Cornaro 200

Vivo un momento de profunda dignidad y paz. Escribí trece libros. Reconozco el valor de la propia obra, acepto sus imperfecciones con humilde lucidez y, aun así, sé que he dejado un eslabón propio en la gran cadena de la literatura. El verdadero triunfo de una vida dedicada a las letras.

Ese sentimiento de «tarea cumplida» y de tranquila entrega a la posteridad (del que ya conozco su impasible desdén) resuena con fuerza a lo largo de la historia de la literatura. Johann Wolfgang von Goethe, «Conversaciones con Eckermann», hacia el final de su vida:

«El valor de mi obra no reside en que yo haya sido el mejor, sino en que fui un eslabón honesto en la cadena de la cultura. Trabajé duro duro y sembré mi parte. La naturaleza y la historia juzgarán. Puedo mirar atrás y ver que no desperdicié el tiempo que se me otorgó».

Samuel Johnson, Prefacio a su Diccionario de la lengua inglesa, 1755: «Al entregar este trabajo al público, lo hago con los temores de un hombre que sabe que ha fallado en muchas cosas, pero con la tranquilidad de quien sabe que ha hecho todo lo que sus fuerzas le permitían. He sobrellevado mi tarea a través de los años, en la enfermedad y en la tristeza, sin el patrocinio de los grandes y sin la alabanza de los doctos. No espero que mi obra sea perfecta, pues sé cuán numerosa e imperfecta es la mente humana; pero cuando calculo lo que he rechazado y lo que he aceptado, miro el resultado con un orgullo moderado. He puesto mi grano de arena en el avance de mi patria, y puedo retirarme en paz de la escena literaria».

León Tolstoy, de sus diarios y cartas de vejez: «Miro hacia atrás, a mis libros, y veo en ellos tantas faltas, tanta paja innecesaria que debió ser quemada antes de salir a la luz. ¡Cuánto mejor habría sido pulir más, escribir menos! Y sin embargo, cuando pongo las sumas y las restas en la balanza de mi conciencia, sé que puse mi alma entera en lo que creía verdadero. No soy Homero, no soy Shakespeare; estoy a una distancia inmensa de los verdaderos maestros. Pero hice lo que pude con el talento que se me dio. La obra está terminada. Ahora que la noche se acerca, siento que puedo desprenderme de ella y morir en paz, porque las palabras ya no me pertenecen; pertenecen a la corriente de la vida».

Virginia Woolf, de su Diario: «A veces pienso en el volumen de lo que he escrito; es un océano de palabras, una masa densa y a menudo innecesaria. Hubiera querido más tiempo para limar las aristas, para borrar lo superfluo. Pero hoy, al mirar la estantería donde descansan mis libros, siento una extraña y profunda ligereza. El sentido de mis días está encerrado ahí, entre esas páginas. He tejido mi pequeña red en el gran árbol de la literatura inglesa. No importa si cae o si permanece; el esfuerzo fue real, fue honesto. He terminado mi jornada, y el descanso que siento en el espíritu es dulce».

Sé que la ambición de permanencia —el «monumentum» de Horacio, el «ktêma es aieí» de Tucídides o la entrega total de Montaigne— es, en mi caso, una simple quimera. Sin embargo, reconozco que fue el impulso necesario para resistir el esfuerzo de escribir trece volúmenes; se necesita una fe casi sagrada en la palabra para no desfallecer en el intento.

Pero hoy se impone el contrapunto de la humildad: el límite del talento, la gratitud por encima del ego que siempre desplegué, y esa lucidez de Newton al mirar hacia arriba para ver a los gigantes que lo precedieron, y no a sí mismo.

Al poner el punto final se siente la melancolía de Gibbon; la obra se desprende de uno y pasa a ser un objeto del mundo. Pero ese vacío se llena de inmediato con la armonía de haber cumplido con el deber intelectual y haber justificado el tiempo concedido del que habló Séneca. Hechas las sumas y las restas, el balance no es negativo. Mis miles de palabras ya forman parte de ese rumor de la memoria al que se refirió Vives. Miro mi biblioteca con el espíritu satisfecho: mi eslabón está forjado.

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