Cornaro 166

Recordemos a Giulio Andreotti, el tantas veces primer ministro de la Democracia Cristiana. Así veremos que la hiena oscura de la corrrupción campea por doquier. Andreotti era un hombre que comulgaba a diario, culto, casi cardenalicio, astuto, un as del poder y sus pasillos ensangrentados, íntimo de los cardenales (él era como otro renacentista cardenal) y defensor de la Iglesia. Utilizaba la influencia vaticana como un escudo. Sin embargo, ay, todo madura y se acaba sabiendo, cuando los fiscales de Palermo y los jueces de Manos Limpias empezaron a tirar de la manta, descubrieron que debajo de esa supuesta santidad institucional había una complicidad con la Mafia y las finanzas vaticanas más oscuras.

Y no olvidemos Bettino Craxi (líder del Partido Socialista Italiano) que, en 1992 (lo recuerdo muy bien) cuando detuvieron a Mario Chiesa en Milán por cobrar comisiones ilegales en un asilo de ancianos, Craxi lo llamó públicamente «un mariolo» (un vulgarcete ladrón), un tipo aislado -¿les suena?- que manchaba al partido ¿Qué pasó? Que al igual que señala el texto de Ignacio Camacho («las pesquisas abarcan desde presiones a policías… hasta mordidas a gran escala»), los jueces italianos demostraron que no era un caso aislado, todo lo contrario. Era el Tangentopoli: una red, una tupidísima red, donde para construir cualquier obra pública había que pagar un peaje al partido. Craxi acabó huyendo a Túnez para evitar la cárcel.

EnriqueVI: «¿Qué? ¿Atrevido faccioso? ¿No hay aquí respeto a la religión? (…) Bajo el color de una fingida devoción, escondes los propósitos más crueles y ambiciosos».

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