Cornaro 201

Mi mamá tenía en su biblioteca alrededor de unos tres o cuatro mil tomos (muchos en francés) de historia, y era una aficionada o estudiosa diletante de fuste. Le apasionaba especialmente el imperio bizantino y la edad media. Buena parte de su biblioteca (si no toda) la heredé. Cuando tenía 8 ó 9 años quiso transmitirme el «cuquet» y me regaló muchos libros de divulgación de Carlos Fisas (les guardo un cariño rosa y amarillo) Cuando comparo a Fisas con la indocumentada y despeinada o atropellada Nieves Concostrina, siento íntima la debacle de nuestra civilización.

Del mismo modo que no preguntamos para qué sirve contemplar la talla de la Majestad Batlló del s. XII o el Adagio para cuerdas de Samuel Barber, tampoco deberíamos sentirnos obligados a justificar el conocimiento histórico por su rentabilidad o utilidad inmediata. Aristóteles en su «Metafísica» empieza diciendo que los hombres comenzaron a filosofar por admiración. La Historia nace de esa misma admiración. Es el deseo profundamente humano de saber quiénes fueron los que nos precedieron y cómo vivieron. Una curiosidad no necesariamente utilitaria. A veces conocer la verdad por la verdad misma es más que suficiente.

Como filósofo ilustrado y autor de una monumental y muy legible «Historia de Inglaterra», Hume consideraba que la historia nos permite estudiar al ser humano en mil situaciones distintas para entender cómo funciona nuestra mente y nuestra moral: «La principal utilidad de la historia consiste únicamente en descubrir los principios constantes y universales de la naturaleza humana, mostrando a los hombres en toda variedad de circunstancias y situaciones, y proporcionándonos materiales desde los cuales podamos formar nuestras observaciones y familiarizarnos con los resortes regulares de la acción y la conducta humana. Estos registros de guerras, intrigas, facciones y revoluciones son otras tantas colecciones de experimentos que permiten al filósofo de la política o de la moral fijar los principios de su ciencia, del mismo modo que el médico o el filósofo natural se familiariza con la naturaleza de las plantas, los minerales y otros objetos externos mediante los experimentos que realiza con ellos».

Para Gibbon, ese solterón feliz, sensato y equilibrado, registrar el pasado sirve para recordar lo frágil que es la civilización y lo fácil que es caer en la barbarie: «La historia es, en verdad, poco más que el registro de los crímenes, las locuras y las desgracias de la humanidad. Sin embargo, su estudio es el ejercicio más noble del entendimiento. El conocimiento de las causas que destruyeron el Estado más grande del mundo antiguo debe servirnos para medir la solidez de nuestras propias instituciones. Un pueblo que olvida las lecciones de la decadencia ajena está condenado a revivirla, pues el poder absoluto, la superstición y la relajación de las virtudes cívicas destruyen imperios con la misma certeza con que el tiempo desgasta la piedra».

Ranke -el padre de la historia científica moderna- en su famoso prefacio de su primera obra (1824), atacó directamente la idea tradicional de que la historia debe ser la maestra de la vida (magistra vitae): «A la historia se le ha asignado la tarea de juzgar el pasado, de instruir al presente en beneficio de las edades futuras. El presente ensayo no aspira a cumplir funciones tan elevadas. Su único objetivo es, simplemente, mostrar cómo ocurrieron las cosas realmente («wie es eigentlich gewesen»). Cada época está en relación directa con Dios, y su valor no radica en lo que de ella se deriva, sino en su propia existencia. El historiador debe borrar su propio ‘yo’ y dejar que hablen únicamente los documentos y los hechos puros, libre de los prejuicios y las utilidades del presente».

Macaulay representa la corriente británica que unía el rigor con la alta literatura. Fue una de las mejores prosas de nuestra historia. Para él, la historia debe leerse como una novela verdadera para forjar el espíritu crítico y el progreso cívico. Mommsen, premio Nobel de Literatura en 1902, en su monumental «Historia de Roma», asevera que el pasado no se estudia para aislarse en una torre de marfil, sino para actuar con madurez en la política del presente. Según Menéndez Pidal, nuestro Menéndez Pidal, solo reconociendo las constantes éticas, los aciertos y los trágicos errores de nuestro pasado, podremos los españoles comprendernos mutuamente y proyectar un porvenir común libre de fanatismos. El gran Barzun, enorme historiador de las ideas, dice perspicazmente (y aquí termina mi gavilla o cometa de notas): «La historia no nos da reglas fijas para el futuro, pero nos otorga algo mucho mejor: nos dota de perspectiva y madurez mental. Estudiar historia sirve para librarnos del peor de los provincianismos: el provincianismo del tiempo, esa soberbia creencia de que las ideas, los valores y las tecnologías de nuestra década actual son el pináculo de la creación humana y que el pasado solo era ignorancia. Al ver cómo pensaban, sufrían y creaban los hombres de otras épocas, expandimos las facultades de nuestra mente, aprendemos a dudar de las certezas absolutas de las modas del día y adquirimos un sano escepticismo frente a los eslóganes del momento».

Todavía me veo con nueve o diez años tirado feliz en el suelo de mi cuarto leyendo las anécdotas de Fisas en los libros azul mate de Planeta, los volúmenes del Club de Historia del que era socia mi madre, o aquella novela romántica en varios tomos de las «Historias de amor de las reinas de Francia». Aunque creo que la reina de las humanidades es la literatura (otro día debiera argumentarlo), si alguna disciplina le disputara el trono sería la historia, o acaso -no sé- la filología. Gracias, mamá.

***

«En cuanto a lo que los diversos oradores dijeron en la asamblea, ya fuera antes de empezar la guerra o ya cuando iban a comenzar, me ha sido difícil recordar la exactitud de las palabras pronunciadas, tanto a los que yo mismo oí como a los que me informaron desde otras partes; por ello, he redactado cada discurso conforme a lo que, a mi parecer, cada orador exigiría más acertadamente sobre la situación de cada momento, manteniéndome lo más cerca posible del sentido general de lo que realmente se dijo. Pero en cuanto a los acontecimientos de la guerra, no me pareció conveniente relatar lo que averiguaba por el primer testigo que se presentaba, ni tampoco escribir según mis propias conjeturas, sino que, o bien fui testigo ocular de los hechos, o me informé por otros con la mayor exactitud posible en cada caso. La investigación fue laboriosa, ya que los testigos presenciales no daban las mismas versiones sobre los mismos hechos, sino que cada uno recordaba según su parcialidad hacia uno u otro bando o según su memoria. Y es posible que la ausencia de elementos fabulosos en mi relato resulte menos agradable al oído; pero me será suficiente con que aquellos que quieran conocer con claridad tanto los sucesos pasados como los que alguna vez, en el futuro, por la condición humana, volverán a ser iguales o parecidos, juzguen mi obra útil. Pues ha sido compuesta como una adquisición para siempre y no como una pieza de concurso para escucharla un solo momento», Tucídides, «Historia de la guerra del Peloponeso», I, 22

«Si bien es verdad que todos los hombres, por lo general, y de un modo particular cuantos se dedican a la historia, afirman que el mejor medio de aprender a gobernar en las diversas situaciones de la vida es la experiencia de los acontecimientos, puesto que no hay otra escuela verdadera que la historia…», Polibio, «Historias», I, 1

«Por otra voz que no sea la del orador, ¿cómo podría la historia, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad, consagrarse a la inmortalidad?», Cicerón, «De Oratore», II, 36

«Sí, cada muerto deja un pequeño bien, su memoria, y pide que se la cuide. Para el que no tiene amigos, el magistrado debe suplirlos. Porque la ley, la justicia, es más fuerte que la muerte. He pasado cuarenta años buscando en las tumbas, exhumando las crónicas olvidadas, y he aprendido que la historia es una resurrección integral de la vida pasada. Sirve para que los que sufrieron en silencio, el pueblo llano, los artesanos, los soldados desconocidos, vuelvan a hablar. El historiador no es un mero cronista; es el juez de los muertos, el encargado de devolverles la dignidad que el tiempo y los tiranos les robaron», Michelet.

«La historia es, en cada ocasión, el registro de lo que una época encuentra digno de mención en otra», Jacob Burckhardt, «Reflexiones sobre la historia universal».

«La historia es, en cada ocasión, el registro de lo que una época encuentra digno de mención en otra», Huizinga. Y también: «La historia es la ciencia de los hombres en el tiempo».

***

El presentismo o adanismo, sí, una plaga de nuestra época. Muchos jóvenes lo único que conocen de la historia es lo que estrictamente se circunscribe al arco de su existencia, a sus limitadísimos «moments of being». Ergo, desconocen olímpicamente quiénes son y cómo llegó a ser como es la sociedad en que viven. Ciegos, mudos, perdidos en el laberinto, borriquitos con chándal.

Deja un comentario