
Odio ese ser fantástico llamado “democracia”. No creo en la virtud del voto ni en el progreso de las sociedades. Desde el punto de vista de la razón, un sistema basado en el sufragio universal, es una aberración. El pueblo, embaucado y halagado por engañabobos, es un insensato.
¡Desprecio la sangre y la mierda del derecho divino del pueblo! Dependientes de comercio en pleno delirio. En un momento en el que el pueblo se deja conducir por falsos pastores “nosotros, y únicamente nosotros, es decir, los hombres cultivados, somos el pueblo o, mejor dicho, la tradición de la humanidad”, Flaubert.
La democracia se basa en la opinión pública, y, como apuntaba Nietzsche: “Hay que decirlo una vez más: las opiniones públicas son perezas privadas”. Las opiniones públicas nunca crean personalidades, la mayoría de hombres no son nada, ni valen nada. Lo único que hacen es revestirse de las convicciones generales y de las opiniones públicas; la inmensa mayoría (abrumadora) de hombres ni brilla ni redunda en beneficio de la humanidad. Hasta son incapaces de ver que su sacrosanta democracia son nuevos caballos, pero las carreteras y las ruedas siguen siendo las mismas (y ahí ellos ni pinchan ni cortan)
No hay rangos de personas altas y selectas, sino paletos, votantes. La oclocracia es insoportable.
