
Nueva York, por supuesto, había desaparecido.
Al igual que Tokio, Ceilán, Buenos Aires o Madrid.
Inmensas tormentas polares desde el norte de Siberia al centro de África asolaban un mundo sin televisión, casi sin electricidad, sin Internet y con muy escasas comunicaciones.
Un réquiem tétrico de vientos y colosales montañas de arena
inundaba los pulmones y a unos bosques raquíticos casi de juguete.
Piedras negras sin nieve y helada nieve negra alquitranada.
Chacales, alimañas y lobos.
Extinción de aquella común realidad
de tardes en el cine con la novia,
y de luz que no llagara la piel.
Alargaba mis manos y no tocaba sus dulces piernas
sino calaveras y enjambres hambrientos de ratas.
Pero era feliz.
Feliz como un fraile mendicante bajo la noche supersónica de estrellas.
Feliz al unir mis oídos al aullar aterrador de los lobos.
Sabía al fin que la carne solo es muerte y el soñar solo es muerte.
Que el crepúsculo del mundo y una animal soledad eran mi poema incesante.
Conocimos al fin lo que siempre hemos sido: muerte y corrupción.
Ahora es el término; que los felices pantanos radiactivos nos desintegren por siempre.
