Burton 2

A una isla desierta me llevaría «Anatomía de la melancolía», de Burton, un tomo de más de mil páginas, impreso en papel ahuesado de buen gramaje, con amplios márgenes. La portada debería estar revestida en plena tela o piel oscura, quizá verde botella o burdeos profundo, con hierros dorados discretos en el lomo. No conviene una encuadernación ostentosa; Burton detestaría el lujo vacío. Le corresponde una nobleza grave, casi monástica. Un volumen destinado más a la conversación intelectual que a la exhibición.

Miles de citas en latín, griego, italiano, francés y español; referencias a médicos árabes, filósofos antiguos, cronistas medievales, poetas renacentistas, astrónomos, teólogos, viajeros y locos. El lector no avanza por un camino recto, sino por un laberinto de senderos que se bifurcan continuamente. Burton habla de la tristeza, pero termina hablando de todo: del amor, de la amistad, de la religión, de la música, de los sueños, de la política, de la educación, de la muerte y de la condición humana.

Se puede abrir al azar y encontrar una observación brillante sobre Hipócrates, una sátira feroz contra los pedantes o una defensa apasionada de la música como remedio del alma. Es uno de esos rarísimos volúmenes que justifican la existencia de una biblioteca. No es casual que escritores tan distintos como Samuel Johnson, Charles Lamb, Jorge Luis Borges o William Osler lo venerasen.

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