El decoro

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A mi padre le incomodaba sobremanera la dimensión impúdica de mi personalidad. Le replicaba que, aunque pragmáticamente sabía de mi fracaso como escritor, necesitaba manifestarme, publicitar o expresar mi vida privada. En estos tiempos donde todos alimentamos un populismo exhibicionista virtual, admiro su gesto deliciosamente chapado a la antigua. Lo emotivo y lo testimonial se convierten, en las plataformas digitales, en prácticas hegemónicas. Parece como si nuestra escritura confesional, amateur y catártica, quedara súbitamente legitimada. Esta proliferación del ego o ligereza sentimental contradice la ética de las apariencias y el encubrimiento propias de la burguesía donde nací. Las reflexiones y contemplaciones que experimentaba mi señor padre las compartía en un muy reducido círculo privado. Para él el decoro y la intimidad eran valores sagrados. De alguna manera lamento la volatilidad de esos valores, que hoy nos parecen (¿equivocadamente?) desfasados.

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