
Te pones un negro tacón fino y un escote despampanante
para viajar en el tiempo y acudir a sus fiestas de Halloween
donde las noches son turbias, la luz vudú rojo,
donde los eclipses son obra de brujos y dríades,
y hay tintinear de medias, lenguas de raso y fuego,
y senos grandes que brillan como agujas.
Después vienes con el rímel corrido,
melancólica como una ballena varada en la playa,
criticando la muy llamativa cutrez de los disfraces,
despotricando de productores gagá e incultas actrices jóvenes.
Mi amor, aunque no te consuele ( y conste que te quiero
como un loco que arrastra sus cadenas en un castillo gótico ),
es sabio experimentar quietud y suma ternura,
sentir imperturbabilidad en el espíritu – la griega «ataraxia»-
comprender la corrupción de las naturalezas,
y estar bien atenta a cada una de las palabras que te dirigen
esa cohorte cochambrosa de cabrones hijos de puta.
