Lectura de Nick McDonell

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Nací en una casa, no con pérgola y cancha de tenis, sino con una biblioteca fastuosa y donde mis padres se empeñaron en transmitirnos la areté, la virtud. Eran unos padres que se inmiscuían, que se trenzaban en los avatares de la vida de su hijos, intrusivos si era conveniente, conscientes que un hijo es un menor de edad en la edad de la razón y que precisa normas, límites, un deslinde entre el bien y el mal. Fuimos todo menos huérfanos, esa nueva figura o estado en los jóvenes de hoy.  La novela de Nick McDonell tiene vitola de retrato generacional tal como lo fueron Menos que cero de Breat Easton Ellis, o, inmediatamente anterior, Generación X de Douglas Capland. Y lo que se ve si uno se asoma al mirador de los protagonistas corales, es vacío, moral gaseosa, uso y abuso de drogas, soledad sin mística ni filosofía, sino soledad de desarraigo en la gran urbe, televisión y música basura como educadores -deseducadores- universales. Viven con una liviandad analfabeta, como seres torcidos y estériles. Su habla es simiesca, su pensamiento inane, su estética nula, su cultura raquítica, sus vidas sin contenido ni propósito. Estremece el desierto espiritual que revela el no poco talento -sincopado, en escenas breves y muy cinematográficas- de su muy joven novelista (la empezó a escribir con diecisiete años) El fondo es un Nueva York de clase alta tan infértil en fuerza moral como prolijo en consumo, artículos y gadgets. A mis padres debo una infancia y juventud feliz, el tronco de mi personalidad, la formación del gusto, la pasión por el arte y las humanidades, la fe en la libertad, el placer por el estudio, el ponderar como siempre más alto un bien anímico en lugar de uno material. A mis padres debo la tradición de lo mejor que se ha escrito y pensado, la cultura como anhelo de perfección, el entendimiento como pauta y ley. White Mike -el antihéroe- trafica con drogas y su corazón tiene atisbos, vislumbres, pero carece de claridades. En su Norte, como en su Sur, se encuentra la Nada, el hedonismo relativista vagabundo, en su Este y Oeste, la baratura y pudrición del dólar. Un camello eficaz dentro de esta triste mitología contemporánea que ensalza a delincuentes o perturbados, a violentos y perversos. Porque el negro resplandor nunca adviene en grandeza.

Nick McDonell, Twelve, Anagrama. Me parece que el libro tiene una versión cinematográfica, que, sin verla, ya presumo un timo malísimo.

 

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