No fame; vive oculto.

bare tree in the middle field covered in snow

Yo nací y me crié en medio de una burguesía muy rica, pero tan hacendada como culta. En mi casa se vivía intensamente la cultura, y más por ser una burguesía provinciana. Hasta más allá de los veinte años nunca me subí al bus o al metropolitano; era niño y adolescente de taxis. Pero una serie de imponderables e infortunios hicieron que se cambiasen las tornas, y a partir de ahí conocí el alma popular. Y de las muchas (múltiples) cosas que me sorprendieron es que ínsito en las creencias y fantasías populares estaba el deseo de fama, de popularidad, de no ser anónimo; veían como un don ser un futbolista internacionalmente, mundialmente famoso, una dicha ser una estrella del pop conocida urbi et orbi, el no va más poder ser un cocinero o un aristócrata cuyas vidas se relataran con todo pormenor en el papel couché.

De ahí al excremento de Gran Hermano solo hay un paso imperceptible y natural. Pero qué estúpido es ese exhibicionismo y qué insustancial ese morboso deseo de reconocimiento. Epicuro de Samos, perspicuamente, aconsejaba vivir a escondidas, vivir oculto. Horacio y Ovidio reformulan esa idea. “Nec vixet male qui natus moriensque fefellit”, Horacio, “No se da mala vida quien de nacimiento a muerte pasa desapercibido”. Mejor no podría ser dicho. O bien Ovidio, “Bene qui latuit, bene vixit”, “Quien bien se esconde, bien se da”. Maravillosa -y certera- observación. Los andrajosos punks tenían la nihilista divisa “No future”; mucho mejor: “No fame”.

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