Sobre la defenestración de gusto y opinión

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En el mundo de ayer los árbitros del buen gusto no eran Jorge Javier Vázquez ni Ophra sino el círculo restringido de los miembros de la élite superior, los patricios de la inteligencia, que las clases subalternas admiraban. En mi aldea los domingos, o bien en los casamientos, nos vestimos de gala a imitación de unas supuestas calidades que vemos y no despreciamos de las capas altas burguesas. Lo mismo pasaba en la discriminación estética; las capas burguesas y proletarias fiaban y cedían su admiración a la aristocracia estética. El de arriba, por saberes y mérito, guiaba al de abajo, con menos saberes y mérito, pero que aspiraba a tenerlos.

Hoy Belén Esteban se vanagloria y jacta públicamente de su astronómica ignorancia, y la grey se admira. El reloj da las horas al revés, la noche es ya ahora el día.

Lo bello estético se arrecima en una serie de notas; afluye el orden, la mesura, la mensurabilidad, y la correspondencia rigurosa de las partes con el todo, porque el sentido innato de simetría y proporción es ínsito a lo bello; hay asimismo un no sé qué de vaguedad y ornamento en lo bello, un prurito como de ilógico imponderable, un sentido de indeterminación muy exquisito y propio; existe también una belleza funcional, es decir, en el objetivo, de ahí lo racional de una belleza (o fealdad) pedagógica, moral, política, religiosa, probablemente también ideológica; en el racimo de lo bello otra nota es su asociación a lo sensible y a Eros, su placer sentido de inmediato por el órgano espiritual; sí, hay como una elevación hacia la grandeza sensible e inteligible que turba. Esa aprehensión es cuestión de gusto no así de capacidad; por último la belleza auténtica subvierte, no es una simple y acrítica asunción.

La alta cultura y los prescriptores o árbitros de la alta cultura tienen una íntima relación con las ideas anteriores de perfección y excelencia. Algo ejemplar, perfectamente logrado, es a la vez bello y bueno. Una obra artística y un hombre -por ejemplo Cristo- pueden ser ejemplares, resplandecer, brillar, aparecer envuelto en claridad, esplendor y luz. Una obra y un hombre pueden -podemos- ser imperfectos, torpes, feos, moralmente errados y estéticamente patéticos. Levantar la energía emotiva, intelectual, y sapiencial es hacer gran cultura. La alta cultura estuvo tradicionalmente ligada a la clase alta, así como el kitsch o midcult a la clase media, y la cultura popular a la clase proletaria o campesina. Dante para los aristócratas, las figuritas de Lladró para los funcionarios y el fútbol para los obreros.

Hoy en día la posesión de la alta cultura solo pertenece a las capas cultas de la burguesía, cada vez más adelgazadas. Triunfó el comunismo, todo se ha proletarizado. Si en mi aldea imitamos vestimentas de ricos, los ricos imitan vestimentas de pantalones (tejanos rotos como los de los vagabundos) Hoy todo es cultura vulgar, mediocre, vulgarísima, lerda, brutal, básica, abajada. Se odia lo refinado, serio, genuino, elaborado, alto. El papa y el rey gustan de “selfies” y playeras. Se insulta y desprecia la tradición y la riqueza de referentes, la coherencia formal, la aguda penetración, lo central, la luz canónica. Se admira y gusta y admira lo abajado, la escasa o nula profundidad, el símbolo elemental, la percepción mezquina y embarrada, enmerdada.

Son los tiempos de Sálvame y Ophra y Trump, no de la Filarmónica de Berlín. Se goza la pandereta y se insulta o vitupera al violín. Las capas medias y bajas han impuesto su gusto ridículo. Triunfó el comunismo, no se engañen, la “masscult” es superdemocracia y aniquilación de la distribución jerárquica de las especies. Esto lo expresé poéticamente en mi libro “El falso aristócrata”, ahora lo hago explícito con conceptos y no con símbolos y metáforas. El mercado fabrica una cultura industrial hiperdemocrática para consumo universal. Esa forma cultural es la propia de la sociedad-masa tecnológica post-industrial. Nunca asumirá la dignidad de una cultura con “c” mayúscula. Narcotiza a un público al que nada exige.

Debe asimilarse y digerirse fácilmente (cultura-palomitas) Su dios es entretener y distraer, no la calidad (cultura- divertirse hasta morir) La banalidad es su segundo Dios. El criterio es el mínimo esfuerzo mental y el máximo rendimiento industrial. Calidad mínima significa si y solo si ajustado a lo bajo, nunca tirando o apuntando a lo alto. Se desprecia lo singular y la firma debe ser una suerte de onanismo público impersonal. Siempre hay que adular y dar gusto al “populus” (cultura-vulgo) Todo se asume en el vocablo mercancía, o sea, comprar o no comprar. No aburramos ni irritamos a las masas, es el eslogan capital. El comunismo cultural no es una hipótesis, sino un hecho social. La religión, el civismo, el arte, la educación, la ideología, todo se ha proletarizado, los árbitros o mandamases son ya los Trump, Campos, Matamoros, Ophras y sus pares en el sector correspondiente. La cultura humanista se proletariza. La cultura popular se proletariza. La cultura mediática se proletariza. La cultura digital o cibercultura se proletariza.

Proletarios del mundo, no hace falta que os unáis, habéis ganado. Ahora cualquier aspiración aristocrática se percibe como elitista e inmoral. Los bárbaros golpean con sus mazas y la gente gusta de esos varapalos. Los bárbaros ganaron la batalla.

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