un códice antiguo pegadas al fondo de un cajón para reforzarlo. En otra parte servían de tapa a un barril de aceite. Aquellos hombres ignoraban que estaban destruyendo tesoros de nuestra historia”.

Algo parecido denunció el crítico Marcelino Menéndez Pelayo, quien veía en ello un síntoma de atraso cultural:

“En España se han perdido bibliotecas enteras no por incendios ni guerras, sino por la indiferencia de sus propios poseedores. El libro antiguo ha sido tratado muchas veces como un estorbo doméstico.”

***

Pero España —aunque a veces se olvide— ha producido páginas bellísimas sobre la lectura, el saber y la conversación con los muertos que habitan en los volúmenes.

Ejemplo de ello es el ingenioso Ramón Gómez de la Serna: “Las bibliotecas son cementerios donde los muertos están de pie. Cada libro es una lápida vertical donde el autor ha dejado escrita su respiración. Pero son cementerios alegres, porque basta abrir un volumen para que el difunto se levante y empiece a hablar […] Los libros alineados en los estantes parecen soldados dormidos; pero cuando alguien los despierta, marchan de nuevo hacia la imaginación”.

O Azorín, apasionado bibliófilo: “La biblioteca está en silencio. La luz entra oblicua por la ventana y se posa suavemente sobre los lomos de los libros. Cada volumen guarda dentro una vida distinta: historias, pensamientos, emociones. El lector abre uno de ellos y de pronto la habitación se puebla de voces lejanas. En ese instante comprendemos que la biblioteca es uno de los lugares más maravillosos del mundo […] Un hombre que posee libros posee un universo. Cada tomo es un camino que conduce a otra época, a otro país, a otra conciencia”.

Sin olvidarnos a Benito Jerónimo Feijóo: “La lectura de buenos libros es el remedio más eficaz contra la vulgaridad del entendimiento. Los hombres que no leen viven encerrados en los estrechos límites de su experiencia; pero quien frecuenta los libros participa de las luces de muchos siglos”.

Ni tampoco al filósofo catalán Jaime Balmes: “La lectura forma el juicio, dilata la inteligencia y acostumbra al espíritu a tratar con las ideas grandes. Un pueblo que lee buenos libros adquiere una fuerza moral que ninguna riqueza material puede sustituir”.

***

De modo que nuestra relación con los libros ha sido siempre ambivalente. El mismo país que produjo humanistas, impresores y bibliófilos capaces de levantar algunas de las bibliotecas más admirables de Europa, fue también capaz de envolver chorizos con pergaminos medievales o de vender por arrobas los restos de una biblioteca conventual. A la historia luminosa de nuestras letras —la de Nebrija, Cisneros, los impresores de Salamanca o Alcalá— se superpone otra historia más gris, hecha de descuido doméstico, ignorancia y desprecio material.

Y, sin embargo, pese a esa larga tradición de incuria, el libro ha seguido ejerciendo entre nosotros una fascinación obstinada. Siempre ha habido lectores que han sabido reconocer en él algo más que un objeto utilitario: una presencia viva, una conversación silenciosa que atraviesa los siglos. Frente a la indiferencia o la torpeza de quienes veían en los viejos volúmenes simples trastos acumulados, otros supieron ver lo que realmente eran: depósitos de memoria, fragmentos de inteligencia humana, pequeñas cápsulas de tiempo donde la experiencia de los muertos resucitaba.

Tal vez ahí resida la verdadera paradoja de nuestra tradición cultural. Hemos sido, a la vez, descuidados guardianes y apasionados amantes de los libros. Pero mientras haya alguien que abra un volumen con curiosidad, que se incline sobre una página con la misma mezcla de respeto y entusiasmo que describían Feijóo, Azorín o Gómez de la Serna, la vieja república invisible de los lectores seguirá existiendo. Y en ella —como en toda biblioteca digna de ese nombre— los muertos continuarán hablando, los siglos seguirán dialogando y la inteligencia humana persistirá, silenciosa y obstinada, entre los estantes.

Charles 84

Joseph Addison (1672–1719) fue uno de los primeros en describir la lectura como una forma de felicidad íntima y civilizada: “Cuando considero mis propios placeres, encuentro que ninguno es tan constante como el que obtengo de la lectura. En cualquier momento del día puedo abrir un libro y encontrar en él una compañía agradable. Un buen libro es como un amigo prudente que nunca nos importuna y siempre nos instruye. La lectura nos proporciona una especie de retiro elegante del mundo. Mientras estamos rodeados de volúmenes escogidos, podemos conversar con los sabios de todas las épocas; podemos escuchar a los filósofos sin viajar, y disfrutar de la compañía de los grandes espíritus de la humanidad sin abandonar nuestra habitación.”

Johnson veía la biblioteca como un refugio contra la vulgaridad del mundo: “El mayor placer que conozco es el de retirarme a mi biblioteca después de los tumultos del día. Allí, entre los autores que han instruido y deleitado a generaciones, encuentro una sociedad mejor que la que el mundo suele ofrecer. Los libros son los amigos más fieles del hombre. No nos contradicen con insolencia ni nos abandonan en la desgracia. Cuando abrimos sus páginas, hablan con la calma de la razón y con la dignidad del tiempo. Un hombre que ama los libros nunca está completamente solo».

Lamb escribió algunos de los textos más delicados sobre la sensualidad de los libros antiguos: “Confieso que siento un placer particular al manejar libros viejos. Hay algo en el color del papel envejecido, en el olor tenue de las páginas, en el carácter de los tipos antiguos, que despierta en mí una emoción que ningún libro nuevo puede producir. Un volumen antiguo parece haber vivido. Ha pasado por muchas manos, ha sido testigo de muchas vidas; y al abrirlo uno tiene la sensación de entrar en una conversación iniciada hace siglos».

Y es que leer es uno de los refinamientos más delicados de la existencia. Como recomendaba Maquiavelo, debemos entrar en nuestra biblioteca ataviados con paños curiales, tal es su majestad. En la intimidad silenciosa de una biblioteca, la mente se mueve con una libertad que el mundo exterior rara vez permite. Los grandes libros poseen una cualidad singular: despiertan en nosotros emociones que no sabíamos que existían. Una biblioteca es un ser mágico de papel y oro.

Leer, pasión omnívora de mi vida. En la biblioteca de mis padres las paredes estaban cubiertas de libros desde el suelo hasta el techo. El polvo dorado del atardecer se posaba sobre los lomos de cuero como si cada volumen guardase una pequeña reserva de sol. Allí aprendí pronto que la felicidad puede consistir simplemente en pasar el dedo por el borde de las páginas y abrir un libro al azar. Porque cuando abrimos un gran libro, entramos en comunicación con un hombre que quizá murió hace siglos, pero cuya conciencia permanece viva. Los sabios, los poetas, los filósofos, resucitan y empiezan a hablarnos.

Leer, pasión de mi vida. Las estanterías, cargadas de volúmenes encuadernados en cuero oscuro, ascendían como muros venerables hasta el techo. Allí se respiraba un perfume particular —mezcla de papel envejecido, polvo fino y madera pulida— que tenía algo de tiempo noble acumulado. Quien posee una biblioteca posee un imperio. No un imperio vulgar, sino un imperio del pensamiento. Cada libro es una inteligencia que espera. Cada volumen es una puerta abierta hacia un espíritu distinto. Por eso la compañía de los libros nunca se agota: cada lectura es una conversación nueva.

Charles 83

Desde Aristóteles hasta los psicólogos contemporáneos se ha reflexionado sobre esa relación entre sensibilidad creadora y vulnerabilidad emocional.

Marcel Proust, que prácticamente convirtió la hipersensibilidad en el motor de su obra, nos señaló: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. La literatura nace precisamente de esa mirada distinta.

La mente de un escritor gira e influye sobre sí misma. El gran moralista inglés Samuel Johnson lo expresó con una frase muy conocida: “La mente que se abandona a sí misma se convierte en su propio tormento”.

Además escribir significa abrirse a un exceso de verdad (Kafka)

Pero muchos grandes escritores fueron psicológicamente bastante estables. Johann Wolfgang von Goethe cultivó deliberadamente el equilibrio interior. Jane Austen llevó una vida tranquila y socialmente integrada. Jorge Luis Borges tenía un temperamento más contemplativo que tormentoso. Esto demuestra que la inestabilidad no es condición del talento.

Pessoa expresó mejor que nadie la sensación de vivir simultáneamente dentro y fuera de la vida: “Nunca fui otra cosa que un espectador de mí mismo. Vivo como si estuviera en un teatro, contemplando la escena de mi propia existencia. Todo me interesa y nada me pertenece. Siento demasiado para poder vivir con simplicidad. Cada emoción se multiplica en reflexiones, cada pensamiento se divide en otros pensamientos, y la vida se vuelve una especie de laberinto interior. Escribir es la manera que tengo de soportarme. Transformo en palabras aquello que de otro modo sería solamente angustia. Quizá los escritores no sean más sensibles que los demás hombres; pero están condenados a observar su sensibilidad sin descanso”.

Soportar la propia conciencia no es tarea fácil. Quien escribe no puede evitar examinar cada instante de su vida, como si fuese un material destinado a un libro futuro. Muchos escritores observan demasiado, piensan demasiado, analizan demasiado. Mientras los demás viven de manera espontánea, él se ve obligado a interrogar cada emoción y cada pensamiento. Esa lucidez permanente es un privilegio, pero también una desgracia. Percibe vibraciones que otros apenas advierten.

La psiquiatra Kay Redfield Jamison, especialista en trastorno bipolar, escribió el libro clásico «Touched with Fire». En él sostiene: “Durante siglos los poetas y artistas han descrito estados de exaltación emocional extraordinaria, seguidos por períodos de profunda melancolía. Estas oscilaciones del ánimo, cuando aparecen en forma moderada, pueden estimular la imaginación, la energía creativa y la capacidad de establecer conexiones originales. La intensidad emocional que caracteriza a muchos artistas puede amplificar tanto el placer estético como el sufrimiento psicológico. La misma mente que percibe la belleza con extraordinaria profundidad también puede experimentar el dolor con igual intensidad.”

Yo soy a la vez disciplinado y espontáneo, introvertido y algo sociable, sensible y resistente. Esta complejidad psicológica me produce tensiones internas. Vivo con una intensidad emocional elevada y con una mente constantemente activa, lo que a veces se traduce en períodos de inquietud o melancolía extrema.

La creatividad no surge de la tranquilidad absoluta, sino de la tensión entre lo que somos y lo que podríamos ser.

Charles 82

A Jordi Llovet, maestro mágico

No es mi paranoia personal, sino un diagnóstico recurrente de la modernidad tardía: la alta cultura está siendo orillada de la presencia y relevancia del discurso público.

Parece que solo interesen los affaires de esa actriz de piel alabastrina y lunares estratégicamente dispuestos, con un multimillonario -tirando a muy hortera-, con un multimillonario que se hincha a meter goles. Parece que el «pastichant» lleno de absurdos prosaísmos de invertebradas celebrities prime clamorosamente más que los violines y el álgebra lineal. La música ya no tiembla en los salones como llamas azules. El aire no se llena de un perfume de rosas marchitas y de recuerdos.

Con Händel y Verdi, con Proust y sus pares, se otorgan a nuestras horas una especie de delicada irrealidad. Se abren las puertas secretas del sentimiento. Tiembla la luz y se disuelven los cristales suspendidos en el aire. La gran música tiene una función moral, humanista y civilizadora. Addison: «La música posee encantos capaces de calmar el pecho más salvaje, de ablandar las rocas o de inclinar un roble retorcido. Dispone el espíritu a la dulzura y a la humanidad, y contiene algo que eleva nuestros pensamientos por encima del curso ordinario de la vida».

Ese reguetón es un pánico sensual, una retahíla de vicios en los oídos. Se dirige a las vísceras y al esfínter. Ejerce sobre la mente un poder de laminación.

La cultura profunda siempre fue cosa de minorías exigentes. Pero hay algo nuevo. La distancia entre cultura alta y cultura dominante se ha ensanchado muchísimo. Allan Bloom escribió: «La música rock ha reemplazado a la tradición musical clásica en la educación sentimental de los jóvenes. El resultado es una vida emocional empobrecida, incapaz de comprender las pasiones humanas tal como fueron exploradas por la gran literatura».

Las grandes obras de arte y pensamiento ocupan hoy un territorio cada vez más reducido dentro de la vida pública. La conversación cultural se ha desplazado hacia lo efímero. La cultura elevada se ha convertido en una actividad marginal, practicada por minorías cada vez más pequeñas. La sociedad de masas no quiere cultura, quiere entretenimiento.

Como me dijo mi maestro Álvarez, ahora lo importante es que la cultura -catatónica en el ágora- no muera en nosotros. Debo seguir, pese a la melancolía, con Bach, Dante y Gödel. Sus caricias flotan en mis sueños delicados. Flotar en la marea de la pura sensación que sucede al pensamiento. Desechar lo trivial y ordinario, y centrarme en el juego de la luna en el agua. Olvidar el ruido y la prisa del mundo, y sentir cómo una calma satisfacción se desliza insensiblemente cerca del corazón.

La solidez de la imaginación de Dante, los arabescos voluptuosos de Proust, el aire de gaviota coloreada de Nabokov, la precisión de Pla, la guarida de chacales de Céline, el mármol mitológico de Ovidio, Flaubert y Cunqueiro… Pocas cosas más deseo en esta vida.

Charles 81

Sobre expulsar socialmente al disidente, recordemos otra vez a Tocqueville: «En los Estados democráticos la mayoría posee un poder inmenso, y cuando ha formado una opinión no queda casi nadie que pueda resistirla. La mayoría traza un círculo formidable alrededor del pensamiento. Dentro de esos límites el escritor es libre; pero ¡ay de él si osa salir! No tiene que temer un auto de fe, pero está expuesto a disgustos de toda clase y a persecuciones de todos los días. La carrera política se le cierra; ha ofendido al único poder que puede abrirla. Todo le es negado, incluso la gloria. Antes de publicar sus opiniones creía tener partidarios; ahora le parece que ya no tiene ninguno, pues los que lo censuran se expresan en voz alta y los que piensan como él callan o se apartan. Se somete, se inclina al fin bajo el peso de la opinión pública».

Friedrich Hayek analizó cómo los regímenes ideológicos necesitan identificar enemigos para movilizar a las masas. En «The Road to Serfdom» escribe: «Es más fácil que la gente esté de acuerdo en un programa negativo —en el odio a un enemigo común— que en una tarea positiva. La propaganda que logra despertar la hostilidad contra un grupo o una persona determinada suele tener más éxito que la que intenta suscitar un entusiasmo constructivo.»

Y añade: «Para mantener cohesionada a una sociedad sometida a una dirección centralizada, es casi indispensable crear la figura de un enemigo. El odio hacia un enemigo común se convierte en uno de los instrumentos más eficaces para obtener la unanimidad.» Las ideologías necesitan “poner cara al enemigo”.

El odio político es una fuerza poderosa porque ofrece al individuo frustrado una explicación sencilla de sus fracasos. En lugar de examinar sus propios errores o las complejidades del mundo, puede atribuir sus desgracias a la maldad de un enemigo designado.

Un autor que dialoga directamente con esta visión oposicionista es Carl Schmitt. En «The Concept of the Political» escribió: «La distinción específica de lo político es la distinción entre amigo y enemigo. El enemigo político no necesita ser moralmente malo ni estéticamente feo; basta con que sea el otro, el extraño, con quien existe una oposición de carácter existencial».

En resumen, Tocqueville ya advirtió que las democracias modernas no necesitan cadenas para imponer conformidad: les basta con el ostracismo moral. Hayek observó que las masas se cohesionan más fácilmente en el odio a un enemigo común que en un proyecto positivo. Y Schmitt llegó a definir lo político como la distinción entre amigo y enemigo. Visto desde esta tradición intelectual, el fenómeno que describe el artículo de De Prada no sería una anomalía de nuestro tiempo, sino una constante de la política moderna: la tendencia a organizar la vida pública alrededor de antagonismos morales que movilizan a las masas y simplifican el mundo en bandos irreconciliables.

Charles 80

En el prólogo de su diccionario «Tesoro de la lengua castellana o española», Covarrubias justifica la empresa de estudiar el castellano con un argumento que hoy parece evidente, pero que entonces era casi revolucionario: que el idioma vulgar merecía la misma atención que el latín.

“No será cosa indigna de los ingenios curiosos considerar y escudriñar la lengua castellana, que aunque algunos la tengan por menos elegante que la latina o la toscana, es tan abundante de vocablos, tan llena de propiedad y tan acomodada para declarar los conceptos del ánimo, que puede competir con cualquiera de las más celebradas lenguas de Europa”.

Cuando Fernando de Herrera publica en 1580 sus «Anotaciones a la poesía de Garcilaso», defiende con entusiasmo la dignidad literaria del castellano frente a quienes lo consideraban inferior al italiano o al latín. Uno de sus pasajes más conocidos afirma:

“Nuestra lengua castellana, si se considera bien, no es menos grave que la latina ni menos suave que la toscana; antes tiene una fuerza y una majestad particular que la hacen apta para todas las materias, así graves como amorosas”.

En el siglo XIX, Marcelino Menéndez Pelayo interpreta la lengua como el depósito más profundo de la cultura española:

“El castellano, que nació en humilde rincón de la montaña cantábrica, llegó a ser una de las grandes lenguas históricas del mundo, vehículo de una literatura vastísima y expresión de una de las civilizaciones más poderosas de Europa”.

Es decir, nuestra lengua que merece ser estudiada, demuestra su gran potencia estética y es una lengua reconocida como una de las grandes lenguas de civilización.

Así, la historia del castellano presenta una pequeña ironía que la filología no debería olvidar. Mientras los humanistas se esforzaban por demostrar su dignidad frente al latín y los poetas probaban su capacidad para la belleza, los propios soberanos del imperio lo hablaban como lengua aprendida. Carlos V pensaba en francés; Isabel de Portugal rezaba en portugués; y, sin embargo, para gobernar, escribir y entenderse eligieron el castellano. Tal vez ahí resida una de las lecciones más profundas de la historia lingüística española: el idioma que acabaría siendo símbolo de una civilización nació muchas veces como lengua de encuentro entre extraños. Cinco siglos después, la escena doméstica de aquellos emperadores —dos extranjeros hablando castellano entre sí— nos recuerda que las lenguas no son monumentos inmóviles del poder, sino puentes vivos que los hombres tienden para poder comprenderse.

Charles 79

Com va assenyalar Richard Osborne: «En males mans, la seva energia pot semblar més obsessiva que vital, més marcial que folklòrica.» Però, ben dirigida, Carmina Burana es converteix en una autèntica acció ritual, un teatre musical impulsat per un ritme imperiós que celebra el poder inexorable del destí.

En el meu CD és un veritable plaer escoltar els grans números, com «Ecce gratum» i «Tempus est iocundum», cantats amb tant d’abandonament i entusiasme. Els homes s’ho passen d’allò més bé amb «In taberna»: les manipulacions de tempo de Simon Rattle —una versió que alguns han qualificat de massa sofisticada i intel·lectual— hi afegeixen caràcter i mantenen tots els intèrprets perfectament coordinats. També permet, al meu entendre, als metalls greus una saludable dosi de la vulgaritat necessària.

En aquesta versió crec que la soprano Sally Matthews canta correctament, però la seva veu presenta un cert excés de densitat (i no prou resistència) per fer «In trutina» plenament convincent, tot i que les seves notes més agudes a «Dulcissime» són pures i molt ben afinades.

Malauradament, no disposo de les versions de Riccardo Muti ni de Kurt Eichhorn.

Del lleure tabernari dels goliards al lleure intel·lectual d’aquest llibre —opus magnum— editat per la Universitat de Barcelona. En una època en què allò que predomina són les liaisons entre una bella i sílfide actriu amb un astre capitalí de les pilotes —un veritable as de l’astronàutica, una estrella de les galàxies i dels estadis del món—, és d’agrair l’eternitat de la història de l’art davant l’efímera actualitat descerebrada.

Moltes, moltes gràcies, Jordi Llovet. Un plaer astronòmic llegir-lo, un àcid contra la mediocritat embarassosa que circula arreu.

Gràcies. De debò.

Charles 78

A veces mi escritura se vuelve muy cargada, churrigueresca, acumula metáforas y busca una intensidad sin las precisas pausas. Eso la daña. El exceso retórico es un handicap para la buena literatura, pues la fuerza reside en decir menos. También peco de alguna que otra lunática sandez. No sé si soy un escritor mediocre o bueno.

A veces pienso que mi exacerbada sensibilidad, mi obsesión por la verdad interior y la constante autocrítica podrían -acaso- situarme en la categoría de escritores no malos. Porque escribo porque no puedo no escribir, y eso acaso sea un rasgo auténtico. Los lectores, el tiempo y el azar cultural sentenciarán.

Empujo palabras como si fuesen pesadas piedras. Me releo y advierto que mi literatura es un río en el que los buscadores de oro solo encontrarán pepitas ridículas. Nací a la literatura mortificado por la crítica. De niño escribí un cuento, y, al leerlo en clase, el silencio de plomo de mis condiscípulos no fue mal aviso contra los desvaríos barrocos.

Baronets y jardines paisajistas, ay, mi perdición. Lectores jadeantes e infelices ante mis plúmbeos párrafos. Tal vez sea así. Tal vez mi destino literario sea ordenar con diligencia pequeñas nimiedades.

Más que una sospecha, casi una convicción: nunca escribiré nada definitivo ni esencial.