Tu quoque 11

Woolf–Camus–Lispector-Sanz

Ver mi primer libro impreso me produjo una emoción curiosa, incluso paradójica, acaso menos exuberante de lo que supuse. Más bien una especie de estupor. Era extraño pensar que esas frases, escritas en mi despacho, ahora circularan por Galicia, que el yo circulara en tren de mercancías, entrara en casas ajenas, fuera leído por ojos de gentes que ignoro, con incomprensión o agrado.

Lo miraba… Cierto, relativo orgullo. Era un objeto sencillo, trivial, solo un libro más, un renacuajo de río, una criatura pobre. Sí, en efecto, me sorprendió su pequeñez, su insignificancia. Todo lo que uno puso en él -las dudas, la violencia anímica, la soledad, los poemas sanguinolentos, el manicomio- quedó reducido a tinta y papel. Quizá eso sea lo justo: que la obra no sepa nada del tormento que la hizo posible.

¿Publicar? Orgullo y miedo. Pensé: ahora sabrán quién soy, aunque yo mismo no lo adivine del todo. El libro me precedía, hablaba por mí, y yo quedaba detrás, callado. Pero seguí callado.

Lo de menos es que resultara un absoluto fracaso de ventas.

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