«En cuanto a lo que los diversos oradores dijeron en la asamblea, ya fuera antes de empezar la guerra o ya cuando iban a comenzar, me ha sido difícil recordar la exactitud de las palabras pronunciadas, tanto a los que yo mismo oí como a los que me informaron desde otras partes; por ello, he redactado cada discurso conforme a lo que, a mi parecer, cada orador exigiría más acertadamente sobre la situación de cada momento, manteniéndome lo más cerca posible del sentido general de lo que realmente se dijo. Pero en cuanto a los acontecimientos de la guerra, no me pareció conveniente relatar lo que averiguaba por el primer testigo que se presentaba, ni tampoco escribir según mis propias conjeturas, sino que, o bien fui testigo ocular de los hechos, o me informé por otros con la mayor exactitud posible en cada caso. La investigación fue laboriosa, ya que los testigos presenciales no daban las mismas versiones sobre los mismos hechos, sino que cada uno recordaba según su parcialidad hacia uno u otro bando o según su memoria. Y es posible que la ausencia de elementos fabulosos en mi relato resulte menos agradable al oído; pero me será suficiente con que aquellos que quieran conocer con claridad tanto los sucesos pasados como los que alguna vez, en el futuro, por la condición humana, volverán a ser iguales o parecidos, juzguen mi obra útil. Pues ha sido compuesta como una adquisición para siempre y no como una pieza de concurso para escucharla un solo momento», Tucídides, «Historia de la guerra del Peloponeso», I, 22
«Si bien es verdad que todos los hombres, por lo general, y de un modo particular cuantos se dedican a la historia, afirman que el mejor medio de aprender a gobernar en las diversas situaciones de la vida es la experiencia de los acontecimientos, puesto que no hay otra escuela verdadera que la historia…», Polibio, «Historias», I, 1
«Por otra voz que no sea la del orador, ¿cómo podría la historia, testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad, consagrarse a la inmortalidad?», Cicerón, «De Oratore», II, 36
«Sí, cada muerto deja un pequeño bien, su memoria, y pide que se la cuide. Para el que no tiene amigos, el magistrado debe suplirlos. Porque la ley, la justicia, es más fuerte que la muerte. He pasado cuarenta años buscando en las tumbas, exhumando las crónicas olvidadas, y he aprendido que la historia es una resurrección integral de la vida pasada. Sirve para que los que sufrieron en silencio, el pueblo llano, los artesanos, los soldados desconocidos, vuelvan a hablar. El historiador no es un mero cronista; es el juez de los muertos, el encargado de devolverles la dignidad que el tiempo y los tiranos les robaron», Michelet.
«La historia es, en cada ocasión, el registro de lo que una época encuentra digno de mención en otra», Jacob Burckhardt, «Reflexiones sobre la historia universal».
«La historia es, en cada ocasión, el registro de lo que una época encuentra digno de mención en otra», Huizinga. Y también: «La historia es la ciencia de los hombres en el tiempo».
