La depresión es un desorden del estado de ánimo tan misteriosamente doloroso y escurridizo en la manera en que llega a ser conocida por el yo que la padece, que resulta casi imposible describirla. Permanece incomunicable para quienes no la han experimentado en su forma extrema, porque su desdicha está muy lejos de la experiencia ordinaria de la tristeza. En los casos más graves no hay tormenta de emociones violentas, sino una especie de agonía gris, una ausencia de esperanza, una opresión del espíritu tan insoportable que acaba por eclipsar cualquier otra percepción del mundo. Nadie me dijo nunca que el dolor se pareciera tanto al miedo. No tengo miedo, pero la sensación es como si lo tuviera. El mismo revoloteo en el estómago, la misma inquietud, los mismos bostezos. Trago continuamente. En otros momentos es como una embriaguez leve, o como una conmoción cerebral. Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo. Me resulta difícil interesarme por lo que otros dicen. O quizá difícil querer interesarme. Es como si estuviera separado de ellos por un cristal.
Esta falta de ganas de hacer nada, este desprecio por todo esfuerzo, esta laxitud que me clava a la cama o a la silla, no es pereza; es algo mucho más terrible: es la convicción de que nada vale la pena, de que cada gesto es inútil y cada palabra es un eco en el vacío. No tengo ya la fuerza para desear la felicidad, ni siquiera para desear el fin del sufrimiento. Me encuentro en un estado de anestesia total, donde el dolor es lo único que me recuerda que sigo vivo, pero un dolor sordo, pesado, que me quita el aliento. El horizonte se ha estrechado tanto que ya no hay espacio para el mañana. Solo existe este presente interminable, esta habitación, este cuerpo que pesa como el plomo y que me cuesta mover como si no fuera mío. Levantarse es una tarea titánica; pensar es un suplicio. Uno se pasa los días esperando algo, pero sabe que ese algo es la nada. El deseo de morir no es un deseo de destrucción activa, es el deseo de dejar de hacer este esfuerzo sobrehumano de respirar, de sostener una mirada, de simular que se está vivo cuando por dentro todo se ha apagado. No tengo fuerzas para escribir, ni para leer, ni para pensar en el futuro. El futuro es una palabra que ha perdido su significado para mí. No hay nada allí delante. Siento una indiferencia tan profunda por todo lo que me rodea que me asusta, o me asustaría si tuviera la energía para sentir miedo. Me cuesta trabajo mover los brazos, me cuesta trabajo abrir los ojos. Todo mi ser se reduce a un punto de dolor y fatiga. Si alguien entrara en mi habitación y me pidiera que salvara mi vida con solo levantar un dedo, no creo que pudiera hacerlo.
