Tu quoque 35

La ficha bibliográfica precisa es:

NOSTRADAMUS, Michael (Michel de Nostredame)

«Centuriae Sonorum Ultimorum. Additamentum apocryphum de clade aurium et lumborum», Lugduni: Apud Guillelmum Rouillium, excudebat Stephanus Servatius, Anno MDLXXII.

mayor (19 × 12 cm). [12], 88 pp. Papel verjurado, filigrana “luna creciente con cruz”. Letra itálica humanística; títulos en romana.

Grabados xilográficos toscos representando danzantes deformes y tambores monstruosos. Encuadernación en pergamino rígido, nervios marcados, restos de escritura notarial en las guardas.

Obra ausente de las ediciones canónicas de las Centurias, pero citada con por Jean-Aimé de Chavigny en una nota marginal manuscrita (BNF, ms. lat. 8663): “Suspectum opus, sed stylus non alienus”.

Rarísima: se conocen dos ejemplares (Bibliothèque Mazarine, incompleto; colección privada italiana, con faltas)

***

Centuria XI, Cuarteta XIII

Post cantus mollis et lyram bene doctam,
Veniet pulsus obscenus ex umbilico.
Verba cadent infra, mens tota subducta,
Et saltans turba vocabitur ars et iudicium.

In plagis calidis regnabit sonus vilis,
Iteratus, fractus, lumbos excitans.
Non audient sensum, sed motum tantum,
Et finis mundi fiet per rhythmum bassum.

«Tras el canto suave y la lira bien instruida,
vendrá un golpe obsceno que nace del ombligo.
Las palabras caerán abajo, la mente será retirada,
y la muchedumbre que salta llamará a eso arte y juicio.

En las tierras cálidas reinará un sonido vil,
repetido, quebrado, excitador de lomos.
No oirán el sentido, sino solo el movimiento,
y el fin del mundo llegará por el ritmo grave».

Profecía indubitable del advenimiento del reguetón. No fue el Apocalipsis de fuego ni de hierro, sino el de Bad Bunny en su gira mundial.

Tu quoque 34

«Leer biografías es uno de los placeres más complejos que ofrece la literatura. En ellas buscamos algo que no se encuentra ni en la ficción pura ni en la historia estricta: el contacto con una vida real sometida a las presiones de la forma. Leemos biografías no solo para saber qué hicieron los grandes escritores, sino para comprender cómo soportaron el peso de su propia conciencia, cómo sobrevivieron a sus días vacíos, a sus dudas, a su trabajo. Una buena biografía nos da la sensación de haber vivido otra vida sin abandonar la nuestra», Virginia Woolf.

«Siempre he preferido las biografías a las novelas. Tal vez porque en ellas hay una modestia esencial: el autor no inventa un destino, lo recibe. Cuando leo una autobiografía de escritor -Johnson, De Quincey, Chesterton- siento que estoy leyendo la novela más honesta posible: la de una inteligencia enfrentada a su tiempo. Las biografías me parecen un género secreto, una forma oblicua de literatura fantástica donde lo increíble es verdadero», Borges.

«No leo memorias para encontrar anécdotas, sino para sorprender el momento en que un espíritu se traiciona. En las autobiografías de escritores hay páginas en las que el yo se desnuda involuntariamente, y ese desliz vale más que mil ficciones. Leer la vida de un escritor es como escucharle hablar cuando cree estar solo. Es un placer delicado, casi culpable, pero profundamente revelador», Proust.

«He sentido siempre una inclinación casi voluptuosa por las biografías. En ellas el espíritu humano se muestra en combate consigo mismo. Cuando leo la vida de un escritor, no busco su gloria, sino sus vacilaciones, sus derrotas, sus horas estériles. Nada me ha enseñado más sobre la condición humana que esas confesiones indirectas, esas verdades dichas a medias que solo una vida narrada puede ofrecer», Stefan Zweig.

«Las autobiografías de escritores son, para mí, un género indispensable. No porque expliquen la obra -casi nunca lo hacen- sino porque muestran el precio que se paga por una sensibilidad extrema. Leerlas es una forma de educación moral: enseñan hasta qué punto la inteligencia puede ser una carga y la lucidez, una herida», Susan Sontag.

«Siempre he leído con particular interés las memorias de otros escritores. Me importa menos lo que escribieron que la clase de vida que les permitió escribirlo. Las autobiografías revelan las condiciones materiales, los miedos y las pequeñas miserias que rara vez aparecen en los libros. Son un antídoto contra la mitificación literaria», Orwell.

«Las biografías son uno de los géneros que leo con mayor delectación. No por curiosidad indiscreta, sino porque en ellas se hace visible el drama radical de toda existencia: tener que ser algo determinado sin haberlo elegido. La vida de un escritor, cuando está bien contada, es una lección de filosofía concreta. Se comprende mejor un pensamiento cuando se ve el suelo vital que lo sostiene. Por eso he creído siempre que una cultura madura necesita buenas biografías», Ortega y Gasset.

«Las memorias de escritores me interesan más que sus novelas, porque en ellas aparece el estilo sin coartadas. El yo se escribe a sí mismo como puede, y ahí se ve el verdadero pulso literario. He leído autobiografías con el mismo placer con que otros leen poesía: buscando una voz, un tono, una respiración», Umbral.

«Las memorias ajenas son una de mis lecturas favoritas. Me gusta ver cómo otros escritores se recuerdan, cómo reconstruyen su pasado, cómo se equivocan incluso al hacerlo. Las autobiografías son siempre libros involuntarios: dicen más de lo que quieren decir. Por eso son tan valiosas», Andrés Trapiello.

Tu quoque 33

Disfruto de un poema cuando cada palabra parece inevitable, necesaria como el aire respirado; cuando no puede ser reemplazada por otra sin que toda la arquitectura se derrumbe. El placer poético es emotivo, intelectual y muscular a la vez: es el goce de una maquinaria sensitiva exacta, donde cada sílaba cumple una función, donde cada emoción eriza la médula. El verdadero poema resiste una lectura lenta y repetida.

La poesía no se escribe con la voz con la que hablamos a nuestros amigos, sino con aquella voz con la que hablamos cuando estamos solos. Un poema verdadero nace cuando una emoción encuentra su forma rítmica justa: justicia del yo íntimo.

Decía Yeats que él no escribía para expresar emociones, sino para liberarse de ellas. En el poema bien logrado se impone una forma tan estricta que la emoción queda transfigurada. Son emociones estilizadas, destiladas, talladas, cinceladas. Pero, a mi juicio, la piedra de toque de un poema sigue siendo su encantamiento emocional, su duende, su voltaje sentimental.

Coincido con Borges: «No creo en la inspiración romántica. Creo en la corrección paciente. He rehecho poemas durante años para que parezcan escritos en una tarde. El placer está en la exactitud, en llegar a una forma tan clara que parezca inevitable, como si siempre hubiera existido».

¿Cómo me surgen los poemas? Escucho. Se impone una música en mi mente que viene de no sé dónde; una música que todavía no tiene palabras. La dejo macerar, incubar dentro de mí. Luego, al escribir -al traducir esa música-, intento no estropear demasiado con mis palabras la majestuosidad de esa melodía primordial. Y disfruto cuando siento que el lenguaje del poema tocó fondo, que hizo pie.

Mi poesía es moderadamente meditativa; me gusta prolongar en ella el placer de pensar. A veces, en cambio, mis poemas son indiscretos y maleducadamente expresionistas. Me apena cuando su lenguaje se va de vacaciones, o cuando fluye y brota con sospechosa facilidad. Sé que un solo verso puede requerir años; que los poemas llegan como órdenes implacables -inútil que uno pretenda buscarlos-. Y sé también cuán arduo es el equilibrio entre tensión y reposo, entre voluptuosidad y ley.

Hablando seriamente, no soy poeta; soy apenas un diletante aprendiz de poeta.

Tu quoque 32

Soy de la generación de la televisión. Un aparato peligroso no por su contenido, que también, sino por lo que hace con el tiempo. La gente, sumándolo a ello las redes, ya no conversa, ya no discute de ideas; se siente frente a una pared parlante que no exige nada.

No odio la tecnología; odio cualquier cosa que nos impida pensar, pues lo típicamente humano es desarrollar nuestras dimensiones epistémicas. La televisión, cuando se convierte en hábito central, casi único, es una anestesia perversa del espíritu.

Yo, que nací en una familia convencional burguesa, recuerdo, en mi joven adolescencia, los programas de tertulia de Sánchez Dragó y las películas de arte y ensayo en la 2. Recuerdo a Villena y Pombo en discusiones histriónicas. Ese hoy sería rigurosa mecánica cuántica. Ahora la cultura televisiva no persuade, sino que distrae, modela, homologa, educa muy negativamente. David Foster Wallace, “E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction” (1993): «Crecí con la televisión. La televisión fue mi niñera, mi referencia cultural, mi lenguaje común. El problema no es que sea estúpida, sino que es irónicamente consciente de su propia estupidez y la utiliza como escudo. La televisión enseña a desconfiar de toda emoción sincera. Por eso resulta tan difícil escribir con honestidad en una cultura saturada de pantallas».

Borges: «Nunca he visto televisión. No la necesito. Me dicen que muestra muchas cosas interesantes, pero yo prefiero imaginarlas. Sospecho que la televisión es una forma de pereza visual. Prefiero un libro: exige más, y da más». Y Emil Cioran: «La televisión me parece una invención demoníaca por su capacidad de ocupar el tiempo sin dejar huella. Uno pasa horas frente a ella y no recuerda nada. Es el triunfo de lo insignificante elevado a sistema. Prefiero el aburrimiento: al menos el aburrimiento puede conducir al pensamiento».

«La televisión no nos informa; nos entretiene. El problema no es que la televisión nos muestre cosas falsas, sino que nos muestre todo como entretenimiento. Cuando una cultura se entrega por completo a la televisión, el discurso público se vuelve imposible», Neil Postman.

La televisión no exige atención, la simula. La caja tonta nos acostumbra a una conciencia permanentemente estimulada pero jamás comprometida. La consecuencia no es la ignorancia, sino la incapacidad de sostener una idea.

Para escribir -y para pensar- el «tempus televisivus» es tiempo tóxico.

Tu quoque 31

Las ratas siempre me produjeron una repugnancia insoportable. No porque fueran feas, sino porque eran inteligentes de una manera sucia y taimada. Detesto, sí, su inteligencia puramente instrumental, orientada únicamente a la supervivencia.

En mi infancia soñaba que se introducían en mi cuerpo mientras dormía, que me roían desde dentro, no la carne, sino los intestinos y el hígado. Ahora, en mis alucinaciones visuales, las veo poblar mi habitación con una agilidad blasfema, como si aquel lugar les perteneciera desde antes de que el hombre existiera en la tierra. Al abrir o cerrar los ojos veo ratas. Ratas. Ratas enormes, de un asqueroso color casi pardo, con ojillos vítreos y pelambre pulgosa. Ratas. Repugna la idea de su sangre caliente, de su carrera súbita saliendo de los rincones de la casa, de su gorjeo agudo en mitad de la madrugada. Saben que el mundo es una cloaca, una abyección. Lo subterráneo, lo húmedo, lo clandestino, lo viscoso, la basura. Verlas es como percibir un pensamiento indigno atravesar la conciencia. Ratas en los párkings, en las aceras, entrando en las cocinas de los restaurantes y en los baños de los asilos de ancianos.

Hay animales que se temen con la cabeza; las ratas se temen desde la piel.

Tu quoque 30

Michel de Montaigne, «Ensayos», II, “De la presunción”: «Mi memoria se debilita cada día, no de golpe ni por accidente, sino como se apagan las cosas que no se usan. Olvido nombres, fechas, citas que antes acudían solas. No me inquieta: es obra del tiempo, no de una enfermedad. La experiencia me enseña que la memoria es una facultad servil; el juicio, en cambio, puede mantenerse. Acepto esta merma como parte del curso natural de la vida, y procuro no forzarla».

Marcel Proust, «El tiempo recobrado»: «No es que hayamos olvidado de pronto; es que los recuerdos se han retirado a una zona menos accesible, como muebles desplazados a habitaciones que ya no frecuentamos. La memoria se vuelve caprichosa con los años: conserva lo inútil y pierde lo esencial. El tiempo no destruye tanto como dispersa».

Jorge Luis Borges, entrevista tardía: «He notado una disminución de la memoria, no dramática ni dolorosa. Se trata de una pérdida suave, casi cortés. Olvido nombres propios, detalles inmediatos. En compensación, ciertas imágenes antiguas se vuelven más nítidas. El tiempo no borra: selecciona».

Vladimir Nabokov, «Speak, Memory»: «Al revisar mi pasado descubro lagunas no atribuibles al daño, sino al desgaste. La memoria, como una fotografía antigua, pierde contraste. Algunos colores se apagan, otros sobreviven con una intensidad inexplicable. No es una ruina, es una edición».

Christian Sanz: «La memoria se me ha vuelto imprecisa, como un mapa mal plegado. No faltan territorios enteros, pero los bordes ya no encajan. Confundo nombres, mezclo lecturas, atribuyo ideas propias a libros, y libros a sueños. Distingo bien el delirio de la realidad -en eso he mejorado-, pero me cuesta distinguir el ayer del anteayer. La medicación ha puesto orden en el pensamiento, a costa de la memoria disponible».

Tu quoque 29

Fumo mi Ducados. El cigarrillo piensa por mí durante unos minutos.Cada cigarro es siempre el último; ahí reside su encanto. Mientras el humo sube, los problemas pierden gravedad, niegan espesura. El placer del tabaco es honesto, propio de una filosofía terrestre, sin trascendencia. Acompaña el trabajo intelectual como una herramienta modesta (una azada, un rastrillo, un sombrero de paja para protegerse del sol en la siega)

Encender un cigarrillo como poner en marcha una frase. El humo ayuda a que las ideas encuentren su eufonía, el nombre su díada exacta de adjetivos, el verbo esa animación que no entorpece. Fumar es una manera de esperar sin impaciencia, porque fumar es demorarse reflexivamente en uno mismo.

Fumar: volutas y espirales helicoidales de pureza casi matemática, como si ensayara un algebrista teorías efímeras. Rizos y curvas que tiemblan y se corrigen, que inundan -perfuman- el aire. Pétalos de heliotropo que se disuelven y en la garganta se posa el sabor argentoso de un ramo quemado de alhelí.

Fumar. El más placentero y lujoso hábito.

Tu quoque 28

Mi enfermedad no es el dolor, sino la inacción. Comprendo perfectamente lo que debería hacer la geología de la voluntad, y, sin embargo, no hago nada. La voluntad, insisto, se me presenta como una lejana hipótesis teórica. Vivo en un estado de preparación permanente, esperando una energía, un arranque, una voracidad que no aparecen. Mi conciencia se fatiga solo de moverse. Mis miembros se fatigan solo de permanecer pegados al cuerpo. Sin impulso interior, los gestos me parecen tan irrelevantes como gratuitos. Puedo analizar, acaso comprender, pero no así comprometerme.

Todo me parece igualmente inútil antes incluso de empezar. La vida se me presenta como una serie de actos ya realizados por otros, y yo solo los contemplo, sin pasión y sin ganas de participar en ellos. No me falta inteligencia para comprender, sino energía para existir. Vivo sin vibración interior, como un instrumento roto. Nada me arrastra, nada me reclama, nada me subyuga. Estoy cansado antes de haber comenzado. Deseo el sueño eterno. Y todo esfuerzo me parece desproporcionado respecto a su resultado.

Muerte en vida. Una vida sísifica que se ha vuelto un gesto repetido sin entusiasmo.

Tu quoque 27

De pronto (y varias veces al día) el horror. Siento que algo se quiebra dentro de mí. No es dolor, es peor que el dolor: una presión intolerable en el pecho, como si me faltara el aire y, al mismo tiempo, me sobrara el mundo entero. El corazón late violentamente. Y sin motivo, como si hubiera sido liberado de cualquier regla. Todo adquiere una claridad monstruosa: cada ruido, cada movimiento, cada pensamiento me atormenta. Comprendo entonces que puedo morir, no de una enfermedad, sino de una dentada de «aísthesis», de una abrumadora sensación. Y en ese mismo instante.

Miedo a lo inconcreto, a nada y a todo, a las cosas y al vacío que ocupan las cosas, miedo al hecho mismo de ser y estar, de existir aquí y ahora. Y el pensamiento no ofrece consuelo ninguno; muy al contrario, multiplica la opresión, los nerviosos vidrios por la sangre.

La angustia no llega nunca como una mera emoción desnuda, sino como una proposición o tesis sobre el mundo. De pronto todo se vuelve frágil, inestable, como si lo real pudiera deshacerse al igual que un puñado de arena en la playa. El cuerpo tiembla, la mente se acelera, y uno siente que no hay refugio alguno, que llegó el fin.

En mí es una experiencia profundamente humillante y recurrente; como estar a merced de lo peor de sí mismo.

No deseo morir, pero tampoco puedo vivir así.

Tu quoque 26

Insomnio. La noche se llena de una atención inútil, tensa, color rata-betún, como si uno estuviera en guardia ante un inminente peligro. El cuerpo quiere rendirse, duelen las vértebras y la cabeza y el estómago, pero la conciencia se obstina en permanecer despierta, como si temiera que al dormir se muriera uno de golpe. El insomnio es una pesadez vertiginosa, una tenaza que te arranca los dientes; el insomnio convierte el paraíso en una cámara de tortura. Todo se vuelve problema: el hecho de existir, el hecho de respirar, el hecho de saber que morirás. El día permite acumular engaños; la noche en vela los anula todos.

Esperas que el cuerpo ceda, que el pensamiento se canse de sí mismo. Rumias como un satélite loco girando velozmente alrededor de cualquier sol harapiento. Pero el pensamiento no se cansa; te repite, te apaliza, hurga en la llaga. El insomnio no es actividad, es inmovilidad agresiva bajo un tsunami de obsesivos fantasmas interiores.

Agotador y peligroso. Y muy cruel. El insomnio no te deja en paz. Pensar es una obligación, no una elección. Piensas hasta el agotamiento y el agotamiento no te trae el sueño. Te remueves en la cama horas y horas. Un tiempo que no avanza, que se espesa, que se pega al cuerpo como una sanguijuela. El insomne no vive la noche: la padece como un veneno. La noche saca la verdad a golpes. El insomnio es como una borrachera: mareo, náusea, angustia.

El día miente; la noche, no.