
Los perros no son simples mascotas. Son seres que confían en nosotros sin contrato, ni previa prestación. Cuidar de los perros es aceptar una responsabilidad que no da prestigio ni recompensa. Y sin embargo, en ese cuidado inútil, pero sutil y noble, uno aprende algo esencial sobre la compasión, sobre el amor, y sobre la ternura.
Ita, mi pequeña perra mil razas, entretejida de brumas de oro, siente por mí un amor sin medida. Ita: un milagro que ladra. Le hablo en cuatro o cinco idiomas; a todos responde dicharachera. Verla feliz me hace feliz. Conoce la ley del afecto sin palabras. No necesita promesas ni futuro. Su devoción no es un acto moral, sino una fuerza instintiva. Por eso el hombre, al amar al perro, se reconcilia con su mejor versión; aquella que reprimió en sociedad.
Prefiero la compañía de Ita a la de muchos hombres. Ita no exige ingenio, hipocresía, servidumbre ni brillo; acepta el silencio, la paz de ser y estar. Camina a tu lado sin interrogarte, y eso, para un espíritu enfermo como el mío, es una gracia, un gozo inmenso.
