Cabaleiro 40

La matemática admite varios estilos cognitivos. Existen matemáticos con gran floración imaginativa a la hora de su investigación, y otros que se inclinan a pensar sin imágenes, solo con símbolos y estructuras lógicas «ondoyants».

Muchos matemáticos trabajan con representaciones no visuales, por ejemplo, patrones simbólicos, intuiciones motoras, ritmo lógico; otros, en cambio, con vivas figuras, sensibles transformaciones u oníricos diagramas.

Curiosamente afantasia y sinestesia no son opuestas. La matemática entrena a detectar estructuras, y las personas con sinestesia también suelen tener sensibilidad alta a los patrones. El pensamiento puede ser intensamente abstracto sin depender de imágenes sensoriales.

Testimonios de colegas (por ejemplo, Hao Wang) indican que Gödel hablaba de ideas matemáticas como “claras” o “evidentes”, no como imágenes. Eso encaja con perfiles cognitivos donde la imaginación visual es secundaria y domina una intuición estructural.

Ramanujan es el polo opuesto a esa lógica austera; su creatividad matemática estaba cargada de imágenes simbólicas, intuiciones numéricas intensas y una relación casi mística o visionaria con las fórmulas.

***

Si cierro los ojos imagino un mar fruncido, como tras una tela arrugada. Y una línea oscura que reposa a lo lejos como una náyade estirada.

Y, por cierto, la voz «náyade», con sus aes abiertas y su rosa y griega, la asocio en mi mente con olor de espinos en flor, y una blancura frágil y dulce de primavera.

Cabaleiro 39

(Salvador Sostres)

«Minuto achtundachtzig, Herz macht bum-bum wie Trommel für Maultier-Karawane. Flanke kommt schief, Kopfball kommt noch schiefer, aber Tor ist gerade. Ich verstehe nichts von Taktik, aber viel von Lasttier-Seele: wer trägt Gewicht, macht Geschichte”, extracto de una crónica deportiva del señor Mulius Krepel, cronista asinino.

Mulius Krepel, hijo de charcuteros adinerados, es famoso por una sola cosa: escribir exclusivamente sobre mulos de carga. Ni metáforas, ni símbolos, ni siquiera ideas; mulos literales, con sus alforjas y su resignación mineral.

Krepel desayuna siempre die blaue Zipfel y rodajas de salchichón con una solemnidad germánica que confunde con profundidad intelectual. Gana arrobas, literalmente: su barriga precede a su pensamiento como una campana antes del sermón.

Krepel no sabe escribir crónicas; describe a los jugadores como si fueran mulos: “El lateral derecho carga la banda como una bestia paciente”, “El delantero rebuzna goles sin comprenderlos”. Los lectores creen que es ironía; no lo es. Krepel ve cascos donde hay botas y alforjas donde hay camisetas.

Nunca aprendió retórica, filosofía ni gramática. Sus frases avanzan a golpes secos, como herraduras contra adoquines. Cada artículo parece una carga lenta hacia ninguna parte.

Con los años comenzó a mimetizarse con sus propios textos.

Primero fue un gesto brusco del cuello; luego esa manía de dar coces al aire cuando un colega lo contradecía. Finalmente, en mitad de una tertulia, emitió un rebuzno breve.

Los lectores lo adoraban por su ridículo constante. Era un bufón involuntario, una caricatura que jamás supo que lo era.

Quiso escribir como un mulo y terminó pensando como uno.

Cabaleiro 38

La literatura es también la expresión de la sociedad; conocer las letras extranjeras es conocer otros modos de sentir y pensar. Nuestra época descree de provincianismos literarios y apuesta por una lectura cosmopolita. El escritor pertenece a una república universal e invisible de lectores. Es fructífero leer cruzando épocas y lenguas como hace el comparatista. Ni el escritor ni el lector deberían limitarse a su ínsula nacional. La literatura universal son variaciones de una misma fuga.

Mientras un autor tenga calidad, tan actual es Eurípides, Claudio Eliano, Louise Labé, Petrarca, Li Po, Addison, Nerval, Unamuno, Pla, Cunqueiro, Mishima o Julian Barnes.

Los juegos de lenguaje de Joyce también los encontramos en el recóndito Fray Albericus de Verbalia († ca. 1289), monje benedictino del norte de Italia, copista y maestro de retórica menor, conocido por su librito «Ludus Linguae» (“El juego de la lengua”), donde mezclaba devoción, lógica escolástica y bromas semánticas. Un catálogo del siglo XV menciona su obra con la descripción: “Libellus parvus, sed acutus, plenus verborum flexuum et risuum monasticorum” («librito pequeño pero agudo, lleno de giros verbales y risas monásticas»)

La vida acaba siendo una lista de lecturas.

Cabaleiro 37

Paradójicamente, el debate profundo, la política deliberativa, vuelve a ser casi una práctica de minorías, como en ciertos círculos ilustrados del XVIII, concretamente la encontramos en ensayos largos, podcasts de larga duración y pequeñas comunidades intelectuales.

En el s. XXI la saturación informativa destruye la posibilidad misma de deliberar. La televisión premia la imagen y las redes la reacción inmediata. Si la televisión jibariza el discurso, las redes sociales lo fragmentan y trocean. El objetivo no es convencer a quien escucha o lee durante horas, sino generar imágenes que funcionen en redes.

Neil Postman se volvió casi profético cuando afirmó que al adoptar la política la lógica del entretenimiento, no puede evitar mimetizarse con el entretenimiento. El fenómeno atraviesa todo el espectro político.

El mitin ya no es exposición doctrinal, ni discusión programática, sino más bien un acto performativo destinado a circular en clips breves. Digamos que ya no convencen programas económicos, pruebas o hechos, sino reflejos emotivos. Guy Debord lo expresó con precisión: “Toda la vida de las sociedades donde dominan las condiciones modernas se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos” (La sociedad del espectáculo, 1967)

Se dejan de sopesar y enfrentar y dirimir argumentos, y se confrontan identidades, se escenifican emociones, y se alimentan el miedo o la adhesión rápida.

En el s. XIX, incluso el adversario era tratado como alguien al que había que persuadir mediante argumentos. John Stuart Mill lo formula con claridad: “El único modo de acercarse a la verdad es oír lo que pueden decir quienes piensan distinto” (On Liberty, 1859) La política era agonística, pero retórica en sentido clásico, es decir, convencer mediante razones.

Los famosos debates Lincoln-Douglas (1858) podían durar tres horas seguidas por candidato. El público gritaba, sí, pero seguía líneas argumentales complejas ¿Por qué? Porque la sociedad estaba entrenada en la lectura continua. La política era una extensión del hábito lector. Tocqueville lo intuyó mucho antes de la televisión: “Los periódicos hacen la asociación… mantienen a los ciudadanos atentos unos a otros.”

Vito Quiles es uno de los reyes del show. Pragmáticamente su presencia en el mitin de Zaragoza es una decisión inteligente, pero empobrece y entristece a los dinosaurios que todavía creemos en la política como un arte del razonamiento.

NOTA BENE: No deseo idealizar el s. XIX. Había un populismo brutal, la prensa era incendiaria y los insultos personales constantes. Además creo que siempre hubo espectáculo. Lo que cambió es el énfasis, la intensidad, el formato técnico.

Nosotros también participamos del espectáculo cuando lo denunciamos.

Cabaleiro 36

Casanova, en su vejez, afirmaba querer ofrecer una versión moderna de la «Ilíada», pero en realidad no dominaba el griego. Trabajaba sobre traducciones francesas e italianas previas, corrigiéndolas con su propio estilo. En cartas privadas se queja de que los traductores «domestican la violencia heroica y el deseo sensual de los dioses».

Casanova defendía que Homero debía leerse como un poeta profundamente carnal, donde la belleza física y la seducción forman parte de la política heroica. Para él, Helena no era solo símbolo trágico, sino «mujer peligrosa por exceso de gracia». Muchos eruditos vieneses se burlaron de su proyecto; él respondió con ironía diciendo que prefería “equivocarse con Homero que acertar con los mediocres”.

Según testimonios del entorno del conde Waldstein, interrumpía el trabajo de traductor y redactor de sus memorias para recibir a visitantes —a veces damas locales fascinadas por el mito viviente— y luego retomaba los textos como si nada.

Por cierto, decía que los eruditos del siglo XVIII habían vuelto a Homero un «sacerdote» cuando en realidad era «un cantor de pasiones humanas».

Cabaleiro 35

Plutarco, en «Vida de Bruto»: «Bruto creía que no era homicidio herir a quien había abolido las leyes; pues pensaba que César había destruido la forma de la ciudad y que la muerte del que gobierna sin límites no es venganza, sino medicina».

O bien Juan de Mariana en «De rege et regis institutione» (1599): «Si el príncipe se convierte en tirano manifiesto y arruina la república, no debe juzgarse injusto que cualquier particular, movido por el amor a la patria, le quite la vida, pues no mata a un rey, sino a un enemigo público».

En fin, que cortar la cabeza al enemigo y al tirano tiene una larga justificación política. No se lo considera rebelión inmoral, sino defensa racional. Juan de Salisbury , en «Policraticus» (1159), uno de los textos medievales menos citados fuera de círculos especializados, pero crucial, nos dice: «Quien toma el lugar del tirano, y no del príncipe, se separa del cuerpo político; y así como es lícito abatir a la bestia que amenaza la comunidad, así no es homicida quien golpea al tirano, sino defensor de la ley». Nihil novum sub sole.

Como nota muy erudita recordemos a Jean Boucher, fraile dominico, casi totalmente olvidado excepto en círculos de especialistas en guerras de religión francesas. Escibió en «De justa abdicatione Henrici III» (1589) -texto explosivo, pues justificaba la eliminación del monarca como acto religioso-: «Cuando el rey deja de ser custodio del altar y se vuelve perseguidor de la verdadera fe, el puñal del fiel no es traición, sino juicio; pues el tirano abdica antes en su conciencia que en el trono».

Deponer, asesinar a generales, políticos, policías, espías, o los regicidios y los magnicidios, estuvieron a la orden del día en nuestra historia.

***

La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta; pues el aparato de opresión no se disuelve, se rompe, declaró Lenin tan pancho. No, la moral revolucionaria no suele ser la de los tiempos pacíficos.

Sergei Nechaev, en su «Catecismo revolucionario» (reediciones clandestinas s. XX y XXI) escribió despiadadamente: «El revolucionario ha roto con toda moralidad convencional; para él solo existe una ciencia: la destrucción».

Abraham Guillén, en sus manuales guerrilleros (ediciones latinoamericanas marginales) fue un economista español exiliado, y leído sobre todo en círculos terroristas. Nos justificó ideas repulsivas como la que sigue: «La acción armada no es fin en sí misma; es catalizador político que obliga a la sociedad a revelar sus contradicciones».

Frente a estos panfletarios, y otros muchos, que justifican la violencia política, se pueden oponer muchos argumentos. Citaré a un clásico como autoridad, Mrs. Arendt:

«El poder y la violencia son opuestos; donde uno domina absolutamente, el otro está ausente. La violencia puede destruir el poder, pero es incapaz de crearlo».

Frente a Fanon o Sartre resuena en mí la música cognitiva de la pensadora alemana:

«Nada ha sido más común en la tradición revolucionaria moderna que la glorificación de la violencia como fuerza creadora; pero la experiencia histórica muestra que su fruto más constante es la burocracia del miedo».

Vale.

Cabaleiro 34

«Los libros antiguos son mis amigos silenciosos; no me contradicen con ira ni me halagan con falsedad. En su compañía el espíritu se aquieta y aprende a medir el tiempo humano frente al tiempo eterno», Petrarca, «Rerum familiarium libri».

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Reverte seca con su mechero a la borrasca Leonardo, y Uclés gana MasterChef con un plato de cardillos cocinados con ajo y pan frito.

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«Chi mi darà la voce e le parole
degne di sì nobil libro?»

«¿Quién me dará la voz y las palabras
dignas de tan noble libro?»

Ludovico Ariosto, » Orlando Furioso», canto XXXV

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“I do not want to read many books; I want to read a few books over and over again.”, «No quiero leer muchos libros; quiero leer unos pocos una y otra vez», Charles Lamb.

«Quand je pense à tous les livres qu’il me reste à lire, j’ai la certitude d’être encore heureux», «Cuando pienso en todos los libros que me quedan por leer, tengo la certeza de que aún puedo ser feliz», Renard.

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Páladas de Alejandría, «Anthologia Palatina», Libro XI (σκωπτικά)

«Ἡ φθορὰ μέσων ὅπλον·
τὸ δὲ βιβλίον ὀξὺ κατὰ φθορᾶς.»

«La corrupción es el arma de la mediocridad;
el libro, el ácido que la disuelve».

Cabaleiro 33

Hugo de Fouilloy, en «De avibus» (siglo XII), escribe: «Tempus est flagellum hominis», es decir, «El tiempo es el flagelo del hombre».

NOTA BENE: Véase: Hugh of Fouilloy, «De avibus», ed. and trans. Willene B. Clark, Tempe (AZ): Arizona Center for Medieval and Renaissance Studies, 1992 (Medieval & Renaissance Texts & Studies, 80)

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Nicéforo Gregoras (Νικηφόρος Γρηγορᾶς, s. XIV), escribió:

«Οἱ χρόνοι τὰ ἤθη αἰσχύνουσιν· οἱ σοφοὶ οὐκ ἀναγινώσκουσι, οἱ γραφεῖς οὐκ ἐπίστανται γράφειν, οἱ βασιλεῖς οὐκ ἄρχουσιν, οἱ ᾠδοὶ οὐκ ᾄδουσιν· ἔνι δὲ μόνον εἰς βιβλίον καταφυγεῖν καὶ μίαν ἡμέραν εὐδαίμονα διατελέσαι.»

,es decir,

«Los tiempos afean las costumbres: los doctos no leen, los escribientes no saben escribir, los reyes no gobiernan, los cantores no cantan; sólo queda refugiarse en un libro y pasar al menos un día feliz».

Gregoras, arquetipo del intelectual tardobizantino, percibía con aguda conciencia la decadencia de su tiempo, esa mentalidad del siglo XIV bizantino, obsesionada con la pérdida de la paideia. Profundamente consciente del declive cultural y político del Imperio, fue historiador, erudito y polemista, y cultivó también notas personales, cartas y reflexiones morales en cuadernos manuscritos.

Referencia bibliográfica exacta: Gregoras, «Historia Romana», ed. Schopen, vol. II, Bonn 1830, p. 742.

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Adquirí, hace tiempo, un libro de André-Robert Andréa de Nerciat (1739-1800) en la Librairie Alain Brieux, sita en la Rue Jacob, Saint-Germain-des-Prés. Nerciat fue un oficial del ejército, escritor clandestino, diplomático y un hombre profundamente libertino.

Ayer, hojeaba su novela «Félicia ou Mes Fredaines», y, movido por el seguro azar, encontré este magnífico, caldoso pasaje, este hallazgo expresivo no poco lírico: ««Ta petite crotte est un citron brun, ton con un toison d’argent, et te pénétrer est comme la fièvre du feu qui rôtit les châtaignes», «»Tu caquita es un limón moreno, tu coño un toisón de plata, y penetrarte es sentir la calentura del fuego asando castañas».

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Después, siguiendo el hilo de mi afición a escritores galantes, consulté en mi biblioteca a otro «libertin», Claude-Prosper Jolyot de Crébillon (dit Crébillon fils, 1707-1777) Si Nerciat representa el libertino carnal, Crébillon encarna el libertino reflexivo, casi moralista. Autor de exquisito dominio de la finura moral, la ironía aristocrática y la psicología libertina; menos inclinado a lo escabroso, terreno donde otros brillan con mayor bullanguería que él.

Prefiero citar un pasaje elevado a uno licencioso. La prosa encanta: fíjense bien: «On ne naît point libertin ; on le devient par l’exemple, par l’ennui, et surtout par cette vanité secrète qui nous persuade que l’on n’est aimable qu’à mesure qu’on est dangereux. Les femmes veulent plaire, les hommes veulent triompher ; et de ces deux prétentions naît un commerce où chacun perd ce qu’il croit gagner», «No se nace libertino; se llega a serlo por el ejemplo, por el tedio y sobre todo por esa vanidad secreta que nos persuade de que solo somos amables en la medida en que somos peligrosos. Las mujeres quieren agradar, los hombres triunfar; y de esas dos pretensiones nace un comercio en el que cada cual pierde lo que cree ganar». Observemos el fluir sin esfuerzo de las palabras, el tono moralista elegante, un tono más cercano a La Rochefoucauld que al erotismo seco -de pelo de toro- y brutal de Sade.

NOTA BENE: La cita de Crébillon la extraje de su novela «Les Égarements du cœur et de l’esprit» (1736-1738)

El gran clásico, canónico estudio, sobre los libertinos franceses es de René Pintard: «Le libertinage érudit dans la première moitié du XVIIe siècle» (1943)

Cabaleiro 32

DECÁLOGO DEL POLÍTICO CIENTÍFICAMENTE HONESTO

1. La ideología no sustituye a la evidencia.

Un programa puede inspirar; sólo los datos pueden corregirlo.

2. Gobernar es formular hipótesis públicas.

Cada política es un experimento social que debe poder evaluarse y revisarse.

3. Desconfía de las soluciones únicas para problemas complejos.

Los sistemas humanos no responden como máquinas simples.

4. La anécdota conmueve; la estadística orienta.

El caso particular abre el debate, pero no puede cerrar la decisión.

5. Toda medida debe prever sus efectos secundarios.

En política, las consecuencias no intencionadas son la regla, no la excepción.

6. Cambiar de opinión ante nueva evidencia no es debilidad; es responsabilidad epistemológica.

7. No prometas certezas donde sólo hay probabilidades.

La honestidad científica comienza reconociendo la incertidumbre.

8. La complejidad no excusa la opacidad.

Explicar con claridad es parte del deber democrático.

9. Ninguna narrativa política debe contradecir lo que sabemos de economía, psicología social o biología humana sin ofrecer pruebas extraordinarias.

10. La autoridad moral no nace del cargo, sino de la disposición a someterse a la crítica y al error.

Cabaleiro 31

(Para José Manuel Lucía Megías)

La gran literatura constituye una tradición viva… una continuidad de la conciencia. Leer a Cervantes, Lope o fray Luis es tan real como hablar con un amigo. Un clásico no es un objeto erudito, ni seco polvo de tesis doctoral, más bien es ese colega del bar que te desmonta los argumentos con una sonrisa irónica. Los escritores del pasado se vuelven contemporáneos nuestros. Leer a Cervantes es algo parecido a sentarse con un viejo conocido y discutir sobre el mundo, sobre el borroso tema de la vida.

El lector fiel no acumula libros: acumula amistades diferidas en el tiempo. Algunos autores se sientan contigo como maestros; otros como compañeros de mesa. Y hay días —lo sé bien— en que Cervantes o Montaigne escuchan más que cualquier vivo. Abrir un libro antiguo es como encontrarse con un viejo amigo cuya conversación nunca se agota. Los autores del pasado nos hablan sin el batiburrillo de esa cotidianidad, a menudo miserable. Hay en ellos una familiaridad suave, íntima.

Cervantes: un amigo que comprende y perdona.

NOTA BENE: Muchas gracias por sus investigaciones, profesor.