La matemática es la música de la razón, el arte de la comprensión humana, la poesía del universo, la reina y manantial de las ciencias, la disciplina que trata de aquellas cosas nunca triviales y sumamente interesantes, la ciencia de lo que es claro y evidente por sí mismo, un rasgo de la cultura y una colección de algoritmos.
Para Poincaré, el arte de dar el mismo nombre a cosas diferentes, para Dantzig, el juez supremo para cuyas sentencias no hay apelación posible, según Halmos, una falsa ciencia deductiva, pues, cuando intentas demostrar un teorema, no solo enumeras las hipótesis y luego empiezas a razonar, sino que te conduces por ensayo y error, experimentación y conjeturas, y según Courant, las matemáticas, como expresión de la mente humana, reflejan la voluntad activa, la razón contemplativa, el afán de perfección estética, y sus elementos son la lógica y la intuición, el análisis y la construcción, la generalidad y la individualidad.
Russell creyó que el verdadero espíritu del deleite, de la exaltación, o del sentimiento de ser más que meramente hombre -la piedra de toque de la más alta excelencia- se encuentra en las matemáticas. Y asimismo aseguró que nos alejan todavía más de lo propiamente humano, hacia la región de la necesidad absoluta, a la que debe ajustarse no sólo el mundo actual, sino también cualquier mundo posible.
Sin duda son la fuente principal de la creencia en la verdad eterna y exacta, algo así como unas afueras o arrabales del espacio-tiempo, un universo platónico y asomo de la mente divina asombrosamente inteligible. Las matemáticas son la creación más bella, fascinante y más poderosa de nuestro espíritu.
Las matemáticas son una opulencia de círculos y rectángulos, un fetiche de triángulos y esferas en el salón de las levitas lustrosas, escotes de ginesta de adolescentes licántropas, bollos de huevos en una mesita del Ritz, zapatitos de plata, amantes itinerantes entre libreros de Roma. Las matemáticas son polen en las techumbres de Florencia, Venus de un rojo fuerte y atávico, bellos juguetes perdidos en un poema, entre nomeolvides flotando en un arroyo. Las matemáticas son la cercanía eléctrica de las montañas.
«Durante toda mi vida me he sentido solo en el mundo y la vida. No porque no me quieran y me hayan querido con generosidad y bondad, que lo hacen y lo han hecho, sino porque yo me observo fuera de la cotidianidad que me rodea, de los estímulos y referentes que mueven la sociedad donde me incardino: mi tiempo y mi espacio.
Digamos que, cuando observo costumbres y principios, dimes y diretes, inicios y finales, experimento la rareza de un alienígena recién aterrizado en el planeta Tierra.
Y, como siempre digo (para que mi soledad no se confunda con inadaptación o frustración), he sido y soy una persona con facilidad para el trato social y para el desempeño existencial. Se me da bien la gente, vamos.
Simplemente, me siento solo en este rincón del Universo. Probablemente, de este sentimiento nace mi pasión literaria».
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Yo le comenté a Manuel: «Fui siempre un solitario voraz, yihadista, desmedido. Probablemente la soledad devora la felicidad y la dulzura, casi seguro que sí, pero me rechazaron violentamente mis semejantes y no quise mendigar amor. Ahora solo pido una vida defendida de infortunios, con mis libros, y, alrededor, la energía o bendición del silencio».
Muchos nos vemos ajenos al mundo que nos rodea. A diferencia de Manuel, yo padecí acusado ostracismo, me desempeño mal entre las gentes, y casi nadie me quiso. La angustia fue mi hermana; soy hijo de la locura y la melancolía. Me cansa la vida, la noche escupiendo agujas. Me cansa esta sociedad grotesca, verrionda y zurumbática. Una oscuridad perfectamente limpia, pero terrorífica, cierra mi garganta. Dudo que un ser humano sea capaz de soportar la cantidad de soledad y aislamiento que yo soporté.
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Ceno solitario unos raviolis anodinos. Un día más. Sueño con mis huesos ya una vez en la tumba. No tengo ganas de leer. Me importa una mierda el mar color de vino de los antiguos helenos. A los que contemplaron el mundo que pasaba desde la incomparable nobleza de sus gorgueras. No me apetecen ni cerveza ni un barrilito de ostras en escabeche. Desprecio a la joven duquesa con su pelerina sobre los hombros. Y me atormenta la terrible erosión que el Tiempo ha ejercido sobre mí.
Solo sé vomitar palabras corruptas, atristadas, pendencieras y patéticas. Me asquea la música o esos sorbos al café cada mañana. Quemaría todos los crucifijos de marfil, de oro, de plata, de madera, de ínfimo aglomerado. Las gentes se han descastado, hervirá el sol, se romperá la tierra, la cultura no importa, no hay nadie con quien poder hablar; la degradación ya está completa. Se fragua una neolengua o argot incivil, casi inentendible. La pesca de trasmallo en peligro de desaparición. La pobreza galopando. El lustre y refino político ridículamente sanchopancesco. Solo hay zombis.
Scroll infinito para atiborrarse de bucles lúdicos vacíos y frustrantes, práctica pascaliana del «divertissement», y nada, o casi nada, de una práctica del saber como aprendizaje y articulación de ideas, como aprendizaje de la sintaxis lógica del lenguaje (se expresan y escriben como en un torpe desaliño cagabandurrias)
Se pirran -adictos- por el ocio tecnológico, cunde en ellos la banalización precoz de la sexualidad, cambian el amor por el porno, los libros por el teléfono portátil, Tik Tok, La Isla de las Tentaciones y el reguetón son preferidos al estudio, al silencio, esa necesaria «fons saluti» en cualquier espíritu, tenga la edad que tenga. Pandilla, discotecas, videojuegos, porros e incipiente agresividad son su santo y seña. Y no son mejores en absoluto que sus padres, y sus padres tampoco son mejores que ellos.
Benjamin afirmó en una de sus famosas tesis sobre Filosofía de la Historia que el avance de la civilización se paga al precio de una inevitable barbarie. Soy pesimista. Creo que ahora, más que escribir artículos, lo que toca es escribir epitafios. Mi lema ya es: «Olvida el presente y toma lo que la hora pasada te dio».
Asocio las palabras a una determinada comunidad de aromas, a una serie de imágenes, al sabor tal, el sonido éste, el tacto aquél.
Unos plátanos en una plazoleta de pueblo, junto a la mercería y la tienda de salazones, se relacionan para mí con los términos escamondar, con un aguamanil de cerámica, el rape con ajo, perejil y patatas, el trillo, el molde de las magdalenas, el costurero, el molinillo de café, la plancha de carbón, los trébedes, y con procuradores de la Cárcel Real de Sevilla, las calzas, los avispones y abejorros, la Casa de la Moneda, las armonías brillantes de colores de ermitas junto al río, y los claustros de conventos, monasterios y universidades.
También, palabras o expresiones como supersimetría, twistores, gravitación no lineal, vectores de Killing, entropía, Turing, Gödel, derivada de Lie, curvatura fibrada, cáculo infinitesimal con números complejos, metabolito, ácido, etcétera, no sé por qué, los asocio en mis imaginaciones con turbulentos neones y replicantes de Blade Runner, el estudio de los ríos (potamología), el estudio de los lagos (limnología), con agua de lluvia que discurre por la superficie de un terreno (escorrentía), y plantas epífatas, con el coco, la papaya, el mangostán, y la capa externa del pericarpo de los frutos, y con hojas que se estrechan en un ápice alargado.
El problema no es que mucha gente no tenga nada que decir. Eso es improbable en un mundo donde los descerebrados de la pornografía de la intimidad te lo cuentan todo, a cuántos más mejor, urbi et orbi. El problema es la gente ya sin palabras, ese su diccionario personal raquítico, el que no tengan nada que decirse a sí mismos, el pavoroso DESIERTO INTERIOR, algo que la terapeuta Lola Mondéjar, en un libro de hace poco, observa en sus pacientes. Mondéjar avisa de que, una de las transformaciones que sufre el individuo en la modernidad es «la atrofia de la capacidad narrativa; la progresiva dificultad para contarse a sí mismo y para elaborar una historia». Afonía de palabras, algo similar a una afasia identitaria global. Quieren decirnos algo, pero no pueden.
Volvamos a deambular por la multitud excitante de las palabras vivas, por esos vellocinos alados y mágicos que invocan cúpulas y minaretes de oro. Da miedo el desierto interior de demasiados de nuestros coetáneos.
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-Me gusta relajarme con un té y un buen libro.
-¿Y si no tienes té?
-Poleo.
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Ayer compré el peor diccionario de sinónimos del mundo. No solo es terrible, es terrible.
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-Y este es el sillón en el que me siento a menospreciar.
-Parece cómodo.
-Qué sabrás tú.
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En Islandia, los sueños Sueñosson.
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– ¿Ha tomado usted drogas?
– No señor Minotauro.
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Un tal Benedetto Accolti, que se presenta como modesto editor italiano, y que, sorprendentemente, contacta conmigo (cómo y cuándo sabe quién soy), me pide tres deseos, pues quiere publicar en una revista las respuestas de varios escritores «malditos».
Contesté bastante rápidamente:
(i) Que no se hubiera demolido aquel caserón al lado del pueblo donde mi familia pasaba los veranos. Caserón asomado al campo más allá de unas tapias traseras, cuyas exageradas aguas del tejado seguramente fueran pensadas para recibir tormentas y nutrir las que fueron inexistentes cisternas. Una casa decorada por mamá con una mezcla de estilos: el isabelino rústico catalán mirando atónito el barroco castellano de la pared de enfrente.
(ii) Desearía ser un aqueo cabelludo o un troyano domador de caballos, y, ante todo, volver a nacer en la costa norte del Mediterráneo, o en sus islas, en un periodo del pasado comprendido entre el siglo XV a. C y el s. XV d. C. Época en que la servidumbre era menos enojosa, humillante e inhumana que nuestra actual sujeción a la tiranía del dinero.
(iii) Ser un muchacho con sangre y silencio de indio. Evitar esta tragedia profunda y abrumadora, esta maniática compulsión de escribir, y no leer, no trabajar, no pensar, no querer, no esperar, cabalgar por las praderas, cazar búfalos, no pagar cuentas, no amar, no soñar, no viajar, no tener hijos, no ser nadie y pronto entrar al olvido.
Cuántos escritores de cuero cabelludo sarnoso, que, en lugar de darse ese aire de superioridad surreal, mejor fuera que se compraran una buena loción anti caspa.
Miren, señores, cuando ustedes vivían en demenciales casas, mamá y yo estábamos en la chocolatería mordisqueando pastas entre preciosas arboledas de coníferas. Cuando ustedes mal se educaban en cochambrosos colegios públicos, o se desriñonaban por cuatro pesetas, mis niñeras usaban guantes blancos como queriendo alabar la distinción de las ricas “mademoiselles” de Aquitania.
Pero fracasé como escritor. Ustedes hablan bien en público de autores que luego ponen a parir en privado, y, con sus cariadas bocas tronitronantes, aceptan muy mal la crítica o se creen iluminados impunes (como los ridículos Sergio del Molino, Jorge Bustos, Pérez Reverte, Benjamín Prado etcétera) Quede claro: en un 95% de escritores, en lugar de lucidez y calidad, lo que encontramos es primitivo desparpajo escolar y egos que se adjudican una (patética) gran importancia.
Mi prosa es (acaso) como columnas de mármol sacadas de los mares clásicos e incrustada de conchas de ostras. La suya es (seguro que sí) bárbara y senil. Yo soy políglota de botonadura dorada, ustedes nacieron en Valverde de los Arroyos entre poceros. Yo fracasé como escritor. Continúen, pues, felices en sus chiringuitos subiendo la cucaña. Pero quiero dejar bien clara una cosa: un filósofo produce y evalúa argumentos, un científico demuestra leyes y teoremas, un escritor es mejor que otro si su mente es mejor. Dejo al juicio de Dios el veredicto.
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Cuán apacible es la estancia en la aldea, la morada en la fría manzana de la huerta; huele a laurel quemado, a eucalipto, a «xesta», y Maruxa ahumando «chourizos».
La noche quieta, la mañana temprana, el sol más prolijo, la tarde más quieta, como escribió el obispo de Mondoñedo Fray Antonio de Guevara, uno de los más sabrosos escritores de nuestra literatura, gran imaginativo, que sobrándole pareceres y sentencias, se las atribuía a filósofos y sabios antiguos, a autores inexistentes, a reyes de su fantasía. Qué moderno ese arsenal de citas de su propio magín, puestas en boca de éste u otro -reales o irreales-, muchos siglos antes de Vila-Matas o Borges.
Qué gozo la aldea. Agua pura, un bosque de pocas yugadas, el caer de la niebla en el valle. Placeres ahora que brota la dulzura verde del trigo. Aunque mucho canse y aburra, el campo es una de las pocas oportunidades que aún restan para huir.
«Wanderlust» es un término alemán que se refiere a las personas que tienen un espíritu viajero y sienten pasión por viajar. Se compone de las palabras «wandern«, que significa «vagar», y «lust» que significa «pasión».
Aunque viajé mucho, ahora lo detesto. Se afirma que viajar es cosa buena. Acaso lo sea, no sé, como máximo, hasta los treinta o cuarenta años, para enriquecer el espíritu y formar el carácter con novedades, ternezas, y experiencias inusuales. Pero después, y con tajante diferencia, lo mejor es quedarse en el pueblo, y no ir más allá de tu pedanía o comarca.
No lo olviden. Horacio, en la carta I, XI, 27: “Coelum no animum mutant qui trans mare currunt”. O bien Lao-Tse: “Sin salir de casa puedes conocer mundo; sin mirar por la ventana puedes conocer el Tao del Cielo […] Por eso el sabio conoce sin viajar, distingue sin mirar y cumple su destino sin actuar”. El húngaro Frigyes Karinthy escribió un libro en su tiempo famoso: “Viajes alrededor de mi cráneo”. Xavier de Maistre se pasó cuarenta y dos días en arresto domiciliario por participar en un duelo y escribió: “Viaje alrededor de mi habitación”. Punzante y abrasivo -certero- fue Pascal: «Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación».
Piénsenlo. Filóstrato se manifestaba a favor de la vida sedentaria. Veleyo Patérculo recomendaba no ir a banquetes multitudinarios y quedarse en casa en “petit comité” gozando de una conversación. Ludolfo de Sajonia nos incitaba a recluirnos y rezar sinceramente al Altísimo. Marciano Capela alabó el hogar como lugar predilecto de inspiración. George Alsop confesó: “Prefiero los paisajes mentales a los físicos”.
Si te quedas en casa puedes escuchar la séptima sinfonía de Beethoven, ver “Ser o no ser” de Lubitsch o “Encadenados” de Hitchcock, estudiar geometría local de curvas y superficies, hidrogeología subterránea, derecho contencioso-administrativo, o epigrafía y numismática, y también leer de modo inagotable, y hablar irónica y elegantemente con tus amigos y amantes.
Marco Polo fue a la India, Ibn Batuta a Asia, Burton a La Meca. Yo corro mundo leyendo novelas desde mi sofá. Quédense en casa esta Semana Santa. Ni se les ocurra abarrotar aeropuertos y carreteras. En fin, háganme caso. Resumo mis ideas amparándome en Agustín -sobre el año 400-: “Los hombres viajan para maravillarse de las gigantescas olas del mar, de la altura de las montañas y del curso de los ríos y las estrellas, pero nunca viajan al interior de sí mismos para conocerse”.
Leo a un autor de fama y renombre. Estupefacción: injurias y calumnias al buen estilo, estupro y prevaricación en nombres y adjetivos, hurtos, magnicidios y lesiones al lenguaje natural. El autor es espigadillo, montubio y feble, como lo que escribe.
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Estás en una playa, en cualquier ría, y con una “rapeta” o pequeño copo, traes al arenal dos o tres pulpos, algún que otro centollo, y una docena de “xardas” (verdeles) Limpias las “xardas” y las asas a la parrilla. En un botellín, una salsa de vinagre, laurel y ajo, con la que mojas la “xarda”. Literalmente, estás comiendo la carne más profunda del mar, tan rica en azules como un vestido de gala de la amada de Guido Cavalcanti.
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Soy un solitario. Un escritor fracasado y menor. Un aldeano sin mundo. Pero vivo en región célica al gustar la cecina de corzo, el lacón de cerdo con la carne, desde el codillo al corte, envuelta en unos mantelillos de grasa, y soy un dios, estoy entre serafines, querubines y tronos, cuando mojo el pan en la sardina intensamente perfumada y asada, o al salivar ante el dichoso timbal hojaldrado.
¿Intelectuales? Lingüistas que pergeñan un misticoide brebaje espiritual de autoayuda, escritores, con un desmedido aire de su importancia, que opinan sobre los asuntos públicos con muy poco aprecio a la investigación y la base empírica, sustituyendo el método científico por el juicio subjetivo.
Observemos: “La tiranía por lo usual se templa con asesinato, y la democracia debe ser templada con cultura. En ausencia de esto, se convierte en una representación de la locura colectiva”, J. S. Mackenzie. La gente del común considera «intelectuales» a mentes de una mediocridad insalvable y embarazosa (periodistas, escritores, músicos, actores, presentadores de televisión, directores de cine, influencers de internet, estrellas del campus, profetas del mercado…)
Para mí un intelectual es :
(a) aquel que aspira a una visión general, panóptica, a una tentativa cosmovisiva del mundo y la existencia, que los entiende o pretende entender, y para ello sube, al menos unos pocos peldaños, por encima de la escalera de la opinión común, a menudo tan degradada.
(b) aquel que con sus enseñanzas quiere hacer ilustrados y más virtuosos a los hombres, que se ocupa, en resumidas cuentas, de la perfección del hombre como ciudadano (ya desde Cicerón encontramos esta definición del hombre letrado o educador)
(c) aquel que pretende transformar las mentes o las instituciones de los hombres para hacerlas más responsablemente libres, justas y racionales, por lo que delata casos de oprobio o deshonra, casos de abuso de poder, como de modo pionero pasó con la defensa del protestante Calas por parte de Voltaire, o del honor del judío Dreyfus por parte de Zola.
(d) aquel que no teme la impopularidad ni los caracteres anti-intuitivos de las conclusiones de la cadena de sus inferencias. A menudo en la historia de la ciencia o de la filosofía encontramos a autores que desafiaron la ortodoxia y el statu quo. *** «Constato, más cada día, que el mundo de ayer, el mundo de aún hace poco, se hunde. No sé si en lo futuro -tras esta Edad Media- vendrá un tiempo más rico y de fulgor; supongo, pero ahorita todo es más feo, más agraz, más áspero, más sórdido. Un tiempo de vulgaridad e ignorancia. No lo entiendo, no me gusta. Nuestros templos caen y nuestras letras con ellos. La grisalla es atroz. La oclocracia, detestable. Hace ya años que vivo refugiado, huyendo. Pronto no habrá nada o casi nada», Villena, fragmento del Postfacio a su poemario «Lujurias y apocalipsis«, Visor.
El mundo se derrumba, o está caído ya. La cultura en trance de desaparecer (Jordi Gracia no lo cree así), si no desapareció totalmente. Los califas abásidas los esclavizan como mamelucos, y la plebe se goza en sus cadenas, probablemente porque no entienden ni saben lo que es la Libertad y la Riqueza. Peinaovejas lechuguinos, pánfilos simplones de cerebro calloso, nos gobiernan. Los políticos son o incapaces o esportularios (disyunción no excluyente)
Parece este mundo diseñado para paleros y paletos. Los intelectuales no pueden hacer nada más que quedarse en casa leyendo y estudiando, a no ser que hables de Montoya, de pelis porno y Boris Izaguirre. Ponerte a explicar a Musil, Monteverdi, Weierstrass, Tibulo, Calderón, Cantor, Escoto Eriúgena, Gauss, Mondrian, Quine, Debussy, Foix, pero ¿alguien los conoce?
***
Con la mirada puesta en el abismo que se avecinaba, Hayek decidió formar una sociedad comprometida a persuadir a los intelectuales, y por ende a las masas y a sus líderes políticos, de que cambiaran de rumbo. Esta sociedad reuniría a las figuras más destacadas del liberalismo clásico para que se iluminaran y alentaran mutuamente. Incluiría a ingleses como Lionel Robbins, John Jewkes y Michael Polanyi; austriacos emigrados como Ludwig von Mises, Fritz Machlup, Karl Popper y, por supuesto, el propio Hayek; americanos como Henry Hazlitt, Frank Knight, Milton Friedman, Aaron Director y George Stigler; alemanes como Wilhelm Röpke y Walter Eucken; franceses como Maurice Allais y Bertrand de Jouvenel; y otros europeos occidentales.
En abril de 1947, los hombres mencionados y otros -39 personas en total, procedentes de 17 países- se reunieron en Suiza y formaron la Sociedad Mont Pèlerin. Adoptaron una Declaración de Objetivos que describía brevemente su visión de la crisis imperante:
«En grandes extensiones de la superficie terrestre ya han desaparecido las condiciones esenciales de la dignidad y la libertad humanas. En otras, están constantemente amenazadas por el desarrollo de las tendencias políticas actuales. La posición del individuo y del grupo voluntario se ven progresivamente socavadas por extensiones de poder arbitrario».
La declaración concluía:
«El grupo no aspira a hacer propaganda. No pretende establecer ninguna ortodoxia meticulosa y obstaculizadora. No se alinea con ningún partido en particular. Su objetivo es únicamente, facilitando el intercambio de opiniones entre mentes inspiradas por ciertos ideales y amplias concepciones comunes, contribuir a la preservación y mejora de la sociedad libre». *** Se me ocurre una reviviscencia de la Sociedad Mont Pèlerin. Que anualmente se reunieran intelectuales de primera fila, de auténtica categoría, no pintamonas ni figurones, y discutieran, debatieran y se estrujaran las mientes ante la miríada de nuestros nuevos problemas, que ya no son la disctadura soviética, las dictaduras fascistas, la nacionalización de las industrias, la pobreza de posguerra, sino la IA, el cambio climático, el populismo político, la degeneración de la educación, la defección de la alta cultura, la influencia de la tecnología ETC…
Se echa de menos la inteligencia en el debate público, y sobran «tertulianos» u opinadores de características francamente ridículas.
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Lean con atención: «A l’empara de l’Institut Internacional de Cooperació Intel·lectual, creat per l’ONU, es van celebrar a París, entre 1924 i 1937, unes continuades conversacions, o col·loquis (entretiens), per debatre el passat, el present i el futur d´Europaen un moment històric, entre les dues guerres mundials, en què semblava necessari un plantejament a fons de la civilització del continent. Durant aquests anys una colla de grans intel·lectuals europeus es van reunir un cop l’any, durant tres dies, per abordar temes que tocaven diferents aspectes d’aquesta matèria, més ideal i etèria que corpòria, anomenada “l’esperit europeu”. La iniciativa no deixava de posseir unes beatífiques intencions: tan beates que, quan el realisme del III Reich es va imposar, ja no es va parlar més ni de l’esperit, ni de la ment, ni de l’ànima del nostre continent, i les trobades es van acabar. En va quedar la publicació de vuit reculls de les ponències presentades al llarg d’aquells anys, avui una col·lecció raríssima, amb el títol general d’Entretiens, dedicats a Goethe, El futur de la cultura, El futur de l’esperit europeu, L’art i la realitat, La formació de l’home modern, Cap a un nou humanisme, Europa i Amèrica Llatina i El destí pròxim de les lletres.
El col·loqui corresponent a l’any 1933 va estar dedicat a “El futur de l’esperit europeu”. Hi van participar, entre d’altres, Paul Valéry, president ―en aquell temps ho presidia tot―, Henri Bonnet, diplomàtic, Léon Brunschvicg ―un dels grans filòsofs francesos de la primera meitat del segle XX―, Jean Cantacuzène ―savi romanès dedicat a la biomedicina―, Georges Duhamel, Henry Focillon, Josef Huizinga, Aldous Huxley, el comte de Keyserling, Salvador de Madariaga, Thomas Mann i Jules Romains: tots savis, tots demòcrates (menys Keyserling, que era un aristòcrata zombie), tots prohoms de diversos països del continent. Marie Curie hi va treure el cap.
L’escriptor Paul Valery (1871 – 1945).Gisele Freund (Photo Researchers History / Getty Images)
No n’hi havia gairebé cap que fos realista, i això que Europa es trobava davant la doble amenaça italiana i alemanya. Keyserling, que era espiritualista, creia que la raó il·lustrada no ho podia tot i que calia tenir present les “forces tel·lúriques” que animen els éssers vius (no li van fer gaire cas); pitjor encara, va expressar que “si els pobles prefereixen en un determinat moment un règim autoritari a un règim liberal, hem d’acceptar-ho” ―era alemany i estava casat amb una neta de Bismarck. Huizinga va ser l’únic que va abordar el tema des d’un punt de vista històric, recordant que la “civilització europea”, com a fenomen homogeni, només havia estat tal cosa poques vegades: va esmentar l’imperi de Carlemany, l’orde de cavalleria, l’expansió de l’humanisme italià —puntualitzant que l’únic humanista europeu de debò havia estat Erasme―, el valor universal de la ius gentium, la república de les lletres del segle XVIII i el caràcter ecumènic del catolicisme; però va afirmar que, a partir del Romanticisme, Europa havia conegut l’auge d’un nacionalisme outré (ultra), “que pot esdevenir una amenaça molt greu”. Era l’any 1933, i no s’equivocava. De passada, va considerar que el desenvolupament de la tècnica podia desembocar en un perfil homogeni de tots els ciutadans del continent, però tothom minvat en l’ordre espiritual. I així ha succeït. Duhamel va afirmar que sense una educació adreçada a construir una memòria rediviva del llegat jueu, grec, romà i cristià, no hi hauria mai una consciència real de l’esperit europeu. Huxley, el més simpàtic, va reblar, en un gest que avui semblaria reaccionari (no llavors), aquesta idea: deixeu que la plebs consumeixi productes culturals mediocres i s’engresqui amb el folklore, però forgeu almenys una aristocràcia espiritual capaç de fruir amb Beethoven ―no Wagner, que “expressa coses en el fons bastant innobles”, va dir―, Maupassant i Dostoievski. I va rebentar la vulgaritat general i galopant dels seus dies: “No és cap casualitat que l’alça del nivell de vida durant el segle XIX hagi anat acompanyada d’un expandiment general de la vulgaritat”. (T.S. Eliot, Mann, Musil i els Noucentistes catalans hi haurien estat d’acord.) I acabava: “És un mal [la vulgaritat] que no es curarà del tot, però em sembla que pot atenuar-se, sobretot amb l’educació”. Uns quants més van tornar a la qüestió del nacionalisme, que els obsessionava. William Martin, de Suïssa, va engegar: “Els pitjors enemics de l’europeisme són els nacionalismes” ―la Confederació Helvètica no els coneix. I Madariaga no va dir res interessant, seguint un costum molt propi.
Al cap de tres dies es van acomiadar, van continuar els col·loquis fins a l’any 1937, es van assentar les bases per a la fundació d’una Societat d’Estudis Europeus que mai va existir i que havia de ser eficient i activa en el camp de la política, la propaganda i l’educació pública, i no hi va haver més entretiens. No és que aquells grans intel·lectuals no l’encertessin en les seves crítiques i els seus diagnòstics; només va passar que, sense que ells mateixos se n’adonessin, l’era daurada del prestigi i el poder dels intel·lectuals ―avui rebentats pels ignorants tecnificats, que són legió― ja feia temps que s’havia acabat».
Estudié Exactas. Asignaturas complejas y que requerían gran inversión intelectual: «Elementos de Probabilidad y Estadística», «Espacios Vectoriales y Cálculo Matricial», «Análisis», «Ecuaciones diferenciales», «Ecuaciones algebraicas», «Análisis Numérico de Ecuaciones en Derivadas Parciales», «Topología», «Lógica» ETCÉTERA ETCÉTERA. Era un estudiante muy mediocre, del pelotón medio-bajo de mi promoción, aunque estudiaba una barbaridad. La carrera era un sufrimiento africano -también un excitante y un agente provocador- como sobrellevar y llegar a meta en el París-Dakar. Además, en la medida de mis fuerzas, intentaba aprovechar la vida universitaria con pedantescas pelis de arte y ensayo, lecturas literarias y filosóficas, y estudio de idiomas. Pese a la soledad perruna extrema -nunca hice amistades en la Facultad- me lo pasé pipa.
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Meditemos: «Millones de graduados universitarios con un nivel de ingresos superior al promedio de la población, no son grandes lectores. Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿para qué hablar de masas pobres, de su analfabetismo, del poco poder adquisitivo y los precios excesivos? El problema del libro NO está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer», Gabriel Zaid.
En las sociedades subdesarrolladas el pedagogo Paolo Freire acuñó el término «analfabetismo funcional». Enzensberger ideó el término «analfabeto de segunda categoría», un tipo de analfabetismo propio de las sociedades desarrolladas, industriales y modernas, y prototipo ideal que forja nuestra universidad española. En palabras de Enzensberger:
«El analfabeto de segunda categoría es afortunado. Su falta de memoria no le causa ningún sufrimiento; el no tener una manera de pensar propia le alivia de toda presión; valora positivamente su falta de concentración para concentrarse en nada; considera una ventaja el no saber y no comprender lo que sucede. Es activo. Es adaptable. Muestra una considerable determinación para conseguir lo que quiere. Así que no hay que sentir lástima por él. El hecho de que el analfabeto de segunda categoría no tenga ni idea de lo que es contribuye a su bienestar. Se considera a sí mismo bien informado, puede entender instrucciones, pictogramas y cheques bancarios, y se mueve en un mundo que le aísla completamente de cualquier desafío a la confianza en sí mismo. Es impensable que pudiera sentirse frustrado por el ambiente que le rodea. Al fin y al cabo, es ese ambiente el que lo ha creado y formado para garantizar su supervivencia sin problemas».
Si el analfabeto funcional, en civilizaciones subdesarrolladas, no sabía muy bien leer debido a la falta de referentes culturales e información contextual, el analfabeto de segunda categoría sabe leer, pero lo abstracto, complejo y profundo le resulta extraño. Desprecia la Cultura y le chifla Netflix, sus placeres son chatos y bajos (y, si puede, caros), sus ideas políticas son como irracionales consignas o tuits astrológicos, no aman la música seria, y meros «puer technologicus» les resulta extranjera la delicadeza de gusto. Se aturullan ante el argumento secuencial, orbitan inconscientes en la bisutería haragana de las ideas fáciles y en la pleitesía del pensamiento mágico. Sustituyen asimismo como fanáticos la religión por el animalismo, o por el feminismo, o por el veganismo, o por la conspicua Era de Acuario.
Nunca la Universidad había creado a tantos analfabetos. La cultura de verdad ayudaría a superar el miedo y la tibieza, pero como vemos –y son sólo pinceladas- la gran cultura, la que toca la fibra íntima y hace crecer, no sólo está de capa caída sino en trance de muerte ¿Seremos los nuevos “últimos romanos”? ¿Somos ya el final de la generación de los libros y de la lectura como instrumentos de placer pero también de pensamiento,de hondura? Filósofos notables son ahora mismo incomprensibles para la inmensa mayoría, la incultura científica es pasmosa, y tiene que ser gran un talento, como Fernando Savater, el que deba rebajarse para hacer divulgación, pura y buena divulgación. Sólo sé decir que naufragamos. Empieza la Edad Media.
Como algunos sabemos, hay que leer a Tácito durante toda nuestra vida, y no dejar de aprender de su obra. Recuerdo ahora dos consideraciones suyas que muy bien le vienen a una descripción de nuestro mundo, de nuestros universitarios: una es del libro LXV de los ANALES, cuando Tiberio dice “Humanidad aparejada y presta a sufrir la servidumbre”; y una expresión que acuña para definir a la mayoría de su pueblo: “Plebs sordida”.
«La invasión de los ultracuerpos» comienza con imágenes de unas semillas escapando de un planeta lejano, que viajan por el espacio y caen en la Tierra mezcladas con la lluvia. Se ve llover sobre una extraña flor parásita creciendo en una hoja. Uno de los protagonistas ve la flor, la recoge y se la lleva. Con esto, la historia da comienzo.
Benell (Donald Sutherland) es un inspector de sanidad muy capaz de distinguir diferencias en el comportamiento de las personas. Un día, una amiga suya y compañera de trabajo le manifiesta su preocupación por el extraño comportamiento de su marido. Al creer que todo se debe a la ansiedad le pone en manos de otro amigo suyo, un psiquiatra de gran prestigio. Sin embargo, la preocupación continúa agravándose. Además Benell comienza a ver que esa misma preocupación se está extendiendo por la ciudad. Todos sospechan que sus parientes o amigos ya no son los que eran. Cuando cree que todo el mundo se está volviendo loco es cuando él mismo comprueba que unas extrañas vainas de su jardín crecen y se transforman en cuerpos humanos de aspecto idéntico al suyo y el de sus amigos. Horrorizados ante tal descubrimiento tratarán juntos de detener esta extraña amenaza de origen desconocido, pero será demasiado tarde.
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Tengo la misma sensación de posesión ultraterrenal al observar a mis semejantes. Detecto una irreversible estupidez en ellos, una idiocia amaurótica familiar, una idiocia amaurótica de Bielschowsky. Pongo la tele o la radio, y veo u oigo tipos con un notable retraso, mentes rudimentarias con aptitudes en estado vegetativo.
Me recluyo en mi biblioteca. No hay otro remedio. Hace poco más de un mes que vivo en completa reclusión, sin hablar con nadie. Mejor así. Ya no distingo a un ser humano de una vaina extraterrestre.