
Hoy, voces, delirios y ataques de pánico. No tengo nada más que decir.
Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.

Hoy, voces, delirios y ataques de pánico. No tengo nada más que decir.

La decisión es impulsiva, de ahí que revocable. Noto que hay una parte de mí que causa repulsión, rechazo. Carezco de habilidades sociales y a menudo me asolan ideas esquizofrénicas. No me gusta la gente, sufrir compañía, incluso en el contacto «maldestre» de un blog, las redes o mis libros. Si tuviera grandeza de espíritu lo dejaría todo. No sé. Ojalá pudiera.
No veo la tele, ni escucho la radio, todo el día lo paso solo leyendo. Vivo en un territorio eremita explorando silencios y soledades. Intento permanecer quieto. Estoy convencido de que, como sociedad, estamos perdiendo algo muy valioso al fomentar esa cultura que evita el silencio, y creo que el silencio, sea lo que sea, debe conservarse, cultivarse y recuperarse. Expuesto a la fiera lluvia orensana y a los vientos montañeses, entre turberas, helechos y hierbas, me dispongo a oír el áspero urajear del cuervo en pleno vuelo. De hecho, la hierba crece en silencio, las mareas son silenciosas, los pájaros vuelan haciendo el menor ruido posible. Sé que, aquí, en los valles del Sil, el silencio es increíblemente severo y esencialmente inhumana la soledad. Como que estoy loco, no puedo acabar más loco. Todo alrededor es ruido. Ni siquiera nuestros hogares pueden recluirnos del bullicio externo. Basta con tomar el teléfono móvil para entrar en contacto con ese torrente de palabrería y colores abruptos. Tener de sobra tan diversas opciones de entretenimiento rápido, fácil y rebajado explica por qué nuestra época es particularmente adversa al aburrimiento e intolerante con la lentitud. Hay más distracciones que zonas valiosas sobre las cuales reposar los ojos. QUIERO LEER, ESTUDIAR, pensar en lo leído y estudiado. Escribir a veces. Está en el aire: la apatía es un crimen y el aburrrimiento una tragedia. «Hoy en día, es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua», escribe Alain Corbin, en el libro «Historia del silencio», Acantilado. Disciplina, sencillamente, sentarse y recogerse. La palabra interior, a a larga, germina, calma y apacigua.
Así que, si mantengo las fuerzas sin vacilación, me gustaría dejar de escribir. Y concentrarme los pocos años de mi vida en la soledad, en la lectura y en prometedores años «pro libellorum scientificorum».
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Retuerzo heráldicamente la retórica, la rasco con fósforos y enciendo los velones, la atiranto como si en un imaginario presbiterio matara las últimas abejitas de luz de los cirios.
Mi literatura trata del «Preludio de la Suite nº 1 en sol mayor para violonchelo», compuesto por Bach e interpretada por el maestro Rostropovich, pero vosotros decís que es antigua, absurda, insignificante, execrable, desierta de inspiración, que cada palabra que escribo es una mentira, incluyendo “y” y “el”.
Pero yo os leo. Y reconforta saber los pésimos libros que esforzadamente redactáis, donde sois incapaces de deshaceros de los clichés de la teleserie americana. Polvo, pelusa y roña chepuda en el fondo de un cajón mugriento. Olores cansados de taberna “rave” e hiperhidrosis. Os aprecio mucho como autores cómicos.
Mis libros son ciudades de mármoles y tréboles tiernos. Joderos.
Nota bene: circunspecto, triste, lánguido, advierto el nulo reconocimiento de mis pares, del resto de colegas escritores. Entre ellos se alaban, se leen y promocionan, se protegen con picas y alabardas como los burgueses medievales. Yo solo soy el loco, el manchado de esquizofrenia, tocino rancio para la tortilla, una excusa para motes y habladurías, hazmerreír de las redes. Me arrojáis al fuego con vuestras bromitas y opiniones vulgares. Siempre, desde niño, padecí de ostracismo. En la escuela, el instituto y la universidad. No se trata de mendigar cariño, ni de renunciar a mi vida. Me enseñé sarcasmo. Permitidme que os dirija una merecida carcajada de desdén y desprecio.

Llené la vida con prosa de encaprichados rizos, alambicados fuegos con más humo que luz, experimenté el cosquilleo de las palabras, premeditando con ciertas respuestas «woofings». Pero no convertí la pedantería de mis líneas en sagacidad, en robusto arte. Nadie me considera escritor y vilmente me ningunean. Recuerda mi maestro Nabokov: “Los conformistas sospechan que hablar de “inspiración” es tan insípido y anticuado como defender la Torre de Marfil. Sin embargo, la inspiración existe, al igual que las torres mágicas y los colmillos afilados”. Mi literatura, aunque crean que deliro, casi quema en los labios.
Me despido de ustedes. Solo deseo estudiar, leer, y, algún fin de semana lluvioso, ocioso, esbozar un elegíaco poema y unas prosas de ocasión. Al pie de mi mente, el movimiento de un caballo negro de ajedrez, perfumado y dibujado con tinta china. Al pie de mi mente levanto, golpe a golpe, el velo del misterio.
Mi salud es pésima. La vida se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz, un efímero relámpago, entre dos eternidades de tinieblas. Recuérdenme como un escritor judeoespañol, algo digno, un escritor raro y menor, pero escritor. Un escritor «djenty» al que no hicieron caso y despreciaron. No soy una boñiga.
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El bulevar Gogol es uno de los más concurridos de Moscú y en él se sitúan los clubs de fotógrafos y ajedrecistas. A unos 800 m está la plaza Arbat, con músicos callejeros, y vendedores de gatos, perros y setas.
Te hecho de menos mamá, muchísimo, mi leopardo de las nieves, mi «Panthera tigris altaia», mi sirgadora del Volga. Me arropa el paisaje con la ceniza de tus risas. Eres grosella negra dentro de mí. Paseo contigo por el bulevar Gogol en esta vida y en cualquiera imaginable. Tirita preciosa sobre mi epidermis.
Machado: «Y volver a sentir en nuestra mano / aquel latido de la mano buena / de nuestra madre… Y caminar en sueños / por amor de la mano que nos lleva.”

Están pasando, deprisa, deprisa, mamá, los años volanderos -por usar la conmovedora inflexión horaciana. Se avecina el verano y no crecen los hijos que no tuve; las rosas de Paestum (“Paestanis rubeant aemula labra rosis”: “que enrojezcan sus labios como las rosas de Pesto”, Marcial), de la borrosa Paestum, murieron; idiotas de mentes ingenieriles y económicas están jugando a manipular ideas igual que mansos políticos dementes. Es tiempo de examinar parques, jardines y flores. Con la nariz tensa hasta la intoxicación. Amar la delicada pelusa de pollito de las mimosas, las lánguidas rosas, el palangre oportunista de las orquídeas, el “bouquet” de astromelias en la boca, el lirio y la hortensia trenzados al Tiempo. Amar la noche en este centro de Londres bien cuidado, bien regado, en el que el olor del pavimento asfaltado está por debajo de los sentimentales olores de los árboles de sombra.
El “Vaccinium vitis-idaea” es una Eriácea. Arbusto poco ramificado con ramillas tomentoso-grisáceas. Hojas coriáceas, obovadas, a veces emarginadas, revolutas. Flores en racimos terminales, péndulas. Corola acampanada de unos 7 mm. Estambres inclusos, anteras sin apéndices. Fruto rojo y acídulo. Se ha cultivado en parterre en el Campus Universitario de Orense (Antiguo Hospital), floreciendo y fructificando.
Me gustaría acordarme de todos los pequeños parques a los que fui; me gustaría tener la capacidad de decir: “carpe, madreselva, oh álamo de Lombardía”, “salve, seto de tejo con forma cuboide, fino banco de piedra, bordes de boj, del Paseo de los Tristes en Manresa”. No, no elude mi memoria los escalones de piedra, los parapetos de terrazas, las fuentes, los ramilletes de peonías, dalias, caléndulas o gerberas, o los hibiscos lamiendo las camelias. Y no olvido el muro de piedra seca, las rejas y la puerta de acceso del Parque Güell. Porque nunca ha sido fácil olvidar la felicidad. Porque una flor es un híbrido símbolo del placer y del olvido.

Estoy pasando por una época de tórrida pasión intelectual («better than sex») En mi mesita, a mi alcance, para decirlo con precisión, pululan sobre unos 40 libros, de todas las materias y géneros imaginables. Alguna que otra vez ya me pasó, y llegué a leer en poco más de dos años sobre unos mil libros.
Según G. Berger «la pasión intelectual» se concibe como el vivo deseo de saber y, sobre todo, de comprender, excluida toda preocupacion de aplicación practica, e independientemente de la necesidad de afirmarse por el conocimiento. Es el puro placer de las satisfacciones intelectuales, aparte de toda preferencia personal y de toda sensibilidad.
Detecto muy poco entusiasmo por el saber. Usando a Galileo de metáfora, el hombre parece haber caído en un plano inclinado y rueda cada vez más rápido alejándose del punto central; ¿hacia dónde?, ¿hacia la nada?, ¿hacia el «horadante sentimiento de su nada»?
En el magnífico ensayo «Universo y sentido», Norbert Bilbeny sostiene que la curiosidad en el ser humano «es sentirse atraído por lo que percibe extraño y desea que forme parte de su medio cotidiano para intentar comprenderlo». A mí me gusta afirmar que la curiosidad consiste en trasladar nuestra atención hacia lo desconocido con el propósito de que deje de serlo. De hecho, coloquialmente solemos decir que algo nos llama la atención cuando precisamente ese algo suscita nuestra curiosidad. La curiosidad es el interrogante que surge cuando súbitamente algo en el mundo se desvela extraño y a la vez valioso para nuestros intereses. Einstein sostenía que la curiosidad es más importante que el conocimiento, pero es difícil segregar ambas dimensiones. No se puede ser curioso sin conocimiento, ni poseer conocimiento sin tener curiosidad.
Sophie Germain (1776-1831)Tenía apenas 13 años cuando desarrolló un interés por las matemáticas, probablemente por culpa de la Revolución Francesa: las calles eran muy violentas y recluida en su casa se dedicó a explorar la biblioteca de su padre. Así aprendió por sus propios medios latín, griego y matemáticas. Sophie también sufrió los intentos de la familia por desalentar sus inclinaciones académicas.
Como en aquellos tiempos las oportunidades educativas para las mujeres eran limitadas, Germain estudió en secreto en la Ecole Polytechnique, usando el nombre de un estudiante matriculado previamente, algo que funcionó hasta que los maestros notaron la notable mejoría en las habilidades matemáticas del “estudiante”.
Mary Somerville (1780-1872) Otra mujer que se enseñó a sí misma. No solo matemáticas, sino griego y latín para leer las obras de Euclides. Lo trágico es que su familia no la apoyó porque pensaban que el conocimiento era dañino para el cerebro de una mujer… Por su trabajo en la traducción de Celestial Mechanics y la adición de comentarios, fue nombrada miembro honorario de la Royal Astronomical Society.
Julia Robinson (1919-1985) Fue interrumpida más de una vez por la enfermedad y murió de leucemia a los 65 años. Fue una filósofa y doctora en matemática estadounidense que destacó en la teoría de números con trabajos destacados en la teoría de la computación, la teoría de la complejidad computacional, específicamente en problemas de decisión, así como en la teoría de juegos. En 1975, Robinson fue la primera mujer matemática elegida para la Academia Nacional de Ciencias. También se convirtió en la primera mujer presidenta de la American Mathematical Society.
Maryam Mirzakhani (1977-2017) fue una matemática iraní, nacida en Teherán en mayo de 1977. Fue la primera galardonada con la prestigiosa Medalla Fields, otorgada por su trabajo sobre geometría hiperbólica, una geometría no euclidiana utilizada para explorar conceptos de espacio y tiempo. Desafortunamente, murió con apenas cuarenta años de un cáncer.
Estas mujeres, todas, con el virus de la pasión intelectual, pese a las dificultades. Todas ellas «filósofas», en el significado etimológico de la palabra «filosofía», es decir, “amor a la sabiduría” (philo-sophía)

Mi KIT DE SUPERVIVENCIA: orujo del municipio orensano de Ramiranes, olla de San Antón, cabeza de cordero asada, sangre encebollada, zarajos, crestas de gallo, lengua de vaca, sesos, criadillas, cachucha de cerdo, manteca colorá, unas gachas con gallinejas, morcillas de Tirgo, un barbo y dos lampreas, y, claro, perdices antes de desplumarlas en agua hirviendo de río, y gallinas con el obispillo eviscerado, y cerdos sin ganchos ni lazos corredizos por las mandíbulas, y berza con compango. Y de postre higos al ron añejo, orejas de carnaval y botellas de anís de Chinchón.
También, por supuesto, que no falten Oreos, Bocabits, Chupa Chups, gominolas, el Interviu con el desnudo de Marta Sánchez, pipas Facundo («Siento dejar este mundo sin probar pipas Facundo»), un muñequito de David Hasselhoff de premio del Happy Meal, Rivotril, calzoncillos de repuesto y condones, una foto de Begoña Gómez y Koldo García, vídeos de Eva Nasarre, pósters de Iván y Leif Garret, películas de Van Damme, Steven Seagal, Pajares y Esteso, el diploma universitario del Grado de Ciencias de la fermentación, el Catecismo Astete, farlopa, una muñeca hinchable y el libro «Una nueva vida es posible», de Carmen Bazán.

Christian Sanz Gómez Leví Carballo nació en Barcelona, España, en 1971, en el seno de una familia de la alta burguesía mercantil. Fue el segundo de tres hermanos y tuvo una educación esmerada, aunque sin un objetivo claro. Sus vacilaciones en este aspecto recuerdan las del joven Stefan Zweig, y quizás la de todo -potencial- creador con vocación de totalidad. Pero, genes, infortunios y azares, provocaron un escaso talento para con su obra así como escasez de aptitudes para el triunfo en la lotería de la vida.
De joven, empezó a escribir relatos y poemas. Estudió Ciencias y Humanidades. Trabajó casi tres décadas en la inteligencia de un gobierno extranjero. La fama no le llegó pronto, la fama no le llegó tarde. Nunca le llegó la fama. Vivió enclaustrado en una aldea gallega de la Orense profunda.
Pese a estos datos biográficos, Christian Sanz no fue un hombre especialmente interesado por la política. Se podría decir que la oscura, feraz vida, le forzó a interesarse y saber de ella. Fue sobre todo un artista, sea eso lo que hoy significa, y de aquella clase de artistas que contemplan el mundo como materia para su obra de arte, con un modo de mirar objetivo, distanciado y teñido de un leve escepticismo, incluso ironía. Para el común de los mortales, las emociones e incluso las tragedias de la vida solo son eso, emociones y tragedias, para el artista son, también, los datos que analíticamente ha de tratar para crear un arte con cierto sentido. Esta actitud suele corresponderse con la apariencia de una personalidad carente de empatía, egoísta, porque parece – y no solo parece – que el individuo en cuestión vive por encima de los acontecimientos. No fue el caso. Christian lo sabía, y lo asumía. También sabía, y lo proclamaba muy alto, que él no era de la clase de artista que sobreactúa como tal, que se mueve, habla, viste -se disfraza histriónico- de artista.
Pero Christian, a diferencia de los que les pasó a Joyce y Cervantes, a diferencia de la voluntad fáustica de los Grandes, tuvo desde el principio una clara conciencia de sus límites y de la nula importancia de sus libros. Destino feliz de poeta, pero destino cruel sin gloria. Sin fe en el propio trabajo, esa fe neurótica, un punto mostrenca y supersticiosa, de la que hacen gala muchos grandes creadores, compuso su obra con gran desapego y negligente vagancia.
El gran hispanista y escritor estadounidense William Dean Howells escribió: «Lo maravilloso es la sinceridad con que tratamos a personas enteramente corrientes, nuestra compasión por los que yerran y sufren, y la dignidad frente a nuestras situaciones ordinarias dolientes, o la belleza que le otorgamos a la literatura y a nuestra propia poquedad». En eso sí que fue bueno el mediocre gallego-catalán Christian Sanz Gómez Leví Carballo, tozudo -pesado- escribano montañés y melancólico.

Henry Miller, mediocre escritor, durante un tiempo ejerció de profesor universitario y escribiría de sus alumnos (en esto no se equivocó como en sus -olvidadas- novelas): «Se convertirán en carpinteros, abogados, farmacéuticos, funcionarios…gente tan respetable como lamentable». Y Ruano: «La calle está llena de panaderos con su vilísima honradez». Hago míos a Horacio y Darío: «Yo odio la chusma irreverente y la mantengo alejada de mí» y «Vulgo espeso y municipal». Acaso, sí, sí: «Nadie puede amar la verdad y el bien si no odia las multitudes», Giordano Bruno. O Séneca en el «De vita Beata»: «Nihil ergo magis praestandum est quam ne pecorum tiru sequamur antecedentium gregem»: «Nada debe preocuparnos tanto como seguir cual ovejas al rebaño que nos precede». Y «Seguid a los menos, y no al vulgo», Petrarca. Siempre Platón: “Cuando una multitud ejerce la autoridad, es más cruel aún que los tiranos.” Y tambien meditemos con Jünger: «Cuando no compartimos un error generalizado, se nos considera un estorbo». Multitudo non est sequenda, amigos; lema sabio, ladies and gentlemen. Clemente de Alejandría (Strom V3, 17, 655 p): «Pues el vulgo no tiene juicio inteligente ni justo, ni bello, sino que en pocos hombres podrías encontrarlo». «Plebs sordida», así definía Tiberio a su pueblo, según nos relata Tácito. Poco -nada- mudó el Tiempo.
La turbamulta, el follón, la aglomeración, los conglomerados, son bobos y cerriles. Sé que el género de la invectiva contra la necedad popular, y el no poder asimismo soportarla, tienen una larga historia. El vulgo jamás resplandece con luz propia. «Non consilium in vulgo, non ratio non discrimen, non diligentia», decía Cicerón. No hay dentro de este vasto cuerpo popular suficientes luces. No olvidemos a Feijoo: «Estando una vez Foción reprendiendo con alguna aspereza al pueblo de Atenas, su enemigo Demóstenes le dijo: «Mira que te matará el pueblo si empieza a enloquecer.» «Y a ti te matará -respondió Foción- si empieza a tener juicio.» Sentencia con que declaró su mente, de que nunca hace el pueblo concepto sano en la calificación».
¿Qué hacer? «Vulgus dividi in oppositum contra sapientes, quod vulgo videtur verum, falsum est», Roger Bacon. «La plebe se opone a los hombres sabios; lo que la plebe considera cierto, es mayormente falso». «…mihi parua rura et / spiritum Graiae tenuem Camenae / Parca non mendax dedit et malignum / spernere uolgus», Horacio. «…pero pequeños campos, / y un leve aliento de la griega musa / me dio la Parca, y despreciar al vulgo, / siempre maligno». «Posse tibi res meas, pater optime, que ut paucis placeant, laboro», Petrarca. «Que sean de tu agrado, querido Padre, estos escritos en los que trabajo para complacer a unos pocos».
«Odio el poema cíclico, y no me gusta el camino que de aquí a allá lleva a la muchedumbre. No bebo en la fuente pública. Todo lo popular me repugna». Eso afirmó en un epigrama Calímaco. Imposible no sentirse como Verlaine o Baudeliare: «Je suis l’Empire à la fin de la décadence», «Je suis comme le roi d’un pays pluvieux». El pueblo siempre será ignaro y hortera, eterno menor de edad (Flaubert). No creo, sé, que una vulgaridad cualquiera, esté dónde esté, ofende a las formas divinas. ¡Cómo temen (tenderos, ejecutivos, funcionarios, oficinistas…) morder la cabeza de la serpiente, mujerucas cobardes! Que el grueso de mi ejército cruce las fronteras. Solo con una orden: ¡Sin prisioneros!

Escribo y leo. Leo para la gloria. Escribo para la nada. Mis libros no los escribí tanto para enseñar como para informar, para que el aburrido lector siga investigando, si así lo desea, las fuentes clásicas que cito. Solo soy un estudiante solitario y tímido reacio a cualquier aire de fama o éxito. Y vuelvo a los antiguos para hallar lo nuevo. “Al envejecer, nos reconciliamos con los griegos”, Houellebecq. “Hace tiempo que mis contemporáneos son los griegos”, Borges. “Casi todo lo mejor que los hombres dijeron, lo dijeron en griego”, Yourcenar.
Recuérdenme como un bibliómano aldeano que, desde su montañoso “Finisterrae”, pasaba las horas con Heródoto, Platón, Esquilo, Demóstenes, Calímaco…Pasaba las horas fascinado y aterrado por el final (y cercano) sueño, por ese sueño que será un espejo que ya no reflejará ningún otro sueño. Decían que su biblioteca era mejor que un imaginario jardín de Linneo con miles de plantas, que un botín de oro. Y los domingos escuchaba alelado cómo tañían las heraclíteas campanas en la aldea.
Aristóteles decía que, al envejecer, se sentía más amigo de los mitos (de los «antiguos» griegos, claro) Maquiavelo dijo alguna vez, que todas las cosas de este mundo, en cualquier época, tienen su réplica en la antigüedad. Borges: «Quizás nuestros contemporáneos siempre se parecen demasiado a nosotros y quien busque novedades las hallará con más facilidad en los antiguos». Toda -casi toda- la literatura, después de los griegos, es de segunda mano. Pierre Vidal-Naquet: «El Quijote, de Cervantes, sería inconcebible si no existiera en un tiempo remoto el relator irónico de la Odisea». Las telenovelas, los filmes, las series, toda esa «enxurrada» narrativa en la que hoy vivimos, repite una y mil veces, con pequeñas variantes, los poco más de treinta argumentos reconocidos que vienen de los griegos.
Recuérdenlo, amigos. Lean a los griegos. Y recuérdenme a mí, si les viene a bien, ese autor muy menor gallego-catalán, estudiante perpetuo, al que latigó el tiempo y la soledad.

Soy un hombre a veces feliz. Deseo poco y vivo inmerso en mis placeres sencillos. En mis ojos late una loca curiosidad. Leo y escribo mucho (leo distinguidamente, escribo patosamente), veo películas antiguas, suelo dormir bien. Un solterón tranquilo y doméstico. Acaso -no sé- me hubiera gustado tener mujer e hijos, éxito literario, más aventuras. He sido, y soy pequeño, y dicen que bueno -que eso baste. El tirso jovial, tafetanes brillantes, rosadas huríes, labores agrarias, signos del zodiaco. Fino aroma de estuche de joyero. Cajuela barnizada. «Las estrellas felices sobre el cielo: / y todo bien claro en la tierra». Nada malo. Los ojos ya no ven, contemplan ¿La vida? El instante la exalta a golpe de quilla. Corales, labios de moaré, día henchido con olor a plátanos. O por decirlo como Basho: «Por este camino / no pasa nadie / esta noche de otoño».