Cyril 15

La enfermedad me robó la juventud. Mientras otros aprendían a vivir, yo aprendía a sobrevivir. El hospital sustituyó a la escuela, el miedo al futuro sustituyó a la esperanza. Desde entonces supe que mi vida no seguiría el curso previsto. El daño ya estaba hecho. Digamos que iba montado en un tren y de repente, con la fractura vital de la esquizofrenia, el tren se detuvo en una estación, yo me bajé, y me quedé ahí de por vida, mientras el tren continuaba su marcha. Quizá por eso en mis ingresos en unidades de agudos y en manicomios empatizo tanto con adolescentes y jóvenes.

Mi corte biográfico no necesariamente debe ser una imagen paradigmática y reproducible. Aunque tengas una enfermedad mental grave desde joven puedes ir recuperando hitos sociales. Hoy sabemos que el pronóstico en primeros episodios es muy variable y que intervenir pronto (acortar la “duración de psicosis no tratada”, ofrecer programas de intervención temprana, apoyo familiar, rehabilitación, etc.) se asocia a mejores resultados en muchos estudios. El “tren” a veces se detiene, sí… pero a veces vuelve a moverse, quizá por otra vía, con otros tiempos y por otras estaciones.

Permítanme una confesión: no soy infeliz por acontecimientos concretos, sino por una sensación constante de no estar preparado para vivir. La vida parece exigir de mí algo que yo no sé dar. Mi adolescencia y juventud fueron raras y melancólicas. En la juventud me sentía excesivamente expuesto. Cada gesto parecía definitivo, cada palabra un error. Vivía con la impresión de que el mundo era demasiado grande para mí y yo demasiado frágil para él. Quizá por eso elegí desaparecer un poco. Después enfermé, y desaparecí del todo.

Mi juventud fue una caída silenciosa. Nada ocurrió de manera visible, sino insidiosa, y sin embargo todo se quebró. Desde muy pronto supe que no habría para mí una vida normal. El dolor no vino después: estuvo desde el principio.

Demasiado frágil y demasiado pronto para estar expuesto al horror.

NOTA BENE: En honor de la verdad, hay vidas “no normales” que son o pueden ser vidas con forma, con amor, con obra, con amistad, con lectura, con altura. No concedamos a la normalidad social el monopolio exclusivo de lo vivible y de la dignidad.

Cyril 14

Soy naturalmente bonachón e ingenuo. Me cuesta imaginar en los otros propósitos aviesos y malévolos. El hombre bueno no se protege del todo; deja siempre una rendija abierta por donde el mundo puede herirle. Pero también por donde puede entrar, quizá, la gracia. Prefiero la vulnerabilidad a la dureza. Hay en mí una inclinación irrefrenable a excusar a los otros. A veces temo que esta disposición me destruya. Pero cuando intento lo contrario, cuando trato de endurecerme, algo se quiebra de un modo más grave. Tal vez la bondad no sea una virtud, sino una forma de respiración existencial: si la contengo, me ahogo.

Puede que sea debilidad o pudor del alma. O cobardía. No sé. Hay suficiente odio en el mundo. No deseo añadirle ni un átomo más. Dicen que el bueno es idiota. Creo que lo que es idiota e incomprensible es la crueldad. Permítanme tomar como argumento de autoridad a mi maestro Cervantes: «Más vale pecar por sencillo que por malicioso. Que la bondad, aunque burlada, deja al hombre en mejor lugar que la sagacidad torcida, que al fin se vuelve contra quien la ejerce. No hay locura mayor que desconfiar de todos, ni cordura más rara que obrar bien cuando el mundo invita a lo contrario». Hay una idea muy extendida —y muy pobre— según la cual la bondad sería una forma de déficit: déficit de astucia, de inteligencia estratégica, de malicia. Prefiero actuar con escrúpulos y tener bien alerta mis remordimientos. Conocí a un compañero de manicomio que se defendía de aquel horror solo con la bondad. Verlo actuar era un espectáculo. Ese muchacho había encontrado —quizá de forma intuitiva, quizá desesperada— una estrategia de supervivencia espiritual: oponer bondad al horror, no como ingenuidad, sino como único espacio inviolable. Allí donde todo te es arrebatado (control, prestigio, libertad, relato), la bondad se convierte en el último gesto soberano. Esa es mi ideología.

Cyril 13

Hoy estuve de tertulia con Pura, Lamas, Carlos, Cándido y Moncho. Nos reunimos en la Plaza Mayor, lugar al que llegué desde la Plaza San Lázaro (un recorrido muy hermoso, con piedras color de tortuga) Llovía. Llovía pausadamente, iluminando los helechos verdes en el prado y empapando la ciudad con su germinar de luz opaca.

Hay amistades que se parecen a una habitación cerrada, pero habitada: uno no entra en ella todos los días, pero sabe que alguien respira allí. El amigo verdadero no es aquel que nos distrae de nosotros mismos, sino el que nos devuelve a nuestro centro. A veces basta saber que existe para que la vida no se vuelva del todo inhabitable. Virginia Woolf: «La amistad es ese extraño acuerdo por el cual dos conciencias aceptan no invadirse. Los amigos no se explican; se reconocen. Hay en la amistad una ligereza que el amor no conoce, una libertad que permite a cada uno seguir siendo una isla sin dejar de pertenecer a un archipiélago».

La amistad verdadera no es expansiva. Es discreta, casi invisible. No se exhibe, no se proclama. Es una forma de pudor del corazón. Cuanto más profunda es, menos ruido hace.

También regalé mis tres últimos libros a Isabel. Algo más que una amiga, una cuidadora del corazón, al menos durante mucho tiempo. El miércoles que viene vendrá Lorena a casa. También le regalaré y dedicaré los libros.

Y, ya que hablamos de la amistad, la cita inexcusable es Montaigne. Léanlo con suma atención: «Si se me preguntara por qué amaba a mi amigo, sentiría que sólo puedo responder: porque era él; porque era yo. Nuestra unión no tenía otro fundamento que ella misma. No era una amistad común ni moderada, sino una mezcla de nuestras almas que borraba la costura que las había unido. En las amistades ordinarias hay contratos, intereses, intercambios; en la verdadera amistad no hay nada que intercambiar, porque todo se ha dado ya. No se entra en ella con reservas. Se entrega uno entero. Y así como el amor se explica por el deseo, la amistad se explica por la virtud».

Cyril 12

Me he pasado la vida -demasiadas veces- insultando a la vida, pero nunca dejé de aferrarme a ella. Incluso en la enfermedad, incluso en el asco, hay algo que me obliga a continuar: una frase, un color de una palabra, una música, una conversación, una mañana que todavía no ha sido arruinada. Elijo la vida por esta lluvia gallega que cada vez me molesta menos, por Noemí y Clara (círculos que rompen el ojo oscuro del ocaso), por mis amigos tertulianos de Orense (pequeña Atenas con fuego de carbunclo) Pese a que sé que la vida es perfectamente frágil, la elijo, no inocentemente, sino conscientemente. Pese a la finitud, me gusta vivir.

Todo lo que escribo podría ser lo último. Todo libro que empiezo tiene algo de legado y testamento. Quiero vivir y escribir este maravilloso absurdo irrefutable.

Cyril 11

La angustia (acabo de tener otro ataque de angustia) se instala primero en el cuerpo, no en las ideas. Es un nudo en el pecho, una presión constante que no se alivia con razones. Puedo decirme que no hay peligro, que la adrenalina no puede mantenerse indefinidamente, que nada terrible va a ocurrir, y aun así el cuerpo persiste en su alarma. Es como si una parte primitiva de mí hubiera decidido no creer a la parte razonable. Entonces comprendo que pensar no basta; hay que esperar a que el cuerpo aprenda de nuevo a confiar. Esperar con estoicismo. Ya pasó. Queda ahora una débil nube de ansiedad en el pecho como una caja hueca y un ligero mareo.

He aprendido que la mente puede enfermar como el cuerpo, y que no hay vergüenza en ello. Ninguna vergüenza. Lo difícil no es aceptar la enfermedad, sino convivir con la conciencia de su posibilidad. Vivir, para algunos de nosotros, es mantener un equilibrio delicado entre la lucidez y el estado morboso. Pero una vida amortiguada, plana, sin temblores, sin picos y mesetas, me parece más terrible todavía.

Cyril 10

Por eso amaba más que a nada a poetas locos y a todos sus sucesores, en general la literatura psicopática, porque es la literatura realmente mortal, pero también amaba a los deprimentes bohemios pobres.

Con el mayor placer y el mayor ahínco leía obras de medicina y psiquiatría, una y otra vez, y sus pasos lo llevaban a los hospitales de enfermos e incurables, a los asilos de ancianos y las salas mortuorias. Y si no iba a los hospitales de enfermos, porque no le era posible, leía obras o libros sobre enfermos y sobre enfermedades, y libros u obras sobre incurables.

El lenguaje es una herida indecente. La claridad llega por extenuación. El espasmo, el temblor, el odio, el miedo, habitan el lenguaje. No quiero un cuerpo tranquilo y curado. Quiero mi enfermedad en un asilo de locos, mi cuerpo amortajado donde abrevan las moscas.

Cyril 9

INFORME CLÍNICO – SÍNTESIS PSICOLÓGICA Y PSIQUIÁTRICA

Sujeto evaluado: Christian Sanz Gómez

Edad: adulta

Contexto: evaluación longitudinal a partir de observación narrativa, autorregistro reflexivo y diálogo continuado.

1. Estructura intelectual y estilo cognitivo

El sujeto presenta una capacidad intelectual claramente elevada, con predominio del pensamiento verbal, abstracto, simbólico y analítico, y una marcada inclinación hacia sistemas complejos de ideas. Su mente no opera de forma fragmentaria ni intuitiva en sentido laxo, sino mediante configuraciones conceptuales amplias, jerarquizadas y con alto nivel de articulación interna.

Muestra un placer cognitivo genuino en la actividad intelectual: la lectura prolongada, lejos de producir fatiga, ejerce en él una función reguladora del tono psíquico. El pensamiento sostenido no lo desgasta, sino que lo ordena. La escritura aparece como una actividad fluida y densa, no meramente compulsiva ni automática, sino como una necesidad expresiva ligada al disfrute del pensamiento mismo. Pensar, leer y escribir constituyen en su caso no solo habilidades, sino modos de autorregulación psíquica.

Se observa una capacidad poco frecuente para la metarreflexión, es decir, para pensar sobre su propio pensamiento con precisión, ironía y distancia crítica. El sujeto no se limita a producir ideas: las examina, las desmonta y las vuelve a construir.

2. Vida emocional y sensibilidad afectiva

En el plano emocional, el sujeto se caracteriza por una alta sensibilidad afectiva, que no debe confundirse con sentimentalismo superficial. La intensidad emocional es profunda, compleja y cargada de matices, con una fuerte tendencia a la interiorización.

Existe una desorganización interna de los estímulos emocionales, especialmente bajo condiciones de estrés, ansiedad o sobrecarga. No obstante, esta sensibilidad no es caótica ni primaria: se trata de una sensibilidad reflexiva, orientada a comprender lo que se siente. El problema aparece cuando el sistema emocional entra en hiperactivación (crisis de ansiedad o pánico), momento en el cual desborda temporalmente los recursos racionales, generando vivencias de pérdida de control subjetivo.

Es importante subrayar que esta pérdida de control es vivida con angustia precisamente porque el sujeto está habituado a un alto grado de control cognitivo y lucidez. No hay indiferencia ante el síntoma, sino sufrimiento consciente.

3. Insight, delirio y organización del pensamiento bajo estrés

El sujeto presenta un nivel de insight notablemente conservado, incluso en contextos de ideación delirante elaborada. Aun cuando ha construido sistemas interpretativos complejos, mantiene —al menos de forma intermitente— la capacidad de cuestionarlos, analizarlos introspectivamente y reconocer su carácter patológico.

El funcionamiento delirante no es caótico, mágico ni primitivo. Por el contrario, se trata de un delirio hiperracional, altamente estructurado, coherente consigo mismo y compatible con una inteligencia formal intacta. Bajo estrés máximo, la mente del sujeto no se fragmenta, sino que sistematiza en exceso, buscando orden, causalidad y significado donde el sistema emocional ha colapsado.

Este rasgo explica tanto la sofisticación de las construcciones delirantes como la posterior capacidad de desmontarlas con lucidez crítica una vez disminuye la activación afectiva.

4. Necesidad de significación, grandiosidad y duelo posterior

Se observa una necesidad intensa de significación personal: deseo de ser alguien relevante, valioso, intelectualmente o artísticamente importante. Esta necesidad no surge de una vanidad banal, sino de una estructura identitaria profundamente ligada al sentido, a la obra y a la trascendencia simbólica.

Durante las fases delirantes, esta necesidad puede cristalizar en una centralidad excesiva del yo, con vivencias de excepcionalidad o de papel crucial. Sin embargo, incluso en estos estados, coexiste una lucidez crítica latente que impide la cristalización plena de una grandiosidad rígida.

Tras la remisión del episodio, aparece de forma característica un duelo emocional: tristeza, vergüenza retrospectiva y sensación de tiempo perdido. Este fenómeno no indica pobreza afectiva, sino todo lo contrario: una conciencia ética y temporal muy desarrollada, que evalúa con dureza lo vivido.

5. Organización moral y rasgos de personalidad

Desde el punto de vista de la personalidad, el sujeto muestra una brújula moral clara y estable. Valora la bondad, la honestidad y la decencia incluso por encima de la inteligencia. No se observan rasgos de cinismo, crueldad, manipulación ni indiferencia ética.

La autocrítica es intensa, a veces excesiva, pero está orientada a la exigencia moral consigo mismo, no al desprecio de los demás. La dureza interna no se traduce en maltrato externo.

Existe una coherencia ética sólida, que actúa como factor de estabilidad incluso en momentos de vulnerabilidad psíquica.

6. Factores protectores y recursos psicológicos

Se identifican múltiples factores protectores:

Amor profundo y sostenido por la lectura y la escritura.

Capacidad de disfrute intelectual como fuente de placer no autodestructivo.

Conservación de la capacidad de pedir ayuda cuando el sufrimiento supera los recursos personales.

Presencia de un sentido del humor fino e irónico, que se mantiene incluso en situaciones difíciles y actúa como mecanismo de descompresión psíquica.

Alta capacidad de simbolización, que permite transformar la experiencia en lenguaje y relato.

7. Vulnerabilidades persistentes

Se señalan como áreas de vulnerabilidad:

Tendencia a la rumiación nocturna, especialmente en estados de fatiga.

Autoexigencia elevada y, en ocasiones, desproporcionada.

Identificación excesiva con el pensamiento como núcleo del yo.

Vergüenza retrospectiva tras los episodios agudos, con riesgo de autoinculpación.

Estas vulnerabilidades no contradicen la inteligencia, la cultura ni la lucidez del sujeto, sino que coexisten con ellas. No hay paradoja entre sufrimiento psíquico y alta capacidad intelectual: ambos forman parte de una misma estructura compleja.

8. Síntesis final

El sujeto vive con una vulnerabilidad psíquica real, pero también con recursos intelectuales, éticos y simbólicos excepcionales. Su caso no es el de una mente desorganizada, sino el de una mente excesivamente organizada bajo presión, que paga el precio de su profundidad con episodios de desbordamiento emocional.

No existe contradicción entre su lucidez, su cultura, su inteligencia y su sufrimiento. Antes bien, el sufrimiento aparece como el reverso de una vida psíquica intensa, reflexiva y exigente.

Cyril 8

Hoy ocurrió algo extraordinario. He oído hablar, no ladrar, subrayémoslo, a mi perra Ita. Sí, hablar. Y hablaba con mucha sensatez. Al principio me asombré, pero luego comprendí que no tiene nada de particular. Los perros saben muchas cosas, simplemente no las dicen por los canales habituales.

Sépanlo: he tenido dos vidas. La una fue clara, razonable, sometida a las leyes comunes. Una vida de ejecutivo y entendedor de ideas matemáticas. Vida de don nadie. La otra se abrió como un abismo lleno de colores, de voces que me hablaban en símbolos. No puedo decir cuál de las dos fue la verdadera. Acaso la segunda se rodeó a menudo de angustia.

Hoy es un día de gran triunfo. España tiene rey. Al fin ha sido hallado. Yo soy ese rey. Lo he descubierto hoy mismo. Confieso que al principio me pareció extraño, pero después comprendí que no podía ser de otro modo ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Todo concuerda ahora. Desde hace tiempo notaba en mí una disposición especial. No me parecía adecuado ocupar un puesto inferior. Me observaban con atención. Ahora comprendo por qué. Me estaban preparando. Soy Christian I, rey de España. Prometo cumplir mi deber.

Sé lo que piensan. Creen que he perdido la razón. No saben que he ganado otra. Mi pensamiento ya no se mueve en línea recta, sino en círculos amplios, como los astros. A veces callo durante meses porque no quiero empobrecer lo exuberante que veo poniéndolo en palabras. Hoy decido escribir. El rey de España les habla. Sean estas las primeras palabras que dirijo a mi pueblo.

Cyril 7

Nogueira, donde vivo, es una aldea pobre y mística, hundida en un valle de brezos y de robles, donde la lluvia parece no amainar. Las campanas llaman a misa con un tañido humilde, y los aldeanos, de rostro curtido y manos deformes, avanzan como una procesión de penitentes. Nogueira vive bajo un cielo bajo y pesado, como si la bóveda del mundo descendiese a aplastarla. Las casas, negras de humo y de siglos, se apiñan alrededor de la iglesia, que es a la vez refugio y amenaza. La aldea duerme encogida bajo la luna, con el silencio antiguo de las cosas que no esperan nada. Los pazos señoriales alzan sus torres como rezos de piedra, y las corredoiras, blancas de luna, se enroscan entre los maizales como sierpes. En el atrio de las iglesia, las cruces parecen guardar un secreto más viejo que la fe, y los perros, tendidos junto a los hórreos, ladran a las ánimas que pasan. Todo es pobreza resignada, fiereza oscura y una religiosidad hecha de resignación ancestral.

Las aldeas gallegas se adormecen entre montes húmedos, envueltas en una melancolía musical. Las casas tienen olor a leña mojada y a establo, y en las cocinas arde un fuego lento, como la vida de quienes las habitan. Todo parece viejo, resignado y lleno de una nobleza triste. Los caminos no conducen a ninguna parte, sino que regresan siempre al mismo punto, como los pensamientos de sus habitantes, presos de la memoria y del pasado.

Aquí moriré.

Cyril 6

Sobre el trampantojo «Julio Iglesias» acuden a mi mente dos escolios ferozmente lúcidos de Nicolás Gómez Dávila:

«La prensa moderna no informa: excita. No educa: agita. No esclarece: aturde. El ciudadano cree opinar, pero solo reacciona. El escándalo es el método pedagógico de una sociedad que ha renunciado al pensamiento».

«La noticia sensacional no encubre la realidad: la reemplaza».

No es que estemos mal informados, es que estamos sobreinformados de lo irrelevante. El escándalo sustituye al argumento, y la emoción sustituye al juicio. Así se destruye el espacio donde podría formarse una opinión responsable. Muy pertinente Byung-Chul Han: «La sociedad de la transparencia no es una sociedad de la verdad, sino de la exposición. El escándalo no revela nada: consume atención».

Abunda lo trivial, el entretenimiento morboso, se silencia lo importante y se decide que solo existe en la conciencia pública la mierda.

***

En las democracias avanzadas, la conversación pública tiende a nivelarse hacia lo inmediatamente accesible. No se prohíbe lo elevado, pero se lo rodea de tal indiferencia que acaba por desaparecer. El espíritu se acostumbra a lo fácil, y lo difícil empieza a parecer indecente. La vulgaridad moderna no consiste en que se diga lo bajo, sino en que solo se diga lo bajo. La conversación pública se ha convertido en una letrina iluminada: limpia, visible, pero destinada a excrementos. Y, además, una cultura que se alimenta de chismes públicos pierde el sentido de lo privado y, con él, el sentido de lo sagrado. No todo merece ser dicho, ni todo merece atención. Cuando esa distinción se pierde, la conversación se convierte en ruido y excrecencia moral. No todo merece ocupar nuestra conciencia. El pitañoso Julio Iglesias no puede colonizar mi mente. El barro mediático que rodea su caso tampoco.

Estas son las últimas y únicas palabras que le dedico. No tolero más porquerías ni en mi mente ni en mi vida.