Sánchez

Dijo Lord Acton (lo cita Álvarez en «Sieg Heil!»): se malogró nuestra sublime oportunidad porque la pasión por la igualdad hizo vana la esperanza de la Libertad.

España a manos de nacionalistas y socialistas, mutatis mutandis, como Alemania en los años treinta.

Releí esta tarde «Sieg Heil!». A mi mente acudió una esclarecida frase de Cicerón: «El buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes». El derecho positivo, en lugar de la ius naturae, identifica ley con sanción popular. Una puerta de entrada al peor totalitarismo. Podría escribir un artículo entre los paralelismos de la España actual con la Alemania que narra en su libro Álvarez. En la editorial Nausícaä editaron el tomito -también de Álvarez- «La insoportable levedad de la libertad», una conferencia que dictó en El Escorial en 2003. Veinte años después su diagnóstico se revela como profético. Ambos libros se comunican por corrientes subterráneas. Léanlos. No les defraudarán.

Pensando en el quincallero de Sánchez, gobernante de cayena, ácida pimienta y mentiras obsesivas, viene a mi memoria la certera observación de Eliot: «La mitad del daño que se hace en este mundo se debe a personas que quieren sentirse importantes». Y no se les olvide ante nuestro infausto futuro tras las elecciones: «Por ignorancia pereció mi pueblo», Oseas (4:6). Sánchez el tahúr, Sánchez el bocachanclas, Sánchez el trilero. Cicerón nos puso en alerta: «Los pueblos que ya no tienen solución, que viven ya a la desesperada, suelen tener estos epílogos letales: se rehabilita en todos sus derechos a los condenados, se libera a los presidiarios, se hace regresar a los exiliados, se invalidan las sentencias judiciales. Cuando esto sucede, no hay nadie que no comprenda que eso es el colapso total del tal Estado; donde esto acontece, nadie hay que confíe en esperanza alguna de salvación», «Contra Verres», II, 5, 12. ¿Otra vez frente al pueblo? ¿Otra vez su demagogia y trucos de vendepatrias y buscavidas de saloon? Habla un griego: «…y al frente del pueblo Cleón, hijo de Kleainetos, que se cree fue quien más dañó al pueblo con sus impulsos apasionados, y fue el primero que vociferó y dio gritos en la tribuna y profirió insultos, y hablo ceñido, siendo así que todos los demás habían hablado con decoro.»

Exhortación a los soldados antes de entrar en batalla; ¡POBRE ESPAÑA!: «Cum proelium inibitis (moneo vos ut) vos divitias, decus, gloriam, praterea LIBERTATEM atque PATRIAM in dextris vestris portare», Salustio, Bello Catilanarium, 58.

Y siempre Burke:»Spain, a great whale stranded on the shores of Europe». Desdichadamente la ballena continúa varada.

Oigo a Sánchez; es impertinente, interrumpe o incluso aniquila mis pensamientos. Pero él ni se extraña ni incomoda: en su mente no hay nada que interrumpir.

«Es más probable que más daño y miseria lo causasen hombres determinados a acabar con un mal moral, que por hombres intentando hacer el mal», Hayek, en el clásico «The constitution of liberty». «Lo único que falta para el mal triunfe es que los buenos no hagan nada», señaló Edmund Burke. También estas lúcidas palabras de Revel que se amoldan al hoy como anillo al dedo y que debiéramos grabarlas a fuego en nuestro espíritu: “Un grupo humano se transforma en multitud manipulable cuando se vuelve sensible al carisma y no a la competencia, a la imagen y no a la idea, a la afirmación y no a la prueba, a la repetición y no a la argumentación, a la sugestión y no al razonamiento”.

Como aconseja Chateaubriand: “hay ciertas épocas en que no debe uno derrochar el desprecio, dado el considerable número de necesitados”.

España no es un bellísimo kimono de seda tintado con colores naturales, que alguien aprieta en una mano y lo lanza al aire hasta caer sobre una bruñida mesa de caoba sobre la que se desliza hasta el suelo en la oscuridad iluminada por la Luna. España es tosca y carece de esa elegancia. España es a la elegancia lo que una peluca sucia a una cabellera rubia resplandeciente de adolescente. En España no tiran la basura, la convierten en gobierno. El demonio es optimista si cree que puede hacer peor el voto de los españoles.

La democracia degeneró ya en oclocracia.

«En un barco no debería decidir el más popular, ni las creencias populares, pues no por ser mayoría conocerán el camino», comentó un sofocrático o epistocrático o noocrático Platón. Porque la meritocracia cumple dos funciones: la primera, reconocer el mérito y la segunda -la más importante-, provocarlo (y conoce el camino)

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