Tesis doctorales

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(A) En humanidades la generalidad de tesis doctorales tratan temas minúsculos, sin importancia, sin hondura científica, casi casi chocarreros o de chiste si el proceso no estuviera aureolado de fin o cúspide de una educación académica. “El uso del catalán en los inmigrantes italianos actuales”, “X; su visión de la homosexualidad” , “Imágenes de los árboles en Teócrito”, “Fonemas bilabiales en el latín arcaico”, “Un estudio testamentario; papeles de compraventa de tierras y de herencia durante tres siglos en la masía Llovet” “Frecuencia estadística del epíteto en la obra de Joyce”. Bagatelas, nimiedades, trivialidades envueltas o envasadas con un aparato crítico y bibliográfico que es como pretender que reine el principado un vulgar delincuente irrecuperable. La ciencia se aprende estudiando a los clásicos en la materia; estudiando o leyendo tesis doctorales -que últimamente abundan en faltas de ortografía y sintaxis- se prostituye máximamente la mente. ¿Por qué no una tesis que estudie lo nuclear, las esencias, una sobre Shakespeare, otra sobre Cervantes, otra sobre el Renacimiento, otra sobre Velázquez? Estas monografías sí podrían tener valor y relevancia. Pero las tesis hoy son prescindibles literaturas terciarias. El listado de tesis de cualquier Facultad es una antología al disparate y al humor, a lo más caricaturesco de la investigación y el estudio. La explosión del conocimiento es una cualidad meramente cuantitativa; hoy muchos profesores serían incapaces de escribir sobre una época cultural conectando en su obra aspectos teológicos, pictóricos, literarios, arquitectónicos, sociológicos, etc… Saber cada vez más de cada vez menos es acabar sabiéndolo todo de nada. Sabios de nada. Tal es el triste espectáculo.

(B) Yo tengo hecha una tesis doctoral; elemental, irrisoria, banal, vulgar, que nada aporta a la historia de la ciencia. Todo consiste en contactar con un profesor numerario o catedrático, hacer unos cursos de doctorado sin ton ni son, contactar de tanto en tanto con el catedrático que, al mostrarle las primeras cincuenta páginas, te dice “usted haga, haga, y ya me la enseñará cuando la termine”, y al fin someterla a un tribunal benigno de amiguitos del profesor que te dirige (por lo que el “cum laude” es una formalidad sin mérito más) Después te gastas una barbaridad invitando a los catedráticos a un ágape opíparo, celebración que, ay ay, dura mucho más que la exposición de la tesis. Todos acabamos con las mejillas enrojecidas y, hala, ya eres todo un mayestático doctor para honra de tu mamá y papá.
Y eso tras haber pasado cinco años en una licenciatura donde no te enseñaban cómo vivir, o la virtud de ser mejor y más esclarecido, ni te aclaraban la confusión de nuestra condición humana, ni te instaban a la noble intención de dejar el mundo mejor que como lo recogiste. No te educaban para ser un ser humano capaz y culto. Los profesores (un número considerable de ellos plúmbeos y muy mediocres) no proponían consejos válidos para guiarte mejor por la vida, sino que te enseñaban derecho contencioso-administrativo, arquitectura sumeria, gramática griega, nivel y productividad de las cosechas en la Francia de Luis XV, sistema de notación bidimensional en la lógica de Frege, etcétera, etcétera. La educación laica da lecciones, la educación eclesiástica sermones. La educación laica te enseña a ganar dinero, la eclesiástica a no perder el alma. Ojalá se trasvasaran idearios de una y otra en feliz ósmosis.

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