Al oído de Juan

AL OÍDO DE JUAN
De «El falso aristócrata»
Escucha Juan, no hay más paraísos que los perdidos.
Todo rey debe alcanzar su tierra conquistada
y que los nombres de Grecia e Italia tiren más de él
que ningún otro. Ah el destello de la gloria primigenia
de mi infancia, aquella manía de orbe clásico,
la paciencia ante la brutal ignorancia de las clases inferiores.
Ahora placeres rucios -fútbol, cine, vacación-
y nadie sin formular juicios delicados; la verdad es confirmable, constatable:
lo que el tendero cree ver
en su arrabal suburbano
es bagatela, nugae, plástica bisutería,
pero todo artista es un aristócrata:
los artistas son los príncipes de la historia.
El silencio del leopardo y el alma de la lluvia
son patrimonio de unos pocos. Ahora, mira en cambio:
radios, horrorosos tatuajes, anuncios, coches,
uñas de los pies pintadas, mollejas en el cerebro,
rubias teñidas, y junto a la villa con su abeto susurrante
pusieron una caja de ahorros.
Juan, acaso no me comprendas;
fui chico de corbata de colegio privado, y,
no solo no quiero salir de ese universo,
sino que deseo -y sé que no lo puede el forastero– deseo, digo,
que nadie tampoco entre en él. Para mí las lilas,
la pampa con sus caballos, las lunas de oro,
para vosotros los cacharros sobre el fregadero.
El dinero es forunculoso, y ya carezco de él,
el espíritu llena, a qué dudarlo, como esencia y destino.
Tengo mucho que hacer Juan; por tu rictus
colijo que mis palabras te semejan las de un extraterrestre.
Voy a cuidar mi jardín y a cultivar mis camelias.
Voy a soñar mis imperios de unicornios.
Pásate a cenar cuando te apetezca.

Del exilio

DEL EXILIO
De «El falso aristócrata»
Signo, con Flaubert, que el pueblo siempre se mantendrá en un estado de minoría de edad.
Que la mayor hambruna son sus mentes.
Que intrusos bodoques en las playas nos sacaron injustamente de nuestras villas.
Que la escoria, la chusma y el estiércol
asoma a sus labios como un frío de invierno o una rugosa niebla.
Ah el mundo bucólico anterior a los libros baratos,
antes que el cubo de basura en que nos hallamos no llegara hasta la estratosfera,
cuando el campesino iba a la iglesia
y era sano, tosco, astuto, tozudo y resistente.
Cuando el dinero lo tenía el que lo debiera tener.
Las masas se parecen a las bacterias.
El Hombre Anónimo de la Calle es un monstruo.
Todo quisque come comida enlatada.
Bocas toscas inundan los televisores.
Nos hundimos en un lodo putrescente rodeados de seres de barro y sinrazón.
No soporto ya más la bestialidad purulenta de esta civilización.
Papá, querido, ábreme los jardines toltecas o mayas del cielo.
Pero fuera de España.

Vampiros

VAMPIROS
De «El falso aristócrata»

 

 
Recuerdo que con trece o catorce años, cada tantas semanas,
me levantaba con una gotita pringosa en los slips.
Los amigos -bueno, yo nunca tuve amigos en la infancia-,
la pandilla nos íbamos a las construcciones u obras a fumar Celtas
y a masturbarnos en común. Yo nunca eyaculaba.
Pero eso en nada me preocupaba; tenía el judo, el aikido, mi bicicleta
Panther roja con radios de moto y cambio de marchas,
tenía a Stevenson, Poe, Torrente Ballester, Cela, las clases
de idiomas y música y dibujo privadas.
No hice el «cambio» hasta los quince años. Y fue a principios de julio de
mil novecientos ochenta y seis, a lo mejor un día catorce como hoy mismo.
Era inocente, muy inocente, pero tenía la inclinación natural del instinto
que esta época mema remeda con clases de «educación sexual».
Entré y me encerré en la habitación con el Interviú.
En fotos estelares estaba el desnudo de una rubia cuarentona
amante de no sé qué aristócrata famoso.
Bajé el calzoncillo.
Miraba a la mujer cuajada y la erección empezaba a ser mítica, desacostumbrada.
Imité lo que hacían mis amigos en la obra.
El glande ardía, la verga era un durísimo durazno.
Muy pocas acometidas después, estremecido, enfebrecido,
me disolví en un enorme charco de placer, múltiples filamentos saltarines
de láctea foundé salpicaban la sábana y mi estómago.
Era el nacimiento a la más exquisita felicidad.
Poco después toqué un pecho de adolescente y a los dieciocho me desvirgué. Pero, en este poema, me gustaría acabar
con una elegía al rostro vulgar pero excitante de aquella mujer, de aquella amante mía,
de ella desnuda en la revista (sobre unas piedras blancas en una playa que parecía tropical)
A ti, hembra amada, novia primera mía, loca de amores y fiestas,
cuerpo hermoso y maduro,
decirte que el duro tronco de mi falo penetró
en la boca de yerba de tu sexo,
que me embrujó el fuego de anémona y jabalí de tus muslos,
que el agua suave de tus senos es el Finisterre donde quiero exiliarme,
que tu alma era una sinfonía de noches de guerra
retumbando en mis labios,
que tu luz expresaba un orden donde la materia no muere,
y lepidópteros de lino eran tus piernas
y membrillos lunares tus ojos
y anillos de malaquita tus omóplatos
y una luna trigueña tu cabello rubio y suelto, largo y desordenado.
Fui un vampiro que clavé mi deseo en tu piel.
Sí, ciertamente en un plano simbólico y no en el real.
¿Pero no es el plano onírico a veces más verdadero que el pobre, chato plano real?
Un beso para ti darling, mi fantasma en el tiempo…

Étimos

ÉTIMOS
De «El falso aristócrata»
La sala de espera del vestíbulo provinciano,
el matrimonio, la atiplada luna,
la dentadura postiza dentro del vaso de agua,
los coches y el lunes y el hábito,
los Bancos, la cocaína, los confeti sobre el suelo
en el vagón del metro,
los aqueos, el cine, el jardín botánico,
la amistad y los ojos y la discoteca,
el amor y el espíritu y la biblioteca,
los bares de los polígonos industriales,
los párkings color índigo, color rata mojada,
la amenaza del alba, también la súbita gótica madrugada,
la sombra chata, polvorienta, ajada, triste de los bosques,
el metalizado psicópata y animal de la metrópolis,
los pasos de cebra húmeda, el adolescente y su
videojuego,
los palacetes con grifos de oro y sombras de fantasmas,
la poca luz que alcanza cualquier sabiduría,
Alejandría y un bebé solo en la cuna, Nogueira de Ramuín y una perrilla durmiendo muy quieta junto a mí,
el estreboscópico agujero del corazón,
las callejas, las aldeas, las verbenas, los museos,
la música rubia y lenta sobre los labios,
el jungle y las raves y las ermitas,
los poetas y los reyes,
la nieve que cuaja encima del campo verde,
la televisión gagá, la mercadotecnia mercachifle,
los tour operadores,
las escaleras mecánicas, los acristalados perfumes,
y kleenex y jeringuillas y coca-colas y tantas alcantarillas,
las verdes estrellas de la infancia de Jesús,
las rosas estrellas con mucho ser y poca nada,
los periodistas, las farmacias, las fosforescentes tiendas atiborradas…
a qué seguir…
todo retahíla de palabras o expresiones que proceden o derivan
de un único término omnipotente y universal,
omnisciente y no benevolente,
de esa negra palabra con bilis pegajosa
que en castellano llamamos, no sin temor ni nervioso temblor,
«soledad».

Palabras para Clara III

CLARA III
De «El falso aristócrata»

 

 
Clara, cada vez que vengas a vivir a mi casa gallega piensa que es como si fueras una poeta exiliada que de USA pasa a Europa.
Y recuerda que quien se descifra conoce su propia sentencia.
Y que dar es una pasión, casi un vicio.
Infaútate y encapríchate de los mediodías y de la Soledad Sonora , y bajo la bóveda de la Capilla Sixtina siente renacer. La sociedad nobiliaria, las costumbres de antecámara, el imperio de la representación, la elegante domesticidad aristocrática, son tu destino, sino de vestidos y porte, sí en cambio de espíritu. El mundo es un boceto mal realizado y la gente no es noble ni buena. Que tu vajilla no sea de estaño ni de madera sino de porcelana fina .Que comas pasteles de fantasías vienesas. No vayas nunca a piscinas públicas. No te tiñas. Adora los pájaros y deplora la prensa deportiva. No vayas en metro ni autobús. Hazte caquitas al oír a Mario Vaquerizo. Sé antimoderna. Escupe al trap. Ten en el amor una figura ideal pero sopesa las grandezas de tus propios soliloquios.
Te espero en unos años en Nogueira. Te hablaré de tu nona, te ayudaré en los deberes, nos encaprichará la luz de pinos y eucaliptos. Tu alegría animal niega de raíz que el camino de Tebas empiece con la muerte.
Tu sonrisa es una cascada o jacuzzi que refresca el infierno.

Palabras para Clara

PALABRAS PARA CLARA
De «El falso aristócrata».

 

 
No seas solitaria, no seas perezosa,
es necesario que acabes la tarea aunque no estás obligada a terminarla,
no pidas excusas ante el amor sin medida,
sé fiel a Sefarad,
escribe cartas que siempre lleguen a destino,
oye los arpegios de las arboledas,
degusta la luz en la panza de una nube como espuma de café,
pon diademas a la albada
y cangrejos peludos a los de la casta moral hipócrita,
no seas fanática ni somnolienta,
quiere a tus papás y reza a las inmensas hadas del agua,
corteja la alta música de las estrellas,
y que muchas cremas y besos doren tu piel.
Pequeña sobrinita mía con deditos como guisantes,
con piel como de pimiento,
de finos tobillos como delgadísima pulpa de mujer,
tu alma está uncida a un destino.
Amuralla tu alma poderosa frente a los ejércitos enemigos,
trenza de rosas la mansión de tu alma,
cuida tu pequeña, brillante, temblorosa alma,
y que ella llena de valor cuide tu camino.

Palabras para Clara II

PALABRAS PARA CLARA (II)

De «El Falso aristócrata»

 

 

Osa pronunciar la palabra, querida Clara, sobrinita mía,
dirime su voz entre roquedales,
ponla en el vientre dormido de tu novio,
perfílala al observar pájaros tropicales,
tráela a la canasta de tus hijos,
muévela en un orbe de céreas tempestades,
oye su sonido gomoso de búho,
que esa palabra sea soberana en tu laringe y corazón.
Esa palabra es «sabiduría». Esa palabra es «amor».
Nombres distintos de la misma cosa.
Porfía querida filibustera mía en el amor,
postula el yunque pitagórico del amor,
amanece en el aullido de esa nieve.
Tuviste un tío algo locuelo y poeta,
pero te aseguro que el ars scientificorum de amar y saber
-ya verás, tú sabrás que son uno y lo mismo-
son un centro, un crustáceo que se despereza moroso,
una música gemela del viento.
Ama y haz lo que quieras, saltamoncito mío.
Vivirás en un siglo estúpido;
vive la solípeda idea del Amor.
Vive en una esfera sin muros.
Y que tu único vasallaje sea la eternidad.

Palabras para Clara IV

Palabras para Clara IV
De «El falso aristócrata»

 

 
Compón hexámetros griegos con letra pausada igual que la respiración.
Que tu pensamiento sea un luminoso regalo de la vida
y tu sentimiento una nube o alado carro por el pecho.
No seas mezquina, vulgar, o miserable,
eso ofende a los dioses.
En los vientos hallarás rubíes, no los desprecies.
En el bronce hallarás ramas verdes,
no las negligas.
Tengo ganas de hablarte del borroso tema de la vida,
de las fábulas del tiempo,
de tierras silenciosas y de la bendita soledad.
Espérame sobrinilla mía, oxiniense calor de sonrisas.
Tu tío locuelo muda inexorable a puro espíritu.
Tú eres mi materia, tus labios son mi materia.
Materia como un reino sin frío,
materia como un átomo junto a mi corazón.
Espérame.

Palabras para Clara V

Palabras para Clara V
De «El falso aristócrata»
Vivirás tiempos bajos, decadentes, llenos
de analfabetos y gentes sin educación.
De gentuza casposa y zafia.
Que tu cuerpo sea fruto de inteligencia, altura y belleza.
Juega con las flores de la yerba
y quita grilletes a las celdas.
Que el dulce embeleso del fuego te convenza
y no las lianas o culo de mandril de tus nunca iguales.
Que campos sin yermos ocupen tu cerebro
y la piedad y Dios reinen en tu corazón.
Te tocará vivir un tiempo obscuro,
de masas aborregándose con el telefonino y el ordenador,
tiempo de bárbaros con sus mazas.
Aléjate de la plebe.
No seas igual a todos.
No desperdicies tu vida con memeces.
Desprecia a los demás
y mucho ámate a ti misma.

Ultimus Romanorum

Ultimus Romanorum
De «El falso aristócrata»

 
Los pliegues adiposos de tu nalga me ponen.
Como los gordezuelos lunares de las tetas.
Igual a los granitos sangrantes si recién te depilas.
Para mí eres una chica llamada Música
con perfecto ritmo sonante en cualquier antro o local.
Eres una chica para mí llamada Pájaro
que nunca se posa en bosques de ceniza o neurótica niebla.
Endiosada como la Verdad de un poeta dormido.
Querida, hagamos el amor en lugar de hacer dinero;
quememos cartillas y tarjetas bancarias
y encerrémonos en una buhardilla con gatos y libros viejos
sin levantarnos nunca del jergón.
Hagamos sexo con luna y sol,
mil días, mil noches, mil y una noches.
Que las lenguas vagabundeen por ociosos veranos.
Que también nuestro amor haraganee plácido
e irreal bajo palmeras tropicales.
Seamos los últimos romanos ante el patente declive y caída del Imperio.
Y que los arcángeles muy envidiosos publiquen nuestras palabras de agua.
Pues amor sin pecado es pecado de no amor.