Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Una inmigración rápida y numerosa puede producir fracturas simbólicas si los recién llegados no comparten lengua, costumbres básicas o instituciones. Mi preocupación no es solo económica, sino civilizatoria: temo que el consenso cívico se vuelva frágil cuando desaparecen referencias comunes.
Cuando la inmigración se concibe únicamente como un derecho abstracto y no como una relación recíproca de pertenencia, se debilita el vínculo emocional con el territorio. Mi idea central: sin lealtades compartidas, la política se vuelve pura administración.
La diversidad puede enriquecer, pero también advirtamos que una sociedad puede perder capacidad de integración si se multiplican comunidades cerradas que no interactúan.
Las comunidades políticas tienen cierto derecho a decidir quién entra, porque esa decisión forma parte de su autogobierno colectivo. Para mí, la justicia exige equilibrar la obligación moral hacia el extranjero con la responsabilidad hacia los miembros existentes.
A veces son peligrosas las emociones nobles. Las buenas intenciones pueden terminar en resultados injustos si no se consideran las consecuencias reales sobre las clases trabajadoras, la vivienda o la cohesión social.
***
Popper, el caso de un liberal no necesariamente anti-inmigración.
Popper veía el nacionalismo cerrado y el “tribalismo” como regresiones históricas. Para él, una sociedad abierta debía permitir el movimiento de ideas, personas y críticas. Desde esta perspectiva, la inmigración no es una amenaza en sí misma, sino una consecuencia natural de un mundo libre. Proponía evitar soluciones ideológicas totales (ni apertura absoluta ni cierre total), sino evaluar efectos reales en empleo, convivencia, instituciones, y corregir tales efectos sin dogmatismos.
Edmund Wilson, si no yerro, vio la literatura como el registro más sensible de la vida interior de una época. Las grandes obras revelan las tensiones, heridas y conflictos que una sociedad no sabe formular directamente. El Sr. Gracia no percibe nada de ello, y ve la novela como una suerte de «decreto omnibus» o batiburrillo sin ton ni son.
Lionel Trilling arguye que la diferencia entre Dreiser y James «es la sempiterna creencia americana de que existe una oposición entre la realidad y la mente, y de que se debe tomar partido por la realidad». El señor crítico afirma que Uclés toma partido por una realidad kitsch.
Permítanme una muy molesta erudición. Leemos en «De lectoris iudicio», del Pseudo-Seneca: «In litteris assensio mentis idem non est ac consensus animi. Saepe enim delectamur non quia vera probamus, sed quia vim aut gratiam ingenii sentimus. Potest oratio animum mulcere, etiam si sententia displiceat; movet nos vigor dicentis, non semper rectitudo dictorum. Ita fit ut lector laetetur constantia atque ardore mentis alienae, quamquam nec consilia eius nec exitus probet. Aliud est intellegere, aliud approbare; aliud admiratione capi, aliud fide teneri», es decir, «En literatura, el asentimiento intelectual no es lo mismo que estar de acuerdo. La literatura puede producirnos placer sin necesidad de que estemos de acuerdo con su contenido, debido a que reaccionamos favorablemente ante la fuerza o la gracia de una mente, sin reconocer la bondad de sus intenciones o conclusiones. Podemos sentir placer ante la fuerza de convicción de una mente, sin necesidad de juzgar la corrección o adaptabilidad de lo que dice».
El señor crítico reaccionó hostilmente ante lo que se infiere -y disculpen- la hipotética poquedad de la mente del Sr. Uclés ¿Acertó?
(Juan Malpartida, «El mundo como ensayo», Acantilado)
Este tipo de libros son muy apetitosos, y de lectura ondoyant, como afirmó Montaigne que era la vida misma. A sumar a una tradición donde encontramos la Athenae Oxonienses de Anthony Wood, o la Bibliotheca de Focio I de Constantinopla. Incluso la Varia Historia de Claudio Eliano, un popurrí o miscelánea de ensayos breves, citas, anécdotas curiosidades…Algo ligeramente erudito, entretenido y compilatorio. Como lo fue el Banquete de los Eruditos de Ateneo de Naucratis. Cité ex profeso libros algo recónditos -les recomiendo Quiddities del filósofo Quine-, pero excelentes, como sin duda lo es el de Malpartida, un autor que siempre representa una apuesta segura.
Ese cine y ese humor eran acordes a muchos deseos. Una verdad de cuatro polvos por noche. De lumis y rallitas. A veces pienso -probablemente de modo equivocado- que Esteso y Pajares custodiaron la represión y humillación social española.
Lo popular, directo, pensado para un público que quería reír y olvidar la solemnidad política. A mi juicio, ahí empezó un mercado ansioso de estímulos rápidos, la modernidad del usar y tirar. Donde Bergman interroga el rostro, Ozores persigue la risa fácil: dos modos de combatir el aterrador silencio.
Esteso tenía una torpeza inocente y una energía casi callejera que convertían cada escena en un pequeño caos organizado. Su comicidad no nace de la distancia, sino de la cercanía con lo cotidiano. Conecta con una tradición española que va del sainete al esperpento.
Decir lo que socialmente debe callarse representa un gran mérito. D.E.P
El corrector —si es diligente— devuelve al libro la claridad que el entusiasmo había oscurecido. Un error tipográfico es una pequeña mentira repetida miles de veces. El libro tiende al caos si nadie lo vigila.
«Nada hay más ingrato que el ojo del corrector: ve lo que nadie quiere ver. Mientras el autor sueña con personajes, otro hombre —anónimo y paciente— retira las piedras del camino para que la lectura parezca natural», Galdós.
Aquí todo el mundo habla, y nadie escucha; cada cual trae su discurso preparado y lo arroja sobre la mesa como quien descarga un fardo. No se discurre para saber, sino para lucirse; no se conversa para entender, sino para vencer. Y así se llena la ciudad de voces que resuenan mucho y significan poco. Lo anterior es de Larra. Y lo que sigue de Gracián: Hay hombres que viven de decir, no de pensar; derraman voces como quien esparce arena. Mucho ruido hacen en la plaza, y poco fruto dejan en la memoria. El discreto habla poco y pesa cada palabra; el necio, en cambio, convierte la conversación en feria.
Está claro: el ingenio se degrada cuando la conversación se transforma en competencia por la última palabra. Tertulianos. Trompetas del aire: suenan mucho y están vacías.
«Las instituciones libres no bastan por sí solas para mantener viva la libertad si las costumbres dejan de sostenerlas. Cuando los ciudadanos ya no discuten entre sí con independencia, las asambleas representativas conservan su forma exterior, pero pierden su espíritu. Entonces la ley se convierte en la expresión de una fuerza momentánea y no en el fruto de una reflexión común».
«El individualismo dispone a cada ciudadano a aislarse de la masa de sus semejantes y a retirarse con su familia y sus amigos; después de haber creado para sí una pequeña sociedad a su gusto, abandona de buen grado la gran sociedad a sí misma».
«Veo una multitud innumerable de hombres semejantes e iguales que giran sin descanso sobre sí mismos para procurarse pequeños y vulgares placeres… Por encima de ellos se eleva un poder inmenso y tutelar que se encarga de asegurar sus goces y vigilar su suerte. Este poder es absoluto, minucioso, regular y benigno; se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, al contrario, busca fijarlos irrevocablemente en la infancia».
«Cuanto más iguales se vuelven las condiciones, menos soportan los hombres la contradicción. Cada uno cree poseer la verdad completa, y la mayoría, al sentirse investida de autoridad moral, impone silencio antes incluso de que el razonamiento haya comenzado».
(A propósito de la idea de Sánchez de prohibir las redes sociales a menores de 16 años)
Desde John Stuart Mill en adelante, el daño debe ser directo, claro y no evitable por medios menos intrusivos. Aquí entran la educación digital, el control parental, la regulación de plataformas, la alfabetización mediática, la responsabilidad civil, etc. Desconfío del estado-pastor que infantiliza. La medida de Sánchez traslada la responsabilidad de padres y educadores al BOE, y, además, produce sujetos obedientes, no sujetos críticos. Que algo comporte riesgos no lo convierte en prohibible. ¿Qué será lo siguiente? Leer panfletos, ver pornografía blanda, exponerse a propaganda política o a estupideces virales ¿Cómo defender la razón sin traicionar la libertad? La mayoría concluimos: con más razón, no con más prohibición. Una sociedad libre acepta riesgos porque confía más en la educación que en la prohibición.
Popper, cuando propuso la iliberal medida de prohibir la televisión por sus contenidos nocivos para los menores, y Sánchez, coinciden en algo: los medios masivos modelan conciencias y la exposición temprana puede ser intelectualmente deformante. Hasta aquí, un liberal serio puede asentir. Pero las redes sociales, en cambio, y a diferencia de la televisión, son interactivas (aunque caóticas), plurales en emisores, potencialmente creativas, no solo receptivas. Aplicar el mismo criterio es analógicamente torpe. Si prohibimos eso, ¿qué será lo próximo? Pasado mañana libros “problemáticos”, prensa sensacionalista, canales de YouTube, podcasts “tóxicos”. La pendiente resbaladiza asoma.
Prohibir redes es tratar el síntoma, no la enfermedad: una sociedad con bajo nivel crítico y educativo. Las prohibiciones tecnológicas amplias generan hipocresía normativa (todo el mundo sabe que se incumple), normalización del fraude (edades falsas, cuentas paralelas, VPN) Como liberal temo estas leyes porque debilitan el respeto general a la ley. Cuando la norma es irrealista, se vuelve cínica.
La idea de que el Estado no debe meterse en nuestras conciencias, en la educación íntima o en la vida privada tiene una larga tradición liberal y también republicana clásica. No nace como una defensa del egoísmo, sino como un intento de proteger la esfera interior del individuo frente al poder político. Sin entrar en valoración partidista, el debate gira alrededor de tres preguntas filosóficas: ¿Es una medida de protección o de tutela moral? ¿Sustituye la responsabilidad de padres y educadores por la del Estado? ¿Puede el poder político decidir qué formas de sociabilidad son legítimas? Hay argumentos a favor (protección frente a algoritmos adictivos), pero desde la crítica liberal sostenemos que cuando el Estado define el entorno mental aceptable para los menores, empieza a intervenir indirectamente en la conciencia futura de los ciudadanos.
«La única finalidad que justifica que la humanidad interfiera en la libertad de acción de cualquiera de sus miembros es la autoprotección. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano. Un gobierno que pretende moldear la conciencia o dirigir la educación moral de las familias no protege la libertad: la reemplaza por una tutela perpetua. Allí donde la costumbre política decide cómo debe vivirse la vida privada, la individualidad se marchita como planta sin aire». J.S. Mill en «Sobre la libertad».
«No imagino un tirano que encadene a los ciudadanos con hierro; imagino un poder inmenso y tutelar que se encarga de asegurar sus placeres y regular sus destinos. No rompe voluntades, las ablanda. No manda pensar, pero evita que se piense demasiado lejos. El ciudadano se convierte en un niño perpetuo, y el Estado en un pedagogo universal que decide qué debe temer, qué debe leer y qué debe desear», Tocqueville en «La democracia en América.»
«La libertad consiste en un espacio donde otros —incluido el Estado— no interfieren. Cuando el poder político afirma saber qué vida es mejor para nosotros, la libertad se transforma en obediencia ilustrada. Puede que la intención sea benévola, pero el resultado es una reducción progresiva de la diversidad humana, pues cada intervención moral tiende a uniformar lo que antes era plural», I. Berlin.
«Un gobierno que comienza regulando comportamientos por razones sociales termina justificando la planificación de la vida misma. No es necesario que exista una tiranía abierta: basta con la convicción de que una autoridad central puede decidir mejor que los individuos cómo deben vivir. Así nace la erosión lenta de la libertad personal, envuelta siempre en lenguaje protector», Hayek.
Boswell, en «Vida de Samuel Johnson», nos narra: “Cuando Johnson tomaba el libro y se ajustaba las gafas, el mundo quedaba excluido. No eran un adorno ni una debilidad: eran su armadura. Decía que leer sin ver con precisión era como pensar sin distinguir conceptos: una forma de pereza disfrazada de valentía”.
Se me rompió la montura de mis gafas de cerca. Sin ellas, las palabras son manchas; con ellas, vuelven a ser voces. Hay días en que la cabeza está viva pero los ojos no la siguen, y entonces las gafas se convierten en el delicado puente entre el pensamiento y la página.
¿Gafas? El lector que necesita gafas ha leído mucho: ha gastado los ojos en signos. Son, en cierto modo, una condecoración silenciosa. Las gafas recuerdan que leer no es un acto natural, sino una conquista frágil.
“Una superchería intelectual consiste en utilizar conceptos científicos —a menudo de manera vaga, metafórica o directamente errónea— con el único fin de conferir autoridad a un discurso que carece de contenido empírico o rigor lógico. El abuso del vocabulario científico no es un error inocente: es una estrategia retórica destinada a intimidar al lector y a inhibir la crítica”.
“Cuando términos como ‘teoría del caos’, ‘relatividad’, ‘topología’ o ‘mecánica cuántica’ se emplean sin definición ni conexión con resultados verificables, dejan de ser conceptos científicos y se convierten en ornamentos ideológicos. No estamos ante interdisciplinariedad, sino ante impostura”.
“La confusión deliberada entre metáfora literaria y afirmación factual es uno de los rasgos distintivos de la superchería: el autor se reserva siempre una salida retórica. Si se le exige precisión, responde que hablaba ‘poéticamente’; si se le critica por vaguedad, invoca la ‘complejidad’”.
Mario Bunge
“Las pseudociencias y las supercherías científicas no se caracterizan por afirmar cosas falsas —la ciencia también se equivoca—, sino por carecer de mecanismos internos de corrección. Allí donde no hay posibilidad de refutación ni voluntad de revisión, no hay conocimiento, sino simulacro”.
“El lenguaje oscuro no es profundidad: es a menudo una coartada. Quien no puede explicar con claridad qué afirma, cómo lo sabe y qué contaría en contra de su tesis, no está haciendo ciencia, sino propaganda intelectual”.
“Las supercherías prosperan en ambientes donde se confunde tolerancia con indiferencia epistemológica. Respetar a las personas no implica respetar ideas mal fundamentadas”.
Jesús Mosterín
“Una creencia que se blinda contra la evidencia deja de ser una hipótesis y se convierte en dogma. Muchas supercherías contemporáneas se presentan con ropaje científico, pero rehúyen sistemáticamente cualquier contraste empírico serio”.
“Invocar la ciencia sin aceptar sus reglas es como apelar a la ley sin admitir tribunales. El prestigio simbólico de la ciencia se usa entonces como capital retórico para vender convicciones previas”.
“No hay obligación moral de respetar creencias infundadas. La única obligación intelectual es ajustar el grado de creencia al grado de evidencia disponible”.
Richard Feynman
“El primer principio es no engañarse a uno mismo —y uno mismo es la persona más fácil de engañar. La pseudociencia suele comenzar cuando se confunde el deseo de que algo sea cierto con una prueba de que lo es”.
“Si una teoría no puede fallar, tampoco puede acertar. Una idea que explica todo, en realidad no explica nada”.
Carl Sagan
“Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. La ausencia de evidencia no se compensa con entusiasmo, ni con jerga técnica, ni con testimonios personales”.
“La pseudociencia se disfraza de ciencia imitando su lenguaje, pero evita cuidadosamente sus métodos”.
Steven Pinker
“Gran parte del pensamiento confuso contemporáneo proviene de tratar metáforas sugestivas como si fueran teorías explicativas. Usar palabras científicas no convierte una intuición en conocimiento”.
***
«Nunca atribuyas a la conspiración lo que se explica perfectamente por tu estupidez», Napoleón.
La llamada ‘teoría conspirativa de la sociedad’ es la creencia de que los fenómenos sociales se explican siempre por la acción secreta de individuos poderosos y malintencionados. Esta forma de pensar es un sustituto primitivo de la explicación racional: elimina el azar, la complejidad y las consecuencias no previstas, y los reemplaza por intenciones ocultas.
El conspiranoico no entiende que muchas consecuencias sociales son el resultado de acciones humanas, pero no de designios humanos. Allí donde no hay un plan, imagina uno; donde hay fracaso, ve sabotaje; donde hay complejidad, introduce maldad.
El conspiracionista concibe la historia como un melodrama moral absoluto: nada es accidental, nada es ambiguo, nada es gradual. Todo acontecimiento debe ser explicado como resultado de una voluntad maléfica perfectamente coherente. La evidencia contraria no corrige la teoría: se integra como prueba adicional de la magnitud de la conspiración.
El rasgo distintivo del pensamiento paranoico no es la falsedad de sus afirmaciones, sino su estructura cerrada: una vez adoptado el marco conspirativo, ninguna experiencia puede refutarlo.
El conspiracionismo es una forma extrema de creencia irracional: fija convicciones allí donde la evidencia es débil o inexistente y, además, se blinda contra cualquier posible refutación. Desde el punto de vista cognitivo, no es una hipótesis, sino un dogma.
La mente conspiranoica no busca información, sino confirmación. Cada dato nuevo no se evalúa por su fuerza probatoria, sino por su utilidad narrativa dentro del relato previo.