
Tácito, «Anales», I, 2; «Igualdad jurídica había solo de nombre; en realidad, todo dependía de la voluntad del príncipe. No se perseguía ya el bien público, sino la conveniencia de quien mandaba. Las antiguas virtudes habían sido olvidadas, y los hombres competían no en mérito, sino en servidumbre. Así comenzó una paz que no era paz, sino cansancio».
Y también, «Anales», XV, 18: «Se robaba abiertamente, se saqueaban provincias enteras, y el delito, si era cometido por un poderoso, recibía el nombre de administración».
Salustio, «La conjuración de Catilina», 12: «La ambición empujó a muchos a convertirse en falsos amigos y enemigos; a tener una cosa en el corazón y otra en los labios. Comenzaron a medirlo todo por el dinero; y así se perdió la lealtad, la honestidad y la vergüenza».
O Polibio, «Historias», VI: «Cuando los gobernantes dejan de preocuparse por el bien común y se entregan al lujo y al provecho personal, la aristocracia degenera en oligarquía, y esta provoca la ruina del Estado».
¿España? La corrupción aceptada es peor que la tiranía abierta. La corrupción no necesita destruir las instituciones; le basta con habitarlas. España vive una acusada descomposición. España es, políticamente, hoy mismo una miasma infecta (y se avecinan tiempos peores)
Hace tiempo, pensando en por dónde va España, me vino a la cabeza aquellas palabras de la Duquesa de York : Accursèd and unquiet wrangling days y aquello de «Conscience is but a word that cowards use»(Richard III, I, 1) . Y no olviden, queridos, cómo termina Ricardo III.
